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El G-8, el hambre y los ricos

16/07/2009 11:26 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

En un contexto crítico de alta complejidad, no necesitamos líderes teatrales ni anuncios tan espectaculares como vacíos a la larga

El G-8, el hambre y los ricos

por Nelson Gustavo Specchia

Los rituales de las cumbres de los líderes más ricos del mundo suelen generar dosis crecientes de escepticismo. ¿Qué pensar, cuando los focos de atención apuntan a la tortícolis del primer ministro italiano, y las expectativas se centran en si los periodistas seguirán haciéndole pasar malos ratos con preguntas sobre las fiestas en su residencia veraniega, con prostitutas y menores de edad involucradas?

Por otra parte, la sucesión de estas reuniones de los grandes líderes del mundo desarrollado minan su propia credibilidad, con la distancia creciente que van estableciendo entre la espectacularidad de las promesas, anunciadas en grandes titulares periodísticos con las inevitables “fotos de familia” donde los jefes del mundo se alinean sonrientes, y el posterior cumplimiento –reticente y avaro- de los contenidos de esas promesas. La imperiosa urgencia de aumentar los montos de la cooperación internacional al desarrollo, especialmente hacia los integrantes de ese “cuarto mundo” que engloba a los Estados africanos, es un punto recurrente en la agenda de las cumbres de los ricos, y también es uno de los puntos que más decepciones acumula: en la cumbre de Escocia, en 2005, anunciaron su compromiso de aumentar a 21.500 millones de dólares anuales la ayuda destinada a África, pero para el año pasado habían depositado apenas la tercera parte de ese monto. Y la propia FAO, la agencia alimentaria de la ONU, afirma que se ha girado apenas una cuarta parte de los casi 7.000 millones de dólares prometidos con bombos y platillos en la última cumbre del G-8, en Toyako, Japón.

Por eso cuando el club de los países más ricos del mundo anunció la semana pasada en L'Aquila, en la castigada región italiana que vivió hace apenas tres meses unos movimientos sísmicos que alteraron toda su fisonomía, unos resultados más bien modestos, a mí me llamó la atención. Me pregunté, a renglón seguido, si eso no significaría, desde el vamos, una buena noticia. Y el compromiso –prácticamente a título personal- del presidente de los Estados Unidos en los principales capítulos de las conclusiones de la cumbre, me pareció la segunda buena noticia. De alguna manera, estos dos elementos vienen a modificar el derrotero de estas reuniones, tal como se han presentado en los últimos años.

El compromiso frente al hambre, denominado “Iniciativa de L'Aquila para la Seguridad Alimentaria”, alcanzará los 20.000 millones de dólares, pero a las discusiones sobre su destino fueron invitadas también algunas economías emergentes, como Brasil y China, otros países europeos que no pertenecen al exclusivo círculo del G-8, e inclusive representantes de ocho Estados africanos. Según los cálculos de las Naciones Unidos, la actual crisis global aumentará este año la población con hambre en 100 millones de hombres y mujeres, con lo que se rozará la escandalosa cifra de mil millones de hambrientos, una sexta parte de la humanidad.

Según la ONU la crisis aumentará el hambre en 100 millones, con lo que se rozará los mil millones de hambrientos, una sexta parte de la humanidad

Por eso es de remarcar que más allá del asistencialismo coyuntural de todo ese dinero, la reunión de L'Aquila puso sobre la mesa los elementos estructurales del problema: la protección de los países desarrollados (especialmente la Unión Europea y los Estados Unidos) frente a las importaciones agrícolas proveniente de países pobres, las necesarias inversiones internacionales en tecnología y seguridad de los alimentos, el acceso al agua potable y de riego. Sin enfrentar estos ítems, el hambre no hará sino crecer.

El otro capítulo, donde se vuelve a ver la mano y la intención personal del presidente Barack Obama, tiene que ver con los largos plazos y con el futuro del planeta. Para que la diferencia con su antecesor, George W. Bush, se siga marcando, el líder norteamericano logró arrastrar a sus colegas a un compromiso fuerte: una reducción del 80 por ciento de los gases de efecto invernadero antes de 2050 (con una exigencia menor, del 50 por ciento, en los países en vías de desarrollo). No es suficiente, por supuesto, como lo recalcó el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon; pero si lo comparamos con la actitud de la Administración Bush, que se negó taxativamente a firmar el Protocolo de Kioto o a comprometerse a cuantificar ningún tipo de disminución, limitándose a discutir si el cambio climático debía medirse en grados Centígrados o Farenheit, el salto es espectacular.

La seguridad nuclear fue el tercer tópico más destacado de la agenda. Tampoco aquí los anuncios fueron espectaculares, pero por eso mismo parecen cargados de racionalidad. Los líderes de los países ricos ven con preocupación el crecimiento díscolo de programas como el de Corea del Norte, o el de la cada vez más autocrática República Islámica de Irán. Pero Obama ha logrado evitar condenas taxativas, y sigue imponiendo esa vía dialogal y negociadora con que ha hecho frente al tema. El año que viene, en 2010, habrá que revisar el Tratado de No Proliferación Nuclear, y posiblemente esta estrategia “blanda” termine dando sus resultados en ese marco.

Por todo ello, como decía al principio, quizá los magros y mesurados resultados de esta nueva cumbre de los ricos sean, precisamente por eso, una buena noticia. En un contexto crítico de alta complejidad, no necesitamos líderes teatrales ni anuncios tan espectaculares como vacíos a la larga. Metas más próximas y estrategias más prudentes, aunque no den para grandes titulares, pueden estar más en consonancia con las necesidades de la hora.

La imperiosa urgencia de aumentar los montos hacia ese “cuarto mundo” que engloba a los Estados africanos, es un punto recurrente en la agenda de los ricos


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Autor:
Nelson Specchia (9 noticias)
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