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Los inmigrantes, necesarios en un Japón envejecido y poco acogedor

21/11/2014 11:30 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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'Baka' ('idiota') fue la primera palabra de japonés que aprendió el señor En, procedente de China, en la obra donde trabaja duro cada día desde su llegada al país, hace dos años, gracias a un programa formativo gubernamental para inmigrantes.

Como muchos de sus compatriotas (50.000 de ellos firmaron un contrato similar), este agricultor de 31 años llegó a Japón con la esperanza de regresar con mejores competencias y un dinero con el que ofrecer una vida mejor a su familia, que se quedó en China, pero la aventura se convirtió en pesadilla.

Además de los insultos, En tiene que aguantar las novatadas de sus colegas, hacer cuatro horas de trayecto diario -entre ida y vuelta-, y desempeñar un trabajo duro que le ha costado una lesión de espalda.

Además de todo esto, se ha endeudado mucho (un millón de yenes, más de 8.500 dólares o 7.000 euros) para pagar su viaje y los gastos asociados.

El resultado es que ahora se siente atrapado. "Estoy agotado física y mentalmente", confía este obrero de 31 años, que aceptó hablar con la AFP con la condición de no desvelar su nombre completo.

En Japón, hay solo 1, 5 millones de extranjeros instalados entre una población total de algo más de 127 millones, es decir, menos del 2%. Este dato convierte al Imperio del Sol Naciente en uno de los países desarrollados más cerrados del mundo a la inmigración.

Con su mentalidad insular, Japón ha sido durante mucho tiempo alérgico a los forasteros para preservar su identidad y su cultura. Sin contacto con el exterior durante siglos antes de la restauración del emperador Meiji en 1868, los japoneses tienen todavía miedo de no entender a los extranjeros y de que estos tampoco les comprendan. Consideran que esta brecha es difícil de cerrar, en particular en el trabajo.

Con más de una cuarta parte de la población mayor de 65 años y una tasa de natalidad bajísima -el índice de fecundidad es de solo 1, 4 hijos por mujer- el archipiélago parece no tener otra opción que la de abrir sus puertas. Pero las reticencias son todavía grandes y las condiciones de vida de estos 'gaijin' son a menudo difíciles.

- Trabajo forzado -

El programa mediante el cual En llegó a Japón es "un sistema de esclavitud", denunció Ippei Torii, director de una red de solidaridad con los migrantes. "Es imposible dimitir y marcharse", dice. "Se trata sencillamente de tráfico de seres humanos, de trabajo forzado".

El programa japonés de formación industrial y técnica, iniciado en 1993, ha permitido a decenas de miles de extranjeros, en su mayoría chinos, vietnamitas e indonesios, colmar la falta de mano de obra en sectores como el textil, la construcción o la agricultura.

El primer ministro japonés, Shinzo Abe, quiere extender su duración de tres a cinco años y ampliar el número de participantes, de cara a los Juegos Olímpicos de Tokio-2020.

Sin embargo, incluso Estados Unidos, aliado indefectible de Japón, ha mostrado su preocupación. El informe anual del departamento de Estado sobre la trata de seres humanos lleva años señalando "prácticas engañosas de contratación". El informe de 2014 lamenta que "el gobierno no haya emprendido acciones legales o condenado a los culpables de trabajo forzado, a pesar de las alegaciones en la materia".

En ediciones anteriores, el documento denunció horas extra no pagadas, el fallecimiento de trabajadores extranjeros por agotamiento y todo tipo de acosos, como la restricción del acceso a los baños o la exigencia de servicios sexuales.

En recurrió a la ONG de Torii después de lesionarse la espalda. "No podía desplazarse sin ayuda y sus jefes trataron de meterlo por la fuerza en un avión para mandarlo de vuelta a casa", explicó este responsable asociativo.

- Prueba de idioma -

En el ámbito de la asistencia sanitaria, la falta de mano de obra es acuciante. "Necesitamos gente para ocuparse de nuestros ancianos. Entramos en una época en la que la población japonesa ya no basta para cumplir con esta tarea", explica Tatsumi Kenmochi, una responsable de una residencia situada cerca de Tokio, donde trabajan varias empleadas indonesias.

El trato que se les dispensa es claramente mejor que el que tienen los empleados extranjeros de la construcción. Pero, para ganarse el derecho a quedarse, estas inmigrantes deben superar un examen de idioma. Este año, sólo 29 de las 280 indonesias y filipinas que se presentaron superaron el examen de japonés, muy criticado por su elevado nivel de exigencia. Las otras, muy a su pesar, tuvieron que abandonar el territorio.

A pesar de la decepción y de la dureza de su trabajo, En espera aguantar todavía un tiempo. "Si vuelvo ahora a casa, no tendré para vivir. Ni siquiera tengo dinero para ir a ver a un médico, y mi mujer podría pedirme el divorcio. No tengo elección", se lamenta.


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Autor:
Redacción Política (31941 noticias)
Fuente:
AFP
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