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Una historia real de violencia policial

07/12/2010 00:29 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Se sabe cómo son habitualmente los juicios a policías en la Argentina: todo se entorpece, se enturbia, desaparecen pruebas y se fabrican otras

Ricardo Osvaldo Rufino mir1959@live.com.ar

Christian Robles tenía 26 años, era un joven con proyectos de vida, deportista, diseñador gráfico, empleado de la empresa Metrogás. Su padre es el sargento de la Policía Federal, Carlos Alberto Robles.

El 3 de diciembre de 1997 concurrió –como habitualmente lo hacía- al gimnasio del Círculo de Suboficiales de la Policía Federal, a hacer pesas. Antes había cenado en la casa de su abuela y ya paladeaba el final de un día perfecto, porque su madre le había dicho por teléfono, un rato antes:

- “No te demores en lo de la abu: ¡mirá que te preparé budín de pan!”.

Cuando caminaba rumbo a su hogar ubicado en el barrio de Parque Patricios, de la ciudad de Buenos Aires, a la altura de la calle Pepirí se encontró, imprevistamente, con un operativo policial. Un grupo de agentes se habían emboscado precisamente en la heladería “Vía Pepirí”, situada en el número 605 de la mencionada arteria, esperando que unos sospechosos de haber asaltado una pizzería de las inmediaciones pasaran por la vereda buscando el auto que los esperaba con el motor en marcha un poco más allá. Así lo hicieron: cuando un trío de jóvenes terminó de pasar frente a la heladería, salieron en tropel y al grito de “¡Alto, policía!” descargaron sus armas contra ellos.

Christian, que en ese preciso momento pasaba por ese sitio, alcanzó a darse vuelta y se quedó quieto, tratando de demostrar con su actitud que no tenía nada que temer, ni propósitos agresivos y ni siquiera de escape, o de protegerse (por ejemplo, arrojándose al piso). Fue peor: le pegaron catorce balazos a mansalva, desde cinco metros de distancia, hasta que lo derribaron.

Christian, malherido, reconoció entre los tiradores al sargento Hugo Gorosito, compañero de su padre, que practicaba con él full-contact en el gimnasio del Círculo. Y lo llamó:

- “Gorosito…, Gorosito…”.

- “Gorosito, el chorro te está llamando”, le dijo otro policía al sargento.

“Le puse la pistola martillada en la cabeza y le grité: '¡Hijo de puta, de dónde me conocés'!”, le confesó posteriormente el sargento Hugo Gorosito al sargento Carlos Alberto Robles, padre de Christian.

Los padres de Christian oyeron desde su casa la seguidilla de estampidos. Carlos, que se estaba bañando, le dijo a su mujer que llamara a lo de la abuela para que el muchacho no saliera a la calle, pero éste ya había partido. El policía se secó apenas, se puso un short y salió a la calle con el arma envuelta en una toalla.

Hasta esa vereda fatídica corrió Robles para encontrar -sin poder entender la magnitud del escenario que observaba - a su hijo en el suelo, acribillado a balazos y rodeado de efectivos policiales, todos conocidos.

- “¡Papá, hacé algo que me duele la pierna!”, le rogó Christian.

“Papá, hacé algo”, clamó el mocetón robusto de Christian, siempre tan seguro de sí mismo y de su potencia física, volvía a ser un niño indefenso que todo lo esperaba de la omnipotencia del padre.

El Tribunal Oral 26 concluyó que la jueza "no fue debidamente informada sobre la existencia de una segura víctima inocente, y que ésta tenía diez impactos" en la región genital que le provocaron la muerte, más otras siete heridas de bala en distintas partes del cuerpo. La investigación previa fue realizada por la División Robos y Hurtos, a la que pertenecían los ocho policías involucrados, la cual giró la causa al juzgado de instrucción recién después de dieciséis días de producidos los hechos. En el transcurso de ese proceso, y el judicial que siguió después, se perdieron pruebas, se omitieron pericias, se anularon juicios por razones técnicas, renunciaron fiscales.

Se sabe cómo son habitualmente los juicios a policías en la Argentina: todo se entorpece, se enturbia, desaparecen pruebas y se fabrican otras. En el caso que nos ocupa, al cabo de ocho años el único imputado, el oficial principal Arena, fue condenado a tres años de prisión en suspenso por el delito de “homicidio por imprudencia”.

Arena -jefe del operativo policial- “tenía mucho peso” en Robos y Hurtos, dijo Carlos Robles. También lo acusó de “armar la ratonera” para los asaltantes en el medio de la cual cayó su hijo. “Este era un proceder habitual de esa basura, un asesino en potencia”, agregó. “Querían matar a los sospechosos, no detenerlos. Y si no reconocían a mi hijo, seguro que lo remataban y le ‘plantaban’ un arma”, aseveró.

Eurípides, el poeta griego, no podría haber urdido la trama de esta tragedia mejor que el padre de Christian: cuántas cosas sabía —del proceder de la fuerza de que formaba parte y de sus colegas—, pero calló mientras los muertos eran los hijos de otros. Y así, con silencios y complicidades fue tejiendo la fatalidad que un día aciago se abatió sobre él y su familia.

Casos de violencia policial como éste se dan continuamente en Argentina. Quise con este relato representar, de algún modo, una tremenda desdicha que suele asolar a familias de mi país, por obra y gracia de los representantes de una institución que debería proporcionar seguridad a los ciudadanos y ser un ejemplo, pero no lo es.


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