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Imitando a Hitchcock: Vestida para matar (Dressed to kill, Brian de Palma, 1980)

28/09/2015 02:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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Es sabido que en sus inicios Brian de Palma se dedicaba básicamente a plagiar ("homenajear", como se dice ahora, especialmente cuando lo hace Quentin Tarantino) el cine de Alfred Hitchcock. Si en Fascinación (Obsession, 1976), fusilaba fundamentalmente, aunque no sólo, De entre los muertos (Vertigo, 1958), incluso contratando a Bernard Herrmann para la música de la película, de hecho su última partitura para el cine, en Vestida para matar (Dressed to kill, 1980) se dedica a pisar punto por punto el guión de Psicosis (Psycho, 1960): tenemos una rubia estupenda (Angie Dickinson) que, tras una escena calentorra inicial, sirve de guía para la trama hasta que el argumento cambia súbitamente, tras un hecho violento ocurrido más o menos a la media hora de metraje (de un total de 103 minutos), y gira hacia otro aspecto mucho más truculento; está la pareja que investiga y el policía (Dennis Franz) que indaga, y por haber hay incluso una secuencia en la que el psiquiatra de turno lo explica todo, y que recuerda mucho la que encarna Simon Oakland. Por supuesto, como es lógico, el núcleo de la historia se centra en un asesino travestido con crisis de identidad, que se transmuta en su "otro yo" femenino para cometer sus crímenes (con navaja, no con cuchillo de cocina, pero qué más da...). Por no faltar, no falta ni un "homenaje" (este sí) a la famosa escena de la ducha, aunque en ese caso se trate de una secuencia erótica y no de asesinato (sigue constituyendo un plagio hitchcockiano, de todos modos, el hombre que afirmaba la conveniencia de filmar las escenas de amor como si fueran de asesinato, y las de asesinato como si fueran escenas de amor).

El guión tampoco destaca por una gran originalidad. De hecho, transita por los lugares comunes de las películas con asesino en serie, es decir, la averiguación de su identidad y el riesgo constante de ver a los protagonistas convertidos en objeto de sus macabras tendencias. De Palma añade al cóctel una alta carga erótica mucho más explícita que en el cine hitchcockiano (la secuencia inicial de la ducha, con Angie Dickinson en el esplendor de su madurez física; la segunda secuencia, de cama; el encuentro sexual en el taxi; todo lo que rodea al personaje de Nancy Allen, una prostituta de lujo; el "onírico" asesinato de la enfermera del centro psiquiátrico...) y el despliegue de un gran talento en las secuencias de suspense, por lo demás tampoco especialmente originales (destacan la secuencia de la persecución en el metro, en la que Nancy Allen se ve triplemente acosada: el psicópata, los pandilleros que quieren propasarse con ella y un agente de policía abiertamente hostil, y, sobre todo, la espléndida secuencia del museo, con Dickinson perseguida-perseguidora del tipo con el que quiere echar una cana al aire). Pero, bajo el envoltorio superficial, por mejor tratado que esté ocasionalmente, subyace bien a la vista la plantilla narrativa de Alfred Hitchcock, que De Palma en el fondo no hace nada por ocultar o disimular.

Más allá de los aciertos parciales en el diseño de la atmósfera y en la construcción del suspense, o de la pericia técnica para jugar con el espacio, el principal problema de la película tiene una doble dimensión. En primer lugar, de verosimilitud: si es complicado imaginar al adolescente hijo de Dickinson (David Margulies) como un genio de la técnica capaz de diseñar mecanismos ocultos de seguimiento y grabación, más resulta recrear los problemas de personalidad del psiquiatra coprotagonista (Michael Caine) sin troncharse de risa ante la sensación de ridículo que desprende su "transformación" (probablemente se trata de la única película en la que Michael Caine ha estado mal en toda su carrera). La segunda dimensión del problema radica en el engaño: De Palma, para sostener lo insostenible, es decir, en dar forma al engaño del espectador que permita la (por otra parte inexistente) sorpresa final, no vacila en recurrir a los trucos más sucios: manipulación de voces, tiempos y espacios para conseguir hacer creer al público que hay dos personajes donde solamente hay uno (donde Hitchcock no engañaba, sino que condicionaba la percepción, De Palma manipula como un bellaco). Un último problema, aunque común a buena parte del cine comercial norteamericano de las últimas décadas, viene impuesto por los lugares comunes utilizados en el argumento, y que hacen que la historia inicial que aparentemente De Palma quiere desarrollar (la insatisfacción vital de una mujer madura y su búsqueda de un sentido para su vida) resulte mucho más interesante que la mera narración sobre un asesino psicópata del montón visto miles de veces, que se conduce con el comportamiento habitual contra unos personajes que también responden al diseño del cliché. Tal vez la excepción la constituya el policía que interpreta Dennis Franz, lenguaraz, socarrón en el lenguaje y tosco y vulgar en sus maneras, y que se erige, de largo, en la presencia más gratificante del film (erotismos aparte, algo en lo que Franz, obviamente, no sirve de aliciente...).

La película, que obtuvo nominaciones a los premios Razzies como lo peor del año (candidaturas a director, actor y actriz protagonistas), se encuadra ya en la fórmula de lo peor del cine comercial ochentero, el abuso de fórmulas y la preponderancia del esteticismo sobre el contenido, la falta de riqueza y de evolución en los personajes y de desarrollo en los argumentos, un contento general por presentar un producto superficial y sin complicaciones, que base su carga terrorífica en el susto puntual prefabricado y repelente (con sus dosis de sangre correspondientes), influenciado por el exitoso giallo italiano (con sus dosis de sexo, por tanto), en lugar buscar y profundizar en las verdaderas raíces del horror. Un simple producto de adolescentes disfrazado de terror de qualité para adultos.


Sobre esta noticia

Autor:
Richard Hannay (584 noticias)
Fuente:
39escalones.wordpress.com
Visitas:
1726
Tipo:
Reportaje
Licencia:
Distribución gratuita
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