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Jfl
Publicada el 08-02-2012 22:18 0 4

Geografía e Historia de África [Geography and History of Africa]

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El continente africano presenta una fisonomía compacta, con un perfil litoral rectilíneo en el que existen pocas indentaciones, por lo que son escasos los abrigos naturales en su costa. El territorio continental, que supone un 20% de la superficie emergida del planeta, aumenta en altitud de noroeste a sudeste, con una elevación media de 620 m, y puede dividirse en tres regiones principales: la meseta septentrional, la meseta centromeridional y las montañas orientales.

En la primera de ellas se encuentra el desierto del Sahara, que, con más de ocho millones de km2, ocupa un 25% del territorio africano. Es una vasta extensión de territorio desolado en el que las adversas condiciones climáticas y medioambientales hacen muy difícil la existencia de asentamientos humanos permanentes, por lo cual se encuentra prácticamente despoblado. En los bordes de la meseta hay zonas montañosas, como las cordilleras del Rif y el Atlas, de origen alpino, que se elevan cerca de la costa mediterránea y se prolongan desde el oeste hasta las costas de Túnez; en el sudoeste aparece el macizo de Fouta Djallon, y más hacia el sur se halla el del Adamaoua. Por último, en el interior de la región, se encuentra la depresión formada por la cuenca del lago Chad.

La meseta centromeridional es más elevada, con 900 m de altitud media, y se extiende por el centro, el oeste y el sur del continente. En ella se encuentran los desiertos del Kalahari y Namib, y los montes Drakensberg, así como la depresión del Karroo y la formada por la cuenca del río Congo (también llamado Zaire).

La parte oriental del continente es la de mayor altitud; se extiende desde el sur del Mar Rojo hasta el río Zambeze y está surcada de norte a sur por cadenas montañosas como los macizos de Etiopía y del Ruwenzori, y las cordilleras de origen volcánico, donde destacan los montes Kenia, Elgon y Kilimanjaro, que es el más alto de África con 5.895 m. La actividad tectónica durante el período terciario que provocó la formación de esas cadenas montañosas fue también la génesis de la gran depresión conocida como Great Rift Valley ("Valle de la Gran Depresión"), que recorre la meseta en dirección norte sur a lo largo de 7.000 km y en la que se encuentran los grandes lagos africanos: Tanganika, Victoria y Nyasa. Hay que referirse también a la isla de Madagascar, situada a 400 km de la costa sudoriental del continente y la cuarta del mundo en extensión, que presenta un relieve muy accidentado, con una gran meseta central y cordilleras que la recorren de norte a sur.

Hidrografía.

Las principales arterias fluviales africanas se originan en las montañas orientales, donde nace el Nilo, el río más largo del mundo con sus 6.650 km, que recorre la mitad norte del continente desde los lagos Tana y Victoria (en los cuales nacen sus dos brazos principales, el Nilo Azul y el Nilo Blanco) hasta su desembocadura en el Mediterráneo, donde forma un extenso delta. También en esta región nace el segundo río más importante, el Congo o Zaire, que tiene su origen en Zambia y se dirige hacia el norte, para después girar al oeste y desembocar en el Atlántico. El Níger, empero, se origina en el macizo de Fouta Djallon y recorre el occidente africano antes de verter al Atlántico en el Golfo de Guinea. En el sur del continente destaca el Zambeze, que nace en Zambia, en el corazón de África meridional, y discurre en dirección sudeste hasta desembocar en el Índico, salvando grandes desniveles que dan lugar a numerosos rápidos y saltos de agua, entre los que destacan las cataratas Victoria.

Hay que hacer mención también de los grandes lagos que ocupan la depresión oriental ("Great Rift Valley"), como el Tanganika, Alberto, Malawi y Turkana, y sobre todo del Victoria, que no pertenece al sistema del "Great Rift Valley", pues ocupa una depresión poco profunda situada entre los dos brazos en que se divide aquél, y que es el lago más extenso de África y el tercero del mundo. Con ellos se completa la riqueza hidrológica del continente, que alberga más del 40% del potencial hidroeléctrico mundial, gracias a los abruptos desniveles que han de salvar los ríos africanos. Sin embargo, estos abundantes recursos no están suficientemente aprovechados, debido a la falta de infraestructuras hidráulicas, lo que impide el control efectivo de las inundaciones, que se repiten con frecuencia en varias regiones, y el almacenamiento de reservas que permitan paliar los efectos de las devastadoras sequías.

Clima.

La variedad climática de África depende de la proximidad al ecuador, que divide al continente en dos mitades. Cerca de la línea ecuatorial predominan las temperaturas altas y uniformes, con precipitaciones muy abundantes y repartidas en períodos húmedos, que se alternan con cortas estaciones secas (se superan en muchos lugares los 2.000 mm anuales). Según aumenta la distancia latitudinal hacia el norte o el sur, el clima adquiere características tropicales, con temperaturas igualmente elevadas y regulares, pero con pluviosidad algo menor y concentrada durante la estación húmeda veraniega, que da paso a un invierno seco. Estas condiciones ambientales se ven matizadas en algunas regiones a consecuencia de factores físicos, como la altitud, que suaviza las temperaturas en las montañas orientales, o la acción de las corrientes frías oceánicas, cuyo efecto distorsiona la uniformidad y motiva la existencia de zonas costeras con características bioclimáticas que difieren de las propias de su latitud. El clima desértico domina en zonas como el Sahara, en el norte; el Cuerno de África en el este; y el Kalahari y el Namib en el sudoeste, cuya extensión conjunta convierte a África en el continente con mayor cantidad de superficie árida, en proporción a su territorio, tras Australia. En estas regiones, las temperaturas sufren grandes oscilaciones diarias y estacionales, con calor tórrido durante el día y frecuentes heladas nocturnas, así como precipitaciones muy escasas (inferiores a 250 mm anuales).

Por último, cabe hablar de zonas con clima mediterráneo, como el extremo noroeste y la costa suroeste, de inviernos suaves y húmedos y veranos calurosos y secos.

Flora y fauna.

La abundancia y tipología de la cubierta vegetal varía de unas a otras regiones climáticas: la selva ecuatorial aparece en la zona centro-occidental del continente, donde las precipitaciones superan los 1.200 mm anuales, con abundancia de especies arbustivas y herbáceas, y un denso bosque de árboles de madera muy apreciada (ébano, caoba, palisandro, ocume, palmera de aceite y otros). En las zonas elevadas de Camerún, Angola o el este continental se encuentra el bosque de montaña, donde las abundantes precipitaciones favorecen la existencia de gran variedad de especies. En zonas por debajo de los 1.200 mm anuales aparece la sabana arbórea, que se transforma en herbácea donde no se superan los 1.000 mm anuales, con árboles (acacias, baobabs) que se esparcen entre las vastas extensiones de hierba y arbustos. La vida vegetal se empobrece notablemente en las regiones esteparias, en las que no se alcanzan los 500 mm anuales, y se reduce a una delgada capa de hierba y a escasos arbustos de pequeño tamaño. Finalmente, en las zonas desérticas (menos de 130 mm anuales), la flora se reduce a la esporádica existencia de algunas especies xerófilas, que incluso desaparecen en las áreas más desoladas.

La fauna es muy rica en las regiones más húmedas del continente, donde abundan los grandes mamíferos, como el león, búfalo, jirafa, cebra, antílope o elefante africano, así como el gorila, que se conserva en los bosques de montaña del interior. En las zonas desérticas habitan especies de gran resistencia a las adversas condiciones climáticas, como el camello, zorro, ciervo rojo del desierto, gacela y algunos roedores de pequeño tamaño. También es considerable la variedad de aves (pájaro de Guinea, pelícano, garza, flamenco, cigüeña, y el ibis, cuyo hábitat se encuentra en la región del Nilo) y de reptiles (lagarto, cocodrilo, tortuga y serpientes venenosas como la mamba y cobra, así como otras de gran tamaño como la boa y la pitón). Son también numerosas las especies de insectos, entre los que destacan la langosta, termita, hormiga gigante y mosca tse-tse, que causa estragos en la cabaña ganadera. Todo ello convierte a África en la gran reserva ecológica mundial, de indudable atractivo turístico, pero cuyo futuro es sombrío a consecuencia del subdesarrollo en que se haya sumido el continente, que obligará en el futuro a la sobreexplotación de los recursos naturales e impedirá poner en práctica políticas de protección del medio ambiente.

Demografía.

África, que cuenta con más de 720 millones de habitantes a principios de los noventa, ha experimentado desde mediados del siglo XX un espectacular crecimiento de la población (2, 9% anual es la media del continente), que prácticamente se ha triplicado en 50 años. Las causas de este fenómeno están en el incipiente desarrollo médico, higiénico y sanitario, aún muy alejado del conseguido en el Primer Mundo (incluso hay zonas que carecen totalmente de infraestructura asistencial), pero que ha permitido la reducción de la tasa de mortalidad hasta un 17 por mil y el aumento de la esperanza media de vida, que supera los 60 años. Ello contrasta con la tasa de natalidad (46 por mil), que se mantiene elevada a consecuencia de la inexistente política de control demográfico y planificación familiar, dificultada por el bajo nivel cultural, el mantenimiento de las estructuras sociales y culturales tradicionales, y la necesidad económica, factores que provocan que el número de hijos por mujer sea superior a cinco en la mayoría de los países. Esto se refleja en la estructura de la población, el 40% menor de 15 años, lo que provoca graves desequilibrios, debido a la incapacidad de los estados para garantizar el acceso a la educación y a la imposibilidad de acceder a un mercado laboral muy saturado.

Medio rural y urbano.

La densidad media de África es de aproximadamente 20 h/km², aunque está desigualmente repartida, ya que el 75% de la población habita en un 15% del territorio continental. Las zonas más pobladas son el golfo de Guinea, la franja costera magrebí y, sobre todo, el valle del Nilo, donde se alcanzan densidades superiores a los 200 h/km². Este fenómeno de polarización espacial se ha visto acompañado de la progresiva degradación del medio rural y la crisis de las formas de vida tradicionales, lo que ha provocado un masivo desplazamiento hacia las ciudades en busca de mejores perspectivas económicas (la población urbana supera el 40%, y se espera que este porcentaje crezca en los próximos años). Este fenómeno se ha visto acentuado por la inestabilidad política y los conflictos armados que asolan el continente; ello ha provocado la aparición de enormes bolsas de refugiados que huyen hacia las ciudades, normalmente más seguras que las áreas rurales aisladas. A su vez, todo esto ha originado también un crecimiento desmesurado de los núcleos urbanos, cuyas infraestructuras de servicios no han podido asimilar la presión de las grandes masas de inmigrantes, que se hacinan en los suburbios en condiciones de vida muy difíciles. Grandes megalópolis como El Cairo, Johannesburgo o Argel son ejemplo de lo anterior. Las ciudades más pobladas se encuentran en los países árabes del norte de África, aunque hay también grandes conurbaciones en el centro y sur del continente.

Etnografía.

La multiplicidad étnica es uno de los rasgos característicos del continente, pues hay más de 3.000 grupos distintos clasificados. En el norte predominan los árabes y beréber, que son un cuarto de la población total africana. Al sur del Sahara aparecen los pueblos de raza negra, con grandes grupos como los khoisan, a los que pertenecen bosquimanes y hotentotes; los pigmeos y los bantúes, que se encuentran en el centro y sur del continente, y son los más numerosos; se distinguen dentro de esta etnia numerosos subgrupos (zulús, sothos, tsonga, swazi, fang, bamileké y otros). Hay otros grupos muy extendidos, como los hausas, yorubas y fulbés del centro-occidente; los shongai, mandé y kru en la costa oeste, y los amharas, tigrés, y somalís en el este.

Para completar el mapa étnico hay que mencionar a los pueblos nilóticos y sudaneses del nordeste, y a las minorías de origen europeo y oriental, que habitan sobre todo en el sudeste y sur del continente, así como a la población malgache de Madagascar y otros territorios insulares, cuyo origen no es africano, sino indostánico.

Lengua y religión.

Hay más de 1.000 lenguas autóctonas, aunque la mayoría son utilizadas por grupos muy reducidos, ya que sólo 50 de ellas son habladas por 500.000 o más personas. Las más importantes son el árabe (cuyo origen no es africano) y el hausa, que pertenecen a la familia lingüística camito-semítica, la más numerosa en el continente y en la que también se incluyen el amhárico, somalí, y beréber. El otro gran grupo lingüístico es el bantú, al que pertenece el swahili, la principal lengua africana junto al hausa. Hay otras lenguas menos extendidas, que pueden agruparse en varias familias: la africana occidental (shongai, gur); mandé; guineana (kru, kwa); africana central; koisán (bosquimano, hotentote); kanúrica (tubu y kanuri) y nilótica (dinka, masai y otras). Junto a todas ellas conviven los idiomas introducidos durante la dominación europea, con predominio del inglés en el sur y el este, y del francés en el centro y oeste del continente. Hay también restos de la presencia colonial portuguesa, holandesa, italiana y española, cuyo idioma se conserva en los territorios colonizados por estos países.

La religión más extendida es la cristiana, con un número similar de católicos y protestantes (dominan unos u otros en función de la potencia europea que colonizó el territorio), tras la cual se encuentra el Islam, que se expandió por África a partir del siglo VII, y predomina en el norte y gran parte del este (los ritos sunnita y malekita son los más extendidos). Los cultos tradicionales africanos, de carácter animista, son seguidos por un 15% de los africanos, y se encuentran en muchos lugares mezclados con las creencias cristianas. Hay también minorías de religión hindú, en países costeros e insulares del oriente africano, y judía, sobre todo en Marruecos.

Economía.

La escasa participación de África en la economía mundial se refleja en cifras como el 4% que aporta al producto bruto mundial, o el 6% del valor total de las transacciones comerciales en que participa. Esta marginación es consecuencia de su dependencia secular de las grandes potencias mundiales, que han relegado al continente al papel de proveedor de materias primas y mano de obra y receptor de productos manufacturados, y que condicionan el desarrollo de la actividad productiva mediante la presencia de las compañías multinacionales, las cuales controlan gran parte de las riquezas agrícolas, forestales y mineras africanas. Empero, su presencia es necesaria debido a la carencia de recursos económicos y personal cualificado que sufren los Estados africanos para acometer la explotación de los abundantes recursos de que disponen, así como al enorme volumen de la deuda externa, que genera una total dependencia de las inversiones extranjeras.

Agricultura, pesca y riqueza forestal.

La ausencia de desarrollo industrial provoca que más de la mitad de la población activa del continente esté ocupada en el sector primario.

La agricultura presenta dos tipos de explotaciones dominantes: los cultivos comerciales introducidos por los colonizadores europeos, entre los que predominan el café, algodón, cacao, cacahuete, palma de aceite o cítricos, en función de los cuales se han llevado a cabo importantes proyectos hidráulicos (como las presas de Asuán en Egipto y Kariba entre Zimbabue y Zambia, o el "Gran Río Artificial" de Libia), y los de subsistencia, dedicados al consumo interno, cuyo desarrollo tecnológico es menor, pues no cubren, en la mayoría de los países, la demanda nacional, lo que obliga a importar alimentos.

Estas explotaciones tradicionales tropiezan con obstáculos, como la dificultad del medio físico, el agotamiento de los suelos y la marginación que sufren en los programas económicos gubernamentales. La riqueza forestal del continente es considerable, y supone una de las principales fuentes de ingresos de los países del área geográfica ecuatorial (Ghana, Camerún, Nigeria y Costa de Marfil, principalmente) donde se encuentran los grandes bosques, con especies como la caoba, el ébano, el ocume o el palisandro. La producción pesquera ha aumentado en los últimos tiempos, ya que los Estados ribereños han acabado con el monopolio de las empresas pesqueras extranjeras, estableciendo restricciones a las capturas en sus aguas territoriales y acometiendo la modernización de las flotas nacionales, sobre todo en los ricos caladeros atlánticos de la costa sahariana y Namibia.

Industria y energía.

Las industrias extractivas son las más desarrolladas en gran parte de las economías africanas, gracias a la abundancia en recursos mineros del subsuelo continental. A modo de exposición, cabe citar los yacimientos de oro y diamantes de Sudáfrica, que suponen la mitad de los ingresos totales africanos derivados de la minería, las reservas de cobalto del Zaire (90% de las totales mundiales); el cobre de Zambia, Zaire y Zimbabue; y el hierro, que se encuentra repartido por todo el continente, en donde se almacena además el 75% del oro mundial. También el petróleo es abundante, sobre todo en Libia, Nigeria, Argelia, Gabón, Namibia y Angola, así como el carbón, que se encuentra en suelo de Zimbabue y Sudáfrica. La riqueza energética se completa con el potencial hidroeléctrico, que es aproximadamente el 40% del total mundial, aunque no está suficientemente explotado, debido a los altos costes de las obras necesarias y a la inaccesibilidad de algunos posibles emplazamientos de las centrales hidroeléctricas. Gran parte de la riqueza mineral africana está en manos de compañías multinacionales extranjeras, aunque los gobiernos de la zona están aumentando su participación en ellas como accionistas. En otros sectores industriales el desarrollo es muy escaso (sólo un 20% de la población activa está ocupada en actividades de transformación), salvo en Sudáfrica, que cuenta con una poderosa industria pesada, metalúrgica y de maquinaria. Las causas de este atraso son múltiples: ausencia de mano de obra cualificada, nulas infraestructuras de servicios, extrema debilidad del mercado interior y bajo nivel de renta son algunas de las principales. Tan sólo en unos pocos países, como Argelia, Egipto y Zimbabue, existe un tejido industrial con un cierto grado de diversificación, mientras que en Kenia, Nigeria y Costa de Marfil han adquirido un volumen reseñable las factorías textiles y de materiales de construcción.

En el resto del continente, la industria se limita a la transformación de los productos agrícolas, forestales y ganaderos.

Servicios.

La creciente tendencia urbanizadora ha favorecido el incremento del sector terciario, que representa más del 30% de la fuerza laboral africana. Una de las causas de este auge es el crecimiento que ha experimentado el sector público en muchos de los Estados, aunque también es cierto que gran parte de ese tercio de población se dedica a actividades que forman parte de la economía irregular, cuya proliferación es grande en las ciudades de los países subdesarrollados. El turismo está adquiriendo una gran importancia en países como Kenia, Tanzania, Madagascar o las Seychelles, que se benefician de su belleza paisajística, aunque en otros, como los países árabes, se acusa un grave descenso a consecuencia de la actividad de los grupos integristas islámicos.

Comercio y finanzas.

Las relaciones comerciales de los Estados africanos se desarrollan preferentemente con los países industrializados, especialmente con las antiguas potencias coloniales, que pertenecen a la Unión Europea. Se exportan materias primas y se importan alimentos y productos energéticos, así como bienes de equipo y maquinaria, lo que se traduce en una balanza comercial descompensada, pues los precios de los bienes adquiridos tienen una tendencia al alza más acusada que la de los exportados. Los intercambios interafricanos se ven dificultados por la diversidad monetaria y las trabas aduaneras que imponen algunos Estados proteccionistas. En los últimos años se ha puesto en marcha una serie de instituciones supranacionales que pretenden la superación de la fragmentación producida tras la descolonización y la creación de un espacio económico integrado. Ejemplos de lo anterior son la creación de la UEMOA (Unión Económica y Monetaria de Africa Occidental) y la SADC (Comunidad de Desarrollo de Africa Meridional), así como la Zona del Franco, que agrupa a los Estados de la UEMOA, la UDEAC (Unión Aduanera y Económica de Africa Central) y la República de las Comores.

Transporte y comunicaciones.

La carencia de una adecuada infraestructura de transportes es otra de las causas del subdesarrollo del continente. Las redes de carreteras de la mayoría de los países tienen muy pocos kilómetros pavimentados, lo que las hace intransitables durante la época de lluvias, y la red ferroviaria es muy pobre, salvo en el sur del continente. Los cursos fluviales navegables son utilizados para suplir esas deficiencias, sobre todo en los países bañados por los grandes ríos (Nilo, Zambeze, Níger y Congo).

Sistemas políticos y organizaciones supranacionales.

La República es la forma política más extendida en el continente, (tan sólo Marruecos, Lesotho y Suazilandia son monarquías), con un marcado cariz presidencialista, que aparece sobre todo en los Estados que antaño pertenecían a los dominios coloniales de Francia, de la que heredaron su modelo de organización política (poder ejecutivo en manos del Presidente de la República y legislativo que recae en un Parlamento, normalmente unicameral). También predomina ese modelo en los países colonizados por Gran Bretaña, que accedieron a la independencia en el marco de la Commonwealth (a la que siguen perteneciendo, aunque la Reina Isabel II ya no ostenta la Jefatura del Estado en estos países). No obstante, en muchos de los Estados formalmente democráticos, no existe un verdadero pluralismo, pues la desarticulación y fragmentación social impide el desarrollo de organizaciones políticas, cuya creación está prohibida en algunos países, en los que el único partido es el que luchó por la independencia en la época de la descolonización. La oleada democratizadora de los noventa ha traído consigo la redacción de nuevos textos constitucionales en los que se ha consagrado formalmente el multipartidismo (ejemplos de ello son Níger, Malí, Burkina Faso, Benin, y otros varios), aunque en la práctica es difícil su consolidación, debido a la ausencia de garantías y controles en los procesos electorales, que son fácilmente manejables por quienes ostentan el poder (el caso de las elecciones de 1993 en Guinea Ecuatorial da muestra de ello). En el África árabe hay Estados confesionales, como Marruecos, Sudán, Mauritania y Libia; esta última ha quedado al margen de los cambios políticos que han sacudido al continente, ya que sigue vigente en ella el llamado "Estado de las masas", cuyo líder, Muamar Gadafi, se mantiene en el poder.

La OUA (Organización para la Unidad Africana) es la principal organización política continental; fue fundada en 1963 en Addis Abeba y forman parte de ella todos los Estados africanos salvo Marruecos, que se retiró de la misma en 1982, como protesta por la aceptación como miembro de la República Árabe Saharaui. Sudáfrica ha sido admitida recientemente, tras la abolición del régimen de segregación racial. Sus fines son, entre otros, promover la solidaridad entre los países africanos, coordinar los esfuerzos para mejorar el nivel de vida en el continente y erradicar toda forma de colonialismo. Para ello cuenta con el siguiente diseño institucional: la Asamblea de Jefes de Estado y de Gobierno; el Consejo de Ministros, que prepara las reuniones de la Asamblea; la Secretaría General, que comprende la administración central de la OUA, y el Comité de Liberación, cuya misión es proporcionar ayuda financiera y militar a los movimientos nacionalistas en territorios africanos sometidos a una soberanía extranjera. En lo referente a las organizaciones regionales, hay que destacar las de carácter económico, como la CEDEAO (Comunidad Económica de Estados de África Occidental), UEMOA (Unión Económica y Monetaria del África Occidental), CEMAC (Comunidad Económica y Monetaria de África Central), SADC (Comunidad de Desarrollo de África Meridional), SACU (Unión Aduanera de África Austral), Comisión del Océano Índico y Zona del Franco. Aparte de éstas, hay otras de ámbito territorial más reducido, que suman un número superior a las 200.

Historia.

África es considerada como la cuna de la humanidad, pues en ella han aparecido los restos más antiguos de la presencia del hombre sobre la tierra, que datan de hace 200.000 años. Los primeros pobladores del continente fueron nómadas, y no aparecieron los primeros establecimientos permanentes hasta el 5.000 a..C., cuando se desarrollaron en el Valle del Nilo las primeras comunidades agrícolas, que se beneficiaban de la fertilidad del suelo, inundado periódicamente por el río. La civilización egipcia alcanzó un grado de desarrollo económico, político y religioso que la convirtió en la gran cultura africana de la antigüedad.

Su influencia se extendió al sur del continente, donde surgieron a partir del 1.000 a.C. los reinos cuchíticos, que se convirtieron en los nuevos centros de poder. Desde el siglo VI a.C. existieron en el norte de África colonias griegas y romanas, aunque hasta el siglo I d.C. no se unificó todo el norte del continente bajo el poder de Roma, cuya decadencia y posterior división produjo la partición del norte de Africa entre los Imperios Romanos de Oriente y Occidente.

En el siglo VI el Imperio Bizantino derrotó a los vándalos y logró reunificar el territorio, aunque su poder comenzó a declinar y desapareció ante la incontenible expansión de los árabes, que extendieron el Islam por toda la región. En el centro del continente surgieron reinos que basaron su pujanza en el control de las rutas transaharianas, a través de las cuales se desarrolló un intenso tráfico comercial, en el que se intercambiaba oro y esclavos por tejidos, sal y herramientas. Destacaron el Reino de Ghana, el Imperio de Mali y el de Shongai, y posteriormente los estados hausa y el Imperio de Kanem-Bornu, que fue islamizado en el siglo XI. En la parte oriental y el sur de África también se desarrollaron estructuras estatales, de cuyo origen se tienen pocas referencias: los árabes se establecieron en la costa oriental del continente, y fundaron enclaves comerciales como Mombasa, Sofala y Mogadishu, mientras que los bantú del interior se expandieron hacia el sur y desplazaron a los pobladores originales de la región, bosquimanes y hotentotes, surgiendo diversos estados que combatieron entre sí por la supremacía, y que son el germen de la división política y étnica que caracteriza al continente en el siglo XX.

La penetración europea en África comenzó con las incursiones de los portugueses en la costa atlántica africana a partir del siglo XV (en 1488 Bartolomé Días llegó al extremo meridional del continente) y el establecimiento de bases comerciales costeras, aunque no se extendió al interior hasta el XVIII, en que comenzaron a llegar los exploradores británicos, el más célebre de los cuales fue David Livingstone, que exploró el corazón de África y la región de los grandes lagos orientales.

El interés por controlar los abundantes recursos naturales del gran continente negro y la rivalidad política entre las potencias europeas fueron el motivo de la expansión hacia el interior de África, que a principios del siglo XX (con la excepción de Liberia y Etiopía) estaba por completo bajo el dominio de Gran Bretaña, Francia, Portugal, Bélgica, Alemania, España e Italia, que fueron por orden de importancia las potencias que dominaron el continente. Tras la independencia de Egipto en 1922 (Gran Bretaña siguió conservando derechos sobre el Canal de Suez), y de Etiopía y Libia en 1941 y 1951 respectivamente, comenzó el gran proceso descolonizador, algunas de cuyas máximas figuras fueron el egipcio Abdel Nasser y el ghanés Kwame Nkrumah, cuyas ideas acerca de la unión de los pueblos africanos contra la dominación europea se extendieron con rapidez por el continente y fueron el germen de la creación de la OUA (Organización para la Unidad Africana) en 1963. El grueso de las colonias europeas africanas accedieron a la independencia en la década de los sesenta, a excepción de Ginea-Bissau, Angola y Yibuti, que lo hicieron en los setenta, y Zimbabue, que alcanzó la soberanía en 1980.

La inestabilidad política ha sido la constante desde el proceso descolonizador, tras el que accedieron a la independencia Estados con fronteras artificiales, creadas en función de los intereses de las potencias europeas, lo que provocó fenómenos de signo contrario, como la separación en dos Estados de pueblos históricamente unidos (como los hausa, cuyo territorio fue partido entre Nigeria y Níger), y la aparición de países carentes de cohesión nacional y con etnias enfrentadas dentro de su territorio (Mauritania y Chad son dos ejemplos válidos). La debilidad de las nuevas instituciones y la dinámica de los bloques militares, en la que se vieron inmersos la gran mayoría de los recientes Estados, contribuyeron a la generalización del golpe de estado, como mecanismo de apropiación del poder político por parte de grupos armados representativos de una u otra etnia, imposibilitando la existencia de gobiernos fuertes y capaces de llevar a cabo un programa de desarrollo a largo plazo. En países como Sudáfrica o Zimbabue (la antigua Rhodesia), las convulsiones políticas vinieron motivadas por el choque entre la minoría blanca dominante y la mayoría negra apartada de los centros de decisión. En este contexto resultaron baldíos los esfuerzos de integración que propugnaban los panafricanistas, como Kwame Nkrumah, y se impuso en todo el continente el nacionalismo de carácter aislacionista, con gobiernos más preocupados de estrechar lazos con la antigua metrópoli y los poderes político-financieros internacionales, que de profundizar en las relaciones interregionales.

Con estos antecedentes, se explica el fracaso de la OUA (Organización para la Unidad Africana), que ha sido incapaz de hacer frente a los conflictos que han asolado el continente. En la década de los noventa se ha producido una corriente democratizadora que ha coincidido en el tiempo con el fin de la guerra fría, y a la que se han adscrito numerosos Estados africanos; el ejemplo paradigmático es el de Sudáfrica, que ha culminado en 1994 la transición desde el viejo régimen segregacionista a un nuevo Estado, en el que la mayoría negra tiene por primera vez acceso al poder político. También se ha intentado potenciar en los últimos tiempos la creación de entidades supranacionales que contribuyan a superar las consecuencias de la excesiva parcelación del continente, como la SADC (Comunidad de Desarrollo de África Meridional), creada en 1980 y reformada en 1992, o la UEMOA (Unión Económica y Monetaria del África Occidental), que ha sustituido en 1994 a la UMOA (Unión Monetaria de África Occidental), cuyo nacimiento tuvo lugar en 1962. No obstante, esta tendencia favorable a la desaparición de los regímenes autoritarios aún está lejos de consolidarse, pues hay varios factores que lo hacen difícil, como la fragilidad de las instituciones democráticas, los conflictos nacionalistas de base étnica y la caótica situación económica, que provoca un estado de permanente agitación social, del que se valen los que desean obtener el poder por métodos ilícitos. Los casos recientes de Liberia, Somalia o Ruanda así lo demuestran.

Fuente: Espasa y Enciclopedia Britannica

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Autor: Jfl (475 noticias)

Fuente: lahistoriaconmapas.com

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