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Huascarán, Perú: El guardián del hielo

16/01/2010 03:06 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Es un texto que trata sobre René Valencia, trabajador del Parque Nacional Huascarán que ha entregado su vida a recorrerlo y protegerlo

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René Valencia avanza a paso firme por un estrecho y accidentado camino que conduce a un inmenso bloque de hielo cercano a lo que un día fue el nevado Pastoruri. A poco más de 100 metros de distancia, torpemente y con la respiración entrecortada, hago mi mejor esfuerzo para no separarme mucho de él. Mantener un ritmo sostenido a más de 5 mil metros de altura no es nada fácil, incluso para aquellos que están acostumbrados a dominar las cumbres. Pero a este viejo zorro de la montaña le gusta desafiar su propia resistencia. René tiene 62 años y ha dedicado más de la mitad de su vida a proteger el Parque Nacional Huascarán y recorrerlo sin prisas.

“Creo que soy el más viejo de todo el personal que trabaja en un Área Natural Protegida (ANP)”, me dice. Sospecho que tiene razón. Huaracino de nacimiento, en su juventud René dejó su ciudad natal para estudiar en una universidad limeña. Decidió pegar la vuelta a su Áncash querido luego del terremoto del 70. “Regresé para ver a mis padres y mis hermanos luego de esa catástrofe, y me quedé para ayudar en la reconstrucción del Callejón de Huaylas. No me fui nunca más”, relata.

En 1975, cuando se creó el Parque Nacional Huascarán, René ingresó al servicio. Ha sido desde guardaparques hasta jefe de esta ANP por 22 años. Actualmente es el encargado del Programa de Uso Público, es decir, el responsable de ver todo lo relacionado a la actividad turística. Su tarea es capacitar a los diversos actores de esta industria (touroperadores, guías de alta montaña, visitantes y pobladores locales) para que aprendan a respetar el entorno. Los más de 700 nevados y 296 lagunas de origen glaciar de la cordillera tropical más alta del mundo necesitan protección, y él se encarga de esa tarea. Sobre todo ahora que, citando a José Watanabe, el hielo empieza a derretirse bajo su sombra.

El inicio no fue fácil. “Cuando comenzamos a trabajar en la zona había que lidiar con los campesinos. Ellos pensaban que nosotros veníamos a sacar su ganado de las quebradas y a estropear las cosas”, cuenta Valencia. “Para vencer la resistencia de las comunidades tuvimos que hacer una tarea de acercamiento. Pactábamos partidos de fulbito y los trofeos para el ganador eran carneros que nosotros mismos llevábamos. También compartíamos algunas bebidas. Poco a poco fueron entendiendo nuestra labor. Ahora hay 64 comités de usuarios que albergan a casi 6 mil familias. Todos ellos son prácticamente guardianes del parque”, recuerda con nostalgia y una sonrisa.

Yo siempre hablo con la montaña, la interpreto. Cuando me toca subir le pido que me proteja en el ascenso, que no me pase nada malo. Ella sabe quién le quiere hacer daño y quien no

Simbiosis con la montaña

Mientras nos dirigimos a la quebrada de Llanganuco, René comienza a enumerar los nevados de la Cordillera Blanca. Los identifica con la familiaridad con que se reconoce a un viejo amigo. Dice conocer todos los nombres de memoria, en orden, por su significado y hasta por su grado de dificultad. Y lo demuestra. "Y sucede lo mismo con las cochas o lagunas”, aclara.

Pocas personas conocen tan bien el Parque Nacional Huascarán como él. Es su territorio. Su espacio natural. Por eso ha entablado una relación tan estrecha con los nevados. Con sus apus, como le gusta llamarlos. “Yo siempre hablo con la montaña, la interpreto. Cuando me toca subir le pido que me proteja en el ascenso, que no me pase nada malo. Ella sabe quién le quiere hacer daño y quién no”, añade Valencia.

Hace ya muchos años, cuando todavía no tenía la experiencia necesaria para desafiar las cumbres y los impulsos juveniles le ganaban a la prudencia, ese amor por la montaña casi le cuesta la vida. En medio de una escalada invernal al nevado Huarapasca (5.428 m.s.n.m.), uno de sus amigos resbaló y se deslizó tan rápido en la nieve que arrastró a las dos personas que estaban atadas a él. Una de ellas era René Valencia. “Nos quedamos colgados como cuarenta metros, pero felizmente uno de los miembros de nuestra expedición había puesto un tornillo en el hielo y eso nos aguantó. Los que estaban ascendiendo con nosotros reaccionaron rápido y nos alcanzaron una cuerda para que pudiéramos sujetarnos y ser rescatados”, cuenta con angustia, como si retrocediera en el tiempo.

Vivir una situación como esa hubiera desanimado a más de uno. René se planteó la idea de no volver a escalar. Pero la montaña pudo más. Lo llamaba. Diez días después de ese accidente lo llevaron al nevado Pisco (5.750 m.s.n.m.). La experiencia lo atrapó. La naturaleza también. Tal vez fue un desafío para comprobar su fidelidad, para saber si estaba dispuesto a estar siempre ahí. Lo sorteó con éxito. Y hoy sus apus se lo agradecen.


Sobre esta noticia

Autor:
Betony (366 noticias)
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Tipo:
Nota de prensa
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