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La intermitencia o el fin de la épica

01/06/2010 17:51 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Nuestra sociedad es especialista en crear mitos para después destruirlos

Cuando uno habla de intermitencia habla de algo que va y viene, se enciende y se apaga, se acerca y se aleja. Quizás de alguien que seduce cuando se extravía y resulta cansino cuando se conoce. Y ese alguien, cuando regresa, (generalmente algo desmejorado) no se sabe a ciencia cierta si sigue siendo el mismo o es una copia burda para obligarnos a recordarlo.

Decía Marx, más o menos, que la historia nunca se repite, y que si lo hace, la primera vez lo hace como tragedia y la segunda como farsa. A mí el marxismo, por edad, me pilló un poco tarde, ya en su dulce decadencia, pero no me imagino una reconstrucción del muro de Berlín ni que Maradona vuelva a marcar un gol de antología por mucho que siga visitando a Fidel Castro. El marxismo no volverá, y si lo hace será una farsa trágica porque de él quedan pocos vestigios épicos. Y lo que necesitamos es épica, aunque sea pasada por el túrmix y acondicionada para cada ocasión. La épica es referirse a ese tiempo pasado en lo que todo parecía ir mejor, recuperar el tiempo perdido emulando a aquel personaje vencedor que hemos convertido en símbolo. Y ahí está la intermitencia. El que se va nunca se va del todo, y el que regresa nunca es el mismo. Es una copia de sí mismo, una farsa de la tragedia de convertirse en icono. Y sin embargo, lo bueno que tienen esos iconos es que aúnan conciencias, aunque sea bajo los auspicios de algo tan intangible como es el triunfo. Por eso necesitamos que vuelvan, de forma intermitente, para falsearlos o para reinterpretarlos, para intentar entender qué fuimos o qué quisimos ser.

El que se va nunca se va del todo, y el que regresa nunca es el mismo. Es una copia de sí mismo, una farsa de la tragedia de convertirse en icono

‘ Que no llegue nunca el día de las alabanzas’ , decía el otro día Felipe González cuando le preguntaban por su victoria del 82. Y el ‘ día de las alabanzas’ era el momento del sepelio, cuando todos te alaban sin dar pie a la crítica. No creo que Felipe tenga que preocuparse por ese día. No porque no vaya a morirse, sino porque ese día de las alabanzas pasará, y de él recordaremos las luces y las sombras aunque los haya que lo conviertan en icono de una esperanza (frustrada o no) o de un tiempo pasado que supusieron mejor. Y no obstante su figura no será épica, sino compleja. Tal vez porque la épica se define por el instante, por la fugacidad de un momento que se recuerda. Épicos son los once segundos en carrera de Maradona antes de marcar el gol de los goles frente a Inglaterra en los cuartos de final del mundial de México. Épica es la última canasta de Jordan antes de ganar su séptimo anillo de campeón. Épica es la caída del muro de Berlín y épica es la imagen de Felipe González celebrando su victoria desde el balcón del hotel Palace. Recordar esas imágenes (en esta época nuestra en la que toda imagen es recuperable) es recuperar el instante de una ilusión colectiva. Puestos a comparar, es como si pudiésemos revisitar la caída de Troya o ver a Julio César cruzar el Rubicón. Sin embargo, puestos a recuperar, también tendemos a recuperar la farsa de un regreso, y vemos entonces al Jordan fondón y al Maradona consumido por las drogas. En la época de la imagen, humanizamos a nuestros dioses y sentimos cierta atracción por su caída. Y eso no tiene porque estar mal, pero en el fondo sería como ver a Ulises veinte años después de llegar a Ítaca y reencontarse con Penélope. Lo haríamos con la esperanza de hallar al héroe para darnos de bruces con un matrimonio y sus problemas conyugales. Tal vez por eso hoy en día no existe el mito, porque el mito, en sí mismo, es una recreación mental que será traicionada por el tiempo, es una imagen que seguiremos analizando intermitentemente durante su devenir histórico. ¿Necesitamos a los mitos? Quizás sí, aunque sea sólo para verlos caer seis o siete veces en una sola generación, para recuperarlos luego y para ponerlos en su sitio. Uno sabe que esos mitos son de cartón-piedra, y que además van y vienen como la marea. De todos modos, uno no sabe a ciencia cierta lo que representan exactamente. ¿Superación? ¿Auge y caída? ¿Justicia? Los vemos tantas veces, los ‘ humanizamos’ tanto, que son quinientas cosas a la vez. Y ya que citamos en un momento a la guerra de Troya, recordaré aquella decisión que tuvo que tomar Aquiles antes de zarpar a la batalla. Visitó el oráculo y éste le dijo: ‘ Si te quedas vivirás una vida larga junto a tus nietos, pero una vez perezcan éstos nadie te recordará. Si marchas a Troya allí morirás, pero tu nombre será recordado por toda la eternidad’ . En nuestra época Aquiles pudiera haber hecho ambas cosas a la vez y tan pancho. Lo veríamos resucitar del mismo modo en que resucitamos a Maradona o a Jordan, o ahondamos en la necrofilia del que ya no está presente para hacerle descender del mundo de los cielos.


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