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El pescador

11/09/2010 20:21 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Era una talla labrada en sobre relieve, sobre una base de cerámica verdosa, como esas que suelen confeccionar los artesanos vernáculos. En este caso, la composición se trataba de una mujer morena vestida como una Venus,

EL PESCADOR

Joaquino estaba cansado de trabajar para su padre. No era que no lo amara pero veía que los años de su juventud se iban amontonando junto con sus sueños de amor como un montón de hojas secas y que arderían igual que ellas en cuanto el tiempo apareciera con su bufanda y su rastrillo. Cada vez que veía aparecer a Florita en la pescadería, su corazón se encendía como una fogata. Le despachaba los dos kilos de filetes de merluza con agónico sentimiento y luego la miraba alejarse por la plaza hacia el próximo viernes. Y no era para menos. Florita, María Flor de las Nieves Argüello, lucía cada vez más hermosa en sus nobles veinte años. Y si bien su madre, católica ferviente, la cuidaba como un tesoro, ella no dejaba de lustrar sus estrógenos con vestidos airosos y escotes amenazantes, dando lugar a que los nuevos jóvenes de Funes, sus antiguos compañeros de primaria, suspiraran por ella con el secreto deseo de poseerla. En este sentido, Joaquino, a pesar de sus rojas manos ateridas y olorosas, no dejaba de ser uno más. Su cansancio se fue manifestando de a poco. Comenzó por remolonear en la cama más de lo conveniente para el negocio, hasta atender con displicencia al camión frigorífico que traía la mercadería, y últimamente olvidar fuera de la heladera algún salmón, pero cuando la emprendió con atender distraídamente a la clientela, fue que su padre dijo ‘ basta’ . Y no hay hombre de mar que diga ‘ basta’ en broma. Así fue como ambos concretaron una conversación, que, a la postre, resultó beneficiosa en apariencia, pues con gran comprensión y entendimiento, el viejo le propuso que se tomara unas breves vacaciones y de paso, averiguara acerca de intermediarios de ventas, allá en la costa. De esta manera, pensó ingenuamente, renovaría su interés por el negocio. Joaquino, entonces, aunque no era la mejor solución para sus problemas andróginos, aceptó la oferta quedamente y se lo vio partir una mañana desde la terminal de Rosario, en la gloriosa Chevalier, rumbo al mar. Instalado en su departamento de recreos, en un décimo piso, se asomó al amplio balcón, y pudo contemplar esa mañana al padre de sus ganancias, desmayando sus olas espumosas sobre las delgadas y rubias costas de Miramar. Allí, planeaba comenzar su aventura, antes de llegar al puerto de Mar del Plata, a tranzar con pescadores y comerciantes. Le parecía que debía pasar un par de días tranquilos, dedicados sólo a la contemplación y el silencio. Por eso mismo, bajó con premura hacia la playa y una vez allí avanzó suavemente hacia la yodada orilla para aspirar el penetrante perfume de las olas. Extasiado, sintió en su cuerpo el fresco viento marino y el fuerte abrazo del sol. Entonces se percibió vivo, como nunca antes, pleno y exasperado de amor. Pensó en Florita, en sus ojos casi verdes, casi azules como ese horizonte infinito, en su andar modulado como el rítmico movimiento de las ondas y le pareció que ella y el mar eran un mismo ser. Corrió hacia adentro, saltando sobre las crestas, sumergiéndose en el seno silencioso de las olas y nadó hasta mantenerse apenas con un suave movimiento de los brazos, sostenido por la sal y la confianza. Esa mañana fue maravillosa. Le dio nuevos ímpetus. La experiencia vital le infundió deseos de llevar a cabo sus ilusiones. Distendido y feliz, alquiló una sombrilla, y en su reparo durmió profundamente. Al despertar, un atardecer violáceo cubría el ámbito. Los veraneantes se habían disipado ya. Apenas unos negros lustrosos, a pocos metros de sí, juntaban sus enseres, en la playa acunada por la perecedera eufonía del mar. Los negros eran altos y delgados como jugadores de básquet. Vestían rugosas y claras ropas de lino y lucían prolijas trenzas en la cabeza. Gráciles y flexibles como palmeras, llamaron su atención intensamente. Uno de ellos se sintió observado. Joaquino desvió la mirada, temeroso. Pero el negro, con afable simpatía se le acercó con algún objeto en sus manos. La centelleante sonrisa hizo que se animara a preguntarle su lugar de origen:- No se ven muchos negros por estos pagos. ¿De dónde son?- preguntó Joaquino con simpleza.- Somos jamaiquinos- respondió el negro- en un mal pronunciado español, e inclinó su cabeza a modo de saludo.- ¿De vacaciones?- Mmm...algo así. Un poco paseando, un poco vendiendo.- Ya veo. Van sosteniendo su viaje con la venta de artesanías.- Mmm...algo así- volvió a responder el jamaiquino.Entonces le mostró lo que llevaba entre las manos.- Mira ? le dijo ? te lo ofrezco a ti porque sé que te gustará. Es mi último trabajo.Era una talla labrada en sobre relieve, sobre una base de cerámica verdosa, como esas que suelen confeccionar los artesanos vernáculos. En este caso, la composición se trataba de una mujer morena vestida como una Venus, cuyo cabello ensortijado y largo, como desparramado por los vientos recordaba más bien a una Medusa. Los brazos desnudos, tendidos hacia el espectador y grandes ojos fijos producían una sensación inquietante. Detrás de ella, el mar encrespado y la lluvia completaban la escena.- ¡Ah, sos un artista! ? expresó Joaquino emocionado. Verdaderamente el pequeño cuadro superaba todo su concepto de belleza, y por lo tanto sintió deseos de adquirirlo. Se lo imaginaba colgado en la pared de la pescadería y que Florita le haría algún comentario sobre él. Entonces le respondería alguna historia imaginada como para comenzar una charla interesante. Pero qué? El negro vio sus ojos perdidos en la imagen y por un segundo pareció adivinar sus pensamientos.- ¿Quiere que le cuente la historia? ? preguntó- Me imagino que es Venus o alguna diosa por el estilo- comentó Joaquino.- No, para nada. La verdad, no me gusta hablar de esta diosa- confesó el negro, pero si se la lleva, favor por favor, lo haré.Joaquino asintió y se dispuso a beber palabra por palabra de la leyenda, tratando de no perder ningún detalle pues deseaba recordarla para sorprender a su soñada Florita. El negro le contó que se trataba de una diosa africana, hija del demonio Desirée y el dios del mar, engendrada en una noche de tormenta, lo cual aumentaba sus poderes, incontrolable por parte de madre y dueña de una fuerza descomunal por parte de padre. Por esa razón, los pescadores la veneraban, para que atenuara los enojos de las noches procelosas que muchas veces debían pasar en su sacrificada tarea y les otorgara el alimento de las entrañas de su padre, el mar.Joaquino, recordando su paso por la escuela, imaginó que todo eso era una sarta de imaginaciones, pues le pareció que el negro mezclaba mitos e historias sin ton ni son. Pero se le ocurrió suficiente como para impresionar a Florita y concretó el negocio con unos pocos pesos y gran satisfacción de su parte. Antes de alejarse, el negro le gritó:- Ahora es tuya. Se llama Malibá. Y es muy celosa. Joaquino la llevó a su departamento. Y esa noche y todas las que sucedieron por su paso por Miramar y Mar del Plata, donde tuvo ocasión de hacer muy buenos contactos para su padre, acomodaba el sobre relieve siempre frente a sí, como sintiendo que le daba suerte, pues las cosas se le facilitaban de manera asombrosa. Los ojos Malibá relumbraban como si fueran de un verde fluorado en la oscuridad del cuarto, y bajo su resplandor incandescente, el joven soñaba con Florita pero casi no se atrevía a pronunciar su nombre, pues recordaba aquella casi advertencia que le había lanzado el negro. Aunque en su interior sentía que todo era superstición barata.De regreso al hogar, su padre sintió que recuperaba a su hijo y se felicitó por la iniciativa de mandarlo a concretar sus planes comerciales. Notó como un nuevo interés de Joaquino por la pescadería y tomó como un regalo el extravagante cuadro que colgó entonces sobre la pared del negocio. Sin embargo, le pareció desagradable. Acostumbrado sólo a las estampas religiosas, esa imagen pagana insultaba sus creencias. Sólo que no se animó a quitarla, ya que el momento no daba para la más leve discusión. Llegó el viernes tan anhelado por fin. Y tal como había soñado durante tantas noches, Joaquino vio entrar por entre el cortinado de tiritas de plástico rojo, a la mujer de sus sueños, que venía, como siempre, por sus dos kilos de merluza. Pero esta vez fue diferente. Esta vez, se atrevió a hablar. Para su sorpresa, Florita le respondió con gran simpatía y espontaneidad. Recordaron juntos los años de escuela y le contó sobre sus estudios actuales. Incluso realizó comentarios sobre su familia, de manera que Joaquino comprendió lo tonto que había sido en guardar en silencio sus sentimientos irrefrenables durante tanto tiempo. La relación, entonces, se deslizó con tal facilidad y premura que en pocas semanas, una amistad cordial parecía alumbrar no sólo los viernes sino otros días de la semana cuando ella iba con algún libro a la plaza y él se acercaba a saludarla y conversar, aunque en su ánimo se ocultaba mucho más que una amistad sincera, y por el momento, buscaba la forma de concretar esas aspiraciones. Llegó el Carnaval a todo esto. Las calles de Funes se llenaron de bandas que circulaban en autos tirándose bombitas de agua y baldazos unos a otros, con grandes festejos y risotadas. Joaquino trabajó toda la tarde sin sentir ya el acostumbrado olor penetrante de los pescados que subía como un incienso marino hacia Malibá, la de los ojos centelleantes. Esa noche fue el desfile de carrozas más bello que hubiera visto en todos los años del pasado. Al esplendor de las mujeres desnudas y abrillantadas que saludaban desde los carruajes saturados de flores se sumaban las mascaritas con sus aerosoles de nieve y sus serpentinas alocadas. Los paseantes, radiantes de extravertida alegría, saludaban al pescadero con manos y besos y una música estridente daba al ámbito un aspecto de feria y de celebración. Joaquino encontró a Florita en la plaza, sentada con sus amigas, mientras tomaban un helado. Su pecho estallaba esa noche y se le acercó con decisión.Nada le costó apartarla y comenzar a conversar sobre bueyes perdidos. Bien pronto encontró para sus adentros, la forma de estar solo con ella. Se le ocurrió hablarle de su viaje a la costa, de su encuentro con los jamaiquinos, del maravilloso cuadro que había adquirido aquel atardecer en Miramar. Florita recordó haberlo visto en la pared de la pescadería, al lado de la romana, pero confesó no haberse fijado en detalle en él. Las cosas se le estaban dando con facilidad, pensó Joaquino, y sin más, la invitó a que lo vieran juntos, allí, en el local, donde sabía que no había nadie, donde la oscuridad sería sólo interceptada por los ojos de la diosa pagana. Ese fue el último día que se lo vio con vida. Su padre lo halló por la mañana con un puñal atravesándole el pecho. Yo no sabría decirles si el asesinato fue obra de Florita en defensa de su honor o de los celos de una diosa africana. De lo que estoy segura es de que, en cualquiera de los dos casos, a Joaquino lo mató el Deseo Incontrolable.

MARÍA ROSA MELENDEZ


Sobre esta noticia

Autor:
María Rosa Meléndez (25 noticias)
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Tipo:
Opinión
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