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Encontrar amigos

26/09/2010 23:35 1 Comentarios Lectura: ( palabras)

Quiero escapar, por unos pocos instantes, del pasado, pero mi corazón ya ha caído en las redes de su encantamiento. No soy yo una mujer lacrimosa, a no dudarlo, sino por el contrario, mis ganas de vivir

Encontrar amigos

Pero la mujer de Lot miró para atrás y quedó convertida en estatua de sal”(Génesis, 19, 26)

La trampa de los fines de semana lluviosos son los recuerdos. Así comienzo a rememorar mis días juveniles, (a pesar de que aún me siento joven con mis cincuenta y tantos), aquellos de estudiante, quiero decir, cuando me sentaba del otro lado del escritorio y miraba con altiva fruición los rostros opacos y a la vez admirables de mis profesores de entonces. Aquella pequeña aula en la que cabían tantas individualidades como flores de clivia se colaban por nuestros ojos al desviar la mirada hacia el ventanal. Anaranjadas, enérgicas, en su coloración primaveral, o escondidas en sus lanceolados estuches invernales, parecían muecas de nuestros mismos rostros, reflejadas en los cristales engañosos.

Eran los años de las Silvias, las Anas, las Noras, las Mabeles. Intensos y memorables, ciertamente. Pero el tiempo pasó.

Quiero escapar, por unos pocos instantes, del pasado, pero mi corazón ya ha caído en las redes de su encantamiento. No soy yo una mujer lacrimosa, a no dudarlo, sino por el contrario, mis ganas de vivir, mi simpatía perpetua, motiva a mis alumnos, amigos, hasta a mis parientas políticas, lo cual ya es mucho decir. El paso del tiempo es apenas un condimento que acredita mis sentencias pero mi rostro se conserva intacto merced a la tecnología de las cremas llamadas milagrosas, mis visitas a los spa más prestigiosos de la zona, y mi optimista preocupación por mis prójimos y por el mundo. Nada escapa a mi mirada vivaz ni a mi inquieto intelecto. Yo soy una mujer a la page.

Así, en esta tarde de grises imágenes, se entremezclan las clivias que aún habitan mi corazón con los avances del vertiginoso mundo virtual y decido buscar a aquella antigua amiga perdida en los entretelones de los años y los espacios, que con impertinencia se cuela en mis pensamientos. Un básico reflejo adquirido en estos años de vida digital me impulsa hacia facebook, extraordinaria red social.

Entre nosotros, es la manera más oportuna y menos onerosa de conservar los vínculos sin necesidad de usar el tiempo. Unos segundos bastan para encontrarnos con el rostro y las palabras de los amigos y compañeros y expresarnos ante ellos. Quién precisa sacarse el camisón en esta época o convidar bocadillos.

En mi caso, justamente, puedo avisar a mis alumnos los temas que deben estudiar para los exámenes sin necesidad de aburridas reuniones, en un clima cordial, acercándome con toda la honda a través de expresiones propias de su cronolecto. También pude decir poéticamente “¡al fin el mar!”, en diciembre, para anunciar mis ansiadas vacaciones y configurarme como un ser sensible ante la anónima y oscura masa que he ido acumulando en mi entorno virtual. Evité de esta forma las idas al correo con tarjetas postales adquiridas en los kioscos de Pinamar y las largas epístolas a las tías que siempre reprochan mi indiferencia.

En ocasiones, hay gente que lo utiliza para difundir ideas o asociarse activamente en torno a ellas, pero nada como el frecuente uso que le da Marcela, ni más ni menos, que un democrático reemplazo de los sociales de la Nación. Así, nos encantó a concurrentes y ausentes con el maravilloso traje de Mara publicando las fotos de su cumpleaños de quince, sin mencionar las sucesivas reuniones sociales en las que ella y su esposo lucían espléndidos en el amplio living de su casa.

Sinceramente, el mundo es buen lugar.

Amo el siglo.

Pero no está en el Face. Trato de ubicarla en mis categorías. Quién era, dónde vivía, qué cosas le importaban. Aún a sabiendas de que no se trata de otra cosa que de mis propias etiquetas pegadas con la goma de mis creencias y prejuicios, comienzo la búsqueda. Distinto hubiera sido en esos años, pienso. Hubiera salido a la calle y abreviándolas como a las palabras, con mis pasos efusivos, hubiera desandado todos los parques, los teatros, los cafés con historias de escritores, las conferencias sobre nuevas teorías filosóficas. Y entonces, en alguna sala perdida, donde cuatro o cinco asistentes honraran un conferencista de ardiente voz y raido traje, me apercibiría primeramente de sus escasos cabellos mal peinados, y luego de su vencida espalda. Sobreexcitada, me sentaría a su lado…y ¡dorados pensamientos!, ¡comprendo por dónde comenzar mi búsqueda! Debe tratarse de algo nuevo, radical, revolucionario. Algo relacionado con mi costado esotérico, con mis cábalas, mis posturas orientales, mis intuiciones. Pero también tendrá que tener un condimento fuertemente social, crítico, comprometido. Algo minoritario. Algo sin sentido común. Para los débiles, para los que sueñan. ¡Algo quijotesco!

Anoto en el buscador: “escuelas waldorf”. Segundos bastan para encontrar a Clarita en la base de datos de una de las primeras páginas. Adiós plazas, adiós rincones bohemios, adiós calles dormidas de los arbolados barrios quietos de Buenos Aires. NADIE LOS RECORRERÁ NUNCA MÁS BUSCANDO LA LLAMADA INTERIOR DE UN VIEJO AMIGO. Ni falta que hace. Estalla en mi sonrisa El Himno a la Alegría de Beethoven. (Pero ejecutando en un Yamaha de última generación) Mis sanos dientes paletones detonan en un concierto de luz y sonido.

¡Clarita está allí! Con sus lentes John Lennon, su filosa ironía, sus palomas blancas, sus libros socialistas ocultos en el bolso, su pollera celeste, su computadora, su conexión a Internet, su dirección de e-mail. Y yo, aquí, hablando con ella, a lo largo de los días de esta excitante semana en la que me entero, dentro de la vertiginosa lectura de sus correos, aspectos increíbles de su nueva vida de adulta. Fascinante y lógico, dado lo imprevisible de su personalidad juvenil. En el fondo, no ha cambiado. Tampoco yo. Nadie cambia. Se evoluciona.

Es la misma Clarita que nos ponía los pelos de punta a Marcela y a mí, con sus rarezas, sus amistades paralelas, su franca y burlona risa. Y era, evidentemente, la tercera excluida, como solía decirnos con cierto dolor, recriminándonos nuestras complicidades.

Qué decir de la sorpresa de Marcela cuando le cuento del hallazgo. Ella también se comunica con la recuperada amiga y hasta llega a convencerla de que integre la comunidad del Face. Es que ella se ha ido a vivir muy, muy lejos, fuera de toda chance de encontrarnos. Se había tomado en serio sus locuras y, aunque parece bastante ubicada en la sociedad del pueblo aquel, en el que vive, familiar y laboralmente, será imposible vernos la cara tete a tete. Por fortuna, lo mismo será la fotografía del perfil. Y sí, se la nota avejentada. Tal vez por el duro clima de aquellas zonas alejadas o acaso por esa vida de viajera que supo llevar. Dicen que los soles de los desiertos resecan mucho la piel.

¿Cuánto dura la emoción de una persona frente al mar? En vacaciones: los quince días. Pero si nos edificamos una casa y nos ponemos a vivir allí nuestra rutina cotidiana, habrá un momento en que perdido el encanto, y a pesar de nuestros esfuerzos por recuperar la capacidad de admiración, la magia se irá deshaciendo con cada amanecer hasta terminar en la nada. En fin, que eso es lo que pasa con Clarita. Nuestras emergencias, la fiesta de quince de la hija de Marcela, el vestido que era una hipérbole de ostentación y buen gusto, mis vacaciones, mis amigos, mis alumnos, mis clases de yoga, mis visitas a la peluquería, en fin, mi vida va borrando la sensación de aquel encuentro, y apenas me cautiva la curiosidad cuando leo algún comentario suyo en el Inicio del Face, hasta olvidarla por completo.

Nunca me he sentido de esta manera. En esta noche en la que observo por esta pantalla desde la que puede uno avizorar el mundo desde su cómodo sillón presidente, siento que un alma crece en mí, un alma universal y nueva que comprende todas las desdichas de los hombres y las acoge en un estremecido gesto fraterno. Como en la bolsa del canguro, recojo este video para llevarlo conmigo al Face. Y así desatar mis emociones y colmar mi necesidad de compartir el pan de la vida. Es que esos niños vestidos pobremente, en aquella escuelita rural, bajando del lomo de una mula flaca que transporta libros en unos sacos de cuero, me parecen casi una página de García Marquez dibujada en You Tube. Quiero transmitir esta ternura por la amplia y diversa humanidad que se apodera de mí como una sombra espiritual que me cubre y fecunda: mi facebook. Y así lo hago. El video es una pintura de realismo mágico que recorre la larga lista de amigos y cuántas cosas despertará en ellos como lo hizo en mí, tantas como comentarios acerca de ese estupendo descubrimiento: me felicitan, adhieren, comentan sus buenas obras. Por estos días levanto una nube de gloria, me transfiguro.

Hasta que llega su comentario lleno de veneno: “¿Te sorprende la realidad? ¿Dónde estabas?”

¿Tenía necesidad de abochornarme ante todo mi público? Podía haber hecho interesantes aportes, pero no, prefirió dejarme mal parada. Cómo no haberlo imaginado. Clarita siempre fue así, una cabrona. Me apresuro a explicar su comentario antes de que puedan sacar conclusiones equivocadas. Aunque estoy segura de que nadie pondría jamás en duda mis auténticas inquietudes por las problemáticas del mundo. Pero esto no puede quedar así. Aclaro a mi gente quién es esta Clarita. Les explico que se trata de una antigua compañera que siempre usó de la ironía y el tiempo ha corroído con la acidez de la agresividad. Para no evidenciar mi alteración, la justifico explicando que ella vive en uno de esos pueblitos lejanos donde las cosas cotidianas son tan escalofriantes que mi video le parece algo normal.

Las adhesiones que recibo de mis amigas me tranquilizan. Pero es inquietante pensar en las cosas que nos pueden ocurrir en el face cuando dejamos que entre en nuestro mundo algo de allá afuera.

Por supuesto ya nunca volveremos a comunicarnos. Vuelvo a mi vida. He decidido ignorar todo aquello que me traiga su memoria. Muerte a los inadaptados. Porque asomarme al pasado me ha hecho sentir de pronto tan estéril. Es que no puede un intruso con cuatro palabras deslegitimar toda una vida de éxitos y bonhomía. No. Nadie tiene derecho a secar las ilusiones, especialmente, las que una se forja sobre sí misma. NADIE TIENE DERECHO A ENTRAR EN TU MUNDO. El face tiene reglas también. Reglas sociales que deben respetarse. Después de todo ella era un ser fuera de foco. Era quien entorpecía nuestros sueños. Con sus palomas, sus libros amarillos, su pollera celeste, sus lentes de John Lennon. Ella era lo que no queríamos ser.

A pesar de haberla eliminado, cada vez que encienda mi pc, cada vez que entre en el face buscaré con desconfianza, previendo algún maldito comentario suyo. La veré, desde otro lado, desde un espacio que no puedo imaginar, algo como un desierto salobre, sonriéndome con sorna, mostrándome todo lo que pudo ser un abrazo de carne y hueso, una vida de verdad.

María Rosa Meléndez


Sobre esta noticia

Autor:
María Rosa Meléndez (25 noticias)
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Tipo:
Opinión
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Usuario anónimo (10/04/2011)

la amistad es como el amor es algo que se es dificil de encontrar