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El juego de las razas

28/08/2018 15:40 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Otra de las posibles estrategias de que los dioses para dividir y esclavizar al hiombre

Razas

Confieso que en este particular tengo menos hechos en que apoyarme, pero no faltan algunos que nos indican que la mano de los dioses ha tenido bastante que ver en toda esta gran diversidad de razas que vemos entre los hombres.

La creencia bíblica de que todos venimos de una sola pareja, creada directamente por el mismo Dios en el paraíso, es algo totalmente infantil. Las diferentes razas humanas han ido apareciendo en la superficie del planeta a lo largo de millones de años.

Antes de entrar en el tema, tendremos que admitir, de nuevo, que el hecho de que haya diversas razas humanas tiene explicaciones naturales perfectamente lógicas. Pero una vez más, nos encontramos con ciertas particularides que nos hacen sospechar que los dioses han metido su mano en un proceso natural.

Lo primero que las diferencias raciales nos hacen ver con toda claridad es la pluralidad de sus orígenes. Las «primeras parejas» aparecieron en épocas diferentes y en lugares diferentes del planeta. Cuando ya algún antropoide o grupo de antropoides estaban a punto de dar el salto o dicho en otras palabras, cuando entre ellos comenzaban a aparecer mutantes, entonces intervenían los dioses para programarlos genéticamente, de modo que su evolución y su comportamiento fuese como a los dioses les convenía.. De hecho el Popol Vuh (la Biblia de los quichés) habla de diversas tentativas «de los señores» para crear al hombre y hasta nos habla de intentos fallidos.

Cuando digo que las razas aparecen en la Tierra tras un proceso natural, me refiero a una evolución natural de otras especies no inteligentes. Sin embargo creo que las claras diferencias entre unas razas y otras, se deben no sólo a factores naturales sino también a la intervención de diversos «seres superiores», con mayores o menores poderes y con diversos propósitos en mente.

Me imagino que a muchos todo esto les suene a pura fantasía. Pero les ruego que reflexionen sobre este hecho paralelo del que no tenemos la más mínima duda.

Considere el lector la diferencia que hay entre un perro mastín o un alano (con una envergadura de casi un metro), y un chihuahua. Todos son perros y teóricamente podríamos lograr la fecundación de una hembra de mastín por un macho chihuahua (si alguien hubiese tan ingenioso que lograse semejante «misión imposible»). Pues bien, ¿quién ha hecho tamañas diversidades de perros, que tienen un origen genéricamente común? Lo ha hecho un dios: el dios de los perros. Y ¿quién es el dios de los perros? El dios de los perros se llama hombre.

Los hombres, a lo largo de los siglos, hemos intervenido en la formación de sus razas de acuerdo a nuestros gustos o a nuestras necesidades. Hemos logrado perros para los diversos tipos de caza, perros para defender la casa, perros para carreras, perros para conducir a las ovejas, perros de pata muy corta y muy mal genio (la familia de los salchichas) para que se meta en las huras y saque a los tejones y zorros, y hasta perros para que nos hagan compañía subidos en un cojin y ocupando poco sitio. Los perros no se dan cuenta de esto; pero lo malo es que los hombres tampoco se dan cuenta de que a ellos también los han manipulado de muchas maneras.

Volviendo a las diferencias entre los humanos, otro hecho que llama la atención, es el ver cómo las diversas razas se circunscriben tan perfectamente a los continentes. África es el continente de los negros; América (que lejos de ser el Nuevo Mundo, es el lugar donde se han encontrado los más viejos restos humanos, con mucho) es el continente de los hombres de piel cobriza, que aunque tengan bastantes diferencias, sin embargo tienen mucho en común; en la mayor parte de Asia, el rasgo común son los ojos oblicuos y finos, en la India nos encontramos con un color de piel y una fisonomía características. Además podríamos señalar una o dos razas mediterráneas; y por último, los rubios: un pueblo sin prehistoria, que desde las brumas del norte de Europa, irrumpió violentamente en la historia hace muy poco tiempo, y que en la actualidad, hablando de una manera general, son los que dominan el mundo. Se diría que son la última creación de los dioses y hasta los más parecidos a ellos, tal como los describen los escritores griegos y romanos, y tal como los han visto en muchas ocasiones en nuestros días, descendiendo de sus vehículos preferidos, los ovnis.

Este es, descrito de una manera muy simple, el panorama

las razas humanas, y vuelvo a decir que no tengo «pruebas» cor las que se piden en un tribunal, y hasta puede ser que me equivoque en algunas de mis apreciaciones. Pero de lo que no tengo dudas, es de que mi punto de vista acerca de la aparición del ser humano en el planeta, considerado de una manera general, esta mucho más cerca de la realidad, que las infantilidades que nos dio la religión o que las simplezas que nos dice la ciencia oficial, que niega a admitir un sinnúmero de evidencias que nos convence que la antigüedad del hombre sobre la Tierra es muchísimo mayor de lo que ella dice*.

Deportes

Fijémonos ahora en otro fenómeno universal que contraste grandemente con el que acabamos de analizar: los deportes. . organización internacional de los deportes conlleva una enorme cantidad de dificultades, precisamente por ser todo el teína competitivo en sí mismo. Pues bien, nos encontramos con que los deportes tienen una organización internacional que ya quisieran para si las mismas Naciones Unidas. Las directrices y órdenes emanadas del Comité Olímpico Internacional o de la FIFA, por poner sólo. dos ejemplos, son obedecidas mucho más cuidadosamente que las condenaciones, embargos o resoluciones emitidas por las Naciones Unidas, que con mucha frecuencia son rechazados por los países contra los que van dirigidos. La enorme cantidad de preparativos y de gastos que conllevan unos Juegos Olímpicos, podría hacer pensar que serían un obstáculo insalvable para su celebración. Y sin embargo, vemos con qué regularidad cada cuatro años, todas las naciones del orbe, a pesar de estar enzarzadas en innumerables disputas y hasta guerras, se dan cita en un lugar para competir en un sinnúmero de deportes.

Pero se me podrá preguntar ¿qué relación tienen los deportes con los dioses? o ¿en qué se benfician éstos de su buena organización?

Recuerde de nuevo el lector lo que habíamos dicho que los dioses pretendían en primer lugar, para lograr así lo que en último término buscan. Pretenden juntar a la gente y excitarla de alguna manera para así obtener de una manera unificada la energía que emana de sus cerebros. Imagine ahora el lector un estadio un domingo a las tres o cuatro de la tarde, repleto de gente vociferando y gritando hasta enronquecer, presos de la angustia o de la ira, si su equipo está perdiendo, y exultantes de júbilo si su equipo gana. Y piense que a cuarenta o cincuenta kilómetros de distancia, en la ciudad más próxima se está repitiendo el mismo espectáculo; y si pudiese remontarse hasta una gran altura y tener una vista de águila, vería que en toda la nación, en ese mismo momento, hay cientos de campos de deportes y de estadios repletos de gente vociferando con el mismo entusiasmo. Y si se eleva aún más, verá que no sólo en su nación, sino en toda Europa hay miles de campos llenos de gente exultante o aullante.

Lo mismo que las abejas o los abejorros se suspenden en el aire encima de la flor, chupando el néctar que ésta destila, nos imaginamos a estos invisibles seres meciéndose encima de los estadios, con su característico balanceo, mientras «chupan» las sutilísimas radiaciones que en aquellos momentos emanan de los excitados cerebros de toda aquella masa humana. Y esto, domingo tras domingo y año tras año, por encima y al margen de todas las crisis económicas, sociales o políticas; y hasta por encima de las dificultades climatológicas ya que es cosa bastante frecuente, que los partidos se celebren en días ventosos y con temperaturas bajo cero, o con los campos encharcados y aun con nieve, como sucede en el fútbol norteamericano.

Cruzar los telones de acero y las complicadas aduanas que nos separan de los países comunistas, no es cosa fácil; sin embargo, para el deporte no existen semejantes trabas, y lo que no logran comisiones de comercio o culturales y grupos turísticos, lo logran con toda facilidad equipos enteros de deportistas, tanto en un dirección como en otra. Puede ser que el gran confrontamiento bélico Rusia-Estados Unidos, estalle mientras se está celebrando una gran final de baloncesto entre ambos países, en el Madison Square Garden; pero en ambas circunstancias, los grandes beneficiados serán los dioses; y los ingenuos mortales, no haremos que seguir las normas de conducta que ellos nos han trazado

Piense por un momento el lector en la llamada «fiesta nacional» (y que conste que no soy un enemigo de ella, sin ser tampoco un aficionado). ¡Qué estrategia genial de algún dios ibérico par conseguir precisamente lo que todos ellos quieren!

Un coso abarrotado de seres humanos, apiñados y vociferantes, enardecidos por un lado por las bravas embestidas del toro, y angustiados por otro, ante la posibilidad de una cogida mortal Cada grácil quiebro del diestro genera una onda psíquica, gigante y rítmica, que sale de la plaza y se eleva invisible hacia las alturas Y para rematar la gran faena que los dioses nos hacen, en el medio del ruedo —como en un altar imponente— un hermoso toro! (¡exactamente igual al que los dioses demandaban de sus adorado res de antaño!), soltando chorros de sangre caliente y entregando violentamente en segundos toda su pujante vida al filo del estoque

Los hombres jugando con el animal, y los dioses jugando con el hombre. Pero el hombre no se da cuenta.

Para terminar este tema, insistiré en que practicar el deporte, es una cosa completamente natural en los seres humanos; pero una tal organización tan perfecta y tan eficiente (en un mundo tan desorganizado y en el que tantas grandes instituciones funcionan tan mal), que logra llenar semana tras semana, infinidad de esta dios, de seres humanos excitados, es algo que lo llena a uno de muchas sospechas.

Grandes fuegos

Un último fenómeno usado por los dioses para conseguir lo que buscan en nuestro mundo. Un fenómeno que le va a extrañar al lector, porque probablemente nunca sospechó que pudiese tener tal trastienda, aunque estoy seguro que en más de una ocasión habrá pensado en él con cierta angustia o, si no vive en el campo y no puede ser afectado por él, con algo de curiosidad. Me refiero a los grandes incendios forestales. De nuevo, puede ser que me equivoque en esto, pero hay en este fenómeno, cuando se considera globalmente, muchas circunstancias extrañas.

Hace algunos años, cuando los incendios forestales veraniegos constituían, no solo en España sino en toda Europa, una verdadera preocupación, escribí un artículo titulado « ¿Quién quema los montes?». La revista a la que iba destinado, no consideró prudente publicarlo porque pensó que era demasiado audaz. Hoy, después de varios años, cuando los incendios forestales se han convertido en una pesadilla en algunas naciones, sin que ni las autoridades, ni los técnicos hayan sido capaces de encontrarle una causa o una solución, me reafirmo más en mi sospecha de que detrás de causas verdaderamente naturales, puede estar la mano o el aliento de algunos de estos «dioses», para avivar las llamas. Y en muchos casos, creo que no ha habido ninguna causa natural sino que ellos directamente —y a veces descaradamente— fueron los incendiarios.

Antes de transcribir partes del artículo a que me referí, tengo que recordarle al lector lo que dije al final del capítulo anterior acerca de la energía vital que se libera cuando la materia viva se desintegra violentamente. La materia vuelve a la tierra, pero la vida que la impregnaba, se desprende y se libera en forma de radiaciones o de ondas de una enorme frecuencia, (totalmente incaptables por los instrumentos con que cuenta la ciencia).

Cuando se queman cuerpos de animales, esta energía se desprende rápida y abundantemente, mientras que cuando se quema materia vegetal, se desprende en mucha menor proporción y por eso para lograr alguna cantidad apreciable de esta sutil energía hay que quemar grandes cantidades.

Tengo que confesar —comenzaba mi artículo— que fue una circuntancia trivial lo que me animó a poner por escrito mi sospecha de que los incendios forestales no eran tan naturales como aparentaban ser. Fue un hecho que me sucedió, unos días antes en una montaña gallega, región en la que precisamente se dan con gran abundancia estos inexplicables incendios.

Caminaba yo con dos ancianos por un bosque de pino hablando del gran peligro que hoy constituían los incendios de montes, cuando la anciana dijo espontáneamente: «Deus nos libre d'unha mala fada» (Dios nos libre de una mala hada). En labios de la anciana, aquella frase era sólo un instintivo eco con que repetía maquinalmente lo que con toda seguridad habría oí muchos años atrás a sus padres, y en realidad no supo explicarme por qué lo decía. Pero en mis oídos aquello dio pábulo a sospecha. Insisto en que sólo son sospechas, pero por otro lado hay muchos hechos que dan fuerza a estas sospechas; hechos que proceden de campos, épocas y latitudes diferentes.

El año 1979 se reunieron en Orense un grupo de expertos relacionados con la industria de la madera y por lo tanto preocupados por la gran cantidad de incendios forestales; el fin de; reunión era, sobre todo, llegar a algún acuerdo acerca de cual podía ser su origen. Las conclusiones a que llegaron fueron de concertantes: encontraron nada menos de 14 posibles causas. Pero «quod nimis probat, nihil probat»: lo que prueba demasiado, prueba nada. Catorce causas eran demasiadas causas para tomar las en serio y en cierta manera se destruían unas a otras. realidad eran catorce teorías desesperadas para explicar un hecho inexplicable.

Yo no niego que un bosque pueda arder por causas completa mente naturales, como son la acción de un pirómano, la colilla de un irresponsable, una descarga eléctrica, etc. Pero ninguna de esa causas y ni siquiera todas reunidas, son capaces de explicarnos la enorme cantidad de incendios que estos últimos años se han des encadenado no sólo en España sino en muchas otras naciones de mundo.

Una de las causas que durante mucho tiempo se admitiere como posible explicación, fue que los vidrios o botellas, y en especial los fondos de las botellas rotas abandonadas en el monte hacían de lupa, concentrando los rayos solares y comenzando así el incendio. Esta causa fue estudiada en los Estados Unidos de una manera especial por una Universidad del Oeste, en donde también se dan con mucha frecuencia estos grandes incendios inexplicables, y se halló que de unas 5.000 pruebas que se hicieron (abandonando fondos de botellas en lugares en donde con cierta facilidad pudieran haber provocado un incendio) ninguna resultó en un incendio real. De la mayoría de las otras «14 causas orensanas» podría decirse algo por el estilo.

Sí hay que reconocerle una fuerza mayor a las colillas lanzadas por irresponsables a los lados de la carretera, a los restos de hogueras de excursionistas y sobre todo a incendiarios psicópatas o a sueldo; pero ni aún así queda explicado el extraño fenómeno con toda la extensión y abundancia que ha ido alcanzando en los últimos años; y más, teniendo en cuenta que algunos de estos grandes incendios han comenzado muy lejos de carreteras, en lugares a donde nunca llegan los turistas domingueros (que son los más peligrosos) y sobre todo teniendo en cuenta la circunstancia de que, en muchas ocasiones, los incendios han comenzado simultáneamente o con muy poca diferencia de tiempo a todo lo largo de una montaña o cordillera.

He aquí algunos de los indicios que me han ido poniendo en la pista de que nos encontramos ante un hecho paranormal de vastas dimensiones.

El año 1979, cuando viajaba sólo por una región montañosa en los límites de las provincias de Pontevedra y La Coruña, al coronar el alto de una montaña, me encontré de repente con un incendio pavoroso que devoraba un pinar, con llamas de más de diez metros de altura y que avanzaba amenazador hacia la estrecha carretera por la que yo tenía que pasar. Aquella visión dantesca —estaba anocheciendo— me sobrecogió, porque se daba la extraña circunstancia de que desde hacía por lo menos diez minutos, en toda aquella comarca caía una lluvia torrencial. Yo, ante el espectáculo de aquellas enormes llamas insensibles al agua que caía, paré el vehículo e intenté salir de él para convencerme de que era cierto lo que estaba viendo. Sólo pude poner el pie izquierdo en tierra porque el mero intento de salir me dejó completamente empapado. Recuerdo que estuve un rato con la ventanilla baja escuchando el amenazante crepitar de las llamas y contemplar aquel increíble espectáculo.

Al mes de haber sido testigo de este hecho, presencié a miles de kilómetros de distancia (en Los Ángeles, California) otro hecho extraño muy relacionado con éste. Desde uno de los barrios de aquella inmensa ciudad, pude ver cómo en un frente de unos kilómetros, ardía toda la cresta de Beverly Hills, extendiéndose el incendio hasta la orilla del mar. Este incendio fue notorio porque entre las muchas casas que destruyó, estaban las de algunos de los famosos del cine. Lo curioso fue que las autoridades tampoco pudieron explicar cómo había podido comenzar en tantos sitios simultáneamente y cómo se había podido propagar de una manera tan rápida. Conservo los titulares de los periódicos con la. conjeturas y la extrañeza ante hecho tan destructor y tan inexplicable.

Esta creencia mía no es tan rara como a primera vista pudiera parecer y tiene una enorme cantidad de antecedentes y de apoye en el campo de la paranormalogía. El hecho de «producir incendios» es algo con lo que a cada paso nos encontramos los que nos dedicamos a la investigación del extraño mundo de lo paranormal

En Galicia hay unos raros incendios que los campesinos llaman «ameigados» es decir, causados por «meigas» o hadas (recordemos la «mala fáda» a la que se refería la campesina). Conozco los detalles de uno de estos fuegos en la provincia de La Coruña, en el que los dueños de una casa de labranza, con su pequeña finca alrededor, estaban en perpetua guardia ante las llamaradas que brotaban, repentina y espontáneamente, de cualquier esquina de la granja, devorando en pocos instantes todo lo que se hallaba i alrededor y amenazando con extenderse al resto de la propiedad si no sé acudía con prontitud. No sólo era pasto de las llamas la

(Como un dato extraño —uno más— que añade fuerza a lo dicho en el texto, le diré al lector que varios diarios españoles dieron la noticia de que sólo en la provincia de Pontevedra había habido en un mes, 47 incendios forestales registrados. Pero lo curioso es que fue en el mes de febrero (!) (1984) cuando había llovido abundantemente durante la mayor parte de él.)

materia fácilmente combustible como la paja, sino que el carro de labranza de madera sólida y muy curada, se vio repentinamente envuelto en llamas, quedando de él sólo los restos calcinados. En los fenómenos de poltergeist, que estudiamos en parapsicología, el agente que causa ruidos, rotura de objetos, lanzamiento de piedras y toda suerte de fenómenos raros, es también el causante normal de incendios. Conozco el caso en que los bomberos de una pequeña ciudad de los Estados Unidos, optaron por aparcar uno de sus camiones-bomba frente a una casa en la que cada cuarto de hora se declaraba un incendio inexplicable.


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