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James Dean: Todo lo que nos quitó ese Porsche

10/02/2011 12:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

RAFA VIDIELLA

  • De no haber muerto en un accidente de tráfico, este martes habría cumplido 80 años.
  • Así fue la fugaz existencia del chico que, además de estrella de cine, se convirtió en eterno símbolo de belleza y rebeldía.

James Dean

¡Bienvenidos a la Mansión de los Bellos y Precoces Difuntos! Pasen y vean: al final de la escalera puede que nos salude Marilyn con uno de sus pu-pu-pi-dú. En el baño, no se asusten, anda John Belushi poniéndose unas cuantas rayas. ¿Y ese moreno engolado? Sí, Rodolfo Valentino, y con él se ve a River Phoenix y Heath Ledger. Están todos. Y por fin, iluminado por la clarísima luz que entra en la habitación principal, el príncipe de la casa. El más bello de todos ellos. Con ustedes, Jimmy Dean.

Pobre Jimmy. El martes habría cumplido los ochenta. En perfecto estado, es lo que tiene vivir en el limbo del recuerdo eterno, arruga la frente, se mesa el rubio tupé y sigue preguntándose por qué tuvo que convertirse en leyenda. Por qué tuvo que chocar en esa carretera perdida. Por qué murió el 30 de septiembre de 1955. "El martes habría cumplido los ochenta . ¿Por qué coño hice real esa tontería del vive rápido y deja un bonito cadáver?", maldice.

Alguna ventaja tuviste: no sufriste Vietnam, ni a Bush Jr., ni la catástrofe medioambiental, ni la gris decrepitud. Pero, al otro lado de la balanza... Todo. Todo lo que no pudiste hacer y que también perdimos nosotros. Y otra cosa: a diferencia de otros, ni siquiera disfrutaste de tu fama. Antes de estallar, Belushi vivió infinitas juergas. Monroe rodó gran cine y tonteó con los Kennedy. A Valentino le lloraron miles de fans. ¿Pero tú? ¡Solo se te echó de menos cuando, poco después de morir, empezamos a verte en los cines!

Porque así fue la vida de Dean: un rayo esquivo, una explosión, un suspiro. Se sabe que nació en un pueblo de Indiana. Que la vida le golpeó pronto, y muy duro: con apenas nueve años su madre moría de cáncer. Inadaptado, fue entregado a unos tíos, brilló como deportista, se matriculó en la universidad y, claro, comenzó a hacer teatro. En funciones perdidas, en oscuras noches que apenas unos pocos recuerdan, un joven de gomosa voz y escasa altura lograba todo lo que un actor principiante pretende: que los ojos del público, hipnotizados, se centraran solo en él. Así fue.

Aprendiz en Actor’s Studio

Aconsejado por todos, sabedor de su potencial talento, el salto a Nueva York. El Actor’s Studio, el apartamento 5F en el 19 de la West 68th, a media manzana del Central Park y escasos metros de Broadway. Un fogonazo, una foto: tú tumbado en el sofá-cama leyendo (queremos pensar que un guión). En el diminuto estudio, lleno de libros, tres detalles: la mesa en la que dibujabas y estudiabas actuación; el teléfono, como un trasto de otro planeta, al que te aferrarías esperando la llamada de tu agente con algún que otro papel; y, colgada de la pared, una frivolidad: la cornamenta de un toro y un capote ensangrentado que alguien te había regalado. Así era tu vida en Nueva York, y a ese lugar volverías de vez en cuando huyendo de Hollywood. En su gris multitud, diminuto entre rascacielos, te sentías más discreto y anónimo. Más persona.

El cine, qué lástima, te retuvo poco. Uno de los grandes, Elia Kazan, no lo dudó y te dio en tu debut el papel protagónico de Al este del edén (1955). Ultrasensible, carnalizando los traumas de tantas generaciones heridas, reclamabas el amor que todos echamos en falta. En tu primera (y antepenúltima) actuación empiezan los gestos inconfundibles: la cabeza baja, la mirada torva, los hombros gachos, las manos en los bolsillos. La comunicación no verbal que distinguía al actor de método. Y después del Edén, Rebelde sin causa. Más improvisación, más torrente interpretativo, la fascinación del director Nicholas Ray, de Natalie Wood (otro bonito cadáver), de Sal Mineo. Esa ya no la llegaste a ver: se estrenó un mes después de tu muerte, y debieron de abundar las lágrimas en la platea.

Y por último, ya esperado y deseado como una estrella perpetua, Gigante. Tu profesor Frank Corsaro dijo: "Su talento es todo instinto y ninguna técnica". En Gigante, donde hasta te vemos con canas y maquillado de adulto, empezaba la carrera del actor maduro, del chico que comenzaba a encontrarse. Sin cargar, como en las dos anteriores, con toda la película, tu personaje ya no es solo un jovencito hermoso. Es un hombre.

Y nada más. El día soleado, el viento desparramando tu felicidad, el Porsche plateado y bautizado como Little Bastard a toda velocidad. El cruce maldito, el error del conductor del Ford y el final en el lejano y polvoriento pueblo de Cholane. Maldito y precipitado The End.

Una legión de herederos

Dicen que, antes de llegar él, los galanes eran de dureza pétrea. Lo cierto es que Dean inventó un nuevo héroe: vulnerable, aniñado, bellísimo. Su legado sigue vivo: el principiante Brad Pitt como el vaquero de Thelma y Louise; el también desaparecido River Phoenix; el ahora de moda James Franco, que le interpretó en un biopic; el crepuscular Robert Pattinson... La lista sigue y, como el propio Dean, promete convertirse en eterna.

No pases de...
  • Una peli

Rebelde sin causa. Su estreno, poco después de morir Dean, se convirtió en éxito. No es de extrañar: es un clásico absoluto que, pese a los años, guarda toda su fuerza y vigencia. James Dean, Natalie Wood y Sal Mineo encabezan una película llena de momentos inolvidables. Nicholas Ray, 1955. Warner, 5, 99 a.

  • Un disco

Elvis Presley. Sí, Dean dejó huérfana a toda una generación, pero poco después los rebeldes de la época le encontraron sustituto. Era Elvis, que además de copiar la actitud del actor debutó con un disco repleto de éxitos como Heartbreak Hotel, Blue Suede Shoes o My Baby Left Me. Por supuesto, fue un número uno inmediato. Elvis Presley, 1956. RCA, 11, 95 a.

  • Un libro

Hollywood Babilonia. La sexualidad de Dean es pura incertidumbre. Le emparejaron con actrices como Pier Angeli. Otros aseguran que era homosexual. En este legendario libro de cotilleos de Hollywood se asegura que en antros de mala muerte le llamaban «el cenicero humano». Pasen y lean... Kenneth Anger, 1986. Tusquets, 9, 95 a.

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