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Israel y su cercanía con Rusia, sus contradicciones en el eje territorial

16/11/2018 21:20 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Es necesario resituar el enfoque de clase, adecuarlo a una era en la que los actores sociales son difíciles de identificar a primera vista

La Tecla Fértil

 

¿Ha traicionado la izquierda a sus propios ideales? Cabe más bien pensar lo contrario. La conversión de la izquierda al posmodernismo (y por ende al neoliberalismo) es, en el fondo, un acto de coherencia histórica. Muerto definitivamente el socialismo real – entre la “revolución” de mayo 1968 y la caída del muro en noviembre 1988 –, la izquierda retornó a sus orígenes históricos, que no son otros que los de la burguesía acomodada, heredera y beneficiaria de la ideología de la Ilustración. Es preciso tener en cuenta –como lo ha hecho Jean–Claude Michéa en una serie de trabajos fundamentales – que el origen histórico de “la izquierda” se sitúa, no en el socialismo, sino en el “compromiso histórico” cerrado a fines del siglo XIX (la época del “caso Dreyfus”) entre la intelligentsia progresista y la parte más institucionalizada del movimiento socialista. Pero en los albores del siglo XXI, liberada por fin de sus lastres obreristas, es del todo coherente que la izquierda comparta con el capitalismo, ya sin tapujos, una común esencia liberal, así como una fe dogmática en la religión del progreso.

Por de pronto, los temas “progresistas”, agitados sin interrupción por la industria mediática y el show business internacional, garantizan a la izquierda su hiper–visibilidad y sobre–representación cultural. Pero también cabe preguntarse si, a la larga, la izquierda no estará procediendo con ello a su voladura controlada. Tal vez veamos cosas que hoy son difíciles de imaginar.

Es necesario resituar el enfoque de clase, adecuarlo a una era en la que los actores sociales son difíciles de identificar a primera vista.

En pocas palabras, el fascismo es en general un estado de partido único totalitario que incorpora los ideales socialistas, permite que, en diversos grados, la propiedad privada y la empresa privada en una economía dirigida por el Estado y promueve el nacionalismo como fuerza vinculante para la comunidad. Uno de los derivados más conocidos del fascismo es el nacionalsocialismo, según lo practicado por el régimen Nacional Socialista (Nazi) en Alemania justo antes y durante la Segunda Guerra Mundial. Marxismo es el nombre de su teórico principal Karl Marx quien postuló una teoría económica que el trabajador es el dueño del producto de su trabajo (no los denominados “capitalistas” que los emplean) y donde la propiedad privada es “colectivizada” . Esto llevó al desarrollo del comunismo, que consistía en un Estado de partido único totalitario, no muy diferente a un estado nacional socialista. La principal diferencia es que los estados comunistas tienen economías dirigidas que son controlados firmemente y promover su “internacionalismo” y la unidad de los trabajadores (la solidaridad) en todo el mundo. Se puede decir que iban a ser “socialistas internacionales”, en oposición a la "socialistas nacionales".

Es notoria la admiración que profesaron tanto Hitler como Il Duce por los métodos utilizados por los bolcheviques para alcanzar y ejercer el poder –apenas unos años antes de sus propias experiencias–. Con el mayor celo y diligencia, cada uno por separado se propuso «superarlos» para sus propios designios. En una conversación en la primavera de 1934 con el entonces presidente del Reichstag, Herman Rauschning, Hitler declaraba:

No es Alemania la que se volverá bolchevique, sino el bolchevismo que se transformará en una especie de nacionalsocialismo. Además, hay más nexos que nos unen al bolchevismo que elementos que nos separan de él. Hay, por encima de todo, un verdadero sentimiento revolucionario, vivo por doquier en Rusia, salvo donde hay judíos marxistas. Siempre he sabido darle su lugar a cada cosa y siempre he ordenado que los antiguos comunistas sean admitidos sin demora en el partido. El pequeñoburgués socialista y el jefe sindical nunca serán nacionalsocialistas, pero sí el militante comunista. (Furet, 1999:223).

No hay que olvidar que, tanto en Alemania como en Italia, los partidos nazi y fascista tuvieron su origen en desprendimientos o variantes nacionales del movimiento socialista. Puede argumentarse que la virulencia del enfrentamiento con esta corriente política se debe en gran medida a este origen común y al hecho de que rivalizaban, cada uno a su manera, por el favor de las masas, en su propósito de destruir la democracia «burguesa».

La colocación de comunismo y fascismo en polos opuestos también soslaya la existencia de variadas alianzas y/o acuerdos que se forjaron entre ambas corrientes durante esas décadas. Por ejemplo, Furet (1999:230, 253) insinúa que Stalin continuó la colaboración de la URSS con Alemania contemplada en el Tratado de Rapallo de 1922 –que ayudó a rearmar clandestinamente a Alemania en violación de las restricciones establecidas en el Tratado de Versalles– incluso después del ascenso de Hitler al poder. Previamente, el enfrentamiento de la Tercera Internacional comunista con los partidos socialistas y socialdemócratas –a los cuales se tildaba de «social fascistas» (Trotsky, 1971)– había facilitado el ascenso al poder de los nazis, con quienes tenía el interés común de enterrar a la República de Weimar, hechura de la socialdemocracia alemana. Por lo menos en dos ocasiones –en un referéndum contra el gobierno socialista en Prusia en 1931 y durante la huelga de transporte de noviembre de 1932– los comunistas hicieron causa común con los nazis en su camino al poder (Koestler, 1974:94). Por su parte, la Italia fascista fue el primer país occidental en reconocer la naciente república soviética (Payne, 1997:223), y ello se expresó en importantes intercambios culturales cada año, hasta bien entrada la década de los treinta. Finalmente, el conocido pacto de no agresión entre la URSS y Alemania suscrito entre Molotov y Ribbentrop en 1939, y mediante el cual –entre otras cosas– se repartieron Polonia, traicionó la política antifascista concertada con los partidos socialistas democráticos.

La similitud entre el accionar del régimen nacionalsocialista y el de Stalin en la ocupación de ese país se expresa en el hecho de que, mientras las SS hitlerianas rápidamente asesinaban o metían presos a los polacos opositores, el NKVD soviético mandaba a liquidar, en «su» parte de Polonia, a la élite dirigente, incluyendo 15.000 soldados fusilados en los bosques de Katyn (Furet, 1999). Si bien muchos apologistas de la URSS argumentarían la necesidad del pacto soviético-nazi para preservar la joven Patria del Proletariado,  lo cierto es que puso de manifiesto el fuerte predominio del pragmatismo en la diplomacia estalinista y la prevalencia de los intereses propios de este régimen por sobre posiciones «principistas», supuestamente basadas en los intereses irreconciliables entre fascismo y comunismo.

La violencia siempre ha sido un instrumento represivo para mantenerse en el pode

Empero, la invasión alemana de la URSS en 1941 hizo trastabillar las consideraciones estratégicas que pudiese haber albergado Stalin y colocó por fuerza al comunismo al lado de las fuerzas libertarias en la lucha contra la barbarie hitleriana. En buena parte de la humanidad democrática fueron ignorados los crímenes estalinistas, bajo el chantaje de que la crítica a la Unión Soviética le hacía el juego a Hitler. Una vez victoriosa, la URSS cosechó, para prestigio de su proyecto marxista leninista, el enorme sacrificio en que incurrió para derrotar al enemigo de la humanidad y «liberar» de la bota nazi a los pueblos de la Europa oriental... a los cuales sometió prontamente a sus propios designios. En particular, desde la óptica comunista, el fascismo se retrataba como la antítesis de la democracia de avanzada que pretendía encarnar la revolución proletaria en el poder en la Unión Soviética: al ser antifascista simplemente no se podía ser anticomunista.

De la posguerra emergió la configuración de una antinomia entre toda expresión política que pretendiera esgrimirse de «izquierda» y la experiencia fascista, ubicada en la extrema derecha y expresión de las conductas más retrogradas y perversas del siglo XX. A partir de ahí, el uso del término «fascista» se fue generalizando para referirse a fenómenos con poca afinidad con las experiencias históricas referidas, salvo por sus prácticas dictatoriales y de negación de los derechos humanos. Se fue trivializando así el uso del vocablo, usándose frecuentemente como expediente para descalificar al adversario político. Ello encontró una aplicación profusa de parte de la izquierda latinoamericana en la denuncia de las dictaduras militares y de las expresiones políticas de extrema derecha en los años sesenta y setenta. Hoy el término es endilgado irracionalmente por el presidente Chávez y sus voceros a todo opositor al que les interese descalificar.

Al considerar al fascismo simplemente como expresión de una extrema derecha «enemiga de la humanidad» se suele pasar por alto sus enormes similitudes con la práctica política de los partidos comunistas. Además, se desestima el impresionante arraigo popular con que contaron las dos experiencias más conocidas –Mussolini y Hitler–, expresión de su capacidad para interpretar los sentimientos y frustraciones de las poblaciones de sus respectivos países para aquel entonces, así como la enorme energía revolucionaria que desataron y encausaron en pos de su apetito insaciable de poder. Fueron, quizás, los movimientos que mejor aprovecharon los cambios fundamentales en el acontecer político de las naciones europeas que inauguró el siglo XX, consistente en el protagonismo central de la masa informe, a diferencia del manejo bastante más excluyente bajo los «clubes» y asociaciones civiles a través de los cuales se dirimía durante el siglo anterior la contienda política entre facciones d En tal sentido, se distinguieron de los partidos radicales de inspiración marxista, como es el caso del partido bolchevique ruso, que tendían a concebirse más como partidos de cuadros, cerrados, de vocación conspirativa. En la medida en que fueron fenómenos de masa que apelaron a grandes movilizaciones y al discurso de calle para fortalecer el espíritu de pertenencia en torno a un ideal colectivo, los movimientos fascistas no se asemejan a las clásicas dictaduras militares, que más bien desconfiaron siempre del pueblo, a pesar de que pretendieron mandar en su nombre. A diferencia de la derecha conservadora, el fascismo, tanto en su vertiente mussoliniana como en su expresión nacionalsocialista, se proponía una ruptura con la sociedad existente y sus formas de representación política (parlamentarismo «burgués»), para reemplazarla por una nueva organización societaria capaz de encarnar los fines trascendentes que la Historia les había reservado conquistar: la supremacía de la nación o de la raza y la construcción de un hombre nuevo. En atención a ello, el uso de la violencia obedecía a un sentido diferente del de las tradicionales dictaduras militares de derecha. e las clases dominantes.

En estas, r, a falta, en última instancia, de mecanismos de cohesión social que asegurasen este fin. En las experiencias fascistas, la permanencia y consolidación en el poder se legitimaba por medios ideológicos dirigidos a movilizar el apoyo popular: la violencia era primordialmente una herramienta para forzar el cambio en la sociedad y en los ciudadanos, eliminando a los indeseables y a los que se interpusieran en este proceso. No cabe duda de que el fascismo fue claramente un fenómeno revolucionario que pretendía encarnar una energía «vital» del pueblo (Volk) para la conquista del «bien común» y el forjamiento de un hombre nuevo, que despertó esperanzas de redención y cambio, si bien sus resultados –como en la experiencia bolchevique– fueron diabólicos.

Los fines explícitamente profesados por el comunismo pueden diferenciarse de la prédica fascista, en particular la aspiración universal de liberar a la humanidad de la explotación capitalista a través de la lucha de clases que atravesaba a distintas naciones vs. la aspiración excluyente que significaba el dominio de una nación o pueblo –una supremacía de lo particular (Furet y Ernst, 1998)–, en efecto, ambos fueron enemigos encarnizados en las confrontaciones políticas y bélicas de los años veinte, treinta y cuarenta. Pero la base de una conceptualización de fascismo y comunismo como polos opuestos no puede ya sostenerse cuando las expresiones concretas de neocomunismo representan claramente hoy el atraso y la negación de toda aspiración de progreso económico, social y político, y cuando sus intentos de legitimación frente a un capitalismo «globalizado» lo ubican cada vez más como defensor de nacionalismos atávicos, aliado de las expresiones políticas más retrógradas y contrarias a la modernidad occidental, lo que lo llevan irremediablemente a solazarse en un aislamiento creciente.

Tampoco puede sostenerse como elemento de diferencia la predicción marxiana referida a la desaparición del Estado, contrastándola con la posición suprema que este ocupó bajo los designios fascistas, la cual, en todo caso, fue superada con creces por la experiencia estalinista. Ambos regímenes se caracterizaron por la anulación del individuo y su sometimiento a un ideal de bien común encarnado en el Estado. Finalmente, cabe recordar que Stalin, en las postrimerías de su vida, comenzó a visualizar una conspiración del «judaísmo internacional» en su contra, cuya expresión sería el famoso «complot» de los médicos que supuestamente iban a matarlo. El «padrecito» murió antes de poder consumar esta última de sus sangrientas purgas. Empero, legitimó la incorporación de referencias a los enemigos «sionistas» en el discurso oficial comunista, acusación que –nos recuerda Hannah Arendt– fue utilizada en los procesos contra Rajk en Hungría, Slansky en Checoeslovaquia y Ana Pauker en Rumanía.

Hoy, la guerra es fuerte en Palestina con Israel para controlar los territorios, alguien debe retroceder, mientras los niños y jóvenes palestinos caen bajo el fuego israelí.

 

 

 


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Emiro Vera Suárez (1845 noticias)
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