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Fargo, del antihéroe a la heroína

02/09/2009 09:01 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Casi 15 años después de su estreno, Fargo sigue siendo uno de los films referenciales de los hermanos Coen

El antihéroe es una tipología del cine americano que tuvo buena salud durante los años 70, y que luego ha salpicado de forma intermitente las filmografías de los directores contemporáneos hasta la actualidad. Falta definir, sin embargo, qué es exactamente un antihéroe, qué significa esa figura en cada momento de la historia cultural, y de que modo ha sido definido, porque no significa lo mismo en películas tan dispares como Taxi Driver o El Gran Lebowski, y sobre todo no significa lo mismo en un film como Fargo, que bajo una factura clásica esconde una interesante perversión de los cánones para dar cuenta de una dicotomía moral. En otras circunstancias, Jerry Lundegaard, el personaje interpretado por William H. Macy, podría haberse convertido en el protagonista de la función (y en cierto modo, lo es), sobre todo porque es un ejemplo del hombre gris superado por las circunstancias y por su mediocridad, que podría perfectamente entrar en el imaginario de Arthur Miller o David Mamet, del mismo modo que su suegro Wade Gustafson (Harve Presnell) podría ser un jefe de ventas sin escrúpulos de Glengarry Glen Ross. Sin embargo, aunque Lundegaard transmite esa misma tristeza, esa salida en falso que lleva al delito, esa ausencia de expectativas que define la amoralidad del sistema y de aquél que quiere ser parte de él, los Coen no justifican su decisión, bien al contrario, hacen evidente su victimismo y su carencia de escrúpulos, al idear el secuestro de su esposa e interpretar a la vez el papel de marido y padre preocupado por los suyos. Lundegaard y el resto de personajes son individuos pequeños, superados por sus acciones y observados desde lo alto como títeres de una tragedia, de ahí la inclusión de lejanos picados en los que sus figuras se confunden con la ciudad y la naturaleza gélida y abrupta, a excepción de la policía interpretada por Frances McDormand, que surge a medio metraje como si viniera de otra película y supiera diferenciar lo que esta bien de la que está mal.

Fargo podría haberse convertido en una reflexión sobre la amoralidad del sistema, incluso podría haber incidido en las connivencias entre la ley y la delincuencia, o la justicia y la corrupción

¿Es Fargo una reflexión moral? ¿Por qué no verlo así? Prostitutas, camellos, presidiarios, gángsteres, ladrones de poca monta, asesinos, policías corruptos… desde hace unas pocas décadas (tres o cuatro, a lo sumo) estamos acostumbrados a que ese tipo de personaje, al que llamaríamos marginal, sea el protagonista de la historia. Podríamos citar a Robert Rossen y El buscavidas, pero no hace falta ir tan lejos, con visionar las películas de Martin Scorsese, Quentin Tarantino o los mismos Coen nos daremos cuenta. De hecho, en la misma Fargo los dos secuestradores interpretados por Steve Buscemi y Peter Stormare serían los candidatos perfectos para protagonizar un thriller policiaco con visos de drama social, aunque por exigencias del guión estén sujetos a los caracteres de una esquemática buddy movie. Tanto ellos como Lundegaard cumplen los requisitos del antihéroe, no obstante acaban siendo los antagonistas de la historia sencillamente por su inmoralidad, y ahí radica la vuelta de tuerca que plantean los Coen. Si en casi todos los personajes es la ambición, la codicia y la violencia lo que mueve sus actos, no es menos cierto que Marge Gunderson, el personaje de Frances McDormand, supone todo lo contrario, el triunfo del “hombre sencillo”, de la persona apegada a lo cotidiano y a la validez de lo convencional. No por casualidad la protagonista es una mujer embarazada que cumple curiosamente un rol masculino en su relación de pareja, y que consigue solucionar el caso sin disparar un solo tiro, mientras vemos que el resto de actuantes humillan, secuestran y asesinan para autodestruirse. Fargo Podría haberse convertido en una reflexión sobre la amoralidad del sistema, incluso podría haber incidido en las connivencias entre la ley y la delincuencia, o la justicia y la corrupción; sin embargo, prefiere presentarse como una fábula moral (sin olvidar que no existe cine moral ni inmoral) muy cercana al cine de Kaurismaki, en la que los personajes tienden a convertirse en cercanas alegorías, moviéndose entre opuestos de quietud y acción. Bajo una factura clásica, sin esteticismos, los Coen recuperan la figura del héroe (en este caso, heroína) y desdeñan la del antihéroe convirtiéndolo en un clásico antagonista y haciendo que ambos actúen por separado durante todo el metraje hasta la resolución final. La cuestión no es que ganen los “buenos” y fracasen los “malos”, sino la respuesta que unos se dan a otros frente a la vida. No existe en la policía Gunderson ni escepticismo, ni ambigüedad moral, ni connivencia frente al mal, del mismo modo que no hay dudas existenciales, ni remordimientos, ni sentimientos de culpa en el asesino interpretado por Stormare, y esos dos personajes se encuentran al final del film, cerrando el círculo sin moralismos, cuando la policía le pregunta al asesino ¿por qué?, y éste tuerce el gesto por primera vez y deja de lado su hieratismo cargado de violencia, cruzando ambos la carretera, justo bajo aquella enorme figura de un leñador, que parece observarlo todo desde las alturas. Y esa estatua gigante, que aparece puntualmente durante todo el metraje en un majestuoso contrapicado, podría ser perfectamente el narrador de la historia, el hombre sencillo convertido en demiurgo del cuento.


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