Inmigración turca refleja problema de integración en Alemania
Cuando se habla de la inmigración en Alemania, la presencia de la minoría turca refleja las ventajas y problemas de la integración y convivencia entre culturas diametralmente diferentes. En uno de sus extremos desemboca la violencia racista de grupos alemanes neonazis y sus simpatizantes y, en el otro, resalta el problema de la integración de un colectivo que aún reivindica sus singularidades y denuncia discriminación en el país europeo. Alrededor de tres millones de los habitantes de este país europeo proceden de Turquía. La llegada masiva de ciudadanos turcos inició en el decenio de 1970 pero pese al paso de los años, su forma de vida en la sociedad alemana sigue planteando controversias relacionadas con la integración. La gran masa llegó de Turquía y mientras muchos “Gastarbeiter” (trabajadores huéspedes, literalmente) volvieron años después a sus países, la gran mayoría de los turcos se quedó. Hasta el punto de que en la actualidad, el número de turcos en Alemania supera al total de extranjeros procedentes de la Unión Europea (UE) y triplica a los segundos más numerosos, los yugoslavos. Según la Oficina Federal de Estadística germana, en Alemania viven más de 2.6 millones de personas originarias de Turquía. Precisamente este año se cumplieron 50 años de la firma del convenio de inmigración bilateral entre Berlín y Ankara y medio siglo después siguen patentes cuestiones que aún plantea un colectivo de distinta religión y cultura que, pese a haber dado generaciones de turco-alemanes totalmente integradas, aún reclama sus diferencias y denuncia discriminación. Una de las cuestiones más espinosas entre la inmigración turca sigue siendo la educación y el aprendizaje del alemán, algo que no en todos es una realidad. El gobierno alemán lo exige a rajatabla, al considerar que es fundamental para una adecuada integración y considera que, medio siglo después, la realidad no es suficiente. La canciller federal Angela Merkel insistió recientemente en que los turcos en el país, muchos de ellos inmigrantes de hasta la tercera generación, deben aprender antes el alemán que el turco, algo que no siempre ocurre, para integrarse plenamente. Las declaraciones fueron respondidas por el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, quien llegó a acusar a Berlín de atentar contra los derechos humanos por ese motivo y defendió que los inmigrantes deberían aprender antes su idioma materno. Al hacer un balance de ese medio siglo de inmigración turca, Merkel reconoció que los turcos aportaron diversidad y riqueza a Alemania, pero apuntó que la convivencia es “un dar y tomar” y criticó los problemas de integración en temas como los derechos de las mujeres. Erdogan, por su parte, considera que las aportaciones turcas en Alemania no han sido justamente valoradas en el país europeo y, su postura reabrió viejos debates. A los problemas de integración se suman cuestiones políticas: Alemania y Turquía también discrepan en la cuestión de la doble nacionalidad. Mientras Erdogan pide que sea posible una doble nacionalidad para los inmigrantes, una opción posible en algunos países como Francia, Alemania se niega y obliga a los inmigrantes a elegir un pasaporte cuando cumplen la mayoría de edad. Además, tampoco comparten posiciones sobre la aspiración de Ankara a entrar en la Unión Europea (UE). En tanto Turquía pide a Berlín su apoyo para avanzar en la adhesión, al considerar que ello hará avanzar la integración de los turcos en Alemania, el país europeo pone trabas y presenta sus reticencias. Cincuenta años después de la firma del convenio migratorio, las relaciones bilaterales no han estado exentas de controversias. Otro de los grandes asuntos polémicos es la actitud de Berlín ante los miembros del partido separatista kurdo PKK, considerados una organización terrorista por Ankara y por la UE. El presidente del Parlamento turco, Cemil Cicek, acusó recientemente a Alemania de dar refugio a terroristas del PKK y dijo que en ese país “viven el doble de miembros del PKK que en los montes de Kandil”, en referencia a la región del norte de Irak donde se refugian. El partido está prohibido en Alemania desde 1993, pero hay organizaciones afines que siguen activas, con unos 11 mil 500 simpatizantes. Cicek dijo también con motivo del aniversario, que “por haberse asociado con los alemanes, los turcos perdieron una vez un imperio”, en alusión a la alianza de los otomanos y germanos en la primera Guerra Mundial, en la que resultaron perdedores. Otro punto clave de la controversia fue la publicación el año pasado de la obra Deutschland schafft sich ab (Alemania se desmorona a sí misma), del político socialdemócrata y ex funcionario del banco central alemán, Thilo Sarrazin. En el libro, Sarrazin habla de la pérdida del capital intelectual alemán por culpa de los inmigrantes, a los que considera menos preparados e inteligentes, pero que se reproducen más rápido, lo que, según su tesis, hace a la población alemana cada vez más estúpida. La obra, pese a no contar con ningún tipo de base científica, se convirtió en un éxito de ventas. Entre acusaciones y disputas políticas, la población turca, pese al paso de las generaciones, sigue enfrentándose a su estigma de constituir mera mano de obra al servicio de la economía de su país de acogida y en ocasiones al dilema de elegir entre sus raíces y las del país europeo. “Vivimos en un país de costumbres muy liberales y de libertad religiosa, aquí hemos crecido y así es nuestro entorno; pero desde Turquía, la familia aún exige e intenta imponer ciertos comportamientos”, dijo Beily, una joven de 25 años que ha vivido toda su vida en Alemania. La compaginación no es fácil: los matrimonios forzosos o los crímenes “de honor” -con los que un miembro de una familia, normalmente una mujer, es asesinada para limpiar el honor mancillado por ella o por otro familiar por un comportamiento deshonroso- se han reducido, pero aún existen en Alemania. “No existe una cultura del individualismo moral, de que cada uno responde por sus actos. La familia está muy unida y funciona como un todo que debe actuar cuando alguno de sus miembros se ‘desvía’ de las conductas exigidas”, cuenta Beily. Pero los expertos coinciden en que un punto de inflexión a la hora de valorar la inmigración turca fueron los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, cuando los alemanes empezaron a ver como amenaza que su minoría más numerosa fuera musulmana. En todas partes se empezó a hablar de los turcos como problema, de su falta de integración y respeto al sistema de valores occidentales y del sometimiento de las mujeres. Algo que explicaría, según los analistas, la reacción de la nueva generación de turcos que salió en defensa de una tradición, que veía amenazada. Así, aumentó el número de mujeres que llevaba velo o de jóvenes que respetaban a ultranza los preceptos del Islam. Pero otra reacción es quizá más preocupante: la de un sector de alemanes que, erigiéndose en defensores de los valores germanos, se afilian a grupos pro-neonazis xenófobos. El descubrimiento en las últimas semanas de una célula neonazi que mató a ocho turcos en los últimos 10 años -así como una policía-, con la colaboración incluso de miembros del servicio secreto, despertó la preocupación de un nuevo brote de racismo y violencia contra los inmigrantes. La hostilidad hacia los inmigrantes forma parte además del programa de algunos partidos políticos, como el NPD, con representación parlamentaria en dos Estados federales y al que se atribuyeron conexiones con el grupo asesino. Por ello, el gobierno alemán ha reabierto un debate para prohibirlo, después de que varios intentos al respecto fracasaran en los últimos años. Pese a todo, la mayoría de la población alemana ha tenido una reacción esperanzadora, saliendo a la calle para mostrar su indignación con lo ocurrido y con el partido NPD, y para reivindicar una convivencia pacífica con sus vecinos y ya compatriotas de origen turco.
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Autor: Internacionales (37162 noticias)
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