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Corea del Norte

19/03/2014 23:40 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Tras permanecer 20 años expatriado en tierras del Dragón Rojo, retornaba a su comarca para esparcir la semilla del ideario comunista por todos los confines de esa región

 

Para una mejor comprensión y entender que hay detrás de las enardecidas amenazas de Kim Jong Un, se requiere de un contexto histórico, cuyo punto de partida lo situamos en la invasión territorial que en 1910 hizo el ejército imperial japonés de la península coreana, sojuzgándola incluso en medio de la cruenta conflagración mundial con todo tipo de vejámenes que hasta hoy no cicatrizan, como la afrenta de esclavizar como prestadoras de servicios sexuales a 200 mil mujeres para aplacar el ímpetu rijoso de sus milicias, como si se tratase de un pertrecho más. Todas estas tropelías fueron proscritas de inmediato con el triunfo militar de las fuerzas aliadas en la Segunda Guerra Mundial, lo que estimulaba a imaginarse expectativas más halagüeñas a partir de su liberación. Pero no alcanzaron siquiera a vislumbrar un horizonte más promisorio, ya que en un abrir y cerrar de ojos, se encontraron frente a una repartija de su terruño por parte de ambos ejércitos, quienes se lo compartimentaron en dos zonas (el norte para los rusos y el sur para los norteamericanos), estableciendo la demarcación a partir del paralelo 38. La principal razón que se esgrimió de modo sincrónico para implementar esa fórmula, fue que ella satisfacía de mejor forma la supervisión de observancia para el repliegue japonés, comprometiéndose a que una vez resuelto el objetivo, iniciarían conjuntamente un itinerario político para la realización de elecciones democráticas que fuesen el cigüeñal parala reunificación del país, propósitos que se desestimaron en su etapa más embrionaria en virtud de agendas muy mezquinas por parte de ambos incumbentes. A poco andar quedó de manifiesto que todo era una quimera, ya que no habían pasado treinta días de éste diseño, cuando en el mes de septiembre de 1945 un grupo de militares soviéticos ingresó a suelo norcoreano, en uno de cuyos destacamentos venía camuflado el capitán Kim Il Sung, quien tras permanecer 20 años expatriado en tierras del Dragón Rojo, retornaba a su comarca para esparcir la semilla del ideario comunista por todos los confines de esa región.

En paralelo, una propuesta muy distinta comenzaba a estructurarse en la segmentada égida meridional intervenida por los norteamericanos, dado que se visionó el porvenir sobre aquella jurisdicción a partir de los paradigmas económicos y políticos de su propia idiosincrasia doméstica, poniendo todo el empeño en la consecución de un modelo de libre mercado que fuese el dínamo para su incipiente y progresivo desarrollo mediante la implementación de rendimientos productivos ligados a la manufacturación industrial. Las ojerizas y disonancias del líder norcoreano respecto a la regencia sureña, si bien apuntaban a deslegitimar el modelo neoliberal, también eran fruto de una animadversión que se nutría de su personalísima doctrina filosófica: EL JUCHE (“Autosuficiencia”). Ahí están los sustentos de un desmedido nacionalismo, que además provee consideraciones de superioridad de la raza norcoreana, definiéndolos casi como un “pueblo elegido”. No solo eso, ya que inculca a que se piensen a sí mismos “especiales”, como si tratase de reformatear la naturaleza humana para convertirlos en mejores personas. Promueve además el principio de que “el hombre, no Dios, es quien en lo particular y todos como sociedad, los convocados a poner en marcha el trazado de de sus destinos y desarrollo”. Muchas de estas ideas estaban basadas en Marx y Lenin, lo que era paradójico en cuanto a que rechazaba la pedagogía comunista sobre cuestiones como el universalismo o internacionalismo. Este es un aspecto muy fundamental y de profunda significación para entender las causas de su rechazo a toda intromisión extranjera en sus asuntos internos, lo que era igualmente endosable respecto a quienes le patrocinaron en los albores de su cruzada política, como lo notificaría a los propios líderes soviéticos al momento de la autoproclamación en 1948 de la República de Corea del Norte. Tras esa exhortación, la revolución adquiría un carácter más hermético y funcional a los designios del “eterno líder”, lo que recubría su tiránico estilo jalonado no solo por episodios muy sangrientos, sino que además le ensanchaba su potestad a niveles ilimitados para que nada le impidiese cumplir el gran objetivo trazado, aunque este se alcanzase a costa de inmolar brutalmente a su propia población. Esto demostraba de modo inequívoco, la terquedad y subsistencia de dos proyectos ideológicos y de alcances políticos muy opuestos. De ahí que resultase insensato creer o pensar en una eventual reunificación territorial, sobre todo que ambos sistemas habían prosperado en sus intenciones iniciales, aunque bastó la simple notificación surcoreana de que escogía el camino de la autodeterminación y que sentenciaba su futuro como república, para que se trastocasen completamente dichas directrices. Ese fue el punto de quiebre, acorde a un ferviente y compulsivo irredentismo atizado por el régimen comunista, cuyas tropas iniciaron la cruzada “liberación de la patria” al trasponer el paralelo 38 y tomar el control de Seúl el 28 de Junio de 1950, a solo tres días de comenzada la invasión. La contraofensiva no se hizo esperar y fue el propio presidente norteamericano, Harry Truman, quien ordenó repeler el ataque mediante una combinada acción aérea y naval que estaba refrendada por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Para contrapesar el poderío y la logística enemiga, Mao Tse Tung determina el 8 de octubre de ese mismo año, tonificar militarmente el esfuerzo norcoreano y se incorpora de lleno a la conflagración con un contingente de 270.000 soldados, muy por encima de los 26.000 efectivos que proveyó la Unión Soviética, dosis inyectadas directamente a la vena de un ejército cuyo tamaño ya de por sí ofrecía dimensiones superlativas, con una dotación de 1.350.000 hombres. Con un nivel de alistamiento menor, la base de la pirámide del ejército surcoreano partía en la conscripción de 602.000 combatientes, viéndose engrosadas con tropas norteamericanas y británicas que destinaron a 327.000 y 14.200 efectivos respectivamente. Este fue el primer conflicto bélico que inauguró el período de Guerra Fría, teniendo tras bambalinas el influjo de las principales potencias mundiales. Tras el armisticio, celebrado el 27 de Julio de 1953, se puso pausa a tres años de cruentos enfrentamientos; un arqueo final permitió establecer que la cuantía de personas que se diezmaron en la refriega, alcanzó a un millón de víctimas, cifra no muy distinta respecto de soldados y civiles heridos.

Ya sabemos que el cese de las hostilidades no se logró mediante un tratado de paz, de ahí que se sostenga que no obstante el paréntesis de estos últimos 61 años, continúen “técnicamente en guerra”. Después de convenir el trazado de una línea divisoria que fijaba la separación en términos casi idénticos a los existentes antes de la guerra, se determinó una Zona Desmilitarizada (es un contrasentido llamarla de esa manera, puesto que es la frontera con más soldados patrullándola) conservaba el paralelo 38 como punto de partida, pero en una longitud de 238 kilómetros por cuatro de ancho. Apadrinadas y concebidas como piezas de un tablero ideológico irreconciliable, la égida tanto de Beijing y Moscú en el caso del régimen comunista de Pyongyang, como Washington respecto de Seúl, iban a perfilar un progresivo trayecto que las desigualarían en sus horizontes políticos, sociales y económicos. Mientras Kim Il Sung, el Supremo Líder de Corea del Norte, se mantuvo en el poder hasta su muerte ocurrida en 1994, a diferencia de Rhee Syngman, quien ejerció el cargo de Presidente de Corea del Sur entre 1948 y 1960, año en que fue defenestrado por una revuelta estudiantil en protesta por un fraude electoral, demostraba que las libertades individuales no habían sido conculcadas. Ese período no estuvo ajeno a convulsiones, ya que también hubo asonadas militares para hacerse del poder, como el protagonizado por el general Park Chunghee (en 1972 implementó conversaciones con el líder norcoreano buscando la reunificación) pero que fue asesinado mientras ejercía el mando de la nación, asumiendo el general Chun Doo-hwan en su reemplazo. Mediante una reforma constitucional efectuada en 1986, es que se consagró la elección directa, aunque deberían aguardar siete años para tener el primer presidente civil, Kim Young Sam.

Muy diferente realidad experimentaba la república norcoreana, que empezaba a sufrir la férula revolucionaria de su omnipotente líder con draconianas reglamentaciones cuya finalidad era neutralizar todo atisbo de disidencia, sin que mediase ningún tipo de consideración humanitaria para su consecución. Su mesiánica personalidad lo impulsó a desarrollar un culto a su figura, forjándose una áurea de Semidiós. Honrándose como “padre de la patria” se inmortalizaba en el pedestal de la historia, aunque infatuado por su egolatría, dispuso de los espacios públicos para instalar estatuas con su efigie, que cumplían el propósito de que los transeúntes le tuviesen siempre de referencia en sus desplazamientos, aunque con la absurda restricción de que “nunca debían darle la espalda”. Además su retrato está en las paredes de todos los hogares. También (a falta de cleros), se estila como la más tradicional ceremonia nupcial, matrimoniarse frente a alguna de estas representaciones de Kim Il Sung. Tras un cónclave del “único órgano oficial”, el Partido de los Trabajadores, donde los delegados recibieron “insignias” con su rostro, se dictaminó que la población debía usarlas en la solapa izquierda de sus atuendos, encima del corazón. Se facultó a las “Brigadas de Mantención del Orden Social”, compuesta básicamente por cuadros de la juventud socialista, para observar su pleno acatamiento y a consignar en un registro de antecedentes a los infractores de la ordenanza, a quienes se les obliga a asistir a charlas ideológicas de reforzamiento. Más represiva es la policía, los denominados Kyuch’ Aldae, que irrumpen sin autorización en aquellas casas que exceden el exiguo suministro de 40 watts por mes, lo que no alcanza a cubrir los requerimientos mínimos de cualquier núcleo familiar. Este potaje es el que siguen masticando amargamente hasta el día de hoy los norcoreanos. El momento actual de la juventud no dista mucho de aquellos primeros impúberes que a los 12 años de edad eran enviados a cumplir faenas agrícolas durísimas en los arrozales, preferentemente en trabajos de desmalezado y fumigación de plantíos, labores consideradas como parte de un “deber patriótico”, independiente que la versión oficial dijese que se trataba de “trabajos voluntarios”. La realidad de ayer se confunde con la del presente, de ahí que resulte infructuoso hacer una recapitulación ordenada acerca de estos métodos coercitivos que se han perpetuado en el tiempo y siguen siendo la principal herramienta de contención. No es un infundio, pero trasladarse de una ciudad a otra requiere de autorización, igual cosa si desea cambiar de trabajo o residencia. En ese sentido, es más aclaratorio un reciente informe de Naciones Unidas que aborda con más precisión las vilezas que siguen perpetrándose en nombre de una anquilosada revolución que solo ha conseguido paupérrimos niveles de satisfacción. A principios de los años 70, empezó a hacerse evidente la fatiga del sistema económico norcoreano, que a esas alturas dependía completamente de la Unión Soviética y China, pero que se agravaría a partir del colapso soviético, llevándola a una situación de debacle de la que no se recuperaría jamás. Esto desmoronaba la promesa del “eterno líder”, cuya omnímoda autoridad por 49 años, no habían logrado dar cumplimiento a las metas preestablecidas, menos al compromiso de abastecer de “arroz y sopa de carne a todos los norcoreanos”. Desgastado por los años y consciente de que su edad le jugaba en contra, apresuró los tiempos para trenzar a su hijo Kim Jong Il como su sucesor natural, entendiendo que con ello proyectaba su mandato más allá de su propia muerte. Con ese imperativo testamentario, asumió en 1994 el nuevo “Querido Líder”, seudónimo que escogió en consonancia con la tradición mesiánica que había instaurado su padre. Apegándose a los atávicos ejes revolucionarios, el descalabro económico fue agudizándose a tal punto, que entre 1996 y 1999 el país enfrentó una grave hambruna en la que perecieron de inanición más de medio millón de personas. En el 2006 la FAO proyectó el déficit que mostraban los indicadores de producción interna de granos, que magramente llegaban a los 3, 8 millones de toneladas, muy ínfimos en comparación a las estimaciones hechas por el organismo que las situaba en un rango muy superior, entre un 5, 3 y 6, 5, para poder satisfacer las necesidades de alimentación. Si hacemos un parangón con lo que ocurre en Corea del Sur, solo un 2, 7% de su PIB corresponde al sector agrario, porcentaje muy menor y que sin embargo equivale a triplicar toda la economía norcoreana. En un arranque de franqueza inusitado, Kim Jong Il admitía su desazón “por el hecho de que la gente seguía viviendo del maíz” y que lo que correspondía hacer según sus propias palabras, era saldar esa deuda “dándoles de comer arroz blanco, pan y fideos con generosidad”. Como parte de sus esfuerzos por revertir la situación, a fines del 2009 cometió el absurdo error de devaluar el “won” en una inexplicable decisión económica que desembocaría en mayores aflicciones, con un incremento en el precio de los alimentos que de por sí eran escasos, desatando con ello una espiral inflacionaria. Para desviar la atención y poder paliar los efectos de la crisis, revalidó una antigua herramienta de negociación, “la de infundir miedo”. Es una estrategia de sobrevivencia, opinión que sustentan la mayoría de los analistas, ya que no se escalan todos los peldaños de peligrosidad, por más que se escuchen timbales de guerra. El libreto es conocido, con dosificados ingredientes escénicos consiguen crear un clímax de alta tensión, pero que se apacigua a medida que aparecen los auxilios correspondientes. Pero todo este ritual fue sobrepasado el 26 de marzo del 2010, fecha en que un minisubmarino torpedeó al “Cheonan”, corbeta de la escuadra de Corea del Sur que en ese momento participaba de los ejercicios navales que anualmente realizan de modo conjunto con la flota norteamericana en las cercanías del Mar Amarillo, embarcación que terminó hundiéndose y donde 43 marinos de su tripulación perdieron la vida. Frente a esta temeraria embestida (la mayor desde el acuerdo de 1953), la reacción fue sorprendentemente más templada de lo razonable por parte de las autoridades surcoreanas, especialmente por parte del entonces presidente Lee Myung Bak, a quien se le endosaron severísimos cuestionamientos por haber desistido de una represalia militar para resarcir la afrenta, acusándolo incluso de pusilánime. Defendiéndose de aquellas gravosas críticas acerca de su aplacada conducta, justificó su inacción por la falta de pruebas contundentes que lo impelían a actuar prudentemente por más que en su fuero íntimo no hubiera duda respecto a la autoría de quienes habían perpetrado el estropicio marítimo. Más calamitoso fue el amanecer del 23 de noviembre, jornada que comenzó a crisparse tempranamente a raíz de un perentorio ultimátum de Pyongyang a Seúl exigiéndole que cesasen de inmediato los programados adiestramientos preventivos que ese día llevaba a cabo su artillería en la isla de Yeonpyeong, ejercicios que no se interrumpieron pese a la siniestra proclama. El que se confiriera mínima importancia a la provocativa amenaza, fue un tapaboca que melló seriamente la notificación. Resueltos a demostrar que no era una simple expresión carente de voluntad, los norcoreanos arremetieron militarmente sobre aquella isla, lanzándole más de un centenar de proyectiles que causaron grandes destrozos y una veintena de heridos (en su mayoría soldados), además de la muerte de un sargento y un cabo, que se sumaban a la de dos civiles que tuvieron el mismo infortunio. Aquí las credenciales del contendiente estaban a la vista y el contexto era distinto, por tanto la respuesta a la agresión ocurrió en cosa de minutos, cuando una escuadrilla de ocho aviones incursiona en cielo enemigo y bombardea las plataformas emplazadas por el ejército de Kim Jong Il, lo que ocasiona la destrucción completa de las dos bases que propulsaron los disparos: “Mudo” y “Kaemori”, segando además la vida de cinco reclutas. La maciza respuesta surcoreana a un segundo ataque fue contrarrestada con mucho vigor y acompañada de una declaración de su Estado Mayor que demandaba el cese inmediato de los disparos, lo que inauditamente se verificó con el sosiego de los cañones. Pero estimar que esa exacción tenía la implícita capacidad de frenar las hostilidades, era un despropósito. Ese rendimiento provenía de la mediación internacional y sus principales potencias, donde China aventajaba al resto en su capacidad de retraer con eficacia a su vecino y aliado permanente, dado que es su principal abastecedor de petróleo y electricidad. Con el devenir de las horas, aquella aciaga jornada iría mutando a una situación más pacificadora, lo que permitiría alcanzar al final del día, entendimientos que difuminaron de modo taxativo la progresión del conflicto.

En esos 15 meses que antecedieron a su deceso, Kim Jong Il se esmeró al máximo para ir consolidando a Kim Jong Un como su incontrovertible sucesor

La siguiente, más inmediata y última preocupación del “Querido Líder”, (moriría el 17 de diciembre del 2011) fue asegurarse la lealtad de la gerontocracia militar hacia su “hijo menor” Kim Jong Un en perjuicio de su primogénito Kim Jong Nam, a quienjamás le perdonó que proveyéndose de un pasaporte falso intentase viajar a Japón en el 2001 con el solo propósito de visitar el parque de Disneylandia emplazado en Tokio. Fue un episodio que selló su alejamiento definitivo de las raíces familiares, lo que explica las causas de su marginación. En esos 15 meses que antecedieron a su deceso, Kim Jong Il se esmeró al máximo para ir consolidando a Kim Jong Un como su incontrovertible sucesor y reforzar su ascendiente en todo sentido. Le situó en el escalafón más alto, (con solo 28 años de edad) designándolo “General Cuatro Estrellas” y simultáneamente vicepresidente de la poderosa Comisión Central Militar (principal órgano del régimen). Apoyándose en su cuñado Jang Sung Taek, a quien consideraba su “mano derecha” (sería ejecutado después por su sobrino, con total abstracción de parentesco) le encomendó su tutoría y ser “puente entre las viejas y nuevas generaciones”. Una tarea muy crucial, especialmente porque los septuagenarios jerarcas del país lo percibían como un adolescente inexperto a quien debían supeditarse obedientemente y cumplir sus órdenes, lo que no era un asunto fácil de lograr. Una vez entronizado en la cima más alta del poder, Kim Jong Un quien para no ser menos que sus ancestros (siguió con la tradición de los apelativos) escogiendo para sí mismo el de “Brillante Camarada”, empezó a evidenciar que tenía más ambición que su padre. Buscó afianzar su liderazgo desde el comienzo con guiños al pasado glorioso de sus mayores. Los preparativos de su propia investidura, que estaba contemplada para el mes de febrero del 2012, tenían todo ese simbolismo, haciéndola coincidir con el aniversario del nacimiento de su abuelo. Claro que el festejo fue incompleto, ya que el lanzamiento de un cohete en honor al fundador de la patria que era parte la celebración y que se describió como un satélite de observación (el propósito real del experimento era poner a prueba la capacidad balística) terminó precipitándose a minutos de su despegue sobre el mar Amarillo a 150 kilómetros de la costa surcoreana. Queriendo resarcirse del humillante papelón, alertó sobre un nuevo intento para fines de ese mismo año, anuncio que implementó el 12 de diciembre pese a las advertencias acerca de su realización por parte de la comunidad internacional, encendiendo de paso las alarmas de Corea del Sur y Estados Unidos, quienes estimaron que se trataba de un mísil intercontinental capaz de transportar una ojiva nuclear. Determinado a romper con el prejuicio respecto a su propia edad y tratando de cimentarse como un líder duro a quien no se le arredraba fácilmente, visó la fecha del 12 de febrero del 2013 para llevar adelante la tercera y más potente prueba nuclear subterránea, desoyendo las recomendaciones de su principal aliado. Nunca antes China había refrendado, menos formar parte de la redacción de un voto de Naciones Unidas que sancionaba a Corea del Norte. Pero no deja de ser un caramelo, no obstante que esa resolución permite obstaculizar sus movimientos financieros y proporciona herramientas que facultan a otros países a inspeccionar los cargamentos de sus embarcaciones. No hay que engañarse, ya que el gigante asiático se sirve de un doble e hipócrita juego al sostener públicamente que el régimen de Pyongyang debe cambiar, pero por otro lado le entregan todo el apoyo para que no se desmorone. Un botón de muestra: la reacción norcoreana a las sanciones que habían contado con la anuencia de su principal aliado, fue la incendiaria “declaración de guerra” del 30 de marzo del 2013, donde amenazaba “disolver a Estados Unidos continental, luego Hawai y Guam, para proseguir con la base norteamericana en Corea del Sur y la oficina presidencial será quemada hasta los cimientos” no fue concomitante con los hechos posteriores. Prueba de ello fue la presencia del propio vicepresidente chino Li Yuanchao en una ceremonia oficial realizada en la Plaza Kim Il Sung, en que se conmemoraron con un desfile militar las seis décadas del armisticio. Este ambivalente comportamiento obedece a que Beijing no desea la reunificación de ambas Coreas, ya que puestos en ese escenario, tendrían que enfrentarse a una situación complejísima que los afectaría directamente. Hay que tener presente que Corea del Sur no solo tiene el doble de habitantes que sus vecinos del Norte, sino que su per-cápita es casi 50 veces mayor según el FMI, por lo que una nueva composición unitaria y geopolítica en los términos surcoreanos colindando sus fronteras es impensable, máxime que tendría de vecino a un aliado formal de los Estados Unidos que posee personal militar en la zona y armamento nuclear.

Todo parece indicar que la ejecución de su tío y mentor Jang Song Thaek, fue el último y dramático cerrojo de Kim Jong Un para consolidarse en el poder, permitiéndole mutar de un “sistema de tutela” a uno de impronta personal. Es evidente que ha conseguido afirmar su liderazgo en estos dos años ante la jerarquía militar que lo secunda, adquiriendo la autoridad necesaria para destituír a toda la cúpula que había quedado a cargo del país y reemplazarlos por colaboradores más leales.

Es el momento de mayor esplendor del “Brillante Camarada”, el que por cierto seguirá irradiando bravuconadas y anatemas en su pertinaz defensa de una anquilosada revolución que ha demostrado en seis décadas de tiranía comunista, ser incapaz de dar satisfacción mínima a su población.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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