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El Monstruo

18/08/2009 00:09 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Nunca hubo un alias tan infernal como el "Hombre sin nombre". Aquel... ¡Aquel! Que musita con las mismas sombras. Aquel que jamás muestra su rostro, que nunca sale de a la luz del día. Siendo la noche y sus sombras delirantes, todas de él..

Nunca hubo un alias tan infernal como el "Hombre sin nombre". Aquel... ¡Aquel! Que musita con las mismas sombras. Aquel que jamás muestra su rostro, que nunca sale de a la luz del día. Siendo la noche y sus sombras delirantes, todas de él.

Nadie, en lo absoluto, sabía de donde, o cómo era en realidad sin su curioso atuendo. Sombrero de ala ancha, gabardina de un color indefinible, quizá gris o verde pálido. El resto de su atuendo era indescifrable, sólo se veían dos negros muñones en donde deberá haber pies, o serían la sombra de éstos.

No existe antecedentes de que tal sujeto halla sido visto con anterioridad por el lugar, que no es otro que la Avenida Reforma - desde Chapultepec y Campo Marte, hasta llegar a las calles de Mississippi -. Toda ella era dominada por tal fenómeno, que apareció en una tibia noche de septiembre. Noche que se encuentra perdida desde hace diez años atrás. Perdida en la misma noche de los tiempos.

Aquellos que - imprudentes noctámbulos -, se cruzan en su pista, son poseídos por un sobrenatural pavor. El cual, los hace alejarse del hombre y sus espectros, cuando éste, se aproxima a ellos con su singular parsimonia.

Esa figura de lúgubre atuendo da a sus extraños pasos una visión de que tal masa negra flotase sobre el suelo. Lo más aterrador del conjunto es su cara (sí es que tiene, o sí alguien fuese capaz de llamarla así, o, por lo menos, el valor de verla de frente). La imaginación juega tramposamente con la mente. Toda ella formula una idea vaga de ser venida de..., "otro mundo". Orbe que se antoja maldito, en donde reina algo más que la perversidad.

En una de esas noches dominada por la fantasmal estampa, recorría por el lugar, un pillo sin entrañas. Éste, fue el primero en poder contemplar, hasta ahora, el ignoto rostros del desconocido.

Lo que vio en esa faz, lo volvió loco. Loco de un espanto, tal que llegó a inmovilizar a su corazón.

Un sereno que, al oír un grito desgarrado, acudió al lugar de donde partía tal queja, solo para encontrar al hampónzuelo agonizante. Lo que escuchó en labios de éste, le hizo estremecerse:

- Ese hombre... ¡Ese hombre! - Repetía el agonizante con una vehemencia que rayaba en el colapso.- Su cara. Su nauseabunda cara... ¡Esa maldita cara! No puede ser... ¡No puede ser humana! ¡Aaah...!

Y exhaló su último suspiro en brazos del asustado vigilante. Murió con la mueca del dolor que reflejara en sus últimas palabras.

- "¡Esa infernal sombra tiene cara!" - Se murmuraba entre todos los habitantes de la cuidad. Desde los marginados hasta los heredados, se corrió el siniestro signo del, aun más, siniestro personaje. Ya que, había causado su primera muerte. A pesar de los antecedentes antisociales del pillo, a pesar de que la causa de la muerte de éste fuera por un sincope cardiaco; a pesar de ser inocente por no haberle tocado un cabello a dicho paria. Pero por ello, aquella mítica figura se agigantó en la mente de todo aquel que oyó sobre él.

Hasta en la de aquel banquero, que, en alguna de esas ocasionales noches, vio parte de esa cara infrahumana, cuando viajaba en el interior de su limosina. La reacción que le causó fue a tal grado, que optó por vivir día y noche dentro de la caja de caudales de su propio banco. Siempre con la luz encendida. Y - lo más extraño -, es que en el interior del lugar no había ni un solo espejo que reflejara el rostro del banquero. Incluso, el espejo de seguridad panorámico de la entrada de la bóveda fue arrancado por él mismo.

Algunos de los empleados de la institución le oían repetir para sí, desde el interior de la caja fuerte:

-"¡No, no, no! Eso no puede ser mi reflejo. ¡No puedo ser yo! ¡No, no, no! ¡No puede ser posible! ¡Oh no! ¿Será verdad lo que he viso o mi corrompida mente me juega estas nefastas jugarretas? No es verdad. ¡No...! No soy esa bestia que vi."

Jamás volvió a ser el mismo.

Poco tiempo después, el banquero se suicidó. Sólo tuvo que colocar su cabeza contra el umbral de la escotilla de la caja fuerte que lo albergó durante esos días de angustiosa locura. Esta se encontraba abierta. Él mismo, accionó el mecanismo automático de cierre. La pesada escotilla blindada giró en sus bisagras con suavidad. Abriéndose camino con una calma ancestral que daba la sensación de no cerraría nunca. Poco antes de cumplir tal cometido, se oyó un crujido hueco, parecido al que da los huesos cuando se trituran.

-"¡Clack...!"

A partir de esto, todos los que veían la cara de "hombre sin nombre", enloquecían o morían fulminados por la impúdica visión que se les presentaba.

Recientemente, en el anochecer de los últimos días de febrero, mi amigo Antonio falleció por una vieja afección de los pulmones. Todos los que lo conocíamos íntimamente le consideramos la persona más pura que haya pisado la faz de esta tierra. Aun, hoy en día, me he llegado a preguntar: ¿Cómo llegué ser su mejor amigo, siendo..., lo que soy?

La noche en ciernes, estuve a su lado, como él me lo pidió. Continuamente me repetía sin parar, con la desesperación que caracteriza a los agonizantes:

-"¡Que venga...! Que llegue a tiempo. ¡No..., no podré morir tranquilo, sí..., si no veo su rostro...!"

Ya había pasado de la una y media de la madrugada, cuando... Cuando alguien tocó tres veces en la puerta de la humilde habitación. Dichos golpes eran tan pesados, que sentí que mi cabeza era arremetida por ellos.

Una máscara en la que se delineaba la nariz, junto con el contorno de las cejas y las cuencas cerradas de los ojos. Y a manera de boca, una simple línea esmerilada, en ese lugar

Antonio se levantó con un brío que era de extrañarse por su agónico estado, mientras me decía:

-"¡Es él! A-aun hay tiempo. ¡Rápido! Apaga la luz y..., y déjalo entrar. Pero ten mucho cuidado. ¡No lo veas! N-ni dejes que él lo haga contigo. Ocúltate detrás de la puerta. ¡Pronto...! Y recuerda: ¡No veas por lo que más ames!"

Así lo hice. Apagué la única luz encendida del cuarto, abrí la puerta con cautela, de tal forma, que quedara cobijado atrás ella.

Del otro lado de la hoja de madera, unos pasos se dejaban sentir pesadamente por el suelo de duela y extrañamente acompasados. Al igual que se oía una respiración profunda y, con ella, se mezcló un aroma que hacía aun más intolerante la atmósfera del lugar. Ese aroma, era algo como..., el tufo que deja el plumaje de una gran ave de rapiña. ¡Aunque en realidad..., e-es algo aproximado!

La advertencia que me dedicó mi amigo agónico, golpeaba las paredes de mi cráneo: "¡No veas por lo que más ames!" Retumbaba en mi mente cual viejo eco que aun tintinea en las laderas de un abismo de cristal. "¡Din, don! ¡Din, don! ¡No veas...! ¡No veas por lo que más ames! ¡Din, don...!"

Pero no fue suficiente. La advertencia fraterna fue rota al oír nuevamente a mi amigo Antonio, suspirando:

-"¡Gracias! Mil maravillosas gracias... Es todo lo que quería ver. ¡Si...!"

¡No pude más! No sabía quien o que podría ser a estas altas horas de la noche, ni que pretendía con mi amigo. Pensé inmediatamente en un sacerdote que venía e expiar sus culpas de... ¡No! ¡Imposible! Antonio es ateo... ¿Cómo...? ¡No! Definitivamente es imposible. ¡O...! O es que, ¿no estaba convencido del todo de su convicción? ¡No! No lo creo de él...

La curiosidad me corroía por dentro. Disolviéndome las entrañas en un extraño trance entre miedo y morbo. Así que me atreví a desobedecer la exhortación de Antonio.

Al hacerlo, vi a mi amigo recostado en su mullida cama, en el momento de exhalar su último aliento. Con una expresión en su rostro de... Tranquilidad plena. Una bella tranquilidad.

Mecánicamente, me dispuse a mirar al visitante lacónico. Y lo que vi me estremeció, dejándome helado de un terror que nunca había experimentado. El trance de la congoja por la muerte de mi amigo, a ésta nueva experiencia fue causado por ver "eso".

Sobre el cuerpo inerte de Antonio, se dibujaba la negra silueta de un hombre extremadamente alto, que se inclinaba sobre la faz del recién occiso.

Su cara estaba frente a la de Antonio. Su pesada respiración llenaba el silencio del cuarto, así como el golpeteo de mi corazón horrorizado.

¡No era posible...! ¡Era él! ¡El "hombre sin nombre"! ¡Y...! ¡Por un fugaz rayo de luz que se colaba por la única ventana del cuarto...! Pude ver las facciones. ¡Esas facciones que a tantos aterró desde el principio! ¡No me fue posible apartar la mirada de tal semblante inimaginable!

La piel... La piel de su rostro era tan lisa y brillante como la de un espejo perfectamente pulido. ¡Cristalina! Increíblemente plateada. Daba la impresión de llevar puesta una máscara ajustada a su cabeza. Una máscara en la que se delineaba la nariz, junto con el contorno de las cejas y las cuencas cerradas de los ojos. Y a manera de boca, una simple línea esmerilada, en ese lugar.

Fue tal mi impresión de aquel rostro, que dejé escapar un inarticulado grito ahogado, pero suficientemente audible para delatar mi presencia en el lugar. El ser se incorporó, giró sobre sus inexistentes talones y se enfiló hasta donde me ocultaba.

¡A menos de un paso de distancia, la fantasmal figura quedó frente a mí, mostrándome a plenitud su rostro de pesadilla que tanto oí hablar! Y por un insólito trance, mi cara... ¡Mi propia cara, quedó reflejada en la de él! ¡Una siniestra danza de gesticulaciones sorprendentes se suscitaron en sus facciones, al compás de una invisible música grotesca! Música interpretada por virtuosos venidos del Averno. La tonada de infernales notas, las cuales empezaban a desfigurar mis facciones reflejadas en aquel rostro impío, que fueron coagulándose en un solo signo facial. ¡Y...!

¿No querrán saber lo que vi en él? ¡La cordura no tenía cabida en "esto"...!

Sólo les puedo decir que este ser se le acusó injustamente de ser un monstruo. Pero después de verme reflejado en su cara, tengo la certeza de decir que el "monstruo" se encuentra dentro de nosotros.

No seré el primero ni el último en aceptar tal aseveración. ¡Pero él nos lo dice como lo diría un cadáver! Ellos... ¡Ellos nos dicen nuestros errores! Cuándo... Cuándo nos vemos reflejados... ¡En ellos!

Cara a cara...

Azcapotzalco, D.F.

30 - X - 2002.


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Autor:
Américo Valadez (58 noticias)
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