Tengo la sensación de que cada día que pasa oigo esa palabra repetirse más a menudo: transparencia . Hemos conseguido avanzar tanto en comunicaciones, que cada vez queremos saber más. Cuanta más información tenemos a nuestro alcance, más queremos. Es la nueva necesidad casi básica, casi adictiva de nuestra sociedad: queremos saber, exigimos que se nos muestre todo. Oigo en la tele decir que un artista que no le cuente a la prensa su vida privada es un desagradecido con su público. Veo cómo hasta mi propio padre se sabe ya la vida y miserias de todos los contertulios, colaboradores, copresentadores y demás representantes del moderno telecirco, él que era tan serio y contrario a los cotilleos de cualquier tipo. Nosotros mismos, como usuarios de Internet, nos mostramos a través de estos escaparates como si fuésemos protagonistas de algo y tuviésemos una gran sala de espectadores, incluso cuando sabemos que nadie va a leernos ni a hacernos el menor caso.
Estamos en la era del exhibicionismo, del escándalo bien retribuido, de la información, de la comunicación, del espectáculo, de la farándula, de la lucha por las lentejuelas más brillantes aunque sean las de peor calidad. Todos quieren ver y todos sueñan con ser ellos los vistos. En las encuestas, cuando les preguntan a nuestros menores, contestan en su inmensa mayoría que su sueño es hacerse famosos, salir en la tele y ganar mucho dinero. ¿Haciendo qué? Les da igual: ya no hacen falta méritos ganados con sudor y esfuerzo, ni tener un talento especial. Con que estés dispuesto a formar parte del escaparate y poner a subasta tus miserias, tus intimidades y las de tu gente, ya puedes optar a un buen puesto. El resto depende solo de tener buenos padrinos (eso sí que no ha cambiado).
Lo más positivo desde mi punto de vista es que exigimos tanta información, tanta transparencia, que por fin están saliendo a la luz los trapos sucios de las mafias que estaban arruinando a nuestro país. Más aún: quiero creer que hay algo más positivo que eso, y es el hecho de que ya se están planteando formalmente las bases para que se obligue a seguir unas pautas de humildad y transparencia a las instituciones y organismos públicos, incluyendo la hasta ahora intocable y misteriosa Casa Real. Creo que sería algo realmente sano para España y para cualquier sociedad, que exista total acceso a ese tipo de informaciones. Por un lado, eso podría amedrentar a los que se apuntan a la política sin voluntad de servicio al pueblo sino por sus ambiciones personales de poder, riquezas, etc. Por otro lado, se reforzaría el sistema si se pudiera exigir así responsabilidades a quienes no cumplan con esas bases de transparencia, humildad, rectitud y buen ejemplo. En ese sentido, apoyo tres iniciativas que he conocido en los últimos días: la del PP de exigir responsabilidades penales a los cargos públicos que no gestionen bien sus obligaciones como tales; la de Esquerra Republicana de presentar al Congreso esas cuatro preguntas sobre el caso Urdagarín y la Casa Real, y la de Izquierda Unida de proponer unos Estatutos para la Casa Real, en los que se incluye el principio de la transparencia.
En medio de todos estos avances hacia un mundo más cristalino, me preocupa, sin embargo, la pérdida de capacidad de comprensión, asimilación y crítica, que podríamos llegar a conseguir si sigue adelante la corriente opuesta, es decir, esa oleada de censuras en Internet, esos recortes en Educación, ese empeño en mantener programación televisiva inadecuada en horarios infantiles, esos cierres de bibliotecas públicas... Creo que de nada va a servir que se emitan debates interesantísimos en horarios de máxima audiencia o que se publiquen largos informes de las actividades económicas de políticos, reyes y príncipes, si los futuros lectores no van a saber entender ni la primera frase de esos documentos ni seguir diez minutos de debate con la mínima capacidad de atención.
Nuestro deber no es solo exigir transparencia por parte de nuestros gestores y representantes. Es, además, exigir que se nos protejan los derechos a crecer intelectualmente para poder entender toda esa información. ¿De qué nos va a servir que los futuros políticos publiquen lo que las próximas generaciones no van a saber ni leer?
Creo que es un gravísimo error ponerle frenos a la información, pero no solo a la que habla del dinero, sino también a la que forma a los cerebros para que sepan qué hacer con eso. Hay que proteger y fomentar la educación pública para que esa transparencia sea realmente útil y bien aprovechada por todos.
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Autor: Mariya (33 noticias)
Fuente: laopiniondemar.blogspot.com
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