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Filosofía Latinoamericana e Interculturalidad. Patriarcalismo, vanguardia y filosofía

21/01/2011 11:47
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El concepto de patriarcalismo casi siempre lo he visto referido dentro del discurso feminista como el gran responsable de la invalidez histórica a la cual fue reducida la mujer. Sin embargo, Arturo Roig lo lleva hacia una amplitud extrema. Patriarcalismo es el origen de todas las categorías que conforman nuestra cultura y nuestra relación con nosotros y el otro. Todas nuestras relaciones se han sustentado en función de una asimetría económica, social, cultural, genérica. Cada una ha creado sus propios códigos de funcionamiento, pero que tienen siempre dos protagonistas que responden a dos categorías fundamentales y añejas: Señor y Siervo; si se quiere: opresor y oprimido. Categorías que sustentan una relación en la cual "el señor juega como generador de un sistema categorial. En la medida en que detenta el poder, es patriarca (páter-arjáios), y en cuanto lo ejerce, pone en acto el patriarcalismo. Y de ese núcleo fundante se derivan luego todos los modos de ejercer la función centro, es decir, de dominio, en relación con los otros: logocentrismo, androcentrismo, etnocentrismo y hegemonismo".

La filosofía intercultural plantea los mecanismos para desmontar el patriarcalismo como categoría omnicomprensiva de todas las formas de dominación y subordinación humana. Ahora bien, este desmontaje debe tener algo en cuenta y que Roig advierte acertadamente: desde qué óptica va a plantearse la reorganización epistemológica. La pregunta la hace partiendo de un planteamiento que hace Néstor García Canclini en su libro Ideología, cultura, poder. Canclini y Roig, entienden que las comparaciones entre culturas vienen muchas veces matizadas en torno a la premisa de la diferencia, lo cual podría ser pernicioso, ya que, como advierte Canclini: "Todo relativismo cultural se basa en esta idea de que hay culturas diferentes y de que unas son tan legítimas como las otras", señalando además que muchas de esas diferencias son fruto maduro de la desigualdad, situación que no permite romper totalmente con el hegemón que ha dado origen a la diferencia.

Esta circunstancia la explica aún más detalladamente Roig cuando señala que: "al dar con la categoría omnicomprensiva de las formas de dominación que hasta ahora han oprimido a los seres humanos, nos permite establecer nexos entre relaciones interhumanas que parecieran ser irreductibles las una a las otras, tal como sucede, por ejemplo, entre los fenómenos de género y de clase, dado que la mujer se encuentra presente en todas las clases sociales, es dominada como mujer, pero resulta dominante y ejerce formas de patriarcalismo en cuanto integra los sectores hegemónicos, a más de que puede encontrarse doblemente dominada en cuanto pertenece a grupos subalternos". Por tal motivo, entiende Roig, la filosofía intercultural debería abrir los espacios que brinden la posibilidad de conjugar los puntos de vista. Posibilidad que terminaría por darle protagonismo a valores culturales para que así puedan ser rescatados y defendidos por los propios detentadores de dicha cultura. ¿Cuándo será esto posible? Será posible en la medida en que asumamos las relaciones centro-periferia como históricas y puedan ser despojadas de "hipostasiaciones, esencializaciones, absolutizaciones, destemporalizaciones y sacralizaciones". Al desmontar el entramado podrán afluir nuevas alternativas para las relaciones interhumanas.

Este discurso intercultural surge como consecuencia directa de las filosofías liberacionistas que se promovieron desde las vanguardias desarrolladas en América Latina durante las décadas de los 60 y 70. Vanguardias gestadas desde el discurso artístico y literario que exploraron en nuevos horizontes de la expresión durante las primeras tres décadas del siglo XX otras posibilidades de oposición y resistencia contra las categorías que orientaban –desde el patriarcalismo– los valores estéticos, pero, al mismo tiempo, los valores sociales, morales y políticos. Categorías que afloraban desde una macrocategoría que Roig señala como opacidad. Una opacidad sustentada sobre la base de la "reificación y la alienación de las formas culturales objetivas, pero también la pérdida de capacidad creadora y de transparencia por parte de los productores de cultura". Cuando estas vanguardias surgieron nadie imaginó que podrían desencadenar sendas propuestas emancipadoras. Una de esas vanguardias la podemos distinguir claramente en lo que se denominó como Realismo Mágico o Real Maravilloso. Esta idea fraguada por Asturias, Carpentier y Úslar Pietri desencadenó lo que se señalaría como Boom de la literatura latinoamericana. Si bien el Boom terminó transformándose en un lugar común domesticado por el poder, no deja de ser relevante el hecho de que significó un quiebre de la opacidad, significó la apertura a una "emergencia de mundos no vistos, lo marginal o simplemente oscurecido". Con las vanguardias, escribe Roig citando a María Luisa Gil Iriarte, "se abrió la oportunidad para que se escucharan nuevas voces, entre ellas las de la mujer y las de las poblaciones indígenas americanas, que para ella constituyen un hecho concomitante".

De tal manera, Roig, se formula una pregunta ¿qué relación ha tenido la línea progresista de este vigoroso movimiento renovador, antecedente indiscutible de las filosofías liberacionistas que surgieron posteriormente durante el siglo XX y, en particular, de nuestra actual Filosofía latinoamericana? Vanguardismo y filosofía estaban íntimamente ligados, ya que, en el caso que nos compete, le brindaba una solidez discursiva incuestionable al pensar filosófico. Sin embargo, este hecho no fue reconocido por las universidades, precisamente, por la tirantez existente entre vanguardismo y lo que era aceptado como correcto –lo clásico– dentro del claustro académico. Señala como escandaloso el hecho de que el vanguardismo tuvo sus filósofos, como por ejemplo, Juan Carlos Mariátegui, e inclusive, podríamos mencionar acá al narrador argentino Macedonio Fernández. Podrías ir más allá y alargar la lista con figuras como Oliverio Girondo, César Vallejo, Felisberto Hernández, Vicente Huidobro, Pablo Neruda hasta llegar a un joven Jorge Luis Borges.

Algo interesante de destacar era el hecho de que los pensadores americanos entendieron la filosofía como una especie de expresión del absurdo. Un absurdo que abría la posibilidad de desacralizar lo que se consideraba como real a través del humor que era empleado como mecanismo de desactivación de lo convencional y lógico. El absurdo que se abría en la obra literaria a través de las voces que ahí se desataban, incluyendo voces que habían sido acalladas en el discurso de la filosofía oficial como, por ejemplo, las voces de la mujer y la del indígena. Resalta Roig la novela Los Siete Locos del argentino Robert Arlt, a través de la cual el escritor quebraba radicalmente con el logos y abría las compuertas a nuevas formas de racionalidad.

De esta confrontación entre vanguardias y clasicismo surgen dos concepciones que, en torno a la estética, se difunden desde la academia: una estética pura y una estética impura. La primera estaba francamente opuesta a la segunda, ya que, quienes a ella se adscribían consideraban que la razón fundamental por la cual nuestros pueblos vivían en un permanente estado de confusión se sustentaba sobre la base de no haber sabido asimilar el legado europeo. Por ejemplo, Antonio Caso en su Sociología de 1972 no tiene reparos en afirmar que Lima, por ejemplo, es una ciudad "perdida en un pueblo de indígenas americanos" que impedían a los mestizos –la raza histórica– llevar adelante la civilización europea. Los indígenas, afirma Roig, eran concebidos como seres arqueólogos, pero no sólo ellos, también las mujeres se hallaban sumergidas en esa mal vista naturaleza salvaje. Autores claves para entender el pensamiento latinoamericano, paradójicamente, también se vuelven instrumentos para espesar el entendimiento acerca de una idea de la interculturalidad. Roig en este sentido destaca a José Vasconcelos quien, en su clásica utopía, afirma que a la raza cósmica no llegaremos a través de la violencia, "sino gracias a una caprichosa eugenesia estética mediante la cual la humanidad irá mejorando racialmente". De los planteamientos hechos por Caso y Vasconcelos, surgen ideas de fuerte presencia y vigencia en el ideario filosófico latinoamericano y que, al mismo tiempo, truncan la posibilidad cierta de establecer un proceso intercultural como fuente para una nueva construcción del conocimiento. Para ellos está bien claro que hay una propuesta de arte puro frente a los artistas que han dado voz y rostro a indígenas, campesinos y mujeres y quien, por razón obvia, conforman los vivificadores de un arte impuro.

Planteamientos que, entre otras cosas, cercenaron la posibilidad de que muchos habitantes de pueblos cuya raíz indígena está muy marcada (México, Perú, Bolivia, entre otros), obtuvieran reconocimiento dentro del discurso filosófico americano, amén de entender que, por ser americanos y no puramente europeos, estábamos incapacitados para formular alguna propuesta filosófica más o menos seria. Desde las valoraciones estéticas se constriñeron muchos caminos de reconocimiento e hicieron, por muchos años, cuesta arriba la consolidación de un proceso de identidad más dinámico, honesto y profundo.

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Jorge (31/05/2013)

Estimado Amigos,
Deseo consultarles si la imagen que acompaña vuestra página es posible usarla libremente en la portada de una publicación académica universitaria en Brasil. Se trata de un libro colectivo de la Universidad de Bahia sobre temas de interculturalidad.