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Sobre el goce femenino (I Parte)

17/12/2010 21:04 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Hace poco tiempo tuve la oportunidad de escuchar a una mujer conversar acerca de lo que para ella es la sexualidad, el placer y el goce. Me llamaron la atención varias ideas expuestas por ella. Ideas que giraban en torno a un libro que leyó y que yo, inmediatamente después, salí a buscar. El libro se llama El Amor del Cuerpo de Francis Hofstein, quien es un psicoanalista y médico francés muy allegado a Jacques Lacan. La idea que la amiga desarrolló parte de una premisa expuesta en el libro que dice: Sin sentimientos, sólo con las ganas de las que no sabe si son suyas o las del otro. Comerse al partenaire como una manzana y escupir las semillas. Mi amiga entiende que esto de «comerse al compañero como una manzana y escupir las semillas» como algo horrible, inhumano, insensible... pecaminoso. Al preguntarle por qué le parecía pecaminoso, sus explicaciones -respetables sin duda- se centraron en el anquilosado y depauperado discurso de los valores, de la moral, de las buenas costumbres y otras categorías similares. Discurso prefabricado meticulosamente por el patriarcalismo, cuya razón de ser no hace falta explicar.

Mientras mi amiga trataba de convencerme de llevar por el "buen camino" cada una de mis convicciones –de tenerlas, claro está– pensaba en una escena de la película Tener y no Tener de Howard Hawks, en la cual, la enigmática Lauren Bacall le pedía fuego al abrumado Humphrey Bogart. Pensaba en Bacall, en su actitud y discurso y miraba a mi amiga y, desde luego, no podía entender qué pasaba aquí. Mi amiga cree en la liberación de la mujer, se asume feminista, pero, de qué liberación está hablando ella, o mejor aún, qué entiende por liberación. A mi juicio, uno de los escenarios en donde puede evidenciarse con mayor claridad cualquier discurso liberador es en el sexo. Supongo que mucho tiene que ver al respecto el hecho de acudir desnudo a él. Desnudo de todo. ¿De todo? ¿Realmente se acude desnudo al sexo? Por lo escuchado a mi amiga, creo que no todos lo hacen. Lipovetsky dice algo muy revelador. La mujer libre, afirma, son más accesibles en cuanto a compañeras sexuales, pero al mismo tiempo resultan más intimidantes, más amenazadoras para el varón. El varón resulta entonces desamparado ante, vamos a llamarla, mujer libre y ese desamparo es el punto de partida para la elaboración de un discurso en el cual se debate la vida íntima de mi amiga.

Ahora bien, ¿cuál es, a mi juicio, el punto neurálgico del asunto? ¿Qué es lo que hace a la mujer libre amenazante? ¿Qué es lo que hace que unos –nosotros sin duda– terminemos siendo ese compañero comido como manzana? Pues, la capacidad de goce que tiene por naturaleza la mujer. Volviendo a Francis Hofstein, éste dice que cuando el otro está obligado a dar placer, no está permitido ningún desfallecimiento. El hombre es herido en su virilidad cuando la mujer no goza. En el sexo todo es carne. La carne que es hombre y mujer se vuelve objeto de consumo, y debe responder a la demanda. Justamente en la demanda está el quiebre. ¿Qué puede demandar el hombre a la mujer libre que ésta no pueda satisfacer? Ahora, en el caso contrario ¿ocurre lo mismo?

Michel Onfray, profundizando más que Bataille y Foucault, penetra en algunas ideas interesantes. En su libro Teoría del Cuerpo Enamorado advierte que con el cristianismo, del arte erótico se pasó a la ciencia erótica que en la actualidad no ha dejado de proseguir su tarea fiscalizadora hasta el punto de que dentro del discurso de poder la técnica ha desmontado al derecho a través de la normalización con un único fin: controlar. Por ello, a través de una vuelta al epicureísmo, Onfray busca la explotación de un libertinaje que desmonte discursos y libere el goce sexual. Establece una lógica del placer que se encarga de destripar el concepto del ahorro que cataloga el sexo en formas ascéticas y cristianas y a las cuales opone la idea de gasto como auténtico motivo del placer sexual, lúcidamente vinculado a la pura inmanencia de los cuerpos. El goce debe desbordarse o no será. Sin embargo, hay enormes diferencias entre el goce masculino y el goce femenino.

Alain Finkielkraut describe el goce de la mujer en estos términos: "goce de la mujer, mi exterior absoluto, estallido de la carne en mi propia carne, convulsiones que me fascinan como puede fascinar un desierto o un océano porque me excluyen, y consagran una especie de indivisión natural que se basta por sí misma; no hay fracturas en este delirio infinito que nunca cesa de mantener el hombre a distancia, de deportarle trazando en torno a él imperceptibles, pero infranqueables cercos" Las mujeres tienen el privilegio del goce más allá de los límites del lenguaje porque los hombres sucumbimos ante la maldición de la descarga. Los espasmos de la amada, dice Finkielkraut, no tienen la certidumbre rudimentaria del semen viril. El goce de la mujer es una tormenta erótica donde naufragamos los hombres con todo y nuestra falocracia endeble. El goce femenino es una voz que irrita y desgarra debido a su indomable naturaleza. La mujer puede desfallecer entre los espasmos que brotan de la voluptuosidad, los hombres, en ese instante, debemos conservar la cabeza fría y, si se quiere, distante, no podemos acompañarla hasta el mareo del ser. No llegamos hasta allá. No nos da el cuerpo, necesitamos más de un cuerpo, necesitamos un cúmulo de cuerpos. "Frente al goce la mujer, escribe, no hay técnicos, sólo hay amantes desasidos y en primer lugar desasidos del poder que creen ejercer".

El cuerpo de la mujer es laberinto entre laberintos. Entre sus carnes todo es una nueva posibilidad, una fuga perenne. El cuerpo de la mujer durante el goce es un grito desbordado, palabras sin palabras que no pueden más que desbordarse. ¿Dónde hallar las puertas del goce femenino? En la posibilidad de hacerles oír el sexo en la garganta, la gruta que brilla entre sus nalgas en la laringe: el cuerpo hecho grito descarnado en sus propias carnes. Entender que la mujer cuando se entrega en holocausto lo hace para despertar su deseo y no para matarlo o vomitarlo como es en el caso del hombre. El orgasmo es una pequeña muerte, dicen, pero una muerte –grande o pequeña– para quién. El orgasmo femenino es un constante vivir, un vivir hasta pellizcar las nalgas al infinito. No es la mujer quien muere en el orgasmo, la pérdida es siempre masculina.


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Bitacoradelabismo (31 noticias)
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bitacoradelabismo.blogspot.com
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