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El ritual de las tragedias

13/03/2018 12:53 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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No es el momento de decir que, para muchos espectadores y medios, una tragedia es un ritual colectivo. De esto no se puede hablar cuando toca, como ahora, porque el hecho de que toque condena la propia posibilidad y la tiñe de complicidad criminal; y ocurre que, cuando no toca, no le interesa a nadie.

Es un ritual porque se promueve una ocupación de los sentidos; una sensación de aventura gratuita sin moverse del sitio ni arriesgar nada (ni siquiera tu imagen, tu foto); una rentable impresión de trascendencia, una posibilidad de éxtasis.

Los medios, por un lado, dan eco y contribuyen a intensificar los esfuerzos; nadie lo niega. Pero esto es sólo una pequeña parte de su labor. La televisión, sobre todo en sus destilerías mañaneras, coloca al espectador en el lado bueno de las cosas, lo ayuda a sentirse víctima de algo que no le salpica personalmente. La tele quiere que llores, temas y te impliques. Da coba a especulaciones, hipótesis policiales y rumores hasta crear una idea de maldad fantasmal y arbitraria. Y cuanto más se habla de las víctimas y se repite y adorna lo poco que se sabe, cuanto más se almibara esto con músicas y cámaras lentas y símbolos; o cuanto más se especula sobre el dolor ajeno, más perversa y demoníaca se vuelve esa maldad... La gente capta algo que no se dice pero se sobreentiende: nada impide que esa maldad viscosa (y de momento incorpórea) pasee mañana por el parque donde juegan tus hijos.

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Primero se sufre un miedo arquetípico; luego se conoce la presunta identidad del culpable y, de pronto, se dispone de un objetivo humano, es decir, asequible. Se llenan las redes y los bares y la puerta de la Guardia Civil de gente exigiendo justicia (venganza). Ya no gritan en apoyo a la familia y a las víctimas. Ahora actúan en defensa propia: se merecen apalear a la culpable en defensa propia.

No importa que la madre, la verdadera víctima, llame a la razón y pida que se rechace la rabia

No importa que la madre, la verdadera víctima, llame a la razón y pida que se rechace la rabia. De hecho, para la historia colectiva, las víctimas verdaderas han pasado a un segundo plano desde hace días. El sentimiento de la madre y del padre es concreto e inaccesible y no puede reproducirse mediáticamente. Entonces se prefiere que el relato vuele, se independice y que cualquiera se sienta legitimado para apropiarse de él.

El cuento televisivo tira de periferia, de vecinos que se suman al juego especulativo porque, al fin y al cabo, lo que importa es reflejar una especie de estado de excepción emocional que pueda estirarse como un chicle. Que parezca que la vida ocurre sólo allí y ahora. Corren las mismas fotos y vídeos por la pantalla, repiten los datos hasta quemarlos, y el espectador escucha lo mismo una y otra vez, convencido de que cumple un deber, de que repara algo.

Mientras tanto, el dolor socava a las víctimas con un ritmo incomunicable e íntimo que seguirá operando cuando desaparezcan las cámaras. Quedará allí un silencio largo y en los archivos de las cadenas, horas de metraje disponibles para cuando pasen cinco años o diez o quince o veinte o veinticinco... Entonces se confundirá la historia con el relato-de-la-historia y parecerá que todo está cerrado...


Sobre esta noticia

Autor:
Criticic (2157 noticias)
Fuente:
ctxt.es
Visitas:
947
Tipo:
Reportaje
Licencia:
Creative Commons License
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