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El hombre que cayó a la tierra

01/09/2009 12:16 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Se estrena en DVD la primera película protagonizada por David Bowie, 37 años después de la publicación de Ziggy Stardust and the Spiders from Mars

Cuando es difícil de comprender el ritmo narrativo en una película, o su cadencia interna, o la relación compleja entre forma y contenido, se tiende a valorarla desde un punto de vista experimental. Es decir, que se analizan sus logros desde la historia, la sociología, la música popular e incluso de la política, o sea desde ramas del conocimiento que en ocasiones tan sólo tangencialmente son cinematográficas. Viendo un film como El hombre que cayó a la tierra uno podría caer en la tentación de considerarlo un film experimental, y en parte es cierto, porque crea una dinámica extraña en su pulso narrativo, pero decir eso sería demasiado fácil, sería como ser benevolente con una obra fallida. Quizás la cinta de Nicolas Roeg sea una obra “fallida”, sobre todo si relacionamos sus intenciones con sus resultados. No obstante, antes tendríamos que saber cuáles eran esas intenciones, y lo que percibimos a primera vista es una historia de tintes ecológicos que avanza a trompicones y que se acoge a un uso reiterado de la elipsis. Esos elementos, por sí mismos, es difícil que puedan considerarse como experimentales, sobre todo porque no existe una traducción en imágenes que intente crear conceptos nuevos. Lo que sí tenemos es una forma clásica que pretende buscar algo nuevo a través de la pausa, de la quietud, de los silencios, de todo aquello importante que nunca se dice. Como dice el personaje protagonista “La televisión lo dice todo, excepto lo esencial”, y El hombre que cayó a la tierra parece que pretende eso, narrar lo esencial que puede ser plasmado por el cine.

Pero maticemos algo más. La película es una de aquellas obras de las que es difícil sustraer lo que es esencialmente cinematográfico. Un film protagonizado por David Bowie (en su primera aparición en la gran pantalla), es algo más que un film, pero también tiene que demostrarlo. En todo caso plantea una historia extraña y de múltiples referencias genéricas, con recursos escogidos puntualmente (como la voz en off, el flashback o la cámara subjetiva) pero sin ahondar en ellos, sin llegar al riesgo que supone el experimento, lo que tiende a cierto vacío, a cierta oquedad que puede confundirse con la melancolía. Y esa melancolía es la que podemos valorar en El hombre que cayó a la tierra, una melancolía teñida de desencanto, justo un año antes de que Bowie cantara Heroes y pusiera punto y final a la época dorada del glam. De hecho, la película supone una alternativa a Bowie como estrella del rock, una forma de avance en el mundo de la representación que tuvo su clímax con la publicación de Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, tomándose como referencia a él mismo en su papel de Starman, de hombre de las estrellas, de alienígena de la música popular, utilizando su ambigüedad para plantear un personaje que funciona como catalizador, como punto de apoyo en una reflexión sobre el medio ambiente.

No obstante, y si lo pensamos bien, surge la duda de sí realmente El hombre que cayó a la tierra es una reflexión medioambiental

No obstante, y si lo pensamos bien, surge la duda de sí realmente El hombre que cayó a la tierra es una reflexión medioambiental. Alejada conceptualmente de otros filmes de la época, como La última ola o Sucesos en la Cuarta Fase, la película de Roeg parece discurrir por otros caminos más ligados a la sensación que a la reflexión, más atento a la forma (aunque ésta adopte un tono clásico) que a la valoración del mundo que se conformaba en los años 70, con una crisis económica galopante que planteaba un cambio en la forma de vida de Occidente. El alien interpretado por Bowie no moraliza ni analiza, tan sólo canaliza las actitudes del resto de personajes en pos de una conclusión que queda abierta, y que utiliza su poder (económico, para más inri) para plasmar la relación de poder que se establece entre él y los humanos. Y junto a ello, queda en el aire la representación de las relaciones de pareja, del amor, del deseo, entre dos personajes opuestos (el extraterrestre y el profesor divorciado), cuyas relaciones sexuales son filmadas bajo dos prismas opuestos. En lo que en el profesor es cierta violencia soterrada, cierta relación de dominio, en el alien es ternura y adoración, sin que eso nos ayude tampoco a conformar personajes complejos.

El hombre que cayó a la tierra es una película extraña, quizás fallida, quizás experimental, aunque ninguno de esos dos adjetivos acaben por definirla del todo. Cercana a la época de la psicodelia, la película no experimenta como los trabajos de Chris Marker o el primer David Lynch, ni tampoco hace evidente la extrañeza que éstas mostraban. Lo que nos queda de ella, por lo tanto, es cierta sensación de tiempo pasado, de confusión argumental, de belleza sin fondo y de forma sin alma, un modo de engaño de los sentidos.


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