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Jfl
Publicada el 30-01-2012 22:50 0 3

La Hispania Prerromana como Escenario de las Luchas entre Roma y Cartago

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La Hispania Romana arranca de la pugna romano cartaginesa. Cartago fue la primera potencia que utilizó los recursos de la Península con el fin de consolidar un imperio económico. Previamente, ya había sometido y obligado a fusionarse aceptando su superioridad a los belicosos pueblos libios, fundando una oligarquía plutocrática a la manera de las repúblicas comerciales italianas de finales de la Edad Media. En la ciudad de Cartago se había establecido un ejército fuerte, partidario de defender su imperio económico por la fuerza de las armas, apoyada en la superioridad de su flota. Dominada la costa libia a mediados del siglo VI a.C., Cartago consolidó progresivamente su imperio económico con la fundación de una serie de bases comerciales y militares en toda la cuenca del Mediterráneo occidental. Venidas a menos las antiguas metrópolis fenicias, sólo pudo hacerle alguna sombra el pueblo griego de los focenses, establecido en las costas de Galia e Hispania y en algunas islas. Una coalición etrusco cartaginesa derrotó a los de Focea en la batalla de Alalia, tras la cual Cartago se estableció en Córcega y parte de Sicilia, manteniendo un forcejeo bélico continuo en la isla de Cerdeña, hecho que favoreció la creación de un poderoso grupo militar: Malco, general derrotado en Cerdeña, se impuso en Cartago con los restos de su ejército. Su sucesor, Magón, fue el primero de una serie de caudillos que dominaron la república durante muchos años.

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Mientras tanto, en la Península Itálica, una ciudad del Lacio, Roma, comenzaba a imponerse con fuerza en la zona, aunque aún se hallaba lejos de representar un poder digno de enfrentarse al poderío de Cartago. El enfrentamiento entre ambas potencias se atisbaba ya en el tratado que firmaron en 508 a.C., y que incluía una cláusula referente a Hispania: en ella, Cartago prohibía a Roma y a sus aliados focenses de Marsella navegar por aguas hispanas.

Justino, tomando sus noticias de Trogo Pompeyo, informó que con ocasión de la ruina de Tiro los pueblos ibéricos atacaron a Cádiz. Los fenicios gaditanos buscaron el auxilio de Cartago, que estableció permanentemente destacamentos de tropas en la ciudad; tras ello, los cartagineses se establecieron en Ibiza para servir de enlace entre África e Hispania. Los cartagineses obtuvieron de estos primeros contactos con la Península la colaboración de mercenarios, sobrios, aguerridos y extraordinariamente resistentes: su armamento -casco con cimera, sable o falcata, caetra o pequeño escudo circular- era extremadamente eficaz, por lo que algunas de sus armas fueron incorporadas por los ejércitos de la época. Conservamos noticias de la participación de mercenarios hispanos en la batalla de Himera, combatiendo al servicio de Amílcar; más tarde, en la lucha entre las ciudades sicilianas de Selinunte y Segesta, a la que los cartagineses apoyaban en contra de la primera, los mercenarios ibéricos tuvieron una actuación destacada, mencionando las fuentes a los honderos, acaso baleares. Los mercenarios hispanos combatieron asimismo de manera destacada en otras varias batallas: en Himera, en el sitio de Agrigento, en Gela... Aunque combatían generalmente al mando de los cartagineses, no se hallaban al servicio de un solo partido y ofrecían sus servicios al mejor postor, dependiendo de un variado conjunto de circunstancias.

Amenazada seriamente Cartago por el poderío militar de Roma a mediados del siglo IV antes de Cristo, la Península es tierra de gran importancia estratégica para las potencias contendientes. En un nuevo tratado firmado entre ambas en el año 348 a. C., se determinó el cabo de Palos como límite a la expansión a las colonias griegas protegidas por los romanos, reservándose aún la potencia cartaginesa el monopolio comercial de las tierras ricas en metales y en hombres, principalmente Andalucía y el interior.

La antaño poderosa Cartago se vio paulatinamente abocada a defender las últimas posibilidades de conservar un imperio comercial, por lo que puso sus esperanzas en las tierras hispanas, frente al impetuoso avance de Roma. Ésta, poseedora de un ejército fuerte y disciplinado y con una escuadra muy manejable y efectiva, aceptó el reto de Cartago de combatir en Sicilia; tras una serie de batallas y escaramuzas se produjo la victoria romana frente a su adversaria, quien perdió a un tiempo Sicilia y la supremacía marítima que había mantenido -aunque ya al final casi nominalmente- a lo largo de siglos. Al mediar el siglo III, una serie de circunstancias pusieron a Cartago en la necesidad de defender los restos de su imperio: el poderío de Roma era ya avasallador. Una serie de revueltas habían ido mostrando la hostilidad de los iberos hacia las colonias aliadas de los púnicos en la costa, expulsando progresivamente a los cartagineses de ellas. Amílcar Barca, jefe del partido militar, hizo recuento de sus efectivos: conservaba la escuadra y la metrópolis de Gádir. Tras someter una sublevación de los mercenarios en África, emprendió la reconquista del imperio cartaginés, al parecer en contra de la opinión del gobierno de Cartago, sin duda atemorizado por la casi segura intervención de Roma.

La política de los Bárcidas -Amílcar Barca y su hijo Aníbal- mostró una preocupación por apoyarse sistemáticamente en la Península Ibérica, con el fin de tratar de contrarrestar el creciente poder de Roma. Amílcar fundó Acra Leuké en las proximidades de la actual Alicante, con la intención de contar con una base permanente en la Península a través de la cual comunicarse con su imperio. Esta creación suscitó los recelos de los romanos, que habían observado las victorias del general cartaginés con inquietud, y enviaron una embajada que obtuvo de Cartago una respuesta satisfactoria. En el año 229 Amílcar puso sitio a la ciudad de Helike -Elche- con una parte de su ejército, mientras retiró el grueso del mismo a sus cuarteles de invierno en Acra Leuké. La hostilidad de los pueblos ibéricos hacia los cartagineses no había cesado: uno de sus reyezuelos, tras concertar con el general un pacto y romperlo inesperadamente, combatió a su ejército con un ataque repentino, derrotándolo y dando muerte a Amílcar que, al parecer, murió ahogado en un río.

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Sucedió a Amílcar su yerno Asdrúbal, que vengó la derrota cartaginesa y reanudó los lazos con los iberos, haciendo que le reconociesen como jefe. Con los ingresos de los pueblos sometidos consiguió mantener la autonomía y prosperidad de Cartago, asegurándose el mando de sus ejércitos. Su talento político consistió en respetar el tratado impuesto por Roma en lo referente a la prohibición de extenderse por la costa más allá de la latitud indicada, pero aprovechando para extenderse libremente por las tierras del interior. Fundó la ciudad de Cartagena en un lugar tan acertado que, en el futuro, habría de ser la principal base española en el Mediterráneo.

En el 226 Roma, presionada por la amenaza de los galos, envió una nueva embajada al bando cartaginés, ofreciéndoles ampliar su zona de influencia siempre que respetaran la línea del Ebro, lo que permitía salvaguardar las colonias griegas. El año 221 a.C. el general cartaginés falleció asesinado, sucediéndole su pariente Aníbal, un genio militar considerado con justicia como uno de los más grandes guerreros de la Edad Antigua. Su estrategia, continuadora de la de su antecesor, procuró no sólo reforzar la presencia cartaginesa entre los pueblos iberos para consolidar sus posiciones costeras, sino dominar efectivamente a los pueblos del interior, de tal modo que la totalidad del territorio sometido le garantizase la base estable sobre la que edificar una superioridad política y económica sobre Roma. Los pueblos celtas de la Meseta, que hasta entonces no habían visto amenazada su independencia, se aprestaron para la defensa, aunque en los combates habidos contra los cartagineses la caballería y los elefantes garantizaban a los púnicos la supremacía bélica. Asdrúbal ascendió así hasta la cuenca del Duero, tomando importantes ciudades vacceas como Salamanca y Arbucala, y a su regreso deshizo en el Tajo una confederación de pueblos de la Meseta agrupada en su contra. Estas coaliciones de pueblos ibéricos ante el peligro eran relativamente comunes, como se vería años después en el caso de Numancia.

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El papel de la Península en estos años fue, fundamentalmente, servir de escenario para una lucha entre dos poderosos rivales, limitándose los pueblos ibéricos a definir su actitud a la vista de las circunstancias. Esto se hizo patente en el caso de Sagunto, cuyo sitio cobró en estos momentos extraordinaria dimensión histórica, dando lugar al definitivo enfrentamiento entre Cartago y Roma y a una de las gestas hispanas más acendradas en defensa del propio suelo y de la propia independencia. Situada en un fuerte promontorio sobre la costa, dentro del territorio adjudicado a Cartago en el último de sus tratados con Roma, en su interior había dos facciones, partidarias de apoyar a uno de los bandos. Roma se había encargado de alentar en su interior a sus partidarios, que se deshicieron de la facción procartaginesa. Poco después, algunos pueblos ibéricos, como los turboletas, atacaron Sagunto, acaso instigados por Aníbal. Éste recabó y obtuvo del Consejo de Cartago plenos poderes para presentar la batalla definitiva a los romanos, disputándoles la supremacía en la Península: en la primavera del 219 puso sitio a Sagunto, que se prolongó durante ocho meses, tras lo cual la ciudad fue tomada, consiguiendo el cartaginés abundante botín y muchos prisioneros. La importancia del sitio consistió en que fue la chispa para el definitivo enfrentamiento entre Cartago y Roma: a partir de ese momento, Aníbal se puso en marcha hacia Roma con su poderoso ejército, integrado en su mayor parte por fuerzas hispanas como aliadas o mercenarias. Con él tuvo lugar el paso de los Pirineos y de los Alpes, así como las cuatro grandes victorias sobre el ejército más poderoso de la época, el romano.

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Autor: Jfl (475 noticias)

Fuente: lahistoriaconmapas.com

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