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El sueño de Renata

28/11/2010 23:48 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Primero fue su beso, cálido y jugoso, y esa presión en el pecho, como la de los amores más salvajes, animales, después venían las caricias y con ellas me conducía hasta el éxtasis. Cuando abría los ojos, que solo había cerrado un instante, ya no estaba y entonces llegaba el verdadero despertar anhelante. Entonces Mario, que se abandonaba a mi lado, me llenaba de preguntas en torno al contenido de mi sueño. Yo dudaba, no sé, no me acuerdo, me acabo de levantar, estoy confusa...Estaba segura, nunca jamás había visto a aquel hombre, aquellos ojos que cada noche me atormentaban en sueños. Lo que sí era oficial, es que tenía un amante inexistente. Deseaba dormir para volverlo a ver. La ilusión se tornó en obsesión. Mario insistía en que se lo contara, me notaba nerviosa. Que no, que voy con prisa, que no llego al trabajo... La historia de cada mañana.Hasta aquella lluviosa tarde de otoño en que entré en la librería de la esquina y le vi allí, en el mostrador, como un espejismo paralizante. Le miré fijamente, él no me miraba a mí. Se fue. Estaba segura, era el hombre de mis sueños. Anduve hacia el mostrador, rápido, pero lo suficientemente despacio para que nadie sintiera los temblores, que yo en aquel momento sentía imposibles de mitigar. Seguro que ya todo el mundo lo ha notado, pensé. -                  Buenas tardes, quisiera saber si aquel hombre con el que usted estaba hablando es cliente habitual, es que me suena mucho, creo que lo conozco de algo- Mentir no estaba mintiendo, le había visto millones de veces.-                  Claro señorita, como no le va a sonar, es escritor, la Rata se hace llamar. Seguro que ha leído usted algunos de sus libros.Me alejé del mostrador y escudriñé rápidamente entre todos los libros hasta encontrar los suyos. Estaba segura de no haber leído ninguno de ellos. Los compré todos. Me embriagaban sus palabras, me colmaban sus frases, las leía y releía pensando que algún día, él había estado al otro lado de ellas, escribiéndolas. Esto me acercaba cada vez más a él. Pasé días enteros leyéndole de día y soñándole de noche.  Perdí a Mario, a mamá y a papá y el trabajo, esto último no me pareció tan desastroso pues me acercó a la cultura y tradición de mi país, pude aprovecharme del paro y de las ayudas del estado.Había perdido también la esencia, gastados los sueños y los libros hasta el extremo, así que tomé una decisión, así como aquí se lee, con total rapidez y frialdad, decidí matar a La Rata. Ideé un plan. En una nota me hice pasar por editora y le cité en la cafetería de Galdós con Montalvo, se la entregué al librero para que éste, a su vez, se la entregara a él. Llegada la fecha, se hallaban en mí sentimientos encontrados, me sentía a la vez angustiosa, febril pero también contenta de poder acabar al fin con ese sueño que se había vuelto una pesadilla. Pinté mis labios de un rojo intenso, como las puestas de sol en África o como unos cutres zapatos de señorita de compañía. Estaban las dos formas de verlo, rezaba para que él viese solo la primera. Me vestí con unas mayas de cuero y una camiseta blanca grande, que se dejaba caer por uno de mis hombros como por casualidad, aunque en realidad lo había estudiado minuciosamente, como todo lo que sucedería aquella noche. Me colgué el bolso y salí por la puerta tras un sucio portazo. A través de las cristaleras de la cafetería, lo veía sentado con sus ojos azules iluminando el café. Me gustan sus ojos, y también como le quedan esos vaqueros. Me presenté y me senté frente a él tratando de disimular mis temblores, tenía miedo de que mi plan fallara, quizá no querría subir a mi casa o quizá una vez allí yo no me atrevería a atravesarlo con el cuchillo, nunca antes había atravesado un ser con un cuchillo, a excepción de los pollos, pero esos ya vienen muertos, despellejados, desprovistos de ojos acusadores.Él me hablaba de sus libros, yo no escuchaba, no me interesaba, habían llegado a asquearme sus estúpidos libros. Por mi cabeza solo zumbaban retales de mi plan, y de fondo él hablaba sobre existencialismo, técnicas y una política sin sentido. Entre frase y frase, nombraba continuamente a su novia, yo solo pensaba en matarle y en quizá en quedarme con uno de sus ojos, me gustaban sus ojos y también sus vaqueros, quizá me quedase con ellos también. No estaba resultando como yo pensaba, por fuera era igual que el hombre de mis sueños pero en sus entrañas, no era el mismo ser. Era pesado y aburrido y no me hacía sentir aquella atracción mortal que me hacía gritar en sueños. Empezaba a dudar, no merecía la pena matarlo, sin duda lo dejaría ir, él no era quien yo estaba buscando, quizá la obsesión me hizo confundir. La puerta se abrió a mis espaldas, sentí un soplo de aire helado que llegaba de la calle. Primero vi unos zapatos que se arrastraban pesadamente hacia nosotros, subí la vista y vi como Mario me apuntaba con una pistola. Emití un grito sordo. La Rata, que ya se había levantado e intentaba huir hacia la puerta fue alcanzado por una bala en el centro de su espalda. Murió sin conocer el zócalo de aquella enrevesada historia, que bien podría haberle servido para una de sus novelas. Pero eso ya no importaba. Mario me apuntada a mí, la gente corría silenciosa hacia la salida, el camarero suplicaba por mi vida, yo me resignaba. Su mano temblorosa, la que sostenía la pistola, fue subiendo hacia su cabeza, apretó fuerte los ojos, soltó el gatillo y su cerebro se paró con el caos final. Todo había terminado, Mario había sido más listo que yo, ahora, vivo condenada a soñar continuamente con un hombre que no existe y que no puede escribir más libros para mí.


Sobre esta noticia

Autor:
Martina De La Vega (21 noticias)
Fuente:
historiadeunapluma.blogspot.com
Visitas:
2242
Tipo:
Reportaje
Licencia:
Distribución gratuita
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