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Jóvenes argentinos: el paradigma del aguante

18/03/2011 21:54 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La vereda se ha transformado en un refugio en la urbe adversa

Ricardo Osvaldo Rufino mir1959@live.com.ar

La escena es frecuente y se puede observar asiduamente en cualquier esquina o paredón de cualquier ciudad grande o mediana de la República Argentina: sentados en la vereda, varios jóvenes dejan pasar el tiempo tomando del pico cerveza en botella de vidrio. Puede ocurrir incluso en las inmediaciones de un colegio secundario. Sucede que son muchas las horas muertas de los jóvenes, cuyo “tempo” es el tedio. Y el tedio está muy mal visto ahora en nuestras sociedades, organizadas para la producción y el consumo y no para dejar transcurrir las horas sin propósito alguno.

La vereda se ha transformado en un refugio en la urbe adversa.

Son millones, dicen las estadísticas, los jóvenes argentinos que no estudian ni trabajan.

Lo que no dicen las estadísticas es que muchos de ellos han perdido las esperanzas y las expectativas en un futuro mejor. El desaliento se ha apoderado de sus espíritus.

El joven busca identificación en el grupo porque ya no la encuentra en el modelo familiar, ya que sus padres deben salir desesperadamente a trabajar para traer el dinero al hogar, ese dinero que permite mantener la ilusión de la continuidad de una familia normal.

Una encuesta reciente demostró que ha cambiado la motivación prevaleciente entre los adolescentes que se drogan. Antes la mayoría lo hacía “por ir contra la corriente”, ahora “porque lo hacen mis amigos”. Este llamativo dato demuestra a las claras hasta que punto la pertenencia al grupo es esencial para la conformación de la identidad de millones de jóvenes.

Por mi parte, comprendo y justifico, aunque no puedo dejar de advertir los peligros que conlleva, el rechazo de los jóvenes hacia la política y hacia los políticos –que supieron contribuir decididamente a la consolidación de este estado de cosas-.

Pasado el entusiasmado inicial por el retorno de la democracia, allá por 1983, fruto del infierno militarista, creo que la desilusión de sucesivas camadas de jóvenes, en relación con la democracia, que ya dejó de ser visualizada por muchísimos de ellos como el sistema que posibilitaría lograr un mejoramiento de las condiciones de vida, no es sino un eslabón más de la extensa historia de frustraciones que muestra la historia argentina reciente.

Pero me pregunto una cosa: ¿Por qué los jóvenes que son justificadamente tan críticos en relación con los discursos, la actuación, la hipocresía y la demagogia de los políticos, no tienen en cambio igual rigor hacia otros falsos paraísos, como los que proponen los medios de comunicación, la publicidad y sus mentiras, el falso consumo o la fabricación caprichosa de falsos ídolos? ¿Por qué los jóvenes de mi país que, lúcidamente y acertadamente, dicen no a los cantos de sirena de los políticos que quieren montarse sobre ellos para alcanzar el poder, compran en cambio, acríticamente, tanta basura que les venden publicitarios inescrupulosos o se convierten en inmediatamente receptivos ante el avance de tanta moda vacía de contenido? ¿Por qué toman al “Dios consumo” como la máxima aspiración de sus existencias?

Voy a ser muy sincero: me da pena la situación de tantos jóvenes de mi querido país, pena y compasión, pero no más que la que me dan los hombres maduros y los ancianos, cercados igualmente por una sociedad empobrecedora, brutalmente estratificada y caníbal. Los primeros porque ya no consiguen empleo (éste es, apenas, para los que tienen hasta 35 años, sino mirar los avisos de los diarios), y los segundos porque les han robado el derecho a transitar una vejez digna.

Cada grupo -incluyo por supuesto a las mujeres- según su edad y el papel que desempeña, lleva a cuestas su propio infierno y nos defendemos de él como podemos.

No creo que se deban cargar las tintas sobre las ingratitudes que sufren los juveniles, de parte de una sociedad muchas veces desalmada.

Por supuesto, hay jóvenes, como hay gentes maduras, como hay viejos, que superan los estereotipos de época y buscan caminos creativos para sus vidas, pero no dejan de ser la excepción en un contexto verdaderamente desalentador.

Sí les reconozco a los jóvenes el acierto de haber adoptado como divisa y símbolo de estos tiempos que transitamos, una síntesis realmente aguda del actual paisaje socio-cultural: ésta es la “Argentina del aguante”, un país devastado por la chatura, el egoísmo, la corrupción y la inequidad, en el cual rige un solo mandato: resistir, aguantar, tolerar, soportar.

Jóvenes y no jóvenes, en la Argentina todos aguantamos. De algún modo, sobrevivimos.


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Prensa Libre Valenciana (108 noticias)
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