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El Ultimo Alcatraz

19/11/2010 08:42 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Capitulo 1 Es la historia de una mujer, desde su nacimiento, hasta su muerte, tocando los pasajes de su vida y su pasión por los alcatraces

Capitulo 1

Eran las cinco en punto de la mañana cuando falleció, pero nadie se percato de ello sino hasta que sonaron las campanadas de la catedral para la misa de seis, pues no asistió a misa.

Raquel Méndez de Briseño era una mujer vieja, gorda, casi centenaria, pero nadie creería que hubiera muerto, pues su salud de mulata le hubiera dado para muchos años más, de no haber sido por esa gripe común que se negó a tratar, pues creía, por herencia de su abuela, que la medicina no era sino un recurso que se había inventado no sé quien para sacarle dinero a la gente y la única medicina que en verdad curaba las enfermedades era la fe, y esa sola creencia la costó la vida.

Desde hacía ya más de quince años que Raquel era conocida en el pueblo como “la viuda de Briseño”. Su marido, Antonio Briseño Romero, la había desposado cuando ella era solo una joven de diecinueve años, y el ya tenía treinta y cinco, bien vividos. Había amado a su marido con toda la devoción de la que fue capaz, pero no le fue suficiente a la que hubiera querido tener, pues Don Antonio le fue infiel hasta el último día de su vida, muriendo en la cama de una de las muchas amantes de paso que tenía en los pueblos vecinos.

Antonio y Raquel se conocieron en septiembre, y se odiaron, pero el tiempo se encargo de componer lo descompuesto y para diciembre iniciaron un noviazgo, con la autorización de el padre de Raquel, Don Juan Méndez Alcántara, pero con el descontento de su madre, Doña Blanca Montero de Méndez, que sabía muy bien de la mala fama de ´Toño el mulatero´ como le conocían en el pueblo.

-Esa clase de hombres manchan cien veces la honra de sus mujeres, y no se cansan aun así - Solía decirle Doña Blanca a Raquel, y ésta replicaba siempre con la misma excusa barata de todos los tiempos < < Déjame cometer mis propios errores, tú ya gastaste tu vida> > y así daba fin a la discusión.

En abril del año entrante se casaron con un festejo que duró tres días, ella iba encinta de dos meses, y para que el pueblo no se percatara de ello, hicieron su viaje de bodas a Paris, en una embarcación novedosa, impulsada con carbón y un molino giratorio en la popa.

Regresaron en enero del año siguiente, con la dulce resabia que había dejado la amorosa ciudad de Francia en sus vidas, los amantes de las calles, los pintores en los puentes, todo había sido hermoso, a excepción de el doloroso parto de Raquel, pues sus tres hijos nacieron peleándose para salir uno antes que el otro (Y fue esa la misma rivalidad entre ellos la que, años después, los llevó a su final tan trágico). El parto duro 12 horas, pues ni las criaturas se decidían a salir, ni el doctor sabía a cual sacar primero, y cuando por fin se decidió, ya los niños habían salido y llorado por su propia cuenta, de inmediato se apresuro la enfermera a envolverlos, mientras el médico se quedaba estupefacto al ver a los tres niños idénticos, salir uno tras otro en un ceremonioso acto de compasión por la madre, que ya agonizaba entre dolores. Nunca se supo cuál de ellos fue el primero en nacer, pues desde ese momento y para siempre serían confundidos los unos con los otros y ni la propia madre sabía quién era cada cual, le daba medicinas al sano y descuidaba al enfermo y uno se le perdía y lo buscaba con el nombre del que estaba en cama. Un día optó por numerarlos, pero los tres eran tan parecidos hasta en la astucia, que terminaron por hacerse una suma y confundir más aun a Raquel, que por esos tiempos ya estaba bastante ocupada en la investigación de la doble, o quizá múltiple vida de Antonio.

En cuanto salieron de la clínica donde pario a sus tres críos, Antonio decidió nombrarlos a todos Juan, como su padre, Raquel aceptó, pero llevarían también un segundo nombre, para que cada quien tuviera una identidad propia y no crearles después problemas existenciales, como la preocupación de no saber ellos mismos si cuando despertaran cada mañana eran ellos o eran el hermano idéntico que dormía plácidamente en la cama contigua.

Más sobre

Juan Ernesto Briseño Méndez, Juan Alberto Briseño Méndez y Juan Carlos Briseño Méndez fueron bautizados en la catedral de la Vera Cruz, por el obispo Isabel Alvarado, que fue el único ser sobre la faz de la tierra que logro distinguir, al menos por un instante de iluminación divina, quién era uno y quién el otro. La misa se celebró con invitados de todo México, pero en su mayoría hubo capitalinos, sin una patria plenamente establecida aun, pero con el ánimo mexicano de fiesta, siempre que fuera gratis, pues el país estaba tan empobrecido por la guerra de independencia, que había familias que sólo comían cuando había fiestas públicas como ésta.

Los Juanes, como ya se conocían en el pueblo, eran alegres vivaces, inteligentes y muy competitivos entre ellos, ni una sola vez se les vio jugar juntos, al contrario, daba la impresión de que solamente era uno y que tenía la facultad de hacerse presente en tres lugares al mismo tiempo, siempre sin dirigirse la palabra, porqué al hacerlo, podía romperse el equilibrio del mundo y la creación de Dios, que había sobrevivido a través de los siglos de historia, se quebraría como el cristal de una copa al contacto abrupto con el piso, haciendo un estruendo de mortandad tan inmenso que ni el mismo Dios hubiera podido hacer nada para evitarlo.

Raquel logró enamorar a Antonio con sus artilugios de mujer de clase, pero el amor le alcanzó para muy poco, pues al cumplir los hijos cuatro años, el marido se le perdió por seis meses con una concubina francesa que solo había venido de Europa a bailar y se había quedado en México por qué ya no le alcanzó el dinero para regresar a su patria.

Antonio le era infiel a su mujer, pero nunca a sus hijos, pues tenía el deseo de formar en sus mentes la figura de un padre fuerte, trabajador y honesto, y lo logró, con la callada ayuda da Raquel, pues ella nuca intentó siquiera desmentir la imagen del marido, aun a sabiendas de la falsedad de esta afirmación plantada a raíces poco a poco, en la suave inocencia de los niños.

Raquel no permitió la entrada de ningún hombre a su casa si su marido no estaba, pues la única vez que lo hizo, el pueblo entero le dijo a Antonio un sartal de injurias en contra de ella y Antonio llegó a su casa desbocando en improperios contra Raquel y los diez mil demonios que se confabulaban contra él por ordenes del mismísimo Satanás. Gritó desde el vano de la puerta principal que como era posible que le faltara al respeto de esa forma, que si quería darle a sus hijos la imagen de una madre puta, que si no era una mujer sumisa como las demás, que si no tenía por lo menos un resquicio de pudor para hacer sus porquerías de una manera discreta. Raquel, por su parte, sin inmutarse, impartió la orden a la india de llevarse a los niños para otra parte, porque ellos no tenían por qué escuchar las discusiones de los mayores.

-Bien me lo decía mi madre, tú no te cansas de deshonrarme, y encima de todo me vienes a gritar por algo que ni hice, además, si lo hubiera hacho, ten por seguro que ni tu ni nadie se hubiera enterado. No tienes ningún derecho de venir a decirme nada, porque yo si tengo pruebas de tus infidelidades, y no lo ando gritando.

Y así, dejando en el marido un regusto amargo en la boca y una espina en el corazón, se dio la vuelta de nuevo hacia la cocina, con la misma parsimonia que tuvo siempre ante las situaciones más adversas.


Sobre esta noticia

Autor:
Ramses Guillén (2 noticias)
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