01:32 (27-05-2012)

El esclavo Diógenes

Enviar a Twitter Enviar a Facebook Compartir en Questionity
(Sobre la autoridad propia)

Escuché una historia de Diógenes. Unos bandidos, al ver su facha del hombre, se sintieron muy contentos porque habían encontrado al varón adecuado para comerciarlo.

Pero, como Diógenes era un hombre robusto y sano, tuvieron miedo y se ocultaron detrás de un árbol.

Ellos murmuraban mientras el otro estaba sentado escuchando los susurros:

- ¡Él sólo puede con nosotros! Es un hombre fuerte. ¿Qué podemos hacer? No podían deliberar fácilmente.

Entonces, al ver esta situación, el hombre les dijo:

- ¡No se preocupen! ¡Venid y llevadme donde queráis!

Tuvieron miedo y, al fin, rompieron el silencio diciendo:

- Somos bandidos. Queremos llevarte al mercado de esclavos, ya que podemos conseguir por ti un dinero jamás obtenido. Normalmente no hay esclavos como tú, que satisface todas las exigencias de los mercaderes.

Él contestó:

- No os preocupéis. ¡Adelante! No me resistiré.

Entonces se fueron a él y comenzaron a atarle. Pero Diógenes intervino:

- ¡Alto! No hace falta que me aten. Tengo pies y puedo caminar. ¡Conozco el camino!

Los cuatro bandidos no podían creer lo que estaba sucediendo y se pusieron a seguirle rumbo al mercado de esclavos. En el camino los ladrones se decían: ‘No deberíamos meternos con él’. Pero como el caso estaba emprendido ya nada se podía hacer.

Llegó Diógenes y de un salto se puso en la plataforma donde estaban expuestos los esclavos. Luego se paseó un poco de un lado a otro y empezó a gritar:

- ¡Ciudadanos y esclavos! ¡Escuchadme! ¡Por primera vez hay un amo en venta! Si alguno de vosotros tiene agallas, puede comprarme. Estos cuatro tipos que veis aquí necesitan el dinero. A mí no me importa dónde me toque ir. Mi individualidad no puede ser destruida.

Hubo un gran silencio porque Diógenes había dicho: ‘Hay un amo en venta’. Luego vino un rey en busca de esclavos se interesó por él y se dispuso a pagar el precio que fuere.

Diógenes dijo a los bandidos:

- ¡Ésta es vuestra oportunidad! ¿Cuánto queréis? ¡Pedidlo! ¡No seáis tímidos! ¡Conseguid el dinero y largaros!

Entonces los ladrones pidieron, recibieron el dinero, y se fueron. En cambio, Diógenes, se sentó en el carruaje junto al rey y éste suspiró:

- ¡Qué extraño! No deberías haber hecho esto.

Diógenes dijo:

- Esos pobres tipos estaba necesitados de dinero y, en cuanto a mí, donde quiera que esté, seguiré siendo yo mismo.

El rey mismo empezó a tener miedo porque estaban solos en el carro y aquel hombre era muy fuerte: podía acabar con él en un santiamén.

De tu ser, de tu individualidad, de tu virginal pureza, brota la autoridad propia

El hombre siguió:

- No te preocupes. Podría acabar contigo ahora mismo, pero no lo haré. Lo importante es que has ayudado a esos cuatro tipos que necesitaban. Yo, en cambio, iré contigo y te serviré como esclavo. Lo estoy eligiendo, nadie me lo impone.

El rey se alegró y dijo:

- No, no te haré esclavo, serás mi amigo. Por lo que deduzco tú debes ser Diógenes. He oído hablar de él y creo que no puede haber muchos hombres así. Tú debes ser Diógenes.

Él contestó:

- Sí, soy yo.

Y desde ese entonces vivió con el rey en su palacio, desnudo, a su manera, tal como solía vivir.

Un día, el rey le dijo:

- Diógenes, estar desnu­do dentro del palacio resulta un tanto extraño, me da vergüenza. Deberías usar ropa.

Diógenes respondió:

- Entonces es mejor que no me hagas tu amigo; hazme tu esclavo. Si la amistad no me permite ser libre, ¿qué tipo de amistad es esa? Hazme tu esclavo y entonces haré todo lo que me digas.

Pero el rey había empezado a estimar a aquel hombre. Su sinceridad, su autoridad, tenían un poder magnético. Así que decidió dejarle en libertad. Dijo a Diógenes:

- No puedo hacerte esclavo y sé que tampoco puedo hacerte amigo mío. Estarías viviendo desnudo en mi palacio y como vienen otros reyes a residir en él, eso siempre sería problemático.

Diógenes contestó:

- La decisión es tuya. Simplemente soy tu escla­vo. Si me liberas, me parece perfecto. Me siento feliz de que esos cuatro tipos hayan recibido ayuda. Y he encontrado una forma muy hermosa de ayudar a los necesitados: si alguna vez estoy con alguien que viva en la pobre­za, puedo decirle: ‘llévame al mercado de esclavos y véndeme’.

La ‘autoridad propia’ es la flor más hermosa que existe. Pero la autoridad que conocemos no es otra cosa sino un papel que te da una determinada colectividad u organización, no es tu florecimiento. De tu ser, de tu individualidad, de tu virginal pureza, brota la autoridad propia. He ahí la autoridad de Diógenes, de Jesús, de Sócrates, de Zaratustra... La autoridad propia es la expresión más alta de la libertad. Y afortunados son los que han hallado ese tesoro!

Ohslho

Añade tu comentario

Comentarios de El esclavo Diógenes

Nombre: (opcional)
Añade tu comentario:
Inserta el código de verificación:
 
 

Sobre esta noticia

Autor: Ocho (8 noticias)

Fuente:

Visitas de esta noticia: 989

Tipo: Opinión

Esta noticia se publica con licencia: Copyright autor

Personaje
Sócrates

Regístrate en Globedia