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La democracia de los indigentes

03/01/2015 21:32 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

¿Vivimos realmente en un país democrático? ¿Es para todos la democracia?

Convivencia democrática, consulta democrática, participación democrática, defensores de la democracia; democracia, democracia…

El término, como es harto conocido, proviene del griego antiguo, pero con un significado distinto a los dos que expone el diccionario de la Lengua; acuñado en Atenas en el siglo V a.C. a partir de los vocablos démos, pueblo y krátos, poder, su etimología resulta más compleja, dado que el término demos es un neologismo proveniente de la fusión de los términos demiurgi y geomori. Plutarco ya señalaba que los geomori o campesinos, los demiurgi o artesanos, junto con los eupátridas o nobles, eran las tres divisiones de la población libre del Ática según Teseo, de la que se excluían los metecos o extranjeros, los esclavos y las mujeres. Demiurgi y geomori formaron el demos y, en consecuencia, democracia significaría gobierno de los artesanos y campesinos exclusivamente. Todo muy bonito, sí, pero no tanto. Los geomori eran grandes terratenientes y los demiurgi aunaban a los artesanos sí, pero bajo esta acepción un tanto genérica, sólo se agrupaban los arquitectos, escultores, artistas excelsos y consagrados. Se deduce de lo anterior que apenas la décima parte de la población participaba de la afamada democracia ateniense y todo bajo la atenta y vigilante mirada del tirano de turno, se llamase Solón, Cístenes o Dracón. En resumen, resulta notorio que los atenienses no se regían con formas democráticas.

El significado de la susodicha palabreja cambió con el paso de los siglos mas no su significación. El gobierno, los gobiernos continúan siendo un coto cerrado, donde sólo las altas esferas económicas de la sociedad tienen un acceso claro y definitivo, por muy extraña que pueda resultar esta aseveración y los griegos, ya que nos hemos referido a ellos con anterioridad, también la definieron, oligarquía.

De todo lo anterior el caso español es paradigmático, donde la manera de acceso a los cargos gubernamentales resulta excluyente desde el momento inicial, dado que la vía está vedada en términos generales a cualquiera que no pertenezca a la clase dominante o sea miembro de la endogamia de los diferentes partidos políticos; durante los treinta y seis años de vigencia de la actual constitución el camino de las elecciones fue, lo es en la actualidad, un terreno acotado y prohibido al resto de los españoles.

Apartemos la historia y la etimología por unos momentos y vayamos a la estadística. En las últimas elecciones generales, en el año 2011, algo más de treinta y cinco millones de españoles tuvimos derecho a voto, de los cuales veinticuatro millones y medio depositamos nuestro voto en las urnas; el partido ganador, que en la actualidad ostenta una clara mayoría absoluta en las Cortes españolas, apenas alcanzó los once millones de votos, equivalentes al 45% de los votantes y al 33% de los españoles, porcentaje que no avala su mayoría parlamentaria, mayoría falsa y torticera. Alguien podría aducir que al abstencionista no se le puede encuadrar en estas cuentas pero, esos casi diez millones de españoles que no se acercaron al colegio electoral, contribuyen con sus impuestos al mantenimiento de las falsas mayorías absolutistas. Dónde está, si nos atenemos a las matemáticas puras, nuestra democracia.

No acaban aquí las truculencias, el resultado electoral, en cierta manera amañado por las argucias de los padres de la Constitución y su ley de D´Hont, impone la tiranía de los ganadores, en ningún caso la mayoría, sobre el resto de la ciudadanía, ésta sí, mayoritaria.

Vayamos hasta Grecia, otro país arrasado y origen del vocablo, allí el partido más votado en las elecciones, recibe, sea cual fuera el porcentaje de su victoria, un premio, un inmundo galardón de cincuenta escaños en el parlamento griego, además, de los conseguidos en las urnas. Y le llaman democracia.

De vuelta a nuestros lares, la democracia española unida a la palabra libertad, cobra, en manos de los políticos de este país una tremenda peligrosidad, difícil de obviar. Emanada de la tan cacareada Transición española, ese periodo de tiempo que a decir de algunos fue un modelo de coherencia y buen hacer, al que ahora critican, continúan, todos aquellos que no lo vivieron, tiene pocos mimbres democráticos, por mucho que nos insistan en la bondad de nuestro sistema parlamentario y, ante la respuesta a la evidente degradación en que se encuentra y de los vicios que acumula nuestra democracia, nos responden con el siniestro estrambote de ser el sistema menos malo; luego es malo y si es malo hay que cambiarlo.

Al igual que la humanidad avanza en los ámbitos tecnológicos, con innovaciones que hace apenas unos años nos parecían cuentos de ciencia ficción, los sistemas sociales, todos aquellos con los que nos hemos dotado para nuestra convivencia, las relaciones entre nosotros deberían evolucionar de igual manera y en caso de mal funcionamiento, cambiarlos. ¿Por qué no ha sido así, por qué desde hace siglos no nos planteamos alternativas al funcionamiento democrático, cuando su evolución, sus maneras chirrían de tal manera que los sonidos resultan insoportables e insufribles? La respuesta resulta sencilla, las cosas, las maneras, los beneficios democráticos, benefician tan solo a una mínima parte de la población, similar quizás al citado diez por ciento de los atenienses.

La Democracia tal como funciona hoy en día, como funcionó siempre, se vertebra al revés, de arriba hacia abajo, cuando debiera ser al contrario. Si asimilamos a un país, a un estado con una empresa, los ciudadanos seríamos el consejo de administración; éste tiene la potestad de nombrar a un gerente, a unos ayudantes para dirigir la empresa y en el caso de mal funcionamiento, aquél o éstos serían destituidos de inmediato; de igual manera el gerente tiene que gobernar la empresa, sí, pero bajo las directrices de los consejeros, bajo sus órdenes y querencias. Así debería suceder en cualquier país, el gobierno, los gobernantes deberían seguir en todo momento las directrices de los ciudadanos, del pueblo en suma, a fin de cuentas quien les sitúa en sus distintos puestos y en caso de mal funcionamiento, llamada al orden y a otra cosa. Por el contrario, son los gobernantes quienes toman decisiones por cuenta propia sin tener en cuenta las exigencias de los ciudadanos; son los partidos políticos quienes proponen ideas al pueblo soberano, en muchos de los casos falsarias o absurdas, sin recabar en ningún caso las necesidades de sus posibles votantes, los ciudadanos, el pueblo, ese pueblo soberano con el que se llenan la boca, al que sólo acuden en tiempos de votaciones y al que ningunean el día después de los comicios, una vez conseguido el objetivo prioritario para el que se presentaban a las elecciones, haciendo creer al pueblo que es él y no la oligarquía quien tiene las riendas del país.

Setecientos indigentes, duermen en las calles y plazas madrileñas; en qué democracia habitan, en qué parlamentos se escuchan sus quejidos, y sus súplicas

Unas maneras que los atenienses ya expusieron con claridad en su mínima democracia con el ostracismo, procedimiento por el cual se revocaba a cualquier gobernante e incluso se le condenaba al exilio.

Curioso, todos los gobernantes de las diferentes democracias occidentales, se nombran deudores del antiguo sistema griego, pero ninguno pone sobre la mesa de los parlamentos, las ostrakas, menos aún el ostracismo.

Puede que todo lo expuesto en los últimos parágrafos no sea sino añejas y oxidadas utopías, aspiraciones sin sentido, sueños irrealizables pero que, como respondía Poliades, a la pregunta de Ulises, “…qué es lo que es mentira” en la obra de Cunqueiro, Las mocedades de Ulises, yo manifestaría de igual manera, “Quizá todo lo que no se sueña...”

De cualquier manera, si las maneras, las formas, tienen fallos manifiestos, si cada vez resulta más complicado enderezar el camino, ideemos otra condición, busquemos otra senda, en definitiva soñemos, seamos utópicos, y parafraseando a los locos del mayo del 68, seamos realistas, exijamos lo imposible.

En este ir y venir, de regreso a la cruda realidad democrática española y, en concreto, a uno de sus más notorios órganos de gobierno cual es el Ayuntamiento de Madrid, en qué oscuro recoveco del palacio de Telecomunicaciones se perdieron las afamadas formas democráticas cuando, en un informe del propio concejo, admite que setecientas personas, setecientos indigentes, duermen en las calles y plazas madrileñas; en qué democracia habitan, en qué parlamentos se escuchan sus quejidos, y sus súplicas.

Si caminamos por las aceras de Madrid, durante estos días, durante estas fiestas navideñas, asistiremos, si nos fijamos en los detalles, en la cruel paradoja que se nos presenta; arriba las luces multicolores, en el aire el sonido de los villancicos, abajo, a ras de suelo, escondidos entre montañas de harapos y cartones, incontables clochards, desconocidos indigentes, los excluidos del Sistema y de sus gobernantes.

Da igual por donde caminemos, en algún portal de la Gran Vía un bulto informe, bajo una mugrienta manta nos indicará la presencia de un ser humano; bajo los soportales de la Plaza Mayor veremos como se acomodan tres o cuatro desharrapados para pasar la noche; en el mínimo recoveco de un cajero bancario hallaremos, recogido sobre si mismo, a un invisible, alguien a quien todos miramos, de reojo, en un mirar sin ver, del que nada sabemos y del que nada sabremos, mientras a escasos metros, la puerta de una cafetería al abrirse, dejará escapar calor, risas y luces.

No olvidemos a la caterva de gacetilleros, escribidores agradecidos, tertulianos de cualquier debate manido, vendidos por un plato de lentejas al mejor postor, que se dejarán la piel y sobre todo la voz en defensa de sus democráticos patronos. A todos ellos periodistas con carné, les instaría a visitar, aunque fuera por unos minutos, el poblado madrileño del Gallinero, hábitat excelso de los indigentes y que preguntasen allí por la Democracia, sí, y por la Libertad, también. Igual salían de allí por piernas.

Hasta aquí unas líneas sobre nuestra sacrosanta e intocable Democracia. Haríamos bien en preguntarnos cuando depositamos la cabeza sobre la almohada si tenemos algún motivo, sólo uno, para sentirnos orgullosos de ella.

Unas maneras que los atenienses ya expusieron con claridad en su mínima democracia con el ostracismo,

 

 

En Móstoles, en la Navidad de 2014.


Sobre esta noticia

Autor:
Ignacio Terrós (17 noticias)
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Opinión
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