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El juego es un asunto serio

01/12/2009 14:53 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Una vida con poco tiempo para divertirse libremente forma personas sin las habilidades sociales que permitieron nuestro éxito como especie. Después de todo, somos homo sapiens y también monos chacoteros

El mayor tesoro de Paulina era un balde repleto de renacuajos.

Día y noche los vigilaba a la espera de que se convirtieran en sapos hechos y derechos. Cuando la metamorfosis ocurría, repartía los anfibios entre sus amigas.

Hasta que un día la niña de 6 años separó de la prole a un sapo que bautizó como Pepe. Lo guardó en una caja de zapatos con barro y ramitas.

–¿Qué escondiste debajo de la cama? –le preguntó una tía abuela que era más sapa que el anfibio de esta historia.

–A Pepe, el sapo. Cuando sea grande le voy a dar un beso para que se convierta en príncipe y nos casemos–contestó Paulina, quien hace poco había escuchado muy impresionada la fábula del Príncipe Sapo.

A la hora del almuerzo la familia comentó el incidente. Y aunque la tía solterona celebró desde ya que su sobrina realizara gestiones para que no la dejara el tren, entre los padres de la criatura cundió el pánico. Paulina, sentenciaron, se estaba imaginando demasiadas cosas para su corta edad. Acto seguido, Pepe el sapo fue arrojado a un canal cerca de la casa.

Como ese verano no la abandonó la melancolía, sus padres decidieron llevarla al sicólogo. “Se enamoró de un sapo”, explicaron, y el terapeuta les dijo que no se preocuparan, que lo de la niña era sólo un juego… y que ‘eso’ era algo que se curaba con la edad.

Pero pasó el tiempo y aunque Paulina olvidó a Pepe, jamás paró de jugar. Se convirtió en bióloga, viajó a Costa Rica y cada vez que se sumergía en algún pantano era como si otra vez buscara el anfibio de sus sueños. Claro que en lugar de dar con el batracio, se topó con un científico experto en manglares. Se casaron y, al revés de la fábula original, “el príncipe se convirtió en sapo”, cuenta muerta de la risa.

Paulina no cumplió el presagio del sicólogo. En memoria de Pepe jamás dejó de jugar. Y eso, dice, “ha sido la clave que me ayudó, entre otras cosas, a enfrentar un cáncer y abrirme camino en una profesión bastante machista”.

A continuación examinaremos cuál es la importancia de mantener el juego durante la vida adulta. Recurriremos a una serie de investigaciones y, lo más importante, compro baremos cuánto de cierto hay en esa frase donde el médico y poeta norteamericano, Oliver Wendell, Holmes advierte que “los hombres no dejan de jugar porque envejecen, sino que envejecen porque dejan de jugar”.

Radiante inteligencia

Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, no desarrolló una teoría del juego como sí lo hicieron otros siquiatras durante el siglo XX. Pero así y todo constantemente se lamentaba frente a sus discípulos de que, por lo general, los adultos carecían de lo que él bautizó como “la radiante inteligencia de los niños”. Años más tarde, el escritor y sicólogo, Erik Erikson, llamaría a la gente a cultivar esa “radiante inteligencia” a través del juego.

¿Pero qué es el juego? En general, los expertos coinciden en que desde los griegos hasta hoy cualquier actividad del estilo (lúdica) ha sido menoscabada en pro de la eficiencia, las metas y la productividad.

Los diccionarios son cómplices. El New Shorter Oxford English Dictionary, por ejemplo, lo define como el “ejercicio o acción dirigida a la recreación o el entretenimiento, no necesariamente espontáneo, de niños o animales jóvenes”. Pero esta idea del juego reservada a ‘criaturas’ y no personas hechas y derechas, es todavía más remota. Las palabras educación y juego para los antiguos griegos derivan de la palabra niño, “pais”. Cuando termina la niñez aparece otro término –”agon”–, que significa competidor y que es usado para todas la actividades que implican marcas y premios, como los Juegos Olímpicos, por ejemplo.

“Se podía jugar sólo cuando niño y competir cuando ya se había crecido”, reflexiona la siquiatra norteamericana Lenore Terr en su libro Por Qué los Adultos Necesitan Jugar.

Sin embargo, los últimos hallazgos en el área del comportamiento han reivindicado el valor del juego a cualquier edad y su importancia para una sociedad mentalmente sana. Y ojo, que aquí no estamos hablando necesariamente de bridge. Porque lo que define el juego propiamente tal, ése que todavía practican algunos niños pequeños, es su naturaleza libre, espontánea y sin reglas. Estamos frente a una herramienta evolutiva que ha permitido a la raza humana ser exitosa como especie. Veamos por qué.

No sólo los humanos jugamos. También lo hacen los chimpancés más jóvenes y los perros de todas las edades. Los conejos cuando pequeños juegan a las escondidas, porque cuando grandes les servirá para escapar de los predadores. Los lobos, en cambio, juegan a pelear y a cazar, y así se preparan para su vida adulta como carnívoros. Todo indica que se trata de una actividad que está más desarrollada en los animales superiores. ¿Se ha visto alguna vez a una ostra chacotera? Probablemente no, y por eso existe el dicho “estoy más aburrido que una ostra”.

El mayor tesoro de Paulina era un balde repleto de renacuajos

Pues bien, al igual que los cachorros de leones se divierten simulando una lucha, los niños hacen lo propio con actividades con un grado de sofisticación mayor porque, obviamente, su vida de adultos será más compleja que la de la mayoría de los mamíferos.

El juego es necesario para una niñez normal. Y no estamos hablando de cualquier clase de juegos, sino del que los científicos norteamericanos llaman “free play”, y que consiste en esa forma alborotada, fresca y libre tan propia de los niños para divertirse. Un juego sin reglas ni metas ni logros establecidos. Tampoco supervisado por adultos. Gracias a estas acciones gratuitas, los preescolares adquieren habilidades sociales complejas y usan su imaginación para crear nuevos mundos y desarrollar el lenguaje.

La clave está –explica la divulgadora científica Melinda Weener– en que los menores no llegan a ser socialmente competentes gracias a lo que sus profesores les sugieren hacer. No. Esto es algo que ellos aprenden naturalmente entre sus pares. Por ejemplo, ser pacientes y turnarse para que todas las amigas de un grupo puedan en su momento representar el papel de la princesa de la historia. Ellas no buscan acaparar este rol todo el tiempo porque, de lo contrario, se quedarían sin compañeras de juegos. Y esto es algo que no quieren, pues para ellas jugar, aunque sea en el rol de la amiga de la princesa, es algo que las divierte como nada.

Algo parecido ocurre con los niños y sus juegos espontáneos de lucha libre. Lo natural es que vayan intercambiando el papel de triunfador y perdedor para que así la actividad resulte más amena para todos. Algo que, por lo demás, también practican los lobeznos. La persistencia, la tolerancia y –como veremos– también la compasión, son habilidades que adquieren de esta forma.

Por desgracia, en una sociedad exitista muchas veces son los padres quienes no dejan a sus hijos tiempo para practicar el juego libre y sin reglas. Clases de piano, deportes y otras actividades guiadas copan sus pequeñas agendas y han significado que, según los Archives of Pediatrics & Adolescent Medicine, los preescolares jueguen en promedio un 25% menos que antes.

Las consecuencias de esta situación son insospechadas para la raza humana: nuestra especie ha basado buena parte de su éxito en la cooperación entre sus miembros, actitud que hoy se ve fuertemente amenazada.

¡Que jueguen en Wall Street!

La generación digital, esa que nació con internet y que prefiere chatear en lugar de asistir a una reunión familiar, está hipotecando su capacidad de generar empatía, compasión, altruismo y tolerancia. Para ponerse en el lugar del otro es necesario que se activen las “neuronas espejo”, y esto sólo se logra mediante la mímesis, es decir, la imitación e identificación con quien tenemos en frente.

Según estudios de la Universidad de California, en San Diego, las conductas sociales complejas como la tolerancia y el altruismo se ubican en el área más evolucionada de nuestro cerebro, que son lentas y reflexivas. Pero si en lugar de caras y voces, es la tecnología y su avalancha de información la que lleva la delantera, lamente reacciona en forma automática e irreflexiva. En lugar de sentir empatía por el otro, nuestro cerebro advierte una amenaza y actúa en consecuencia.

Esta teoría explicaría, por ejemplo, asuntos de interés tan masivo como la última crisis financiera: simplemente, los brokers –dicen los expertos– habrían crecido en un ambiente que no favoreció el juego no competitivo, con las consecuencias desastrosas que todos conocemos. Es como si Wall Street hubiese sufrido de pronto una involución y, en lugar de homo sapiens, se hubiera poblado de criaturas con la capacidad de empatía de una almeja. Una generación de ejecutivos orientada a ganar y que nunca aprendió a jugar por el simple placer de jugar, aunque se pierda.

Está comprobado que una niñez sin tiempo para el juego libre genera personas mentalmente enfermas. Fue, por ejemplo, lo ocurrido con Charles Whitman, quien en 1966, y a sus 26 años, les disparó a 46 personas desde la torre de la Universidad de Texas. El siquiatra Stuart Brown estudió el caso y concluyó que, aparte de vivir episodios de violencia física, este estudiante de ingeniería y ex marine, simplemente, no lo pasó bien cuando niño. En efecto, en lugar de horas libres para jugar desordenadamente como sus compañeritos, Whitman se dedicó a coleccionar medallas de boy scouts y al reconocimiento de la comunidad por su labor como monaguillo. De lucha libre y fantasías de superhéroe, nada.

Pero si usted no jugó lo suficiente cuando niño, no se preocupe, porque todavía hay tiempo y no necesariamente va a terminar disparando desde una torre en Texas.Juguetes al diván

En su libro Por Qué los Adultos Necesitan Jugar, la terapeuta norteamericana, Lenore Terr, hace un llamado, por ejemplo, a nunca dejarnos de admirar por elmisterio de las cosas simples: basta una caracola o una botella de colores caleidoscópicos.

Terr dio un paso más allá y decidió incorporar en los 10 últimos años de ejercicio de su profesión, esta dimensión humana en la privacidad de su consulta: “He convencido a mis pacientes de que traigan los productos de sus juegos: poemas, pinturas, fotos. Algunas veces recreamos partidos de golf, clases de baile… y reímos”. Para los adultos –explica– el juego no es otra cosa que “pasarlo bien”. Y gracias a esta forma de hacer siquiatría, Terr hizo un descubrimiento: “Algunas personas que han sufrido traumas, los difunden en nuestra cultura a través de novelas, cine o poesía”. Es lo que ella denomina “juego postraumático”–.

Otra recomendación de la autora es dejar de pensar en el trabajo y en el juego como actividades mutuamente excluyentes: si un deportista da un salto perfecto o un escritor concibe una historia maravillosa, la sociedad reconoce que detrás de ese placer hay trabajo. El juego es también un asunto serio.


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Fidelam (4709 noticias)
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Nota de prensa
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