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Extraño romance entre el gran capital y el socialismo

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05/10/2019 05:45 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Se ha escrito una historia de amor extraña y poco convencional entre las grandes empresas y el socialismo

Por: Joshua Philipp

La Gran Época, Estados Unidos

FRANCE-ECONOMY-LA DEFENSE

(JOEL SAGET/AFP/Getty Images)

En las llamadas sociedades libres, las grandes empresas se han convertido en fuerzas que imponen la aplicación de “leyes” culturales: pueden despedir, humillar, arruinar la vida de aquellos que no cumplen con los nuevos sistemas de lo políticamente correcto.

La Corte Suprema de los Estados Unidos reafirmó unánimemente en junio de 2017 que la llamada “incitación al odio” no es ilegal en los Estados Unidos porque está protegida por la Constitución como manifestación de la libertad de expresión. Sin embargo, esta protección constitucional es ignorada por una gran parte de la sociedad.

Por supuesto, la definición de “discurso de odio” está cambiando en gran medida y, en la práctica, ha evolucionado a menudo de acuerdo con las necesidades de la izquierda socialista. Hay muchos ejemplos; recientemente, por ejemplo, un empleado de Google le dijo al Proyecto Veritas que Google censuró el contenido conservador en su motor de búsqueda para evitar la elección de Donald Trump. Incluso un sitio tan apolítico como Ravelry, que agrupa a la comunidad de tejedores, había anunciado que cerraría las cuentas de sus usuarios que apoyan a Donald Trump, bajo el pretexto de que el presidente era el símbolo de ideas consideradas odiosas.

En todos los casos de estos llamados discursos de odio, las personas que no cumplan con las leyes no escritas del buen pensamiento corren el riesgo de ser denunciadas públicamente, como en junio, cuando el Daily Beast humilló públicamente a un conductor de un montacargas negro del Bronx por haber creado un video humorístico que mostraba a Nancy Pelosi, la Presidenta de la Cámara, tartamudeando como si estuviera borracha.

Una situación similar ocurrió en febrero de 2018, cuando CNN envió a un periodista a la casa de una anciana para acusarla de compartir un artículo “ruso” en Facebook. La misma situación ocurrió cuando Nick Sandmann, un estudiante de secundaria de 16 años, fue falsamente acusado por los medios de comunicación de acosar a un amerindio. En respuesta, las celebridades bromearon en Twitter sugiriendo que lo mataran a él y a sus compañeros de clase.

Lo políticamente correcto nació, como herramienta política, con el Partido Comunista Chino de Mao Zedong, cuando estableció en 1967 que aquellos que apoyan las políticas socialistas son “políticamente correctos” y los que se oponen a ellas pueden ser humillados, arrestados o asesinados públicamente.

Los medios de comunicación y las grandes empresas se han convertido en organismos no oficiales de aplicación de la ley, árbitros de lo políticamente correcto. Identifican a las personas, las humillan, se ponen en contacto con sus empleadores y tratan de destruir sus vidas. Envían el mensaje de que cualquiera, sin importar su edad o raza, es susceptible de ser atacado si viola estas leyes socialistas de lo políticamente correcto, que estas compañías establecen y aplican.

Las grandes corporaciones, en connivencia con las facciones políticas socialistas, han encontrado una manera de aplicar los dictados socialistas al suplantar las leyes. A través de lo que se puede llamar terrorismo político, envían el mensaje de que es peligroso no cumplir con lo políticamente correcto. Y así comprar el silencio forzado de las víctimas potenciales, aterrorizadas.

“El monopolio del capitalismo de estado”

Contrariamente a la creencia popular, el socialismo no se deshace de las grandes empresas. Lo que elimina son los principios del libre comercio; coloca a las empresas bajo el control del Estado, luego las subvenciona devolviéndoles los frutos de los altos impuestos y las controla a través de leyes estrictas y sofocantes. Estas nuevas empresas estatales aprenden a vivir en un entorno competitivo; los ejecutivos pueden ser nombrados como el Estado lo considere oportuno; y los impuestos apoyan a las empresas que de otro modo se declararían en quiebra.

El ejercicio de confirmación es simple: nombrar un país o régimen socialista que haya eliminado las fábricas, las grandes corporaciones o los regímenes socialistas endeudados a los que se oponen muchas personas en los sistemas capitalistas. Muchos países que siguen el “modelo nórdico” son probablemente más capitalistas que Estados Unidos: en Dinamarca, por ejemplo, es más fácil iniciar un negocio que en la mayoría de los estados americanos, y ni siquiera existen leyes sobre el salario mínimo.

Incluso en las sociedades llamadas “agrarias”, como la Rusia zarista o Camboya a mediados del siglo XX, donde no había un sistema “capitalista” que destruir, los revolucionarios socialistas se “apoderaron de los medios de producción” de la gente, incluyendo las semillas, el equipo agrícola y la tierra. Y en ambos casos, esto condujo al genocidio por la “causa socialista”.

Lenin explicó la intención de asegurar que las empresas sirvan al Estado desde el principio, refiriéndose al socialismo de 1917 como un sistema de “monopolio del capitalismo de Estado” que era un paso necesario hacia los objetivos finales de la disolución social y moral del comunismo.

El resultado, en esta ideología política, es que las empresas independientes son destruidas, los medios de producción y los recursos confiscados, y el Estado trata de microgestionar la economía a través de estas empresas y de una burocracia estatal masiva.

Al mismo tiempo, los directivos de las grandes empresas están a veces a favor de este sistema. Después de todo, el socialismo no se deshace de la corrupción o la codicia: las subvenciona. El socialismo es, en última instancia, sólo una cuestión de monopolio, un monopolio de estado.

Esta es en parte la razón por la que los antisocialistas de principios del siglo XX se opusieron no sólo al socialismo, sino también a las formas emergentes de corporativismo colectivista que finalmente definieron la economía moderna de Occidente.

Tomemos el ejemplo del famoso escritor G.K. Chesterton. Como muchos antisocialistas de su tiempo, consideraba que los problemas del socialismo no se limitaban a los sistemas socialistas tal como los conocemos hoy en día. Los problemas se extendieron a los cambios en el “libre” mercado bajo el monopolio de las empresas.

Muchos escritores, entre ellos Chesterton, expresaron sus críticas de manera más general como una oposición a la “tiranía” y al “monopolio”, que incluye todo el espectro del socialismo y las partes más oscuras del funcionamiento de las grandes empresas.

Chesterton escribió en su revista GK’s Weekly en 1925: “No hay nada frente a nosotros más que un desierto plano de estandarización, ya sea por el bolchevismo o por las grandes empresas. Y es extraño que al menos no hayamos visto la razón de ello, aunque sólo sea en una visión, a medida que avanzan, condenados eternamente al crecimiento sin libertad y al progreso sin esperanza”.

La tiranía del socialismo de las grandes empresas

El socialismo es un sistema de tiranía subsidiada y corrupción. Toma todas las peores características de las grandes empresas y de la política corrupta y las solidifica en la sociedad a través de los altos impuestos y el control burocrático del Estado.

El clásico economista liberal Ludwig von Mises explica en su libro de 1947, Planned Chaos, que “nada es más impopular hoy en día que la economía de mercado”. Muchas facciones políticas hacen diferentes acusaciones contra el capitalismo, hasta el punto de contradecirse, cuando muchas de estas críticas están de hecho dirigidas contra los conceptos socialistas adoptados en las economías de mercado.

Mises escribió: “Aunque el capitalismo es el sistema económico de la civilización occidental moderna, las políticas de todas las naciones occidentales están guiadas por ideas totalmente anticapitalistas. El propósito de estas políticas intervencionistas no es preservar el capitalismo, sino sustituirlo por una economía mixta”.

Muchas grandes empresas apoyan las políticas socialistas de los Estados, ya que pueden beneficiarse de los sistemas de monopolio y de las subvenciones.

¿Por qué, por ejemplo, la industria farmacéutica apoya a los políticos que quieren una asistencia médica basada en un modelo socialista, es decir, gratuita? Esto se debe a que el costo de esta atención los financiaría y se beneficiarían de una mayor protección.

En lugar de presionar a estas grandes empresas para que reduzcan los costos de los medicamentos y mejoren los servicios, un sistema socialista de salud hace que estos temas sean incuestionables. Las grandes compañías farmacéuticas se apoyan entonces en los impuestos, en lugar de verse obligadas a reducir los precios de los medicamentos y mejorar la calidad de la atención.

El socialismo en los Estados Unidos también significaría que el gobierno podría regular la salud pública y forzar a la gente a recibir atención médica, al mismo tiempo que evitaría algunas opciones externas de atención.

El mismo principio se aplica a la educación y al azote de la deuda de los estudiantes. En lugar de reducir el costo de la educación y cambiar los programas educativos para ayudar a los graduados a encontrar empleo después de la universidad – y así permitirles pagar sus deudas – muchas instituciones educativas quieren que las políticas socialistas subsidien la educación. Esto les permite utilizar el dinero de los contribuyentes para mantener altas tasas de matrícula y seguir ofreciendo diplomas que no son muy útiles en el mundo real, porque no importa si los estudiantes no encuentran un trabajo para pagar sus préstamos.

La dura realidad es que las políticas socialistas trabajan en conjunto con las grandes empresas.

Los políticos financiados por estas grandes compañías se convierten en títeres que trabajan para ellos. En este intercambio, estos políticos crean historias para convencer al público de que vote por políticas que subsidian a las grandes empresas. Y a través de este nuevo tipo de corrupción, llegan a representar los intereses de las grandes corporaciones más que el bienestar de la gente que se supone que representan.

Esta red corrupta entre el socialismo, las grandes empresas y la política siempre ha existido. Es un fundamento de los sistemas socialistas. Durante la Guerra Fría, Wall Street en los Estados Unidos inyectaba dinero en la Unión Soviética, y sólo cuando este canal de financiación fue cortado el régimen comunista se derrumbó. Vemos los mismos vínculos entre la actual Wall Street y el Partido Comunista Chino.

Si una empresa es corrupta, no puede durar mucho cuando se vuelve demasiado grande. Las empresas que no ofrecen precios competitivos y buenos servicios sólo pueden perdurar si tienen un monopolio, y las sociedades libres se supone que deben romper con tales monopolios. El socialismo hace todo lo que puede para limitar la competencia de las pequeñas y medianas empresas.

Entonces, ¿por qué tantas grandes empresas quieren políticas socialistas, si el socialismo se está deshaciendo del sistema “capitalista” del que dependen?

La base del socialismo es el monopolio. Bajo el socialismo, se permite que las grandes empresas persistan -bajo el control del Estado- con dinero de los impuestos, lo que significa que no necesitan ser competitivas en términos de precios y servicios. El socialismo es el modelo preferido de las grandes empresas corruptas, porque elimina los riesgos y obligaciones que conlleva ser una gran empresa.

Y es probablemente por eso que tantos “millonarios y multimillonarios” lo apoyan.

Traducción: Lucía Aragón


Sobre esta noticia

Autor:
Lucia Aragón (1222 noticias)
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Reportaje
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