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El pene de F.J. Losantos

08/03/2011 20:58 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El pene de F.J. Losantos

Jamás he creído las teorías conspiranoicas (ovnis, masonería, 11-M, etc.). Salta a la vista que no son más que elucubraciones de lenguaraces sin escrúpulos para aligerar el bolsillo de soplagaitas. Esta semana, sin embargo, me sentí víctima de un complot…

Sí, nada más conectar la televisión, la pantalla se llenó con la imagen bondadosa y conciliadora de F.J. Losantos (horas después, la asistenta me aclararía que por la tarde había estado pasando el paño sobre el mando a distancia y las teclas del aparato).

Dado que la noche anterior, fría y ventosa, no había dormido lo suficiente, decidí relajarme escuchando los mensajes constructivos, llenos de amor, del turolense. Esa mañana se centraban en vísceras humanas.

Así, pasó revista a la próstata y vejiga del vicepresidente primero del Gobierno de España, señor Rubalcaba. También diseccionó— periodísticamente hablando— los ojos de S.M. el Rey. Se cuestionaba el mocetón de LD por qué llevaba don Juan Carlos los ojos amoratados. Pregunta ineludible pues por todos resulta sabido que nuestro monarca jamás ha sufrido caídas, resbalones, encontronazos o accidentes. Bien es verdad que eso se explica por la demostrada aversión de don Juan Carlos hacia el esquí, las motos y cualquier actividad de riesgo.

Sea por el mensaje losantiano (de>

Tras una reflexión breve (aunque muy madura y argumentada) concluí que el miembro viril del locutor debe ser adusto, discreto y mórbido. Un pene prudente, con un matiz de circunspección. Por el contrario, todos conocemos a esos chuletas de Gym generosamente dotados. Sí, demonios, esa clase de tipos que, cada tarde, se pasean orgullosos por los vestuarios con su miembro penduleando. Esa clase de sujetos que se anudan la corbata y se ajustan la chaqueta sin haberse ceñido todavía el slip. Enfebrecidos por la pasajera vanidad de verse contemplados.

Pues bien, creo que el locutor no pertenece a esa tribu. En mi imaginación, asemejé su miembro a un funcionario interino de provincias adormecido entre la monotonía y el recuerdo de épocas mejores. O, si se me permite parafrasear a Ernst Jünger, “ esos tiempos que ya no volverán” . El pene de Losantos se me representaba como aquellos empleados públicos de manguito, tintero, trienios y bostezo, retratados por Larra. Sin ilusiones ni rencores. Un miembro, por tanto, resignado al papel que la ancestral conjunción de un óvulo y un espermatozoide le asignaron. Prescindible, llegado el caso. Y conste que con esta frase no induzco a la emasculación del turolense.

Por lo demás, mientras Losantos se cebaba con la vejiga del ministro Rubalcaba (que no estaba delante para defenderse, claro), yo lo excluía definitivamente del selecto club de los XXL y concluía que su miembro bien podría engrosar (dicho sea sin ánimo lúbrico) el anodino catálogo de los penes acacahuetados. Por supuesto, estas conclusiones no nacieron de la irreflexión sino de profundas cavilaciones cuyo eje argumental, por el momento, no me es dado revelar.

Y concluí el desayuno atormentado por una duda: ¿aceptaría el señor Losantos posar desnudo para las páginas centrales de Interviú? Sin duda— pensé— pero no por frivolivad sino, llegado el caso, para rendir un mejor servicio a España, la lengua de Cervantes y la verdad histórica.


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