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La antena

07/06/2010 17:14 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Se edita en DVD este interesante film del argentino Esteban Sapir

Como aquellas antiguas películas de aventuras, La antena empieza con un libro que se abre y que da paso al relato. Lo que vamos a ver, por lo tanto, es una fábula, un cuento distópico en la que cada personaje ocupa su lugar en la narración, y en la que cada imagen lleva consigo la fuerza de un símbolo. Acostumbrado el espectador al cine costumbrista o al relato social, sorprende ver en un film argentino esa necesidad de explicar una historia bajo la forma fílmica del homenaje. Porque sin duda, La antena es un homenaje (aunque esa palabra a veces esconda carencias argumentales o plagios descarados), un homenaje sobre todo a la edad de oro del cine mudo y a su lugar en la historia como creador de mundos y de formas visuales. El hecho de que el director del filme, Esteban Sapir, sea fotógrafo profesional se deja notar, porque en su trabajo encontramos una necesidad de retomar los trabajos teóricos de Vertov, Eisenstein o Murnau para llevar a cabo una apuesta arriesgada: un filme mudo y en blanco y negro, en el que las palabras no pronunciadas son un concepto más del discurso narrativo.

Tomando como referente a Metrópolis de Fritz Lang (e incluso muchas de sus imágenes más famosas, como la de la creación de la androide María), Sapir recrea un mundo construido a través de metáforas y de símbolos opuestos, como la luz y la oscuridad, la voz y el silencio, la ceguera y la visión omnímoda, para dar cuenta de una fábula moral en la que el Mal es la sociedad de consumo y la alienación del pensamiento individual. Hasta ahí la propuesta no es demasiado original pero sí interesante, sobre todo si nos dejamos llevar por la fuerza de la puesta en escena, por su elaborado trabajo de producción, por su esmerada fotografía y diseño artístico. Tras dos años de post-producción, La antena se presenta como un puzzle en el que cada imagen encaja en un corpus visual que no deja indiferente; es más, esa imaginería es la que dota a la propuesta de entidad propia y se hace necesaria para que la historia tenga sentido.

Sapir recrea un mundo construido a través de metáforas y de símbolos opuestos, como la luz y la oscuridad, la voz y el silencio, la ceguera y la visión omnímoda

Y sentido hay (quizás demasiado explícito, porque las imágenes ahogan por sí mismas el fuera de campo o la contención), como si se pretendiera dejar claro que lo que se explica es un cuento contemporáneo, una fábula que utiliza la excusa del cine mudo para hablarnos del hoy y del ahora, pero que lo hace con una obviedad que bordea el formalismo, la imagen hueca, la reiteración y la estética naïf. Si hay algo que caracteriza a directores como Lang o Mélies (al que también homenajea Sapir) es que éstos fueron, además de narradores, creadores de lenguaje que usaron los recursos que tenían para buscar la emoción a través de la imagen, y que en esa búsqueda encontraron la gramática de los planos que define al cine clásico. Es esa gramática la que usa el director argentino, pero lo hace con el respeto del teórico, aglutinando en un mismo plano composiciones de expresionismo alemán con estética de constructivismo soviético. Por eso el filme funciona en los grandes conceptos (la contraposición entre nazismo y judaísmo, con el niño ciego adoptando la forma de la crucifixión sería un ejemplo obvio), pero parece naufragar en los más sutiles, en aquellos pequeños detalles que dan alma a un relato, que lo dotan de consistencia, que lo hacen “contemporáneo” aunque tenga un siglo de antigüedad. Al compararlo con películas de similar horizonte estético, como los experimentos visuales del canadiense Guy Maddin, La Antena deja notar esa ausencia de mundo personal, de riesgo experimental, que sí encontramos en un film como Archangel, donde se utiliza el cine mudo como punto de partida para evocaciones oníricas y ensoñaciones personales. No obstante, esa sencillez expositiva de Sapir (que roza la ingenuidad) también convierte a la historia en cercana, como si cada plano contuviera un amor propio, un respeto a los ancestros, una recuperación literaria de lo que fue el cine y de lo que nos ha legado. Así evocamos aquella antena que era imagen de la antigua RKO, y la luna tuerta de Mélies, y los cascos de cosmonauta con las siglas CCCP sobre el visor, y los expresivos primeros planos del Doctor Mabuse. Y todo eso nos permite ensoñar, jugar con la nostalgia, aunque ésta no nos permita llegar al discurso propio de las obras completas. Mientras veamos La Antena es posible que suframos con sus protagonistas, que comprendamos el mensaje (explícito) sobre nuestra sociedad de consumo, que nos dejemos llevar por esa poderosa imagen en blanco y negro y por esa música que substituye a las palabras pronunciadas. Pero lo más importante es que quizás queramos saber más del mundo distópico de Metrópolis, o de la mujer que envió Fritz Lang a la luna, o del hipnótico doctor Caligari. Si eso es así, ver el film de Sapir será algo que habrá valido la pena, aunque su recuerdo sea un camino de corto recorrido, casi diríamos que estéril.


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Detective Salvaje (61 noticias)
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