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El Estilo lo es todo.

14/06/2011 01:08 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Tenía veinte años y no tenía un quinto. Andaba roto. Sin blanca. Quebrado. Pero a los veinte años se puede vivir sin plata. Tenía veinte años y me creía intocable, o invulnerable, inmortal y poderoso. Y lo era. Con dinero o sin dinero (pero generalmente sin dinero) lograba emborracharme. Y cuando lo hacía me volvía invulnerable. Con dinero o sin dinero lograba ligar mujeres o mujerazas de cualquier bar. Y de la mano de ellas era inmortal.

La vida a los veinte años es una bagatela. Un juego de azar. No tienes que ser guapo. No tienes que tener dinero. Tienes que tener actitud. Estilo. El Estilo lo es todo. Y tienes que tener cojones, aunque si tienes Estilo, lo tienes todo. Incluso si careces de lo demás.

Ahora bien, a los veinte años yo tenía Estilo; lo que equivale a decir que yo lo tenía todo: suerte, atractivo, cojones. Y que por ello me era entregado todo en las manazas: dinero y mujeres. Porque el dinero y las mujeres lo son todo. Aunque lo más importante es el dinero, pues con el dinero se compran mujeres; y con mujeres no siempre se obtiene dinero. Elúltimo juicio es terrible. Yo no buscaba dinero (de hacerlo quizá lo tendría ahora). Yo no buscaba mujeres. Ni buscaba tener Estilo. Creo que allí radica todo el Estilo que yo tenía. En no buscar nada. Absolutamente nada.

Así que tú no buscas nada en la vida, me dijo Becky. Becky tenía veintidós años y quería salir conmigo. Yo no. Yo no deseaba salir con ella. A los veinte años era soberbio, y no salía con una tía si no me gustaba. Quiero decir, gustarme de verdad... ya sabes. Luego dejé de hacer aquello y medediqué a follar cuanto coño estaba al alcance de mis manos. Descubrí que meter el palo se siente bien independientemente de la cara que tenga la mujer. Becky no era una mujer fea. Sólo que en aquel entonces yo quería salir con Lucy. Lucy sí que era bella. Tenía veintiséis años. Todos me decía que yo nunca, que un tío de veinte años nunca, por ningún motivo, podría salir con una de veintiséis. Era igual. Yo era Martin Petrozza y lo tenía todo porque tenía Estilo. No, Becky, yo no busco nada, le contesté a Becky apático. Pero mentí. Yo buscaba salir con Lucy Slatter. O seaque me contradecía. Todo el tiempo me contradecía. Y los amigos solían decir: te contradices demasiado. A lo que yo solía responder: de tener hoy la misma opinión que tenía ayer sobre algo, significaría que no he pensado mucho desde entonces. O: ¿cómo pueden pedirme hoy que sostenga la opinión de ayer, en un mundo tan cambiante, y siendo yo un ser mutable? O: si un hombre hoy no es el mismo hombre de ayer, ¿cómo o por qué habría de tener la misma opinión dos días seguidos? Entonces se me permitía contradecir mis opiniones, y cuando alguno caía en contradicción, no dudaba enparafrasear mis palabras; y como había sido yo el primero en pronunciarlas, era yo quien recibía todo el Estilo que recaía en aquel tío que me parafraseó.

No puedes no busca nada, dijo Becky. Ya me estaba cansando esta mujer.¿Qué quieres que te diga, Becky, dije, que ando en busca del Nirvana? Becky no se molesto. Becky nunca se molestaba.

2

Aún recuerdo esos años de novicio rebelde cuando recién entré a la Universidad. Vaya si era yo todo un Robespiarre. Bastaba una palabra, una mirada, una actitud sospechosa... es decir, una palabra, una mirada o una actitud QUE YO considerase sospechosa en algún miembro del profesorado para que mi cerebro, lleno de tanto deseo de Libertad, iniciara un ataque, o un contraataque, según el caso, dirigido a toda la noble Institución; pobre Institución que no debía ni temía absolutamente nada. Era yo un paranoico. Vislumbraba conspiraciones, mafias, corrupción, opresiones y censuras, y todo aquello que puede vislumbrar un loco, en tan poca cosa. Pero no en todos los casos. En este sí que la debían: el nuevo edicto del reglamento Institucional. Edicto que prohibía el consumo de tabaco en áreas no especificadas de las instalaciones de la Institución. Yo era adicto al tabaco... O para decirlo con Estilo: yo amaba el tabaco. Aquel edicto por supuesto que oprimía mi derecho a fumar. No lo podía creer. Pero sobre todo, no lo podía permitir. No así como así.

Se lo comuniqué a varios compañeros de clase, y a mis amigos, que eran pocos, pero ninguno parecía estar de acuerdo. Todos estaban en desacuerdo con la ley antitabaco pero ninguno lo estaba con mi plan de hacer la marcha por nuestro derecho a fumar. Becky dijo: no censuran tu derecho a fumar, no te prohíben fumar; sencillamente defienden el derecho de la gente a no fumar... pasivamente. Y Lucy decía: ¡es intolerable que nos prohíban fumar! Becky tenía razón. Pero yo tenía veinte años, tenía Estilo, y quería salir con Lucy. Así que dije: ¡Lucy tiene razón! Y Lucy, la chica de veintiséis años de octavo semestre (creo que había repetido algunos de los semestres), me miró. Hasta ese entonces no me había mirado. No de la forma en que lo hizo cuando yo dije que ella tenía razón. Y es que en su semestre, en su clase y en su círculo de amigos, Lucy sufría el mismo mal que yo. Todos secreían que yo exageraba, y que Lucy exageraba, con eso de la ley antitabaco. No lo miraban claro. No era el hecho de que nos prohibieran o no fumar, sino el hecho de que nos redujeran el espacio, y que nos tratasen, a los fumadores, como a personas especiales que dependen de la nicotina. Nos encerraban en esas áreas, delineadas con pintura blanca, como a monos, o como a animales enjaulados. Era indignante. Te metían ahí, te empujaban ahí, literalmente, los prefectos, si te miraban fumar a tus anchas en las instalaciones del colegio, te empujaban ahí. Los no-fumadores decían que el cigarro nos encadenaba, pero los que nos encadenaban eran ellos. No te podías largar a casa fumando un pitillo. Antes, si encendías el pitillo, debías acabarlo dentro de uno de esos pequeños rectángulos delineados con blanco. Y lo que es peor: eran tan pequeñas las áreas, y tantos los fumadores, que lucíamos ridículos allí amontonados fumando como simios fumadores. Nótese que lo simio nos venía del cautiverio. En caso contrario debías esperar a salir de la Institución para encender el cigarrillo. Pero no podías irte a casa fumando un pitillo. Estoy hablando de una Universidad. Grandes instalaciones. Tan grandes que de punta a punta uno bien podía fumarse dos o tres cigarrillos. Y no podías hacerlo. No podías caminar a tu casa fumando un cigarrillo. No podías salir. Aunque eso, ya no me importaba. Lucy estaba conmigo y eso era todo loque yo necesitaba.

Me planté frente a Lucy y le dije tenemos que hablar. Se lo dije lanzando una llamarada de humo. De humo de tabaco, y deseándola con la mirada. Mi boca decía una cosa pero mis ojos otra. Yo tenía veinte años, y tenía Estilo. ¿Tenemos que hablar?, preguntó Lucy extrañada y echando por la nariz el humo de su propio cigarrillo. ¿De qué tenemos que hablar?, preguntó reptándome con la mirada. Lucy Slatter se sabía lo solicitada que ella era, lo bella que era ella, y lo inalcanzable que era. O sea, Lucy Slatter tenía veintiséis años y tenía Estilo. No queriéndome adelantar al verdadero objetivo de mis intenciones, le dije tengo un plan. ¿Un plan?, dijo cambiando la mirada de reto a una mirada de interés. Sí dije, un plan para defender nuestro derecho a fumar. Dije esto último y lancé otra nube de humo. La lancé directo al rostro de Lucy. Lucy, que tenía Estilo y que sabía perfectamente lo que mi nube de humo significaba, me tomó de la muñeca y me arrastró hasta una esquina apartada del resto y me dijo: ¿cuál es tu plan? Tiré la colilla del cigarrillo al suelo, la aplasté con el pie; le di unos buenos tallones y lo solté: está noche robaré todos los letreros de No Fumar y todos los letreros de Área de Fumar. Lucy rió. Por un momento pensé que se pensaba que mi plan era una chorrada. Rió unos bueno minutos, tras los cuales me miró directo a los ojos, con una mirada cálida, y me dijo, al borde de un ataque de risa y de emoción, que ella misma entraría esta noche a robar los letreros. ¿Cómo?, pregunté. Sí, Lucy Slatter se me había adelantado. Ella misma concebía la idea del hurto como el mejor de los planes y ya lo había preparado todo. ¿Entrarás tú sola?, pregunté asombrado. Claro que no dijo parando la risa, entraremos Albert, Jacob, Morgan y yo. Pronunció las palabras Morgan y yo con un tono extraño y tuve que preguntarlo: ¿Morgan y tú? Sí dijo, Morgan, mi... Aquí el tiempo se detuvo y tantos pensamientos pasaron por mi cabeza que no recuerdo uno solo... mi... Lo único que recuerdo es que la respiración se me cortó, el pulso se me cortó (lo que quiere decir que estuve muerto un segundo) y que debí ponerme blanco porque antes de terminar la frase Lucy Slatter me preguntó si ocurría algo. Algo malo. No, no, dije recuperando la vida y un poco más calmado. Puse todo mi empeño en no demostrar a Lucy lo muchoque su vida me afectaba. Ya no terminó la frase. ¿Quieres unirte a nosotros?, preguntó Lucy con una risilla sospechosa. ¿A qué se refería Lucy? ¿A unirme al grupo de vándalos? ¿O a unirme a... Morgan y Lucy? Saqué otro cigarrillo de la chaqueta y lo encendí. Acto seguido ofrecí uno a Lucy, quien lo tomó de la caja y antes que yo pudiera ofrecerle fuego, encendió su cigarrillocon un encendedor Zippo. Sí, Lucy Slatter tenía más Estilo que yo. No sería una presa fácil. Mira, me dijo dando la primera bocanada, nos reuniremos en la esquina de la calle X. Allí Morgan nos dirá exactamente qué hacer. ¿Morgan nos dirá exactamente qué hacer?, pensé. ¿O sea que el plan no había sido concebidopor Lucy? ¿Quién demonios era ese tal Morgan? Vale, vale, dije, ¿a qué hora? A las nueve dijo Lucy e iba a darme más detalles pero un tío, un tío de cabello largo, anteojos y pinta de Lenon, llamó a la bella Lucy y ésta corrió dócil a su llamado. Ese debe ser el tal Morgan, me dije y melargué a casa.

4

La noche del gran golpe me presenté puntual a la esquina de la calle X. y allí estaba Lucy y estaban todos los demás. El tío de cabello largo y anteojos, que efectivamente era Morgan, explicó todo el asunto. Era una cosa sencilla. Tenía señalados en un mapa que dibujó él mismo, todos y cada uno de los letreros que debíamosquitar. Algunos están pegados en paredes, dijo, y para ello he traído esto. Sacó de una mochila una lata de solvente. Basta con mojar un poco y voilé , exclamó. Otros están enterrados en las jardineras. Entonces sacó un par de palas de mano y se las entregó a Albert y Jacob. Finalmente dijo, el gran letrero principal, en medio de la explanada y a la vista de los guardias. Para ello he traído esto. Lucy se apresuró a sacar de otra mochila una segueta. Yo estaba ahí, escuchando todo eso sin decir una palabra. Con Estilo. Fumando un cigarrillo, recargado en la pared de la calle X. y viéndolo todo sin opinar. Sin interesarme por nada. Y ellos tampoco se interesaban por mí. Yo no era realmente parte del plan. Yo era el tío menor que Lucy sacóde no se sabe dónde. Me involucré cuando ellos comenzaron a tener problemas. Ninguno quería coger la segueta. No por la segueta, se sabe, sino por lo que significaba coger la segueta. Significaba plantarte en medio de la explanada y darle duro unos buenos minutos. Era prácticamente imposible lograrlo. Antes de llevar un cuarto de tubo cortado, los guardas estarían sobre ti. Probablemente antes de que tú llegases al tubo, los guardas estarían sobre ti. Pero era importante tirar aquel tubo. Quitar todo lo demás y no quitar el tubo principal era como no haber quitado nada. El riesgo eradirectamente proporcional al triunfo. Si lográbamos quitar el maldito tubo... pero ninguno quería hacerse cargo de la segueta. Entonces abrí la bocaza. Dije: yo tomaré la segueta. Hasta ese entonces no me habían mirado siquiera. Morgan volteó a mirarme, Albert y Jacob voltearon a mirarme, y Lucy volteó a mirarme. Yo volteé a mirar a Lucy. Vale dije mirándola a los ojos, yo cogeré la segueta. Morgan se acercó a mí, se lo pensó dos veces y cogiéndome del hombro dijo: ¿estás seguro?, si quieres puedo hacerlo yo. Pues vale dije, entonces hazlo tú. A mí no me importa ser o no el héroe del asunto. Si había que coger la segueta, la cogía; si no, era igual. Todos rieron cuando dije aquello. Morgan rió también y me entregó la herramienta. Era un bocazas de mierda. Estaba dispuesto a no arriesgar el pellejo.

El plan quedó como sigue: entraríamos a la Universidad a las nueve con cuarenta, veinte minutos antes del cierre. Nos esconderíamos en las canchas de basquetbol y aguardaríamos hasta la media noche. O hasta estar seguros que no había nadie dentro. Nadie que no fueran los guardas, por supuesto. Una vez queesto sucediera no sería difícil quitar los letreros. Poco a poco y tomándonos el tiempo necesario acabaríamos con ellos. A decir verdad no era una gran empresa. Los guardas eran pocos y las instalaciones tremendas. Enormes. Podríamos quitar la mayoría sin grandes problemas. El problema era yo.Yo debía seguetear el tubo del letrero principal. Un enorme letrero plantado en medio de la explanada que rezaba: ÁREA DE FUMAR. Ayudaría a quitar los letreros menores y al final, no sé exactamente cómo, me encargaría de rematar la operación. Y no sabía exactamente cómo porque no tenía unplan. Albert creyó sensato distraer a los guardas mientras yo hacía lo mío pero eso sería imposible. Estaríamos encerrados en la Universidad hasta el día siguiente. No podíamos jugar al gato y al ratón por tanto tiempo. Distraer a los guardias significaba alertar a los guardias. Tenía quejugarme el todo por el todo. Y eso hice.

Terminada la tarea del grupo me encaminé al gran tubo. Con la segueta en la zurda y un cigarrillo en la diestra. Morgan me dijo que apagara el cigarrillo, que eso me convertía en presa fácil, que la luz de la colilla podía mirarse desde muy lejos. Pero yo estaba hipnotizado. Tenía una tarea que cumplir y me daba exactamente igual loque pudiera ocurrir. Incluso de mi mente salió Lucy. No estaba haciendo esto por Lucy. No estaba haciendo esto por el derecho a fumar. No estaba haciendo esto por absolutamente nada. Estaba hipnotizado. Era un rollo personal. No tenía miedo. Sencillamente me encaminé hacia el tubo y una vez llegado a él comencé a darle con la segueta. El ruido era todo un estropicio. Los chicos podían escucharlo desde la jardinera donde yacían escondidos. Los guardas podían escucharlo desde donde quiera que estuvieran. Todos podían escucharme seguetear. Y segueteaba duro. En el fondo deseaba que todoterminase cuanto antes. No sé exactamente cuánto tiempo pasó desde que comencé a hacerlo hasta que llegaron los guardas pero me pareció una eternidad. Miré las luces de las linternas sobre mí. No paré. Escuche los gritos de Alto sobre mí. No paré. Continué segueteando. Escuche las amenazas y los pasos de los guardas a pocos metros de mí. Pero seguí segueteando. Lucy me miraba, estoy seguro que Lucy me miraba con la boca abierta. Tres guardas se acercaron. Estaban a unos cuantos pasos y me advirtieron que parara. Pero no paré. Tuvieron que cogerme y arrastrarme para que dejara deseguetear. No había logrado llegar al otro lado del tubo. Dos guardas me cogieron por la espalda y me arrastraron. Entonces fue allí cuando sucedió en milagro. Al arrastrarme solté una patada, al aire, debo confesar que no fue mi intención, y dio justo en el tubo, ¡y el tubo cayó! ¡El letrero cayó! ¡Lo había logrado!

Me llevaron a la caseta principal y me interrogaron. Supongo que lo más sensato no era decir soy alumno de esta Institución. Sin embargo yo dije sin chistar quién demonios era y porqué estaba allí. Mostré mis credenciales sin temor y cínicamente, o lo que los guardas creyeron cínicamente (realmente era el influjo de la hipnosis lo que me hacía actuar así) dije que me importaba un rábano si llegaban a expulsarme. Entonces uno de los guardas dijo que esto iba más allá de expulsarme, que esto era un delito y si yo no cooperaba me entregarían a las autoridades correspondientes. Con cooperar se refería a soltar la verdad. Habían revisado las instalaciones y notaron la falta de letreros de No Fumar. No se creían que yo hubiese hecho eso solo. Querían que delatara a mis amigos. Los estaban buscando mientras me tenían a mí detenido. No voy a decir absolutamente nada, decía yo. Me importa un carajo si me entregan al presidente. No tengo nada que perder, dije, y en esta vida no hay nada más peligroso que un hombre que no tiene nada que perder. Los guardas ignoraban mis frases de sabiduría. Se comunicaban por radio con los guardas que buscaban a la pandilla.

Al día siguiente fui presentado a la Dirección. No encontraron a Lucy ni a ninguno de los chicos, pero no encontraron a Lucy y eso me bastaba. En la Dirección me amenazaron con el mismo rollo de la autoridad correspondiente. Ya decía, pues entréguenme. Por alguna razón desconocida no tenían cojones para entregarme. Dinos con quien venías, insistieron. Y yo insistía: solo. ¿Quieres decir que tú solo quitaste todos los letreros?, me preguntaba el Director. Yo asentía con la cabeza y él me explicaba que si eso era así, yo estaba metido en un gran lío. Pero si denunciaba a mis compañeros él prometía no entregarme a las autoridades correspondientes. Y dale con eso, pensé. Las autoridades correspondientes eran la policía. Podían denunciarme por allanamiento de la propiedad privada o algo. Pero no tenían cojones. Me hicieron redactar una carta de lo sucedido y firmar una declaración. Me hicieron entregar las credenciales de estudiante y esperar, pues este caso debe ser considerado por el Consejo de no sé qué coños, dijo el Director, y yo debía esperare la resolución. Pues bien. Esperé, esperé y esperé. Al final no me hicieron nada. Los dejé colados con eso de declararme culpable cínicamente. Y me convertí en el ídolo de la Institución. En el Roberspiarre de la Institución. Lucy y sus amigos jamás se declararon culpables, así que yo me quedé con todo el crédito de la victoria. Para la escuela entera yo era el que había acabado con los letreros deNo Fumar. La gente me miraba de reojo y murmuraban ese tío tiene cojones. Lo notaba. Todos se pensaban que yo era el tío con más cojones de toda la Universidad. Plantarse así como así, decían, y tirar el tubo. Sin correr, sin ocultarse, sin miedo, y luego, decir cínicamente he sido yo haganconmigo lo que deseen, y que al final, no le hagan nada, ¡eso es tener cojones!, exclamaban. Mis amigos, y todos los que se negaron a participar en la marcha me felicitaron y me vanagloriaron. Decían que sólo a un loco como yo se me ocurría hacer todo sin planearlo. Al respecto yo no dije nada.Jamás confesé entre con Lucy y sus amigos. Ellos querían un héroe y yo no se los iba a quitar. Además, después de todo, Lucy y sus amigos eran unos niñatos. Cobardes.

No volví a hablar a Morgan ni a ninguno de ellos. Y ellos tampoco volvieron a hacerlo aunque Lucy... Lucy me miraba cada que yo pasaba cerca, y yo, con todo el Estilo del mundo, la ignoraba por completo. Podía irse a la mierda. Podía quedarse con el fatuo de su novio Morgan. Un tío de veinticinco añosque no tenía cojones para declarase culpable, ni para cortar un tubo, ni para salvar a un tío en peligro. Escondido como rata. A los veinte años yo era un tío con más cojones. Andaba roto. Sin blanca. Quebrado. Pero tenía Estilo y el estilo lo es todo. Y por ello me era entregado todo en lasmanazas:

Una tarde de universidad Lucy se acercó a mí y me dijo: Petrozza. ¿Sí?, dije cortante. A los veinte años yo era soberbio y no me interesaba por una mujer incapaz de sostener con actos sus palabras de Lealtad, Rebeldía y Coraje. Vale dijo, sólo quería decirte que... eres el tío con más cojones que he conocido. Riendo contesté:vale, está bien, gracias. Y regresé la vista al libro que leía. Yo estaba sentado en la banca de una de esas áreas para fumar, fumando un cigarrillo y leyendo a Martín Lutero. Y también, continuó Lucy sin que yo la mirara, quería decirte... La miré de reojo y estaba hecha un tomate. Bueno, quería avisarte que... La miré directo a los ojos y le dije con extrañeza: ¿sí? Que... bueno... terminé con Morgan. La última frase la soltó en fracciones de un segundo. Rápido. Escupiendo la cosa. ¿Ajá?, pregunté desinteresado del asunto. Pues nada dijo, sólo quería hacértelo saber.Vale dije, gracias. Me levanté (otra vez hipnotizado) y me largué. Dejé a Lucy allí parada como a una imbécil. Una parte de mí clamaba por regresar a su lado, tomarla de la cintura y plantarle un beso de ensueño. Pero no lo hice. Me largué. Y no volví a hablar con Lucy nunca más.

5

Sobra decir que a los tres días siguientes el tubo estaba de nuevo en pie, y todos los letreros en su sitio, y la Ley antitabaco continuaba vigente, y todo seguía el curso de un principio. Sobra decir que mi acto no cambió en absolutamente nada mi vida de veinte años.

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Martin Petrozza

Fotografía tomada de: http://fineartamerica.com/featured/fine-and-dandy-gary-lomax.html


Sobre esta noticia

Autor:
Petrozza (331 noticias)
Fuente:
whiskyenlasrocas.com
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Tipo:
Reportaje
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