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"Franquicias para todos los bolsillos", por Jaime R. Parrondo, socio-director de JJ ComunicAcción

03/11/2010 10:18 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

jaime-parrondo-retratoAndaba recapacitando estos días sobre si a los directivos de las empresas encuadrados dentro del sector de la alimentación y/o la restauración (Cantina Mariachi, Lizarran, Bodegas Galiana, Dieta Gourmet y algún otro que me va a ‘ crucificar’ por olvidarle), que trabajan con mi agencia, les dejarán recorrer la Gran Vía madrileña a media tarde, cuando más follón de tráfico existe, y en autobús descapotado, para que miles de personas puedan aclamarles ruidosamente por continuar inaugurando establecimientos en estos tiempos, sino ya de recesión, al menos de crecimientos raquíticos.

Si después de horas de paseo triunfal entre aclamaciones serán recibidos por Zapatero, y no menos de seis o siete de sus ministros, en el Palacio de la Moncloa, dado que no sólo no han reducido la facturación de su red de establecimientos, sino que incluso la están impulsando con ideas novedosas. y si al concluir la cena de gala en La Zarzuela, celebrada en honor de estos empresarios y su equipo directivo, con la Familia Real al completo -esas fotos de las nietas del monarca ataviadas con la camiseta de las diferentes enseñas … – se les recompensa de nuevo con un baño de multitudes en la fuente de moda y, al día siguiente, con el aplauso unánime del país por la labor llevada a cabo al frente de sus respectivas cadenas, en tal caso, y sólo en tal caso, pensaré que lo que se hizo con los futbolistas de ‘ la Roja’ al llegar de regreso de Sudáfrica no fue un espejismo: porque … ¿qué otra cosa, que no fuera cumplir con su obligación, es lo que hicieron estos nuevos héroes populares? ¿Qué tienen Iniesta, Casillas o Del Bosque que no tengamos el resto de profesionales, para que el mero cumplimiento del deber se compare, como así se ha hecho, a las hazañas de los antiguos semidioses griegos?

‘ … ni quitarse de en medio cada vez que llame un franquiciado con una cuita, ni dar pábulo a cualquier pequeño problema’

Pero no quiero aguarle la fiesta a nadie, que hay mucho forofo del balompié. Como hemos ganado el Campeonato del Mundo de Selecciones de Fútbol, seguro que estamos a un tris de empezar a atar a los perros con longaniza… Eso sí, poseer una mascota y pasearla por la calle requerirá el pago de impuestos municipales; la longaniza habremos de adquirirla nosotros, con subida de IVA incorporada, y en cuanto doblemos la esquina aparecerá un representante de Sanidad a multamos por mezclar alimentos y animales…

En realidad -disgresiones balompédicas aparte- voy a hablarles de mi abuelo materno, que simultaneó el impartir clases en la escuela diplomática con la dirección de dos negocios, su propia empresa y la minicadena de ultramarinos de sus padres, y por tanto mis bisabuelos por vía matrilineal. Pues bien, mi abuelo tenía ya desde joven el firme convencimiento de que el tiempo, o más concretamente su transcurrir inexorable, lo soluciona todo, por el simple y efectivo sistema de diluir la importancia que tendemos a otorgar a problemas que no lo son, preocupaciones que sólo tienen de relevantes el aspecto -y eso, mientras son recientes-, y en general inquietudes de escasa o nula trascendencia, pero que sin embargo llenan nuestra cabeza con su ‘ resaca’ negativa durante más tiempo del que merecerían.

A tal efecto, el método que empleaba mi abuelo -eso que los consultores de franquicia llamarían pomposamente su ‘ saber hacer’ – era anotar en un cuadernito, que siempre llevaba encima, con calma, pero sin dejarse un punto o una coma, el problema que le estuviese relatando su interlocutor; ya se tratase de la queja de alguna de sus tres secretarias, del posible rifirrafe con un proveedor, del altercado menor con algún vecino relatado por el conserje de la finca o incluso de un lamento de mi propia abuela, es decir, su esposa.

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Luego, con posterioridad, arrancaba cuidadosamente la hoja de la que se tratase y la introducía en el bolsillo de la levita que llevara puesta ese día. Al cabo de un número razonable de días, si el asunto no se había resuelto por sí mismo o bien otro u otros no se habían encargado de ponerle una solución satisfactoria, el papel pasaba entonces al bolsillo del batín o cubrepijama de estar en casa; pero siempre al cabo de al menos una semana; justo cuando volvía a ponerse la levita en cuyo bolsillo había dejado reposar el recordatorio anteriormente mencionado. Significaba aquello que se trataba de una de esas cuestiones que se resisten al embate del olvido; vamos, de las que a lo peor había que empezar a tomarse en serio.

No obstante, después de un tiempo prudencial, si el problema de marras se resistía todavía al desinterés, pero continuaba sin exigir una solución firme y urgente, el progenitor de mi ídem lo pasaba a una suerte de vacíabolsillos -un auténtico cajón de sastre donde me era posible, de pequeño, encontrar desde billetes de trolebús a monedas de real de la época de la República-, lugar en el que ya reposaba el sueño de los justos hasta recibir cristiana sepultura en la papelera al cabo de los meses: sencillamente cuando se llenaba aquella inclasificable bandejita de piel cuarteada y la demanda de atención hacia la cuestión en sí era innecesaria, a pesar de que cuando fue anotada parecía que podía significar el fin del mundo…

Pues bien, mi encuentro con algunos responsables de franquicia, en ferias del sector, entregas de premiso y ‘ saraos’ varios, me hace sospechar que no pocos de ellos siguen al pie de la letra el know how de mi abuelo: ¿quejas de sus franquiciados? Cabe clasificarlas en tres apartados: las de los recién llegados a la cadena, ‘ que se quejan por todo, y que si pasasen más tiempo poniendo de su parte eso que ganaríamos todos: especialmente su negocio’ (sic); aquellas otras de asociados que llevan en la red entre uno y dos años, ‘ que ya se creen que saben más de la restauración que Lucio, y que amenazan con subirse a una escalera y descolgar el letrero de la entrada si no les visitas al día siguiente’ ; y las de quienes han superado esa fase de negación y, a pesar de que están ganando dinero ‘ a espuertas’ con la marca, rotulada en la fachada, esmerilada en las cristaleras y serigrafiada en los manteles y las servilletas, ‘ creen que pueden apretar las clavijas a la marca diciéndote que han encontrado un proveedor de tal o cual producto más barato para su establecimiento que el referenciado por la central y al que se le compra para 200 centros… ’ (sic).

La virtud, como explicaba aquel filósofo de la antigüedad cuyo nombre no recuerdo, está siempre en el sabio término medio: así que ni quitarse de en medio cada vez que llame un franquiciado con una cuita, ni dar pábulo a cualquier pequeño problema. El pasotismo de la primera de estas posturas se compadece mal con la propia esencia de la franquicia: un sistema de colaboración empresarial en el que cada nuevo emprendedor que se incorpora a una cadena realiza el pago de un canon de entrada, primero, y de un royalty de funcionamiento mensual, precisamente por un apoyo continuo para la buena marcha de su restaurante. Por el contrario, el exagerado desvelo de la segunda suele estar motivado por la bisoñez del franquiciador. Algo que se cura con el tiempo, como bien sabía mi abuelo.


Sobre esta noticia

Autor:
Jjcomunicaccion (901 noticias)
Fuente:
comunicacionfranquicias.es
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Tipo:
Reportaje
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