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El golpe entre policías y militares

07/10/2010 17:09 1 Comentarios Lectura: ( palabras)

Entre el golpe de estado y la simple insurrección policial

Difícilmente se encontrará una explicación lógica al enfrentamiento armado entre policías y militares.

Trascendió que los policías no tenían la menor intención de “asesinar” al Primer Mandatario. Le dieron todo tipo de garantías y seguridades durante su permanencia en el Hospital, a tal punto que estuvo, con algunos riesgos medibles, al mando del cargo, inclusive con comunicaciones a su disposición, una guardia bien dotada y varias visitas.

Los militares, por su parte, no se comportaron como en ocasiones anteriores. A Mahuad y a Lucio les retiraron el apoyo al más leve movimiento social, obligándoles a abandonar el Palacio de Carondelet. Con el actual Presidente fueron, en cambio, reverentes y protectores. La idea de un golpe de Estado estuvo lejos del horizonte militar.

Si los policías no iban a cometer la locura de atentar en contra de la vida del Presidente y los militares no tenían planificado relevarlo del poder, ¿por qué terminaron, los unos y los otros, en medio de un doloroso y sangriento escenario de violencia armada?.

En su primera incursión en el Regimiento Quito, el Presidente demostró valentía, arrojo y, por cierto, una gran dosis de imprudencia. Es un misterio lo que debió haberle informado la inteligencia militar y policial sobre la protesta policial.

Creyó, erróneamente, que su presencia personal y un discurso eran suficientes para disuadir a los policías y a sus humildes familias. Recordarles –o, mejor dicho, sacarles en cara que su Gobierno les había mejorado los sueldos- fue una equivocación. Encendió los ánimos y la aparente calma desapareció. Cuando algunos policías, desde la masa, mencionaron a Lucio, el orador se descompuso y desafió a todos los oyentes, diciéndoles, palabras más palabras menos, “mátenme” si tienen la “valentía” de hacerlo. Fue como espetarles, cobardes aquí estoy.

Las inaceptables ofensas al Presidente durante su recorrido al helipuerto del Regimiento confirmaron que la “masa” carecía de dirección y reaccionaba por sentimientos frustrados y provocaciones. Los “agitadores y los posibles infiltrados”, en la práctica, no tuvieron un rol gravitante.

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Una vez en el Hospital de la Policía, el Presidente adquirió un tono de seguridad y de gran confianza en sí mismo. Le hizo saber al País que no cedería a las pretensiones salariales de los insurrectos. En su fuero interno debió haber advertido que tenía el control de la situación, al menos en esa casa de salud. Por ello, con tono de jefe y lenguaje amenazante, dijo que saldría del Hospital como “Presidente o cadáver”, jamás como una autoridad sometida. Con esta oportuna y acertada advertencia presidencial los policías supieron a qué atenerse. El Presidente, en forma inteligente, delimitó la cancha. Hasta ese instante la situación evolucionaba por el cauce esperado.

Más aún, fue gratificante saber que los médicos del Hospital le prodigaron todo tipo de atenciones al Gobernante y que éste, hasta bien entrada la tarde, en un acto de magnanimidad, no había dado ninguna orden para que los militares lo “rescataran”. Sonaron bien sus palabras, especialmente porque, de este modo, dio la impresión que quería evitar un baño de sangre entre hermanos ecuatorianos.

¿Qué llevó a que, en forma repentina, se instruyera a los militares que ingresaran, violentamente, al Hospital?. ¿Quién o quienes tuvieron la certeza que, al empezar la noche, la vida del Primer Mandatario peligraba de tal manera que no había otra opción que abrir fuego en contra de los policías y de quienes, en calidad de pacientes y médicos, ocupaban una parte del Hospital?.

Quedan muchas incógnitas por despejar, entre ellas, la siguiente: ¿quiénes dispararon al vehículo en el que el Presidente abandonó el Hospital y quién mató al policía que protegía el vehículo?.

Lo cierto es del cruce de balas no ganaron los militares, los policías, el Presidente ni la oposición. Todos, en conjunto o individualmente, resultaron perdedores ante los ojos de unos ciudadanos que, hasta ahora, no logran entender cómo murieron tantos policías ecuatorianos alrededor de un reclamo de orden salarial. Con una negociación inteligente no se hubiera derramado sangre de policías.

Al final del “triste” episodio, la Policía, como institución, fue humillada, con el agravante que, sin “perdón ni olvido”, algunos de sus miembros serán perseguidos y juzgados.

Cuando, con motivo de lo ocurrido, varias autoridades nacionales y seccionales deploran y cuestionan a los policías, muchos ciudadanos levantan su voz para exigir que cesen las hostilidades hacia los guardianes del orden y para que las “investigaciones y juzgamientos” se ajusten a la ley y no respondan al prurito de ajustar cuentas con los humillados.


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Autor:
Luis Fernando Torres (78 noticias)
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FYS (08/10/2010)

Este hecho es inaceptable ya que el primer mandatario jamas debio haber estado en trifulcas de pueblo. No entiendo como sus asistentes le permitieron tomar una decision de esta magnitud, y mas llego como autoridad impulsiva y desafiante ante la tromba enardecida. Lo cual termino con una sangrienta medida de fuerzas entre policias y militares, cosa parecida jamas se a registrado en nuestra historia politica ni social. Afortunamente este a gobierno chavacano no le salio el tiro por la culata.