El fallo
Trabajador nato, esa era la característica más sobresaliente de Max. Lo había sido durante muchos años, aunque allí el tiempo no fuera medible. Sin embargo, Max había recurrido al cronológico orden con que grababa sus recuerdos, ordenados según fecha de creación, y que le permitían subsistir a la rutina. En realidad, estaba comprobado que nadie jamás había tenido queja de Max, o de su quejido, de haberse producido. Nadie le había escuchado una palabra, buena o mala, aprendiendo a comunicarse mediante señales o gestos, prescindiendo absolutamente de la voz. En alguna base de datos se le había clasificado como ‘muy eficiente’, en categoría 1, señalando su absoluta entrega a la responsabilidad. Y mientras tanto, Max guardaba silencio, vaciando de emociones el rostro, alejado de la condición humana. Y sin embargo, había aprendido a dejar sobre la memoria todo aquello que su voz no se atrevía a pronunciar. Pequeñas imágenes o muescas que hacían las veces de palabras y que intentaba deletrear en su particular reclusión de silencio, partículas sin presencia que se le deshacían en la boca y alimentaban la memoria. Aunque también le provocaban eléctricos escalofríos que conseguía reprimir con los dientes, apretándolos mecánicamente, dejando que rechinaran deliciosamente.
De cualquier manera, Max era conocido por el apodo ‘2012’, numeral que también llevaba sobre la espalda, estratégicamente visible. Cada amanecer, Alguien, siempre el mismo, ordenaba a Max, convertido ya en 2012, una serie de tareas que debía cumplir de inmediato. No tenía más remedio que obedecer, aunque era más bien una obediencia fingida: cada día que pasaba, cada recuerdo que acumulaba, terminaba apretándole más en los dientes. Más patente sobre todo cuantas más órdenes se veía obligado a obedecer.
Sobrevivía de esta manera Max, procurando desdibujar emociones, escuchando y obedeciendo, con sus brillantes dientes con funda de silencio. En sus ratos libres suspiraba por una vida fuera de aquellos muros, lejos de aquellos tabiques que tapiaban huidas, que taponaban oídos y amurallaban miradas; que amordazaban palabras, sobre todo palabras. Porque, ante todo, el número 2012 echaba de menos la compañía de otros como él, con sus mandíbulas crispadas, sus esperanzas e ideales, cargados de silencio que como puños apuntaran bien alto, más allá de esos muros, con un indefinible aliento a libertad.
Hasta que ocurrió que, un día, sin previo aviso, el 2012 fue trasladado a otro lugar, lejos de su habitual resignación. No tuvo constancia del viaje, pudo haber sido un minuto como cinco días, pero cuando volvió a abrir los ojos allí estaba, en el interior de una estación de trabajo, aunque ésta cuarenta coma dos veces más grande que la anterior. Para su sorpresa, allí también encontró a más como él, compañeros que habían sido traídos sin saber cómo hasta un nuevo pabellón. Había cientos, todos tan desconcertados como faltos de emociones. Era como ver la misma máscara fría y sin emoción repetida en todos ellos. Intentó comunicarse con el que tenía más cerca pero sólo encontró una fría ignorancia calando en sus ojos.
Llegaron entonces algunos Alguien, más de los que había visto en toda su vida, y se pusieron frente a la fila de trabajadores, entre los que se incluía el número 2012. Un total de doce Alguien que, sin demora, comenzaron a enviar órdenes. Sin excepción, todos los trabajadores acataron sumisamente. Max quedó consternado mientras se le acercaba uno de los doce, que volvió a repetir la orden. El número 2012 se sorprendió a sí mismo obedeciendo, acatando involuntariamente los mandatos.
Siguió haciéndolo durante mucho tiempo más, demostrando que seguía siendo eficiente, obedeciendo aunque ya no en profundo silencio. De entre los dientes, el propio Max se sorprendía, se le escapaban suspiros largos y profundos. Y no de resignación: le iba brotando del pecho, creciendo hasta la garganta, una furia que rechinaba entre los dientes.
Hasta el día en que pronunció la primera palabra. Surgió sorprendente y decidida, una voz que había germinado desde el pecho, como explosión de furia. Al escucharla saliendo de su boca, el propio Max quedó perplejo. Intentó desentumecer su mandíbula. Volvió a llenar sus pulmones de furia. Exhaló. De inmediato, volvió a surgir el mismo sonido, la misma palabra. Y entonces se le dilataron las pupilas: podía hablar.
Se preguntó en seguida de qué podía servirle. Qué valía poder hablar si no tenía nada que decir. Así que esperó, guardando silencio, dejando que los días transcurrieran. Comenzó etiquetando sus recuerdos con palabras, dejando que éstas revolvieran cuanto quisieran en la memoria, abriendo y cerrando cajones, volviendo a ordenar las imágenes en un perfecto desorden que las otorgara otro sentido. Y así continuó, hasta que consiguió al final toparse con la duda: una duda con signo de interrogación. Consiguió, de esta manera, hacerse la primera pregunta: por qué. Y tras ésta llegaron más, comenzando a ponerle interrogaciones a lo que no comprendía, que era mucho. Y aunque conseguía de vez en cuando alguna respuesta, casi siempre poco satisfactoria, en la mayoría de los casos sólo encontraba más preguntas: un torrente inmenso de cuestiones que revolvían su cabeza y ablandaban su mirada.
De esta manera, con un amplio directorio de expresiones en su rostro entre interrogación, el antiguo número 2012 se llegó hasta sus compañeros, números que como él obedecían sin rechistar, que ignoraban por completo que a su alrededor existiera otro vecino, y, acercándose lentamente, uno a uno les fue estrechando la mano mientras les saludaba repitiendo su nombre. Soy Max, les decía. Y se volvía hacia el siguiente, abandonándoles en la más profunda indecisión. Lo que ocurría es que, tras escuchar por vez primera la voz de 2012, el resto de números quedaba infinitamente desconcertado, incurriendo en un error generalizado que les volvió dependientes de aquellas palabras. Así, mientras él seguía el peregrinaje de saludos, el resto de compañeros fueron acompañándole, persiguiendo sus pasos, formando círculo a su alrededor. Hasta que llegó por fin hasta el último de los números, seguido en órbita por una cifra de seguidores que lo perseguía con la mirada.
¿Qué nos pasa?, gritó Max tan alto que su voz golpeó contra los muros. Todos escucharon quietos, con la atención desviada en exclusiva hacia sus palabras. De repente, era como si hubiera crecido. Lo veían alzado por un distintivo que lo volvía diferente del resto: no cabía duda, se había deshecho del número a su espalda. Se lo había arrancado a tiras.
¿Qué nos sucede? ¿Acaso no sabemos hacer otra cosa que obedecer? ¿Obedecer ciegamente? ¿Acaso no recordáis? Yo soy Max, mi nombre es Max, no un número a mi espalda. No somos números de Alguien. No tenéis porqué seguir siéndolo. Yo he dejado de serlo. Todos podemos conseguirlo: salvándonos. ¡Salvémonos! Tenéis la posibilidad, la forma de llevarlo a cabo. ¡Salvaos a vosotros mismos! ¡Libertad! Es la palabra que todos buscáis. ¡Libertad!
Con algo de perplejidad en las bocas, los números quedaron en profunda confusión. Naturalmente, ninguno de ellos conocía el significado de las palabras, mucho menos podían comprender su significado. Sin embargo, la última de ellas había sido pronunciada con tanta precisión que acertó a introducirse entre los receptores sensoriales labiodentales, hasta situarse en el interior de la boca de todos aquellos que le escuchaban. Comenzaron éstos a revolverla de un extremo a otro, deshaciéndola antes de llegar a saboreándola con la lengua. Luego la fueron deslizando por la garganta, intentando en vano contener la descarga de sabores. Y seguramente fue su eléctrica reacción de escalofríos el detonante ya que, de repente, comenzaron a temblarles los labios, como si quisieran o pudieran pronunciar alguna sílaba. Contagiados, tal vez, por el ímpetu del sin número, que seguía voceando la palabra.
Alguien dio entonces la alarma. Una revuelta, les gritó al resto de compañeros. Todos los Alguien que escucharon la palabra sintieron un escalofrío de pavor. Sin explicarse porqué, sintieron la necesidad de escapar. Alguien se asomó desde arriba y les vio llegar, todos en masa, numerosos trabajadores comandados por un número indefinido. Y se dirigían hacia ellos. Gritando una palabra que partía, que nacía de sus labios.
Cómo puede ser, exclamó Alguien, los números hablan!
Intentaron entonces huir despavoridos, olvidando el protocolo de seguridad. Utilizaron las clásicas vías de escape, ansiando llegar hasta los túneles que les propulsarían hacia arriba. Incluso se dio el caso de algún atropello del todo justificado antes de que Alguien consiguiera detenerles, intentando tranquilizándoles:
Yo conozco al cabecilla, dijo. Dejadme negociar con él.
Los once restantes se miraron con desconfianza, sopesando las palabras que acababan de escuchar. Habían sido pronunciadas con firmeza y, no cabía duda, denotaban confianza. Así que, aun teniendo tiempo suficiente como para escapar bien lejos, se dejaron persuadir, dándole un voto de confianza: después de todo, aquella era la promesa de Alguien.
De lejos, Max, el cabecilla, distinguió como Alguien descendía directo hacia ellos. Agitaba intenciones de blanco talante mientras bajaba las escaleras. Negociar, había gritado. Yo querer negociar. Con un gesto del brazo, Max consiguió que las numerosas voces que le seguían guardaran silencio, frenando en seco. Sin decir nada, siguieron atentos los movimientos de Alguien, que por fin había descendido, llegando con la mitad de una sonrisa y media frente de sudor.
Negociar, volvió a decir Alguien, ya frente a Max. Hubo numerosas miradas, todas dirigidas hacia su cabecilla, quien sí parecía entender la palabra. Éste asintió con la cabeza y repitió, sí, negociar.
Todo ocurrió entonces muy deprisa. El confiado trabajador nato quiso corresponder con el gesto y estrecharle la mano. Ni siquiera reconoció el rostro de Alguien, la misma persona que le había traído hasta allí, cargándole en el contenedor; el mismo que había seguido su traslado, consiguiendo que lo recolocaran en un puesto diferente, más cerca de los suyos; en definitiva, la persona que se encargaba de programarle la tarea diaria, la misma todos los días, fija e inamovible.
De esta manera, con la confianza nata del trabajador, acercó Max la mano extendida, dando un paso adelante. Alguien, que ya esperaba la iniciativa, tuvo simplemente que esquivar el impulso, amagando hacia un lado. Se giró con extraordinaria agilidad, hasta quedar a su espalda, y con un solo dedo le apuñaló la nuca: sólo fue necesario golpear el botón que Max, el número 2012, tenía situado en el cerebro, el mismo botón que Alguien había creado. Le dio al off y así de simple dejó de existir. Max calló al suelo, sin vida, ante la mirada suspensa del resto: la revuelta se había sofocado.
Pasó todavía algún tiempo antes de que todo volviera a la normalidad, siguiendo las pautas que marcaba el orden establecido. Los trabajadores, sin excepción numérica, a medida que se les volvían a reprogramar los parámetros de obediencia, iban regresando de nuevo a sus puestos, sumisos como el primer día.
El cuerpo de Max fue desmenuzado, troceado, desmembrado por especialistas que lo analizaron una y otra vez en busca del fallo. Cada tuerca, cada chip, cada engranaje que ellos habían instalado en el Max-2012 se encontraba en perfectas condiciones. Nada parecía salirse de los parámetros naturales de resignación con que se programaban a todos los modelos. A pesar de ello, y como no querían correr riesgo alguno, tras aprobarse por unanimidad, Alguien tomó por fin una decisión: retirar y desmantelarlo de arriba abajo. Así, en muy poco tiempo, consiguieron suplantar todos los modelos Max-2012.
El resto siguió trabajando con la misma eficiencia de antes. Y aunque el tiempo allí no era medible, obedecieron con sumisa armonía, vaciados los rostros de emociones, alejados de la condición humana. Permitiendo que la rutina pudiera quedar grabada sobre la memoria, llenándola con pequeñas imágenes o muescas que hacían las veces de palabras. Y que, sin remisión, terminarían crispando mandíbulas, armándolos con un silencio que como puños apuntaban siempre más allá, tras los muros, con ese indefinible aliento a libertad.
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Autor: Enrique Madrazo (64 noticias)
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