La amistad tiene un precio
Quién iba a decir, allá por 2004, mientras yo andaba escuchando a Roberto Carlos con su hit “quiero tener un millón de amigos”, que iba a estar Mark Zuckerberg haciendo realidad mi sueño, inspirado por la ilógica progresión piramidal necesaria para el desarrollo de las amistades. Al proyecto le puso el nombre de Facebook. Hoy en día se ha convertido en una herramienta social que une a unos con otros en una orgía descomunal. El vínculo es tal que, según un autoanálisis que esta empresa realizó sobre sus usuarios, se comprobó que el mundo va haciéndose cada vez más pequeño: en 2008, el grado de separación a nivel mundial, es decir, el número promedio de personas relacionadas unas entre otras, era de exactamente 5, 28; unos años más tarde, es decir, en la actualidad, la cifra se ha rebajado hasta el 4, 74. Por lo tanto, son necesarias casi cinco personas, una de ellas sin cabeza ni brazos, para considerarnos todos tan amigos.
De cualquier modo, ya en sus inicios existían los escépticos, personas nacidas con la necesidad de la duda, ya representadas en la escuela de 'Skeptikoi', de quienes se decía que "no afirmaban nada, solo opinaban". Y casi todos opinaban entonces que la red social solo podría estar vinculada a un negocio en concreto, el del ocio. A fin de cuentas, se trataba de una amena red social destinada a hacer amigos, allá donde se escondieran. No había más pretensiones… ¿O tal vez sí?
Porque la política de Facebook está bien clara: tú publicas lo que sea y ellos lo hacen público. La política de privacidad se basa fundamentalmente en advertir que no existe tal privacidad. Con más de 850 millones de usuarios, es difícil llegar a vigilar el registro de las cuentas, pero no imposible. Con esta filosofía a cuestas, consiguen impedir que, por ejemplo, se registre ningún usuario menor de 13 años (eliminan 20 mil perfiles menores de esta edad al día), salvo en los casos en los que se hayan inventado la edad, claro. Establecen, de esta forma, una frontera moral de censura ya que, según su criterio, debe ser esa la edad en la que cualquier persona, independientemente de su sexo, raza o gusto musical, abandona la adolescencia para convertirse en persona adulta, con plenos derechos legales de poseer una cuenta multimillonaria de amistades. Todo ello transformado en datos que quedan grabados y analizados, modelándose así un exhaustivo perfil personal. En Alemania, por lo pronto, no les queda nada claro eso de que la privacidad no existe. Consiguieron declarar ilegal el botón “me gusta” de Facebook por considerar que esta aplicación violaba leyes germánicas y de la unión europea al recabar información de los usuarios. Ahora está por ver si le condenan a cadena perpetua.
Aunque, claro está, cada cual tiene derecho a exigir una copia a la compañía con todos los datos que tengan almacenados. Esto mismo ha hecho Max Schrems, austríaco, a quien entregaron un paquete con unos 1200 archivos PDF. Investigando entre la abultada información, se dio cuenta que Facebook tenía registro de cada ingreso y salida, de lo que había escrito, de los post, likes, geolocalización, amistades, incluso datos que creía eliminados. Otra novedosa herramienta que se acaba de estrenar, la “biografía”, sirve como ejemplo de la perentoria ansiedad por la recopilación de datos personales: el usuario puede aportar todos aquellos datos de su vida que desea hacer públicos. Como si no existieran los vecinos.
Toda esta información que se registra y analiza, termina moldeando un perfil publicitario único e individual para cada usuario. Según avanzaba el portal de noticias Gawker.com, que publica un informe financiero de Facebook, la red social se ha convertido en la primera comunidad virtual estadounidense, por delante de MySpace, sin ningún tipo de deuda, disponiendo de 500 millones de dólares en reservas. En cifras, la compañía dispone en activos unos 5.600 millones y 714 millones de ingresos netos en lo que va de año. Producidos tanto por la publicidad como por acuerdos con terceras empresas o por los credits, un tipo de moneda virtual.
A día de hoy está tan asimilada esta red social que algunas empresas priorizan esta forma de comunicación antes que, por ejemplo, el correo electrónico, ahorrándose así el tiempo dedicado al correo basura. Poco faltará que se integre como vehículo de extracción, una carta de despido publicada en el muro, por ejemplo. Por lo pronto, ya se hace vía sms. Así se enteraron 42 trabajadoras de la empresa valenciana Vaersa, quienes recibieron mensaje celular colectivo informándoles que eran despedidas. O el seleccionador de Camerún, Javier Clemente, a quien se le ha comunicado hace unos días la rescisión de su contrato vía correo electrónico.
No es de extrañar que su involucración en nuestras vidas tenga un trasfondo de lo más interesado. The Wall Street Journal ha informado acerca de las intenciones de la red social fundada por Mark Zuckerberg de formalizar su entrada en bolsa, donde espera recaudar la friolera de 10.000 millones de dólares, con una oferta pública de venta de acciones (OPV) que valoraría a en más de 100.000 millones de dólares su valor. Por si fueran pocos números, la red social tiene planeado contratar a “miles de empleados” en 2012, en Nueva York, y así lo declaró Sheryl Sandberg, directora de desarrollo de Facebook, con intenciones de crecer lo más deprisa posible.
Tanto ha ido creciendo que, el propio Mark Zuckerberg, , dispone ya tan solo del 24% del accionariado de la compañía que él fundó. Sin embargo, y en palabras del propio creador, tan sólo llevan “recorrido un 1% de nuestro camino”. Durante este corto trayecto ha conseguido reunir una fortuna valorada en 13.500 millones de dólares. Echen el cálculo en cuánto le quedaría con su esperado 99% restante.
Sin embargo, esta red social que funciona con la información personal, que no necesariamente real, de cada usuario, puede llegar a desvirtuarse. Ahí está el caso de Mark Zucherberg, quien llevará a juicio a Mark Zuckerberg. No, no es ningún error. El caso surge cuando Rotem Guez, un israelí que tenía una tienda virtual de “Likes”, Like Store, decidió contraatacar ante el cierre de su cuenta personal por parte de la red social, advirtiéndole que podría ser demandado si proseguía con la actividad del negocio, consistente en vender seguidores ficticios a empresas para que parecieran más importantes. Ni corto ni perezoso, se presentó ante el Ministerio de Interior de su país y solicitó cambiar su nombre y apellido, procedimiento un tanto extraño pero legal y extensible a siete años, y de esta manera pasó a llamarse como el propio fundador, Mark Zucherberg. Ahora, la demanda está en marcha, aunque el resultado ya esté bien claro.
En un mundo donde el peso total de la información que circula por internet, según el canal YouTube Vsauce, llega a pesar unos 50 gramos netos, los datos personales y transferibles de los usuarios sufren un problema de sobrepeso. Económicamente hablando, claro está. Tengan en cuenta que, en este caso, se trata de una plataforma que, como media, es visitada una vez al día por al menos el 50% de sus usuarios. Y el número crece. Lo mismo que la información y los beneficios de la empresa. Se ha creado, de esta manera, un valor virtual que sustituye a nuestra identidad, un nuevo producto que nos representa y sobre el que es posible comerciar. Un producto en continua actualización que, al fin y al cabo, se genera, cual amigo de Tom Sawyer ante una verja, en el preciso instante en que escribimos en su muro -que siempre le ha pertenecido-, con la única opción de darle pistas sobre lo que nos gusta.
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Autor: Enrique Madrazo (64 noticias)
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