Justicia Posible: Ese hombre sabía que iba a morir
Así narra el procurador del estado de México Alfredo Castillo Cervantes, la forma en que un detalle mínimo en la realización de una necropsia tras un homicidio, permitió que las autoridades ministeriales detuvieran a los plagiarios y asesinos de la víctima.
En esta entrega de su columna “Justicia Posible”, el titular de la Procuraduría mexiquense advierte también cómo la indiferencia puede ser un aliado potencial de la delincuencia. "Ese hombre sabía que iba a morir" En todas las columnas hemos rescatado la importancia de fijarnos en los detalles como una manera de avanzar en las investigaciones. Esta historia tiene un doble propósito, por un lado exponer cómo un mínimo detalle permitió capturar a una banda de secuestradores y asesinos, pero a la vez, como también un detalle que nadie advirtió o quiso advertir le costó la vida a un gran mexicano que pudo haberse salvado si alguno de los testigos hubiera denunciado. Este hombre supo que iba a morir. Su legado fue dejar la prueba principal para que después de muerto, la autoridad ubicara a sus plagiarios y asesinos. Ésta es la historia. En alguna ocasión me encontraba en una reunión con empresarios cuando me pasaron una tarjeta en donde me decían que el procurador de aquel entonces me había buscado por la red y que era importante que me reportara. Al comunicarme con él, me pidió que suspendiera mi reunión lo más pronto posible y que me trasladara a un centro de justicia que me correspondía como subprocurador. Había aparecido el cuerpo sin vida de una persona que había sido secuestrada días antes. Los familiares de acuerdo a sus tradiciones religiosas solicitaban que no se le practicara la necropsia. Sin embargo, por ser una muerte violenta no había forma de dispensarla. Lo más que podíamos hacer era una autopsia muy escrupulosa o limpia. Lo que el procurador quería era que yo verificara que se realizara así y que les diera, por mi conducto, todas las facilidades y condolencias a los familiares. De manera respetuosa solicité a los empresarios que abreviáramos la reunión. Minutos después ya iba en camino al lugar. En lo que llegaba al centro de justicia, instruí que se suspendiera la práctica de la necropsia hasta en tanto yo me presentara en el lugar. Al llegar, ya se encontraban algunos familiares del occiso. Una vez más me solicitaban la dispensa de la necropsia. Les expliqué la imposibilidad pero también la encomienda que traía. El occiso había sido secuestrado en otra entidad federativa, por tanto, no teníamos ningún dato que nos permitiera encausar alguna línea de investigación. Instantes después ingresé al servicio médico forense. Ahí le pedí al médico legista que fuera sumamente cuidadoso con el procedimiento. Decidí esperar unos minutos para dejar claro lo importante y relevante de mi solicitud. Mientras le quitaban la ropa, el médico forense se acercó a mí y me dijo: “Señor subprocurador, ahorita que quité el calcetín de uno de los pies de la persona, encontré esto”. Era la envoltura pequeña de un jabón de baño. La misma tenía el nombre de un motel, y atrás una dirección con teléfonos del lugar. Ambos nos quedamos viendo. ¿Seguro estaba adentro del calcetín y no en el piso? Si señor. ¿Después de unos segundos, le dije: “No le digas a nadie lo que acabamos de ver, sigue con la necropsia, hazla con mucho cuidado”. Y me salí. Al salir, mandé llamar a mi coordinador de policía regional, a quien le instruí que enviara a dos elementos a verificar si existía ese motel en la dirección señalada, entregándole la envoltura del jabón. Además le pedí que revisara si el motel contaba con cámaras de videograbación. A los 20 minutos me llamó el comandante para confirmarme la existencia del motel. Le pedí que entrara al lugar y verificara si había cámaras y si la envoltura que le había dado era la misma que utilizaban en la actualidad para los jabones. Después de unos minutos me llamó para decirme: “Jefe le pregunté al de la entrada y me canalizó con el encargado del motel, esta persona dice que si quiero pasar que pague la habitación, entonces me identifiqué como policía ministerial y me dijo que si no tengo una orden de un juez no me va a dejar pasar y tampoco me va a dar ninguna información.” El problema era que ni siquiera se había dado fe de la envoltura dentro de la averiguación previa, todo era una mera suposición. Lo que quería en ese momento era tener un poco más de datos para guiarnos por esa línea de investigación, además de impedir que se aseara la habitación en donde presumiblemente hubiera podido estar la víctima, algo que en ese instante requería el apoyo de los empleados del motel para que nos dijeran primero, si ubicaban al hoy occiso, y segundo, en caso de ser afirmativo, nos señalaran en qué habitación había estado. Le pedí al comandante que regresara. Un Ministerio Público podría generar más confianza. Así que le pedí al encargado de la investigación que se trasladara al motel, y que en un tono conciliador únicamente preguntara a los empleados si reconocían la foto del occiso. A los 20 minutos me llamó por teléfono para decirme: “Jefe, llegué al lugar, me identifiqué como Ministerio Público y el de la pluma ni siquiera me dejó pasar con mi vehículo. Me canalizó con el encargado del motel quién de manera prepotente me amenazó con denunciar la intimidación de la que supuestamente estaban siendo objeto, me dijo que ya había pedido al corporativo que tomara cartas en el asunto y que si queríamos algún dato que lo obtuviéramos el día de mañana con su despacho de abogados.” Era claro que de manera económica no habría forma de obtener información. Rápidamente mandé llamar a mi coordinadora de Ministerios Públicos para decirle “Prepara el acuerdo de aseguramiento del motel, así como los oficios de presentación ante el Ministerio Público de todos los empleados que en este momento estén en el lugar. Pide peritos en todas las materias y 50 policías para resguardar las instalaciones del motel. Nadie puede entrar ahí más que el ministerio público y peritos. No quiero que al rato digan que se perdieron cosas. Si no obtienes de manera inmediata el apoyo, desaloja con mucha sutileza a todos los huéspedes que estén utilizando alguna habitación. No nos vamos a descansar hasta saber si el occiso estuvo en ese motel.” Después de elaborar los oficios de presentación y el acuerdo de aseguramiento mi coordinadora de Ministerios Públicos, mi secretario particular y dos Ministerios Públicos de apoyo se trasladaron al motel con más de 50 elementos para asegurarlo. En unos minutos llegó todo el contingente. La diligencia había empezado. Con oficios en mano, se subió a la patrulla al empleado de la pluma. El ministerio público le solicitó a otro empleado que le avisara al responsable del lugar que se iba a asegurar el motel y que todos se iban en calidad de presentados a declarar al Ministerio Público. Instantes después salió una persona quién se ostentó como el dueño. Esta persona dijo que otorgaba todas las facilidades a cambio de que no se asegurara el motel. Estuvimos de acuerdo. Al inicio de las entrevistas, uno de los empleados al presentársele la fotografía de la víctima señaló que una persona muy parecida al del retrato había ingresado un día antes alrededor de la una de la tarde junto con cinco personas más en dos vehículos. El ahora testigo declaró que después de un rato dos de estos sujetos salieron a pie y que después de unos minutos regresaron con comida. Estas personas mandaron pedir cervezas, por lo que la persona que podía dar más información era el mesero que había llevado las bebidas. El mesero proporcionó los retratos hablados de dos de ellos, sin poder aportar más datos. El empleado de la pluma declaró que el señor que iba en medio en la parte de atrás del primer vehículo se veía de un aspecto y edad muy diferente a los otros. Una mucama dijo que al ver salir del motel a los dos sujetos a pie, observó que uno de ellos iba al parecer armado. ¿Cómo era posible que seis personas hubieran ingresado a una habitación de un motel y se les hubiera permitido? Cuando se les preguntó, todos dijeron lo mismo, las personas intimidaban y ellos no querían problemas. El empleado que cobraba la habitación y los guiaba a ella proporcionó el número de cuarto en el que se habían hospedado estos sujetos. De manera inmediata los peritos en criminalística empezaron a inspeccionarla de forma por demás minuciosa. La misma ya había sido aseada, sin embargo no se había vuelto a ocupar. A su vez los peritos en audio y video empezaron a inspeccionar las cámaras de seguridad en los días y horas señalados por los testigos. Eran las cuatro de la mañana y las diligencias seguían. A esa hora continuábamos esperando que los videos nos pudieran confirmar lo dicho por los empleados. A las cinco de la mañana se obtuvo el primer video el cual corroboró que efectivamente dos vehículos habían ingresado al motel un día antes. En el video se observaba a varios sujetos entrar en una camioneta compacta al motel, seguidos o custodiados por otro vehículo. En el mismo video se apreciaba a dos sujetos salir caminando del motel. Vestían jeans. Después de 30 minutos regresaron con paquetes de comida. En paralelo se obtuvo el registro de todos los vehículos que habían ingresado al motel en esas fechas. En la habitación se hizo el cotejo del envoltorio de jabón el cual era idéntico al que habíamos encontrado en el calcetín del occiso. Aunque no se habían encontrado huellas dactilares en la recámara, algo que ya suponíamos porque se había aseado la habitación, en el bote de basura se encontraron y se tomaron muestras de colillas de cigarro y de una botella de agua. En los vidrios que correspondían a la división de la regadera del baño se detectó una huella dactilar, así como en la palanca del sanitario. Ya por la tarde del otro día, los peritos en audio y video encontraron las imágenes de salida de los vehículos. En este caso se observó vagamente lo que podía ser el rostro de la víctima, el cual iba en la parte de atrás del primer vehículo. Con estos datos podíamos confirmar que el occiso efectivamente había estado minutos antes de su muerte en ese motel. El hecho de que se hubiera encontrado la envoltura en su calcetín nos hizo pensar que el secuestrado presintió que iba a morir, y quiso dejarnos una pista para la investigación. Por la noche llegó el primer dato importante. La huella dactilar encontrada en la palanca del sanitario era de una persona que había estado recluida en un penal, la cual había salido dos meses antes por un robo con violencia. Inmediatamente se mandó pedir su expediente. Ya con la fotografía del probable secuestrador, se les mostró a los empleados del motel. En este caso, tanto el mesero como el de la pluma lo reconocieron como uno de los sujetos que había ingresado aquel día al motel. Además, los videos lo ubicaban como uno de los dos sujetos que había salido a comprar comida. Ahora había que localizarlo y asegurarlo. En los registros del expediente de este sujeto, existía un domicilio proporcionado por un despacho para oír y recibir notificaciones. Al visitar el lugar, un pasante dijo que ese asunto lo habían dejado de llevar por falta de pago, sin embargo proporcionó la dirección de un pequeño negocio en donde trabajaba el hermano de este sujeto, quien fue la persona que los había contratado. Inmediatamente se mandó gente al lugar. La estrategia era no alertar al hermano, por lo que el área de inteligencia colocó a un bolero cerca del lugar para hacer vigilancias. Después de varios días hizo su aparición la camioneta compacta que se observaba en los videos del motel. De manera inmediata el personal detuvo al sujeto que la manejaba, el cual iba acompañado de otro sujeto. En el interrogatorio, ambos negaron los hechos, sin embargo aparecieron en los videos y fueron reconocidos por los empleados del motel. Después de varias semanas teníamos a los primeros detenidos por este homicidio. Sin embargo, la investigación se detuvo por no contar con más datos para ubicar a los demás responsables. Según el dicho de los detenidos, la banda se había desintegrado días después por las diferencias que existieron entre ellos al decidir matar a la víctima, por lo que no contaban con información que pudieran aportar para la ubicación de los otros secuestradores. Semanas después en una investigación por el homicidio de una pareja de novios fueron detenidas cuatro personas. Dos de ellas reconocieron su participación en un evento anterior en donde a la víctima la habían mantenido privada de su libertad en un motel. Cuando el área de homicidios nos dio esta información, de manera inmediata se le pidió a los empleados del motel que nos dijeran si los reconocían. Sólo uno sería identificado. Teníamos ahora tres detenidos. Sin embargo, el cuarto que en un principio había aceptado haber participado en el secuestro, ya en el Ministerio Público había negado los hechos y su cómplice por supuesto no lo imputaba. Para colmo, ninguno de los empleados del motel lo había reconocido y los videos eran muy vagos. Necesitábamos ahora alguna prueba que lo vinculara y no teníamos. Una vez más las 48 horas se agotaban y parecía que se iba a salir con la suya. Sentados en la oficina con la frustración en nuestros rostros, pensaba y pensaba de qué forma podíamos solventar esta situación. Después de un buen rato de estar cruzando ideas, mi coordinadora de Ministerios Públicos nos preguntó si queríamos una botella de agua. Después de unos segundos, mi secretario particular dijo: “Jefe, ya sabemos que la huella dactilar del sanitario es del primer secuestrador que tenía antecedentes penales, y nos hemos quedado siempre con la idea de que es la única huella que se encontró, pero falta cotejar las huellas dactilares que se encontraron en el bote de basura, donde estaba la botella de agua y las colillas de cigarro.” Apenas terminó su intervención cuando ya estábamos mandando a hacer el cotejo respectivo. Después de varias semanas y tantos casos que nos tocaba conocer día con día, a todos se nos había olvidado las huellas del bote de basura, sin embargo mi secretario particular lo había recordado por la botella de agua. Al otro día, llegó el resultado. Las huellas dactilares de la botella de agua y del cuarto secuestrador no tenían nada que ver; sin embargo, contra todos los pronósticos, las huellas dactilares encontradas en las colillas de cigarro del bote de basura pertenecían a este sujeto. Ahora sí, teníamos al cuarto detenido por el secuestro y homicidio del señor del motel. El quinto secuestrador jamás fue detenido. Uno de los secuestradores declaró posteriormente que ese sujeto era el líder de la banda y que después de que la banda se dividió, este sujeto se había integrado a otra organización, la cual lo había mandado matar por un secuestro en donde él quiso quedarse con el pago de un rescate. Al final, cuatro secuestradores de esta banda fueron detenidos gracias a que la víctima se colocó una envoltura de jabón en un calcetín. Un detalle mínimo que a lo mejor muchos forenses hubieran pasado por alto, o no se hubieran percatado de él, o simplemente lo hubieran considerado una pequeña basura que ya estaba en el lugar. Una gran lección para todos aquellos que le piden a ayudantes que quiten la ropa para iniciar necropsias, sin involucrarse desde un inicio en este procedimiento. Una gran lección también para los peritos, ya que las huellas dactilares recabadas se obtuvieron de los lugares menos pensados para muchos, como fue la palanca del sanitario y con los residuos de basura que habían dejado. Al cerrar este capítulo pensé por varias noches la mirada de impotencia de la víctima al momento de salir y cruzar la pluma del motel y observar que nadie había hecho algo por él en las 24 horas que estuvo ahí en cautiverio. Si alguno de los empleados hubiera denunciado a las autoridades lo ilógico y altamente sospechoso de que ingresaran cinco hombres con un sexto de una edad y apariencia muy diferente a los otros, es probable que la víctima se hubiera podido salvar y nosotros hubiéramos podido detener a los secuestradores en ese instante. En este caso, el miedo, la apatía, el temor, la indiferencia, el no preocuparnos por lo que le puede pasar al otro, le costó a México la vida de un gran hombre. Un ejemplo más de que sólo con el apoyo y la valentía de la sociedad podremos vencer a la delincuencia. Lo demás siempre será insuficiente. Hasta el próximo viernes. NOTA:
By: Alfredo Castillo para: El Universal Edo. Mex
Alfredo Castillo Cervantes es procurador de justicia del estado de México
Tiene la licenciatura en Derecho por la UAM, Ciencias Políticas por la Universidad Iberoamericana y Economía, por la EBC; también es apasionado de la escritura.
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Autor: El Mundo (4194 noticias)
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