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Justicia social e ideal en América (I)

31/07/2009 19:21 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La justicia social es la esencia e impulso del proceso independentista. ¿De dónde surge este concepto?, y ¿qué ocurre cuando no se lo tiene claro?

Por Glidden García Medina

La historia no la componen los puros hechos, sino la conciencia que se tenga de ellos. Leopoldo Zea

La justicia social en Latinoamérica ha recorrido un largo camino, extendiendo un puente desde el siglo XVI hasta nuestros días. Ese puente afinca su andamiaje en la Península Ibérica y su mayor soporte, con arco triunfal, en la ciudad de Caracas, en la América indiana; pero muy especialmente en el pensamiento filosófico de uno de sus hijos: Simón Bolívar (1783-1830).

La justicia social es la esencia e impulso del proceso independentista. ¿De dónde surge este concepto?, y ¿qué ocurre cuando no se lo tiene claro? La justicia social remite directamente al derecho de los sectores más desfavorecidos de la sociedad y contiene una tácita necesidad de restituir lo que se le ha quitado por fuerza. Esta concepción lleva a pensar en la revoluciones francesa e inglesa, de finales del siglo XVIII y principios del XIX, a la Declaración de los Derechos fundamentales del hombre, al positivismo preconizado por los filósofos David Hume (británico), Saint-Simon (francés) y el alemán Immanuel Kant, cuyo sistema filosófico fue definido más ampliamente por Auguste Comte (1798-1857), quien se interesó por la reorganización de la vida social para el bien de la humanidad a través del conocimiento científico, y por esta vía, del control de las fuerzas naturales. Los dos componentes principales del positivismo, la filosofía y el Gobierno (o programa de conducta individual y social), fueron más tarde unificados por este filósofo y matemático francés en un todo bajo la concepción de una religión, en la cual la humanidad era el objeto de culto. Sumado a todo esto debemos señalar el poderoso influjo de la Ilustración y su antropocentrismo. Vale recordar que en la segunda mitad del siglo XVIII, aun cuando Europa tenía un alto índice de analfabetismo, más del 70%, la intelectualidad y los grupos sociales más relevantes descubrieron el papel que podría desempeñar la razón, íntimamente unida a las leyes sencillas y naturales, en la transformación y mejora de todos los aspectos de la vida humana.

Para entender correctamente el fenómeno de la Ilustración hay que recurrir a sus fuentes de inspiración fundamentales: la filosofía de Descartes -basada en la duda metódica para admitir sólo las verdades claras y evidentes- y la revolución científica de Newton, apoyada en unas sencillas leyes generales de tipo físico. Los ilustrados pensaban que estas leyes podían ser descubiertas por el método cartesiano y aplicadas universalmente al gobierno y a las sociedades humanas.

Por ello, la élite de esta época sentía enormes deseos de aprender y de enseñar lo aprendido, siendo fundamental la labor desarrollada por Diderot y D'Alembert cuando publicaron la Encyclopédie raisonée des Sciences et des Arts entre 1751 y 1765, completada en 1764 con el Dictionnaire philosophique, de Voltaire.

En el viejo mundo se había abonado el terreno para que se produjeran los grandes acontecimientos donde también los hispanoamericanos participarían de manera muy decidida en busca de su libertad y autodeterminación, y alcanza su ápice durante la derrota británica contra la flota franco-española en Trafalgar. Las tropas de Napoleón invadieron España. La sangrienta guerra de los seis años que siguió --la Guerra Peninsular, conocida en España como la Guerra de la Independencia -- en la cual se utilizaron las tácticas de guerrilla y vandalismo, asestó un golpe mortal a la economía española.

Para recapitular, debemos tener muy en cuenta que la idea de justicia social está orientada a la creación de las condiciones necesarias para que se desarrolle una sociedad relativamente igualitaria en términos económicos. Comprende el conjunto de decisiones, normas y principios considerados razonables para garantizar condiciones de trabajo y de vida decentes para toda la población. Involucra asimismo la concepción de un Estado supervigilante, que esté removiendo los obstáculos que impiden el desarrollo de relaciones en igualdad de condiciones.

Este ideal de una comunidad igualitaria, heredado de la cultura ibérica, encontrará su mejor y más alta expresión en el pensamiento del Libertador, Simón Bolívar. En él se concentrará esa fuerza, lo arrastrara ese “huracán revolucionario”.

En la Carta de Jamaica, así como en otras muchas cartas y discursos del Libertador, se encuentra la base de ese tipo de solidaridad típicamente ibera que hemos reseñado antes. Una forma de solidaridad que alcanza perfiles universales y liga a los hombres de esta América con la anhelada universalidad buscada una y otra vez por sus ideólogos. La solidaridad entre pueblos y hombres que se saben iguales y, por ende, con los mismos derechos y obligaciones.

“Yo deseo —escribía Bolívar— más que otro alguno ver formarse la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riqueza que por su libertad y gloria”. Una nación de naciones, dentro de ese sentido de comunidad de perfiles cristianos que en nada se asemeja con el ideal de sociedad contractual que enarbolará el mundo moderno, las grandes naciones occidentales que han tomado el control de la historia.

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El Libertador imagina una nación que tenga como base para la solidaridad de sus miembros algo más que el interés concreto y pasajero de la riqueza que liga a los hombres y pueblos sólo en función con las posibilidades que para su logro tengan los unos y los otros.

Bolívar aspiraba como digno heredero y recreador de la vieja idea de solidaridad ibérica, a crear una comunidad, no una sociedad anónima de intereses. Comunidad de hombres y pueblos que se saben unidos por la aspiración a lograr metas comunes, con independencia de sus muy concretas personalidades y no menos concretos intereses. Libertad y gloria, no el dominio extensivo y el enriquecimiento sobre el angostamiento y miseria de otros hombres y pueblos.

Ideal de comunidad que Bolívar hacía extensivo en su pensamiento a todo el mundo. Este ideal podría tener su origen en América entre pueblos de una misma sangre, de una sangre que no temía mezclarse con otras de diverso tipo; de una misma lengua, capaz de asimilar y comprender las expresiones de otras; de una misma religión, capaz de llamar hermanos y tratar como semejantes a otros hombres; de un mismo origen, el que había hecho posible a los pueblos de la América Latina, mezcla de razas y culturas.

“Es una idea grandiosa —escribía el Libertador— pretender formar de todo el nuevo mundo una sola nación, con un solo vínculo que ligue sus partes con el todo. Ya que tienen un origen, una lengua, unas costumbres, una religión”. Ya se vislumbra, desde su exilio forzado en Kingston por allá en 1815, la idea de una más amplia confederación de pueblos y naciones, que en vida logró articular y en vida vio desvanecerse. Una confederación de pueblos iguales, incluyente. No una confederación que sirviese de instrumento al más fuerte de sus miembros. Bolívar tan sólo pedía a los pueblos latinoamericanos no llegar a ella sino llenos de fortaleza, la fortaleza suficiente para no ser simple instrumento de los poderosos, sino iguales, semejantes.

Bolívar sabía ya lo que significa la desunión entre los pueblos latinoamericanos, que los debilitaba y convertía en instrumento para el logro de metas ajenas a sus intereses. Atacó con dureza a los cacicazgos (“cuerpos”), al servicio de intereses concretos y mezquinos. Era esta división la que los debilitaba y por lo mismo los convertía en instrumentos de la ambición de riquezas y dominio extensivo de las que entonces ya eran las primeras potencias del mundo moderno.

Su visión se remontaba más allá de lo territorial. Consideraba que sólo partiendo de la unidad de los pueblos latinoamericanos se podría llegar a la gran unión, a la gran comunidad de los pueblos de todo el mundo. En esta unidad la América de origen ibero era mucho lo que podría aportar, el gran sueño de una raza que aspiraba a crecer hasta la universalidad por el camino de la asimilación de sangres, razas, culturas. El principio de la realización de este sueño debería serlo el Congreso de Panamá.

“¡Qué bello sería —escribía en la citada Carta de Jamaica— que el istmo de Panamá fuese para nosotros lo que Corinto para los griegos! ¡Ojalá y que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de representantes de las repúblicas, reinos e imperios para tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra con las naciones de las otras tres partes del mundo!”. Comunidad de pueblos latinoamericanos como punto de partida para la creación de un mundo en el que la voz de estos pueblos, con la autoridad de su historia, fuese eficaz y contase en los destinos de un mundo que debería ser realizado por todos sus hijos sin excepción alguna. Comunidad, no asociación, basada en la unidad de lo que tienen algo o mucho en común. La unidad para el logro o mantenimiento de la libertad y otros valores humanos no menos altos y nobles; no la asociación obligada para simplemente sobrevivir o imponerse.

Más tarde, Bolívar insiste en la idea cuando escribe a Juan Martín de Pueyrredón en 1818: “Una debe ser la patria de todos los americanos, ya que todos hemos tenido una perfecta unidad”. Por ello, agrega, “cuando el triunfo de las armas complete la obra de su independencia, o que circunstancias más favorables nos permitan comunicaciones más estrechas, nosotros nos apresuraremos con el más vivo interés, a entablar por nuestra parte el pacto americano que, formando de nuestras repúblicas un cuerpo político, presente la América al mundo con aspecto de majestad y grandeza sin ejemplo en las naciones antiguas. La América así si el cielo nos concede este deseado voto, podrá llamarse la reina de las naciones y la madre de las repúblicas”.

Pueblos unidos para hacerse respetar y hacer respetar sus ideas de unidad sin sometimientos o vejaciones. Unidad para adquirir la fortaleza en una sociedad como la moderna hecha para que se impongan los más fuertes; pero una fortaleza para el logro de metas ajenas a esas metas fundadas en el egoísmo. En otro lugar ha escrito. “Divididos seremos más débiles, menos respetados de los enemigos y neutrales. La unión bajo un solo gobierno supremo hará nuestras fuerzas y nos hará formidables”.

Sin justicia social no hay socialismo ni bolivarianismo


Sobre esta noticia

Autor:
Garmeden (3 noticias)
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Tipo:
Reportaje
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