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Enfermedad, diagnóstico: preocupación

01/10/2009 17:24 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Millones de personas se ven acosadas por un enemigo oculto, causante de más desastres y ma- yores padecimientos que casi ningún otro azote. Su nombre es PREOCUPACIÓN. Hipotecas, colegio, medicinas, todo influye en nuestro estado físico

Millones de personas se ven acosadas por un enemigo oculto, causante de más desastres y mayores padecimientos que casi ningún otro azote. Su nombre es PREOCUPACION. Como bien lo saben los médicos, las preocupaciones pueden causar dolencias orgánicas. Y aún dado que no las ocasionen directamente, desgastan nuestras energías en forma infecunda, minan nuestra salud, nos hacen la vida mísera e intolerable y la acortan años enteros.

Sin embargo, las preocupaciones contra las cuales no hay medicamento que valga son completamente curables por el mismo que las padece. Se nutren de nuestro propio pensamiento, y no en pocas ocasiones provienen de simples extravíos de la imaginación. Aprendiendo a dominar las ideas lograremos situar las preocupaciones en el lugar que les corresponde, y él mundo en que vivimos nos parecerá alegre en vez de melancólico.

Para conseguir ese dominio hay que empezar por hacer a un lado la falsa y general creencia de que las preocupaciones son cosa propia de los débiles de carácter, de los fracasados. Antes por él contrario, pueden ser indicios de virtual fortaleza; señal cierta de que la persona que las alberga toma en serio la vida y aspira a vivir la suya de manera útil y honrosa. Los hombres que más han sobresalido, ésos cuyos nombres pertenecen a la inmortalidad, fueron naturalmente propensos a las preocupaciones. Casisiempre hubo en su existencia períodos de tensión mental que ellos aprendieron a vencer. Hemos de ver en las preocupaciones una manifestación de intensidad nerviosa y, en consecuencia, una fuente potencial de beneficios.

Nunca nos será dañosa esa fuerza latente, a menos que la malgastemos en la consideración de problemas imaginarios. Lo que procede es aceptar las preocupaciones como parte inseparable de la existencia, habituarnos a dominarlas, encauzar hacia fines fecundos la energía que malgastaríamos en fomentarlas. Será esto fácil si hacemos una lista de los motivos que tenemos para preocuparnos. Al asentarlos por escrito, caeremos en la cuenta de lo vagos, indefinidos y fútiles que son muchos de ellos. Un cálculo aproximado de lo que preocupa a la generalidad de las personas da este resultado: cosas que jamás llegan a ocurrir: 40 por ciento; cosas que han sucedido y que ya no es posible remediar: 30 por ciento; temores infundados acerca de la salud: 12 por ciento; motivos diversos e insignificantes: 10 por ciento; cosas que efectivamente valen la pena: ocho por ciento.

Hipoteca, coche, niños, colegios... todos esto motivos nos pueden provocar malestar físico

Al examinar nuestras preocupaciones con ánimo sereno, sin perder el sentido de proporción, echaremos de ver que cuando menos algunas de ellas carecen de razón de ser.

Las preocupaciones de dinero son harto reales y entran en los motivos de ansiedad comunes a todos los hombres. Creo que sólo hay una manera de obviarlas, aparte, por descontado, de la principal, que es haber sabido emplear juiciosamente nuestros recursos. Consiste en seguir la famosa exhortación de Thoreau: «Simplifica, simplifica». Thoreau descubrió que reduciendo a lo mínimo posible sus necesidades gozaba más ampliamente de la vida, sin que le estorbasen los cuidados consiguientes a la consecución de medios para satisfacer deseos superfinos. Como Sócrates, que había empleado igual remedio 2000 años antes, Thoreau podía regocijarse diciendo: «¡De cuántas cosas me es dado prescindir!» Y sin embargo, pocos hombres habrán gozado de una vida tan amplia y abundante.

Una dé las personas más satisfechas de su suerte que he conocido es un anciano pescador cuya hacienda se reduce a una maltratada chalana y la choza en que habita cerca del mar. Expuesto a las inclemencias del tiempo, sin que le importen sus riquezas; cifrando su ambición en vivir libre e independientemente, muestra en todo momento una serena y sublime tranquilidad. Es ese anciano un gran ejemplo para cuantos nos afanamos sin tregua por adquirir bienes materiales, por tratar con desesperado ahinco de ponernos a cubierto de las privaciones o desdichas que acaso traiga el porvenir; porque la preocupación no privó nunca al mañana de su aguijón: sólo resta al presente su fortaleza.

Sólo hay un remedio: efectuar en nosotros mismos un cambio radical, para que en vez de considerarnos centro de la existencia pensemos en los demás y nos demos cuenta del puesto que en realidad nos corresponde en la familia, en la sociedad y en la nación. Muchos y varios son los caminos que conducen al punto desde el cual vemos nuestras dificultades y sinsabores en su justa perspectiva y le damos su exacta valoración.


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Autor:
Olga (32 noticias)
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Reportaje
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