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"El Espíritu del Olvido: Un Ensayo de Psicología Clinica" II

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26/03/2020 17:40 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Convierto en ensayo didáctico una experiencia terapéutica adversa con una paciente ágrafa, inconscientemente renuente a inscribirse en el Orden Simbólico, tal vez por ser un orden patriarcal, pero que me sirvió para repensar las vicisitudes de la subjetivación en un sujeto psicótico

                                        "El Espíritu del Olvido" II

[Entrada del Diario del Señor X. 3 Sep. 2019] …. “ Estuve acompañando en la tarde a mi señora en una caminata desde su centro de trabajo hasta casa de su hermana, para devolverle la jaba llena de envases plásticos donde envía la comida que prepara a los trabajadores del Centro donde trabaja mi señora, que le sirve de agente de ventas. Hasta ahora ( la señora Y ) de tan noble que es, se estaba llevando esa jaba enorme con mucho trabajo en el ómnibus para la casa, porque su hermana a esa hora en que debía entregar los envases sucios con restos de comida, estaba paseando. (5: 00 de la tarde) Pero como tenía que llevárselos en la mañana temprano, llegaba tarde al trabajo, y ya le estaban llamando de nuevo la atención por esas llegadas tardes, pues me dijo mi esposa que ya la iban a sancionar por eso. Ya otras veces yo le había llamado la atención por esas llegadas tardes.

Resulta que ese día su hermana tampoco estaba en su casa. Obviamente, se estaba burlando de mi señora, abusando de la nobleza de su hermana necesitada, porque mi señora le había dicho el día anterior que si ella no la esperaba en su casa para la devolución de los trastes plásticos no iba el negocio. Su hermana hizo caso omiso de esto, y mi esposa desesperada no se atrevía a obedecerme cuando yo le decía que dejara los trastes con algún vecino; cosa que yo me encargué de proporcionar hablando con la vecina de enfrente, a quien nosotros no conocíamos, ni ella tampoco a nosotros, pero estaba en la puerta de su casa, y se le podía hablar. Mi esposa no quería dejar con nadie el bulto, y quería llevárselo para la casa, como hacía todos los días.

Ahí fue donde yo me sublevé, criticando duramente a mi esposa por su alma de esclava, que su hermana desconsideradamente explota. Sobreponiéndome a la resignación de mi esposa, acudí a la vecina desconocida de nosotros, que llamó a su mamá, y esta burguesona, pedante y desconfiada, que conocía a su vecina, pero que para hacernos el favor de dejar las cosas en su casa, nos pedía como condición hablar con la hermana de mi mujer por teléfono, para ver si era verdad que éramos pariente suyos. Afortunadamente mi mujer tenía en un papel el teléfono de su hermana, y la vecina la llamó desde su propio celular. Z, increíblemente, no quería molestar a su vecina, y prefirió--, le dijo por teléfono a su vecina, que mi mujer se llevara los trastos para su casa. Ahí, enseguida, hablé yo, y dije que ella (mi esposa), no podía hacer eso porque estaba llegando tarde al trabajo. La vecina se quedó guardando los trastos.

Por el camino recriminé a mi mujer que se dejara mangonear por su hermana, recibiendo trato de esclava, diciéndole que ella era incompatible conmigo, que yo no tenía alma de esclavo, y que me hacía sentirme mal viendo cómo su hermana la utilizaba como si fuera una sirvienta. Mi esposa se estresó por esto, porque no sabe responder ante ninguna situación de estrés sino cerrando herméticamente todo su ser. Cuando llegamos al restaurant de su hermano, éste estaba de salida casi, y en la propia calle le hice el cuento. Mi mujer tenía el rostro contraído, revelando disgusto.

Al poco rato, cuando estábamos cenando en el salón del establecimiento, se sienta al lado de nosotros en la misma mesa, y me dice muy solemnemente que él necesitaba, que me pedía de favor que no tratara a su hermana tan duro, que no la regañara tanto, que había situaciones en la vida que había que sobrellevar; que en fin, su hermana se había quejado con él de mi forma dura de regañarla, y decirle cosas que la disgustaban mucho. Acto seguido, sin dejarme hablar más, se levantó, poniéndome una mano sobre el brazo, y diciéndome: “Ayúdame en eso”. Yo me quedé boquiabierto, patitieso. No podía darle crédito a lo que estaba pasando. Inmediatamente le comuniqué a mi señora mi preocupación por lo mal que andaban las cosas entre ella y yo. Con eso ella me acababa de demostrar que no me tenía confianza. Y es para preocuparse porque la confianza es el mensajero más seguro del amor. No hay compulsión que la haga hablar cuando ella cae en ese estado en que está siendo reprendida fuertemente por mí. Yo sé que eso se debe a una enfermedad psiquiátrica que ella no ha podido superar, pero presiento que eso nos va a traer la separación, porque estoy aguantando cosas que cualquier otro hombre en mi lugar habría roto con ella por lo sano. No pude dejar de enfadarme sobremanera, cuando ví que mi mujer le abrió el pecho a su hermano, y se confesó con él, quejándose de mí, sinceridad de desahogo que a mí me negaba. Yo me indigné infinitamente con eso, viendo que su hermano, menor que ella, se dejaba atrapar también en las redes infantiles de esa enfermedad nerviosa, porque es un neurótico también. Cuando salí de allí le dije a mi mujer en la parada del ómnibus que eso me hacía sentir desgraciado, y que la próxima vez que decidiera consultar un problema de nosotros con su hermano, nos íbamos a separar para siempre, porque creo que no merezco esa desconfianza, ni por causa de la enfermedad, yo que no tengo secretos con ella. Sólo al otro día me dijo que prometía comportarse de forma favorable a lo que yo había dicho…..”

--De más está decirle, doctor, que fue inútil, esa situación desde entonces se ha vuelto a repetir muchas veces más, y yo hasta ahora, no he sido capaz de romper su mutismo en situaciones de requerirla por esas actitudes infantiles en las que reincide. En fin, que el que está fuera de sí soy yo, y así me lleva a la locura, porque me aniquila diciéndome idioteces, como que yo menciono tanto a su madre porque estoy enamorado de ella, “imagínate si mi madre se hubiera enterado de que un hombre tan joven estaba enamorado de ella, sí porque mi madre era una mujer muy hermosa aun después de vieja”. Yo le vuelvo a repetir que todos estamos en el deber de comprender a nuestros semejantes, que le debemos eso a cualquier ser humano que nos rodee. Finalmente, me acerco a darle un beso en el cuello, y se queda tan fría como si fuera una estatua. Sólo cuando me serené, y le expliqué que yo entendía que ella era incapaz de dar amor porque tampoco se lo habían dado a ella de niña, que la habían tratado como un traste inútil porque no tenía capacidad mental para estudiar, pareció conmoverse, más aún cuando le confesé que estaba buscando mujeres desesperadamente en la calle que me dieran el amor que ella no me daba, aun delante de ella, y, de pronto, besé cariñosamente el canto de la puerta que tenía delante, fue cuando ella vino a reaccionar, abalanzándose sobre mí empujándome a la cama.

--¡Bravo, actuaste como un psiquiatra!. El primer paso está casi logrado. Hay que tener mucho cuidado en estos casos, porque ese es el peor y más largo daño que le ha hecho la ignaridad al mundo. Estás alienado en una causa que no asumes, porque no puedes comprender que una persona a la que quieres no entienda que ese mal que le hicieron a través de una educación machista y desconsiderada hacia los varones, ella la está reproduciendo fielmente, y se presenta como boicot al matrimonio. Por eso estas tentado de llegar a la locura, al límite de la libertad. Parece que el cubano está condenado al ataque de una enfermedad invisible en su gineceo, que lo reduce totalmente a ella.

Lo primero que yo aconsejo en estos casos al doliente es no perder la paciencia, ya que no se puede perder de vista que estos sujetos son enfermos, y solo convencerlos de su enfermedad es la primera gran victoria sobre ella, no sobre ellos; los enfermos merecen otro trato porque no tienen la culpa de no poder dar amor porque nunca se lo dieron a ellos mismos cuando más lo necesitaban para crecer sanos. Recuerde que Lacán decía que en psicoanálisis, el oficio de la Ética debe ir parejo al del alienista, y es inquirir en estas proporciones del ser y de los valores, a fin de establecer normas para las resoluciones y elecciones humanas. Y, amigo, la moralidad es la activación del ser, del hombre como un Todo, y ese todo es el que nos convoca a entender ese precioso enunciado del gran psiquiatra francés cuando decía: “el abismo entre el sujeto puro y la afectividad implica una ética del Objeto Escondido u Oculto”. Eso significa que para todos los efectos de su familia, su esposa no contaba como una persona que había que tener en cuenta a la hora de tomar decisiones serias, sino se la trataba como un objeto, más o menos disimulado entre el cariño y la dejadez, al que se podía manejar al antojo de sus padres o de sus hermanos. A ese subterfugio de la familia para menoscabar la importancia de uno de sus miembros se le llama en psicoanálisis “Objeto Escondido”.

--Comprendo bien lo que Ud. dice Doctor, y le veo mucha razón a eso. Gracias. A ese Lacán no lo conozco, pero debió ser un hombre muy grande para pensar así.

--Me parece que con su esposa tenemos la batalla ganada porque percibo que no hay magnificación en ella de una degradación como objeto.

--En eso también tiene razón, su finura de alma, aunque sea ignorante como persona, no lo es como espíritu.

--Decididamente, la sociedad debe ocuparse más de la violencia machista infligida por mujeres.

Hablamos aquí de una paciente que se muestra en estado de vulnerabilidad, ubicada en el discurso del Otro en posición de objeto, donde ha encontrado gran resistencia la mediatización por la palabra, que aun no ha superado el acto de la escritura, y en la que se observa la aparición de modalidades primarias de funcionamiento psíquico, como la tendencia de formas precarias de resolución de conflictos, que ella maneja ignorando la explosión de rabia que causa en el cónyuge. En los primeros tratos con ella noté enseguida su desasimiento personal del problema, el sutil desentendimiento de importancia que le daba a la cuestión de verse involucrada en una consulta de este tipo. Incluso lo primero que me pidió fue que le diera un fundamento de “mi saber” de que ella estaba enferma. Consecuentemente aludí enseguida al primer axioma de la patología mental diciéndole que los padres no le dan más opción a sus hijos que la neurosis cuando ambos, —padre y madre--, no se presentan como dos, sino como una unidad indeterminada y masificante, donde el Otro deviene sin mediación simbólica, o para decírtelo más claro, donde se rechaza cualquier entidad ajena al grupo que no esté avalado por el concepto del goce como una común medida…¿Es ese el caso tuyo?

--Sí, en mi casa mandó toda la vida mi mamá, mi padre era una figura decorativa que no interfería en nada lo que disponía mi mamá ni con respecto a nosotros, ni con respecto a los demás. Era, o es, porque todavía vive, un hombre muy pasivo, que casi no habla, y se cuida de dar opiniones sobre nada, y mucho menos sobre algo que ya haya sentenciado mi mamá. Y así son todos mis hermanos, y yo misma también.

Parece que el cubano está condenado al ataque de una enfermedad invisible en su gineceo

--Sí, pero tengo entendido que hay una diferencia muy grande entre ellos y tú. ¿Cuál es?

--Bueno, que yo no puedo coger a Cristo para quitarme todas las cosas bonitas de la vida. ( 4 Dic. 2019 )

--Ojalá no fuera esa nada más. Como que el denominador común de todas las enfermedades mentales es negar una parte de la realidad, lo que se necesita ahora averiguar es qué parte de la realidad tu niegas, y para encontrar la respuesta debes hablarme un poco de tu vida.

--Dejé tempranamente mis estudios porque la mente no me daba para estudiar, y entonces me dediqué a ayudar a mi mamá en todas las labores de la casa, mientras mis hermanas estudiaban y trabajaban, a mi no me dejaban comunicarme con nadie, porque para ellos no servía nada más que para hacer trabajo bruto….se ponían en medio de la sala a charlar todo el grupo, y a mí me mandaban a arrinconarme. No contaban conmigo para nada, se creían que ellos eran solos, y yo apartada sin hablar con nadie. Cuando trataba de participar con ellos o quería decir algo, me mandaban a callar. Pero los que me mandaban a callar eran mis hermanos, no era mi mamá.

Ella insiste ingenuamente en que la orden de mandarla a callar no partía de su mamá, sino que era iniciativa de sus hermanos solamente, como si una práctica que duró tantos años pudiera haber sido implantada en una casa que dominaba absolutamente la figura de la madre, sin el consentimiento de ella. A mí, por el contrario, que su mamá tuvo cierto escrúpulo de conciencia con el mal que le estaba haciendo a su hija, porque tenía alguna oscura noción de esa injusticia, y para salvarse de una posible acusación futura por parte de ella, para no aparecer directamente ella como culpable, hizo cargar a sus hijos con esa culpa, sin embargo, la prueba de que ella dio esa orden fue que nunca los regañó por dejar afuera o excluir a su hermana mayor de sus conversaciones. Así se lo hice saber a la paciente quien enseguida apoyó sin reservas mi teoría, explicándole además cómo esa orden fue el caldo de cultivo de la psiconeurosis, la cual se caracteriza por la ausencia de respeto y consideración hacia el otro, que está amparado por las leyes del Orden Simbólico, leyes cuyo desconocimiento trae la muerte social de uno mismo, pues es en relación al Otro que el sujeto se constituye como sujeto, cesando de ser objeto de acciones caprichosas de los demás.

--Esa es la razón por la cual ella no entraba en diálogo suelto contigo como hacía con sus demás hijos, según tú misma dices, porque ella tenía miedo de que tu fueras a exigirle esa confesión, y tuviera que reconocer la verdad.

--¿Y por qué, según usted, cuando me pelean por algo, o me dicen algo que me duela, la mente se me cierra, y ni para atrás, ni pa’lante me salen las palabras para contestar a las personas.?

--Porque no te enseñaron el bagaje del sistema simbólico que rige la vida humana, la necesaria mediación de la palabra, insertándose como una gramática de los problemas prácticos del hombre en la relación con sus semejantes para que estas fluyan sin obstáculos en un mundo armónico. Lo pasivo humano, como la niñez, requiere auxilio ajeno en la experiencia de satisfacción. Es importante articular la experiencia de dolor a la experiencia de satisfacción. A ti nunca tus padres te enseñaron de niña ese dicho requeteviejo que dice: “Quien bien te quiere, te hará llorar”. Mira, aquí tengo a mano un trabajo que una analista argentina presentó a un Congreso Internacional de Psicología, donde dice estas aclaradoras cosas. Oye: “En terminos de “Más allá del Placer”[ texto de Freud ]—dice la doctora argentina Mariana Martínez Liss—podríamos decir que si no hay otro que lea el afecto que se desprende de la experiencia de dolor no se constituye la protección anti-estímulo, cuya principal función es preservar el organismo del influjo nivelador, y por tanto, destructivo de las energías hipergrandes que laboran fuera. El aparato psíquico aplicará la protección anti-estímulo tanto a las excitaciones internas como externas que produzcan un exceso de displacer.” [“La Infancia. Un tiempo lógico.” p. 131 en IV Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología. IX Jornada de Investigación. Tomo I ]

La paciente se quedaba como si oyera llover, con una expresión ausente en el rostro, pero visiblemente apenada de no poder desencadenarse de su pensamiento viscoso, de no poder reconocer siquiera que el primer requisito del conocimiento es la escritura, escribir lo aprendido, cosa que se negaba a realizar como primera tarea en el camino de la cura, porque seguía buscando un compromiso en la fobia a la escritura que heredó de la función de un padre que no se refiere nunca a la realidad, y que la enseñó a articular el goce y el deseo a partir del “objeto a”. No hay mejor explicación de este entuerto, que el que hace el doctor argentino Patricio Álvarez Bayón: “dice Freud en su libro Tótem y Tabú, que el deseo está profunda y radicalmente estructurado por ese nudo que se llama Edipo, y por eso es imposible eliminar ese nudo interno, en tanto es esencialmente lo siguiente: una relación entre una demanda que toma un valor tan privilegiado que deviene mandato absoluto, la ley, y un deseo que es el deseo del Otro, del Otro del que se trata en el Edipo” [“Antecedentes de la pêre-version del Padre: Lo patógeno del Padre”   p. 15, en IV Congreso Internacional de Investigación y Práctica de la Psicología]

Necesito hacer una acotación muy interesante aquí, pues sucede que descubrí que mi desconocida colega argentina, la doctora Carla Araceli Gherardi, presentó un trabajo de una experiencia clínica suya en un Congreso Internacional de Psicología titulado: “Una problemática actual. La patología del Desvalimiento. Presentación de un caso clínico”, donde presenta el caso de una paciente muy similar al mío, con solo casi dos notables diferencias: que a su paciente Juliana la madre, cada vez que su hija quería hablar la reducía al silencio con un golpe del puño cerrado por la boca, que hacía sangrar porque en esa mano usaba una sortija grande, y la otra es que, a diferencia de mi paciente, Juliana era poseedora de una gran cultura, y la sabía expresar. Pero, por lo demás las dos me resultan en su sintomatología sicosomática casi como dos gotas de agua, pues en las direcciones de la cura que hace la doctora Gherardi, se prefiguran muchas de las providencias que alumbraron también mi caso. Por ejemplo, voy a citar algunas:

---Ambos pacientes, la mía y la de ella, fueron criadas bajo el modelo de una madre excesivamente autoritaria, intrusiva y controladora, y de un padre que solo hace lo que su mujer decide.

---Ambas vidas fueron regidas por el apego asfixiante y la desconexión del medio familiar.

---Mi paciente, aunque no tiene capacidad para decir como la “Juliana”, de Gherardi: “Yo sé que no se puede esperar peras del Olmo”; el punto es que Juliana sí espera peras del olmo. Dice la doctora argentina: “La íntima dependencia e idealización que sostiene aun hoy el vínculo de Juliana con sus padres, no le permite aceptar como válido su propio juicio al respecto” [p.100. Estudio citado, en IV Encuentro Internacional de Investigación y Práctica de la Psicología.]Por su parte mi paciente dice: “Yo sé bien que mi mamá no me quería, yo misma se lo dije muchas veces antes de morir. Ella no me contestaba.”, y ambas, la única salida que encuentran es la desmentida, donde atacan su propia percepción y su propio pensamiento. La desmentida y la desestimación del afecto negativo de la madre.

---Además, esa “desmentida”, y esa desestimación de la poca reciprocidad del amor que le dispensan sus madres, dice la doctora Gherardi respecto de su paciente---y lo podría decir yo también respecto de la mía---tiene como punto de fijación a la líbido intrasomática, y por ello, la vía fundamental de resolución de los problemas anímicos de esta paciente es la alteración orgánica. Tal alteración va acompañada del aporte de un goce que culmina en una extenuación, una eliminación de la energía anímica. La alteración orgánica apunta a resolver los problemas por un camino específico: la supresión misma de la vida psíquica” [p.100]. Este fenómeno se caracteriza por falta de expresión de los procesos de pensamiento (inconsistencia discursiva) y de afectividad, pero además por un cansancio crónico, que impide a las personas reservar tiempo para la vida de compartimiento social, porque tienen que entregarse constantemente al sueño como Juliana y mi paciente, que se quedaban dormidas en cualquier reunión social, e incluso cada vez que se quedan solas. Además mi paciente también presentaba temblores en las manos y malestares en todo el cuerpo cuando el paciente sentía amenazada su desconexión con el mundo por el analista, es decir cuando se pretendía sustraer al paciente de esa desconexión. Véase la similitud de estos dos casos cuando la doctora Gherardi anota: “Los temblores de Juliana aparecen cuando ve amenazados sus ritmos internos.” [Ob.Cit. pag. 99 ]

Esto no quiere decir que haya logrado romper la identificación imaginaria de mi paciente con el falo de la madre. La desmentida patológica sigue actuando como paradigma de ese fetichismo. Ni siquiera años de esfuerzo analítico bastaron para hacer comprender a mi paciente la necesidad de llenar con una satisfacción verbal el disgusto que involuntariamente causaba con sus conductas impropias para su edad, porque se negaba a pensar cosas que circularan como bienes simbólicos de la comunidad, su mente no retenía nada. Es decir, que a pesar de años de intervención no fue posible establecer la colaboración terapéutica con la paciente, tal vez debido a su gran déficit cognitivo, y sobre todo, a su escasa motivación para realizar el tratamiento, ya que el verdadero interesado en su cura era el esposo. Ahora comprendo por qué muchos analistas se niegan a tratar a pacientes con trastorno antisocial de la personalidad, porque suelen resultar sujetos intratables. “No es indiferente que un individuo acuda al análisis por deseo propio, o porque otros lo llevaron, que él mismo desee cambiar o deseen este cambio sus allegados”—dice, por ejemplo, la doctora Silvina Galloro, en su trabajo “Lo familiar en la clínica con la Psicosis”[ p. 83 ]. Cada vez que recibía de su esposo las tremendas quejas de un desamor que se dejaba morir sobre su silencio, se abría en mi razón caminos que me llevaban a responder a Freud esta pregunta que se hacía el psiquiatra vienés: “¿cuáles son los sentimientos de la edad adulta para cuya representación es utilizado este material infantil.?” [ S.F. Obras Completas, Tomo I p 457 ] Y respondo que son sentimientos de pusilanimidad ante las injusticias, cuando no de propia autoría, pues los rezagos infantiles son en la adultez la roca madre de la dureza. Le recomendé una Terapia d Grupo.

Lo primero que yo aconsejo en estos casos al doliente es no perder la paciencia

Raúl Morín 26 Marzo 2020   6:07 AM     


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