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Fin de semana en Coachella: El Woodstock de la gente bonita

19/05/2010 07:40 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Durantes tres días, la ciudad de Indio, California, alberga el festival de rock más importante de Estados Unidos. Los nuevos hippies dejaron atrás el flower power y lo cambiaron por el cellphone power

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Los hippies del presente no idolatran a los Beatles, sino a los Gorillaz, un grupo de músicos-cómic creados por computadora. Es la tercera noche de la undécima edición del Festival Coachella y Damon Albarn corre de lado a lado del escenario principal, después de que cerca de 90 bandas han tocado en los últimos dos días. Nos canta Clint Eastwood, el primer sencillo que conocimos, de la primera banda virtual de rock de la historia.

Murdoc Niccals, 2-D, Noodle y Russell Hobbs aparecen en una de las tres pantallas que adornan el majestuoso altar en donde, a lo largo de tres días, los hippies del presente le han rendido tributo a la música alternativa, mientras Damon grita a los cuatro vientos: No soy feliz./ Me siento alegre./ Tengo la luz del sol/ Dentro de una bolsa me siento inútil, / pero no por mucho tiempo./ Se acerca el futuro.

Estamos en Indio, California, la llamada Ciudad de los Festivales, porque en este hueco arenoso entre las montañas florecen por igual el Festival del Tamal y el del fruto de la palma.

El tema más coreado de la noche lleva por título a una de las grandes leyendas de Hollywood. Clint Eastwood es el vaquero, el símbolo, el héroe de las películas que en California suelen salirse de la pantalla. Por eso, los hippies del presente encienden el último joint. Se llenan los pulmones con el póstumo aliento de mariguana y despiden así el encuentro de música que tiene lugar en el estado donde Terminator gobierna. En todos los oídos reverbera, cuando algunos comienzan a levantar su campamento: The future is coming on, it’s coming on...

Fiebre por un boleto

Dicen las crónicas que llegar a Woodstock representó toda una aventura. Trasladarse hasta los terrenos neoyorquinos de su creador, Sam Yasgur, junto a una comuna de promotores del amor libre, abordo de una destartalada camioneta pintada con flores, fue la única manera de participar de aquella fiesta en que Jimi Hendrix ejecutó el himno nacional estadounidense con su guitarra. Los abuelos hippies no se bañaron y durmieron en el piso. Pusieron ácidos bajo su lengua y, desnudos, bailaron en medio del lodo. Aquellos tres días de aquelarre, murieron tres personas y hubo actos de delincuencia.

Los hippies del presente también pintan con símbolos de Peace & Love el cofre de sus BMW. Descapotados, los convertibles rojos, grises y amarillos se alinean a lo largo del Indio Boulevard que conduce hasta el Empire Polo Club –sobra decir que el polo es el deporte predilecto de los Príncipes– donde hace más de una década sucede el Festival Music and Arts de Coachella. Nadie se lastima, porque todo está perfectamente organizado y la seguridad garantizada.

Una palmera se agacha hasta que su melena de hojas casi acaricia la tierra. Parece morirse de ganas por tomar la oferta, pero no tiene boca para postularse. Tampoco es probable que posea el boleto –valuado este día, el primero de Festival, en hasta 600 dólares– que permite el acceso al viernes, sábado y domingo al sitio donde por una vez al año todo está permitido. A la sombra de la palmera, una sexy rubia sostiene un letrero pintado con plumón en la tapa de un cartón de cervezas: “Fuck for a ticket. Hot girl” (Cojo por un boleto. Chica ardiente). Lo detiene por encima de su cabeza, para que los automovilistas que harán fila por las siguientes dos horas hasta el estacionamiento puedan verlo. Sin embargo, nadie le hace caso. El festival promete tentaciones mucho más seductoras. No por nada desde hace 5 días ostenta otro letrero: sold out.

Con los dientes

Cada minuto en Coachella hace historia. 2010 fue el año de las súper bandas. Pruebas vivientes de la interesante promiscuidad musical pasaron lista: Them Crooked Vultures, con Dave Grohl (Nirvana, Foo Fighters), Josh Homme (Queens of the Stone Age, Eagles of Death Metal) y John Paul Jones (Led Zeppelin); asimismo estuvieron The Death Weather con Jack White (White Stripes, The Raconteurs), Alison Mosshart (The Kills), Dean Fertita (Queens of the Stone Age) y Jack Lawrence (The Raconteurs) y, desde luego, Thom Yorke (Radiohead) y Flea (Red Hot Chili Peppers) con su abigarrada Atom for Peace. También lucen grupos desintegrados que volvieron a reclamar sus fueros como The Pavement y Faith No More, y hasta personajes que ni siquiera tocan rock en el estricto sentido de la palabra, como DJ Tiësto, que transforma la clausura del segundo día en un multitudinario rave.

Durantes tres días, la ciudad de Indio, California, alberga el festival de rock más importante de Estados Unidos. Los nuevos hippies dejaron atrás el flower power y lo cambiaron por el cellphone power. Agradecemos Samsung TOCCO S5560 te lleva a Coachella... mi experiencia, por las facilidades otorgadas para la realización de esta cobertura. Más información: www.samsungtocco.com.mx

Las anécdotas sucedían con cada vuelta del minutero en el reloj. Dos guitarristas tocaron con los dientes, emulando a Hendrix: Tom Morello (que en su guitarra escribió Armen a los desposeídos) y Claudio Sánchez, de Coheed and Cambria. Mike Patton, de Faith No More, concluyó su actuación lanzándose hacia la gente. Mathew Bellamy, de Muse, derrumbó su amplificador vintage del pedestal donde estaba, luego de golpearlo con el mástil de su guitarra. Los integrantes de The Raveonettes se vieron obligados a tocar sin el baterista Talvin Singh, ya que no pudo volar hasta California a causa de una nube de cenizas ocasionada por la erupción de un volcán en Islandia, que provocó también la cancelación de otros actos como Gary Numan y The Cribbs.

Los hippies del presente tendrían mucho que contar a sus amigos al volver a casa, aunque la mayoría no esperó, porque en Coachella había carpas con aire acondicionado y edecanes hermosas, donde te prestaban computadora para que actualizaras tu Facebook. En Coachella existió además el WiFi.

María del Pilar Fueyo, Aldahir Cerezo, Luis del Valle y Beatriz Pecero ganaron su viaje a través de la promoción “Samsung Tocco me Lleva a Coachella...mi experiencia” y debieron twittear lo vivido, por lo menos 30 veces al día.

Beatriz, por ejemplo, aprovechó su estancia en Coachella para comprarse la edición especial del disco de Julian Casablancas con un libro autografiado y otros souvenirs, por sólo 160 dólares. Hubo quienes prefirieron la camiseta oficial del festival, de 25 dólares o sencillamente comer una hamburguesa gourmet de 8 dólares con una cerveza bien fría de 7 billetes verdes. En cada uno de los puestos de comida se pedía propina y todos intentaron hacerlo de la forma más original. Hubo quien colocó dos botes, uno con el letrero de los Stones y el otro de los Beatles. Encima de ambos colocó el anuncio “Tip Wars” (guerra de propinas), mientras que un chico prefirió colocarle picardía al asunto con el rótulo “Your tits, please. I mean, tips” (Tus tetas, por favor, quiero decir, tus propinas). También se sirve whiksy, vodka y Redbull, pero únicamente en los Beer Gardens, porque en Coachella se busca minimizar el consumo de alcohol y privilegiar el de agua, por lo que no se puede beber alcohol cerca de los escenarios.

All you need is Clint

Los hippies del presente se pasean semidesnudos con sus bikinis Prada y sus lentes Dolce & Gabbana. Se tatúan en los estudios más exclusivos de Los Ángeles y beben agua embotellada. Se meten líneas de coca en medio de la presentación de los franceses de Phoenix y la combinan con mariguana molida en pipas de roca. Los hippies del presente pagan con tarjeta de crédito y por eso en el Festival hay cajeros electrónicos. Los hippies del presente registran detalles en sus celulares, para enviarlos por Blue Tooth. Los hippies del presente esculpen sus cuerpos con horas de gimnasio, dietas de la Zona y el cincel de los mejores cirujanos de Beverly Hills. Utilizan pulseras para entrar al VIP, donde se codean con Paris Hilton, que en la primera noche acude a ver a su amigo Jay-Z.

Los hippies del presente creen en el amor libre y la paz. También promulgan el cuidado del medio ambiente y aunque el festival genera basura, ésta se deposita en contenedores que separan la orgánica de la que no lo es e incluso, en el campamento, existe la opción de hacer una composta.

Si los hippies del pasado cantaron “All you need is love”, los del presente celebran gritando “Clint Eastwood”.

La chela en Coachella es champán

Para llegar hasta Indio hay que atravesar Palm Springs, un pueblito soporífero en el que suelen descansar los que fueron hippies en los 60’s, pero terminaron convertidos en millonarios. “La ciudad donde todo el tiempo parece un atardecer”, dice su eslogan. Eso es lo que hay en sus calles: ancianos en el ocaso de su existencia que beben cerveza tranquilamente, sorbo a sorbo, en bares donde se oye música a volúmenes bajísimos. Las señoras van de compras. Se conduce a 25 millas por hora. Se duerme temprano.

Desde uno de los parabuses del centro te observan los ojos de un niño. La publicidad gubernamental anuncia: “Start talking before they start drinking” (Empieza a hablar con ellos antes que ellos empiecen a beber).

A partir de ese momento comienzas a apreciar una serie de remarcados contrastes.

Un espectacular te pone sobre aviso: Coachella está cerca: “Drink a beer with 75, 000 strangers” (Tómate una cerveza con 75, 000 desconocidos).

Alejandro, defeño que viaja en el autobús de Live Tours, empresa con tres años de antigüedad que se dedica a organizar viajes de México a Coachella y otros festivales musicales internacionales, me dice:

—Lo malo es que sale tan cara que aquí la chela es champán.

El viaje le costó cerca de 12 mil pesos. Para todo lo demás, existe una card.


Sobre esta noticia

Autor:
Ariel (3892 noticias)
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Tipo:
Nota de prensa
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