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El Ideal Ascético. Reflexiones sobre una erótica solar de Michel Onfray

13/02/2011 01:17 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Una idea que ha sostenido Michel Onfray en muchos de sus libros es la de responsabilizar a la moral judeocristiana de ser la única responsable en el amordazamiento de los sentidos asfixiando irracionalmente el deseo con la única finalidad de neutralizar y aniquilar la emancipación personal. Una moral armada con los residuos del platonismo que obliga a ver y a concebir un cuerpo esquizofrénico que se odia a sí mismo reivindicando para sí la ficción de una supuesta alma inmaterial e inmortal marginando al goce a un furúnculo dependiente de la pulsión de muerte cultivada no sólo por las religiones y que se infiltrado expandiéndose por la historia hasta infectar la cultura. El baño metafísico en el que los poderes religiosos sumergen a sus fieles inunda a la sociedad en su conjunto. Dice Esther Díaz explicando a Onfray que la normatividad cristina –burda copia desangelada de ideales paganos– demostró ser tan eficaz para el dominio, que sirvió de modelo no sólo a los demás monoteísmos, alcanzó también a las instituciones laicas que –con distintos grados de discernimiento– se dedican a someter a las personas.

De qué podría hablar la carne domesticada por los ideales judeocristianos. Quién sabe. Aunque de entrada nos queda claro que no diría lo mismo que aquellas que han sido gozadas hasta las náuseas por el erotismo chino, indio, japonés, griego o romano. Afirma Onfray que el erotismo judeocristiano es totalmente contrario al erotismo: odio al cuerpo, a la carne, al deseo, al placer de las mujeres y al goce. No hay arte de goce católico, sino un dispositivo omnisciente castrador y destructor de toda veleidad hedonista. Uno de los pilares de esta máquina de producir vírgenes, santos, eunucos, madres y esposas es erigido incuestionablemente a costa de lo femenino en la mujer. La mujer es –en todo este proceso– la primera víctima al ser señalaba culpable de todo el desenfreno en este campo de la carne. ¿Por qué pienso –y no Onfray– en la mujer como primera víctima del proceso? pues porque pienso que una mujer a quien se le confisca su acceso al goce pleno termina por someter al hombre a un goce que, aunque limitado, tampoco es auténtico. Este proceso promotor del displacer terminó por inocular en Occidente la nefasta concepción del deseo como falta. Proceso que se ha sostenido afanosamente desde las teorías de Platón hasta las de Lacan. ¿Todas estas teorías qué sostiene? Onfray lo explica de la siguiente manera: los hombres y las mujeres provienen de una unidad primitiva destituida por los dioses debido a su insolencia de gozar su totalidad perfecta; somos fragmentos, pedazos e incompletitud; el deseo nombra la búsqueda de esa forma primitiva; el placer define la creencia en la realización fantasmagórica de ese animal esférico, puesto que es perfecto. El deseo como falta y el placer como satisfacción de esa se encuentran en el origen del malestar y la miseria sexual. Esta ficción sigue formando parte del imaginario humano y que conducido a los amantes a la frustración por la infructuosa búsqueda del amor ideal bajo la piel de un príncipe azul o su versión femenina. ¿Qué queda luego de esta búsqueda?: la decepción, ya que lo real nunca soporta las comparaciones con el ideal. Este amor ideal es lo que Anthony Giddens señala como amor romántico, un amor adherido a los valores morales del cristianismo. Un complot maquinado por los hombres contra las mujeres, para llenar sus mentes con sueños vanos e imposibles. Esos sueños ridículos fueron explotados por la novela romántica. El amor romántico, escribe Giddens, introdujo un elemento novelesco dentro de la vida individual –una fórmula que difundía radicalmente la reflexividad del amor sublime [...] el surgimiento del amor romántico coincidía más o menos con la emergencia de la novela: la conexión de ambas constituyó una nueva forma narrativa. Creo que un ejemplo muy claro de lo que expresan Onfray y Giddens es Emma Rouault, la ¿heroína? de Flaubert. Onfray entiende que la decepción termina siempre por salir a la luz cuando se compara lo real con lo imaginario que transmite la moral dominante, con ayuda de la ideología, la política y la religión, que actúan conjuntamente para reproducir y conservar la mitología primitiva.

El deseo no es falta. El deseo es exceso que amenaza con desbordarse. El deseo es la naturaleza que no se contiene ni contienen; el goce, el placer es el ahogo. Física de la materia. Mecánica de fluidos. Eros no desciende del cielo de las ideas platónicas, sino de las partículas del filósofo materialista. Es por ello que es necesaria una nueva erótica, una erótica poscristiana, solar y atómica.

El deseo desencadena una formidable fuerza antisocial. Por tal razón, es necesario capturarlo, domesticarlo y purificarlo con las aguas maravillosas del amor divino que lo haga socialmente aceptable y que deje de generar una energía peligrosa para el orden establecido. ¿En qué consiste esta domesticación?: en la prudencia, el ahorro, la sumisión, la obediencia, el aburrimiento. El deseo cuando no es sometido implica: libertad total, soberanía del capricho, imprudencia generalizada, gastos suntuarios, insubordinación contra los valores, rebeldía contra las lógicas dominantes, asocialidad total. Para poder existir y preservarse, la sociedad debe someter esa potencia salvaje y sin ley.

Michel Onfray advierte sobre otra razón que explica la codificación ascética de los deseos y placeres: la voluntad salvaje de reducir a la nada la increíble potencia de lo femenino. El hombre sólo responde a las leyes de la naturaleza que él mismo ha diseñado. No conforme con eso, dio forma a la naturaleza de la mujer que, no es la real, es una ficticia, inauténtica, donde la naturaleza del macho puede respirar sin la posibilidad de la asfixia. La mujer ha sido diseñada por el hombre para responder a un artificio cultura, a un discurso erótico y a unas técnicas del cuerpo que Onfray enumera de la siguiente forma: inspiración, dominio de los desbordes, retención, variaciones de las habilidades corporales, entre otras. El cuerpo de la mujer, dice Finkielkraut, es una línea de fuga. Línea de fuga, abismo, puerta hacia un mundo cuya única salida es la renunciación al propio cuerpo. Frente al cuerpo de la mujer y su naturaleza, la que reposa bajo la inauténtica, no hay alternativas, sólo hay amantes desasidos, dice Finkielkraut, y desasidos por el poder que creen ejercer. Lo que rompe con el artificio cultural es el hecho de que la mujer es profundidad infinita, goce infinito, sabrosura infinita, infinitudes de las que ella se ha venido haciendo consciente.

El hombre naturalmente torpe, más allá de toda construcción ética de la culpabilidad, le incomoda que su pareja se quede en el umbral del placer. Esto es harto conocido, sólo que Onfray afirma que esto no implica consideración por la otra ni tampoco empatía moral con su frustración, que tan sólo se trata de orgullo: a los ojos de ella, pasa por impotente, incapaz, macho incompleto, con una potencia ficticia puesto que se muestra deficiente. El hombre se transforma es técnico; es decir, en aquel que juega con el cuerpo de la mujer, lo trabaja, lo retoca. Maquillar la impotencia. ¿La otra alternativa? refugiarse en la posibilidad de reducir el deseo femenino hasta su mínima expresión. ¿Cómo? Sencillo. ¿Quiénes han venido trabajando los códigos del sexo? Al menos, quiénes lo han hecho hasta ahora. De tal manera que, mientras por un lado los hombres edificaban ciudades y reinos, por el otro lado, definían todo ¿todo? cuanto tuviese que ver con el sexo. El código de la buena conducta libidinal femenina se vuelve, por lo tanto – por pura imposición de la arbitrariedad masculina –, ley inquebrantable. Potencia del falocentrismo y temor a la castración... Para elaborar y promulgar ese código, el hombre ha empleado diversos canales para que quede establecido casi genéticamente, entre ellos, el más exitoso: la religión, quien se volvió una experta en extinguir las libidos. Ellos son intérpretes de Dios quien, a través de ellos, decreta la suciedad del cuerpo y que el responsable directo de esa impureza son el deseo y el placer, no sin antes dejar bien claro, sin espacio para malos entendidos, que la mujer es definitivamente el vehículo del diablo para manchar al templo, porque, como sabemos, el cuerpo es el templo donde ese Dios habita y mientras más limpio más feliz estará Dios y mientras esté feliz nuestro acceso al paraíso será expedito.

Ahora bien, si el sacrificio total del cuerpo resulta imposible, queda otra alternativa, una señal de la amplitud de Dios y sus intérpretes: la castidad familiar. La sexualidad sólo es válida y tolerable dentro del marco familiar, monógamo, y consagrado por el matrimonio cristiano, Pablo y otros teóricos cristianos de estos temas –los Padres de la Iglesia – le permiten un (pequeño) margen de acción a la pareja, y, sobre todo, le preparan el camino a la reproducción de la especie, lo cual garantizará la continuidad de la comunidad humana controlada -obviamente– por los actores de la ideología del ideal ascético. La sexualidad conyugal, al menos aquella amparada bajo las premisas religiosas, traduce la libido a través de una visión apolínea del goce; es decir: de la disciplina, de la razón –cartesiana, demasiado cartesiana–, del orden, de una vida familiar reglamentada donde los individuos desaparecen para darle espacio a los sujetos. Los sujetos aparecen y con ellos la miseria sexual regida por los determinismos sociales, la propaganda ideologizante y moralizadora que hace de la servidumbre un acto voluntario.


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Bitacoradelabismo (31 noticias)
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bitacoradelabismo.blogspot.com
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