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Falsas acusaciones por violencia de género. La manera más fácil de arruinarle la vida a alguien

09/08/2009 23:25 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

En la trastienda de nuestra Ley integral contra la violencia de género se consolidan los cimientos de nuestra Guantánamo particular

LlantoTú, que me estás leyendo: ¿Qué pensarías del marido de tu vecina si ésta te dice que la maltrata? Malnacido, sí. Machista, claro. Animal, evidentemente. Salvaje… ojalá se muera. Jamás has oído un grito, un insulto, un portazo, un golpe extraño… nada. Pero deseas que lo echen del trabajo, lo encierren una temporada y no pueda volver a ver a su hijo. Es más: merece ser vejado, golpeado e incluso violado en la cárcel. Debe sentir en su propia carne la terrible humillación que supone el ser zarandeado, acorralado y castigado por alguien físicamente superior. Que aprenda. Que saboree esa sensación que está imprimiendo en el cuerpo, la mente y el alma de la pobre incauta que un día confió en su sonrisa de hiena. Quién le iba a decir a ella, la pobre, que aquel chavalote del barrio, de toda la vida, aquél que jugaba a fútbol en la plaza y ayudaba a subir la compra a la anciana del 3ºC, albergaría tanto odio y tanta vileza como para atreverse a golpear a una muchacha indefensa. Hijo de puta. Qué engañados nos ha tenido a todos los que siempre hemos creído que la que llevaba los pantalones en aquella casa era ella, pues menudo carácter tiene la niña. Pero, claro, a base de golpes se acaba domando a cualquiera. Cuánto habrá tenido que aguantar la pobre chica. La próxima vez que me cruce con él proyectaré toda mi repulsa en la mirada. Que note que aquí no le queremos. Y pienso hablar con su jefe, Francisco, que sepa a qué clase de gentuza le está pagando un sueldo. Maldito cobarde.

Es muy posible que pensaras algo similar a esto, ¿verdad? Pero imagina, por un instante, que esta vez es diferente. Esta vez el malnacido no es él. No la golpeó. Esta vez ella ha sabido aprovechar los privilegios que la dama de la justicia ha querido otorgarle. Y la dama le ha tendido la mano y le ha dicho:

La próxima vez que me cruce con él proyectaré toda mi repulsa en la mirada. Que note que aquí no le queremos

«¿Quieres librarte del tipo que a tu lado se está poniendo gordo y calvo? pues dilo. ¿Quieres, además, quedarte cómodamente en el piso, recibir una pensión y custodiar a tu hijo? dilo. ¿Quieres independizarte de nuevo sin pasar por engorrosos trámites de divorcio? dilo. ¿Quieres ver tranquilamente a ese chico tan guapo que últimamente te tira los trastos? dilo. ¿Quieres vengarte por la discusión de esta tarde? mírate, estás acalorada, estás sudando y despeinada, os habéis dicho de todo, lo odias… ¡Dilo, joder, dilo!»

justiciaY lo dijo: maltrato. Lo dijo, y tú la creíste sin dudar un solo instante. Lo dijo, y la policía fue de inmediato a arrestar al que «será agresor hasta que no se demuestre lo contrario», conculcando así el artículo 24.2 de La Constitución Española, el cual dice exactamente lo contrario de todo ser humano que sea acusado de algo, excepto si es hombre y la acusación es de maltrato. Lo dijo, y el maltratador bajó las escaleras y cruzó el parque esposado, ante la mirada de odio e insultos de los vecinos. Sus vecinos. Lo dijo, y el salvaje pasó 48 horas en los calabozos hasta que la jueza se dignó a escucharlo y a mirarlo con desprecio. Lo dijo, y el cerdo se vio obligado a reconocer algo que no había hecho para no alargar un proceso perdido de antemano y evitar que llamaran a declarar a su hijo, según le aconsejó su abogada de oficio. Lo dijo, y el animal no volvió a pisar el hogar que sigue pagando y apenas vio más al hijo al que le sigue costeando los estudios y la comida. Lo dijo, y el cobarde perdió a la mayoría de sus amigos y a todas sus amigas. Lo dijo, y el eco rebotó por las paredes de la empresa en la que trabajaba, aquélla en la que no volvió a trabajar. Sí, lo dijo, y el acusado arrastrará el peso de esa palabra toda la vida. El resto de su vida. Una vida que deberá empezar en algún lugar alejado lo suficiente como para que no llegue la enorme onda expansiva que ha conseguido la explosión de esa palabra. Esa palabra a la que la actual ley ha concedido el poder de quebrar la presunción de inocencia, el principio in dubio pro reo existente desde El derecho Romano y sobre el cual se sentaron las bases de nuestro Derecho penal. Esa palabra que ha bautizado otros términos como «divorcio express», «divorcio por lo penal», «nómina maltrato» o «custodia garantizada». Esa palabra que, en boca de alguna víbora, puede hacer más daño que el más fuerte de los puñetazos.

Jamás una palabra tuvo tanto poder. Cuidado.

condena


Sobre esta noticia

Autor:
Esse (4 noticias)
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Opinión
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