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El conspirador

25/08/2018 15:10 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Cuento de Erangel Rivas Parra.(Entrenado ahora en este medio, espero les guste9

Michelena y Febres son celebres en la ciudad. Ellos acuden con diligencia a sus labores diarias. Su política laboral se fundamenta en la disposición de agradar los caprichos del cliente o del superior (Sean cuales sean y sin importar pasar por encima de sus propios intereses éticos) Como para aparentar que hacían algo muy importante llevaban sus maletines de acá para allá entre la turba citadina. A Rojas le gustaba el trabajo, pero a diferencia de Michelena y Febres hacia lo que le gustaba sin dejar que nadie cuestionase sus ideales. Rojas estaba comprando un cereal achocolatado de marca “x”. A pocos momentos llegaron a la bodega Michelena y Febres. Él no lo había advertido. Ellos estaban tras de él. Murmuraban sobre sus ambiciosos proyectos millonarios. Cuando Rojas empezó a exponer unos cuantos comentarios irónicos ellos enseguida guardaron silencio sepulcral, miraron a los lados, detrás y hasta por arriba del techo, se cercioraron si había cámaras, si había micrófonos secretos o si había algún espía cercano. No había nada que temer, pero pasaba la gente y veía. No veían. ¡Veían!... ¿Y si lo oían todo?-Dijo Febres- Estaban al tanto de los detalles de las ironías pero seguían todavía mortificados, estaban alarmados, miraban a los lados, disimulaban. Oían hasta los insignificantes pasos de las hormigas. Todo parecía muy normal para Rojas. Demasiado. Suficiente para sospechar que algo asechaba a su alrededor. Algo interrumpía su armonía, no soportaban aquellas ironías. Rojas volteó, los vio, los saludó y continuó con sus ironías. El bodeguero con disimulo les hacía señas a los de atrás como diciéndoles: “! Alguien Quíteme este loco de encima!”. Estaba rojito como un tomate. Y eso que el bodeguero tenía una cara de tan “buena gente”… Eso ocurría cuando lo saludaba. Muecas políticas… tradiciones… normas de urbanidad… fundamentos con que se construyen las grandes sociedades. Eso era la hipocresía. Rojas no sabía nada, se lo creía todo, el ingenuo suponía que todos los rostros no podrían ser de goma. La gente seguía pasando. Amenazantes. Estaban demasiado cerca para ellos. ¡De verdad nos ven!... ¡No! no nos ven-Dijo Febres-…Pero podrían. Tu vigila por allá y yo por acá. -Dijo Michelena- Sabían que todas esas ironías eran la verdad y que se les caía el mundo encima solo siendo sus testigos. Ellos, que eran tan fluidos en el trato político no se atrevían a decir ni un solo cometario. Evitaban delatar complicidad con aquel conspirador. Él y sus ideales. Papá el soñador. Supongo que lo mismo pensaría de mí. ¿Alguien lo abra visto?.... Yo lo vi en la plaza tal, en la avenida aquella, cruzando el metro, comiendo una empanada, hablando con fulano, jugando truco con aquel. Ese estará hoy bien lejos… Quizás para bien. Ignoro cuanto tiempo a ese terco y pedante lo hubiese soportado cerca. ¿Qué estará haciendo? ¿Tomándose una fría en un bar de la capital?, ¿hablando de política? Con el cerro de papeles en las manos, las carpetas y en los bolsillos. Durante el tiempo que estuve sin verlo logré hacer algunos descubrimientos, unas cuantas insolencias… Carajo si me hubiese visto papá. Esa tarde hacíamos una exploración guiada por los Sabios. Al caer la noche nos indicaron que descansásemos al pie del monte el Guamo. Vi aterrizar un farol sobre la cima de la loma El Guarataro. Otros afirmaban que era un barco con alas o un dragón. En medio de nuestras especulaciones los Sabios suben intrigados a investigar. Al regresar de la cumbre nos llaman con autoridad y con voz solemne nos cuentan que Los Visitantes les propusieron un pacto. Habían elegido entre ellos a doce de los más sabios para gobernar a la aldea. Si moría uno de ellos su hijo o su más próximo pariente sería el elegido para reemplazarlo. Los Visitantes les prometieron que nos harían encontrar tierras apropiadas para fundar una nueva aldea y nos facilitarían sus avances tecnológicos. Durante la travesía, como nos indicaron, identificamos el lugar señalado al hallar muchas cañas y juncos. Yo no sabía para aquel entonces nada de lo que ocurría. El fue el idealista. Hombre honrado y sin tacha cuando se trataba de su desempeño en algún cargo administrativo. Todavía era un bebé cuando papá regresó a casa, a la de su familia en la capital. Le molestaba que mamá viajase en su avanzado estado de embarazo para atender a su madre destrozada por los nervios. Había muerto abuelo y a la vieja la llenó un vacio repentino, un vacio muy hondo y tenebroso. La pobre vieja no contaba con nadie. Mamá era la única. Luego supe que los próximos meses serían hostiles. La casita, el nido de amor, el poema, todo ardió en llamas, el fuego de los insultos, los pataleos y las discusiones (Afortunadamente supe que nunca le pegó) Ella tampoco sabía nada. (Lo de la estrategia) El infierno tenía que llegar a su final algún día, las llamas se apagarían… Perdí memoria de que se trataba el asunto. Hablaban rapidito y yo lo que hacía era esperar mi turno para repetir el coro. El Sabio Monagas Tragalibras decía en su discurso: “Como dije antes: las cosas no están para juegos de carritos y lo mejor es esperar, esperar y esperar ¿Saben por qué?... Los Visitantes dicen que algún día algo iba a cambiar, algo bueno: La Gran Promesa del Escrúpulo. ¡La limpieza de la maldad llegará!” Entendía que todo iba bien y por nuestro bien ¿Y si no?... ¿Cuál sería el plan?... ¡Qué voy a saber yo!... La gente tiene escrúpulos…. Se supone… además de las tripas y la mierda y la sangre contamos con los sentimientos, los ideales y los principios morales y no sé qué más… Si. Así será. Creo que de eso estamos hechos. Los Visitantes son ingenieros extraordinarios y dotados de misteriosos poderes. Nos ayudarían a progresar a ser de un pueblo a una ciudad moderna a cambio de nuestra adoración exclusiva. Sus gobernantes elegidos nacerían como resultado de una inseminación artificial realizada con algunas habitantes de la aldea dentro de sus bases secretas en la montaña. Nos prohibieron corromper nuestro linaje con el de los extranjeros. Pronto nos asignarían guerras de limpieza étnica. Se acercaban los tiempos de guerra. Los aldeanos ociosos acuden a alistarse al oír que les prometían las riquezas obtenidas de los saqueos y la bendición de los Sabios. Descubrí más tarde que las guerras se hacían por dos razones: La primera es por negocios y la segunda exterminar humanos. Se fumigan. Así como se fumigan plagas. Cegar la cizaña. Si eres de color te conviertes en el blanco perfecto de las nuevas carretas que vuelan. -Les voy a revelar otro de mis descubrimientos- A conciencia aldeanos muy inteligentes cedieron sus inventos a las mentes más enfermas. Cuando comenzaba una guerra uno dictaba la orden, Después de la firma pulsaban el botón y marchaba la máquina. Todo organizado. Todo automático. Las bombas caían sobre sus casas sin saludar y sin dar aviso. Solo caían, explotaban, quemaban y consumían todo… ¡Y no todo a veces!… Si sobrevivía alguno sería el que reviviría la memoria maldita de ver a sus seres queridos achicharrados o mutilados y sin haber podido hacer evitarlo. El pueblo progresaba rápidamente con la llegada de las nuevas maquinas. Los comunicadores acapararon un radio de distancia espantoso. El bruto ruido de las maquinas reproducían a los vocalistas que imitaban a los divos extranjeros, asediaban con un genero tribal y pegajoso, de sabor típico, un mantra moderno, aquello no era música sino era ruido y pura pantalla y no se resistían a bailar ni los locos... Esta vez nos hablaban de una conspiración infiltrada entre la población, una manipulación, se trataba de un grupito de ricos disfrazados de pobres protestando por las calles a bordo de carretas lujosas. En las campañas políticas contrataban la guasa de los Cazadores de Sentimientos, asediaban en medio de las confusas avenidas gritando el cumplimiento de la entrega de afiches y panfletos. La aldea era testigo de las frecuentes y airadas discusiones intestinas entre bandos políticos, conocidos como El Partido Unitario de Los Cerdos Solares y el Partido Opositor de los Bagres Colorados. En la literatura hecha por escritores de renombre registraban las disputas en sus documentaciones de categoría histórica, periodística, panfletaria, épica y mitológica. Lo que no compaginaba para el pueblo espectador en ese cuento resultaba ser: ¿Cómo era posible que tales bandos que protagonizaban una imagen de eternos rivales se encontraban luego bailando juntos en las procesiones, esas… las hechas en honor al Mono. El primer Baile del mono se festejó cuando todo era “sano”-Decía con nostalgia una amable doñita- …no existían postes de luz, ni semáforos en aquellos días. El pueblo de donde vi llegar el mono se ubicaba mucho más allá del monte el Guarataro, en San Antonio de Maturín. Aquel era para entonces “un pueblo!” tenían su iglesia, tenían su hospital, y hasta tenían servicios de correo. Los mensajeros venían en burro por los caminos empedrados sonando una campanita. Cuando llegué a este pueblo no había ni una nevera, ni una lavadora y ni una de esas carretas modernas. Pero si oí que tenían varios poetas, y se decía que guardaban libros muy avanzados para la época. Como dije no habían lavadoras y los solterones de aquel entonces se veían obligado a la tarea vergonzosa de lavar a mano. Allá, en mi pueblito natal, nos iluminábamos en las noches con lámparas de querosén y con la luz de la luna, aun así nadie robaba en aquellos días. Este lugar donde estamos ahora, para aquel entonces era un sembradío de yaques. Salíamos en grupos bajo la luna hasta el terreno abandonado, el que hoy se encuentra lleno de basura, maleza y un lago., hogar de reptiles y pájaros. La gente en aquel entonces dormía con las puertas de sus casas abiertas, sentados a las puertas de sus casas madrugaban tomándose un café bien cargao', llegaban las visitas a las casas, las cordiales palabras se intercambiaban, te llevaban el tradicional arroz con coco, comida recién preparada en su fogón, o una conserva. No me atreví a preguntarle a la doña si existían los borrachos. Las reuniones eran decentes, se daban en las salas de las casas -Ella continuaba el relato-cada uno de los asistentes tenía su porción de la conserva de guayaba, ¡el tiempo en que todo era barato! ¿Pero si existía la gente pobre? -Le Pregunté Interrumpiendo- Eso siempre ha existido. Pero se vivía feliz -Respondió contundentemente-…con un real los niños compraban a la entrada de la escuela la merienda. ¿Compraban caramelos?-Le pregunté- No, ni tampoco el maíz plástico ese, que venden en papeletas de colores importadas, los niños se llevaban con gusto a sus bocas el cazabe con aguacate como un sándwich. Todavía lo veo claritíco. !Umm que divino! Así por así. Y sin derecho a réplica me sacaron a la fuerza el mismo día. (Imagino ahora la escena de papá): Ocurrió pocos días después de la muerte de mamá, llaman a la puerta unos sujetos desconocidos, traen una orden judicial que justifica mi desalojo. ¡Qué leche la mía!-Diría- No tengo en mis bolsillos ni para pagar una habitación. Vago con mis corotos por las calles de la ciudad y en las noches duermo a la intemperie en el banco de alguna plaza. Espero ansiosamente el día del pago de la quincena. Lo poco que tengo lo raciono minuciosamente para el alimento. Cuando amanezca a ir al liceo a dar clases y en las tardes deambular en los parques o leer ¿A ellos qué les habrá pasado? A mis amigos. Veía mi reflejo en las vitrinas de las tiendas y ciertamente, ese era yo, aunque más desaliñado. ¡Pero yo no era Frankeinstein! Seguía siendo yo, el mismito Ezequiel Guevara. Por ahí no se ven, y si eso ocurría eran más lejanos, las conversaciones eran más breves, ya no había dinero para amenizarlas con tragos y mujeres. Nunca entendí la razón ni la maraña que se tejió en aquel asunto. ¿Ocultaba algo mamá?, ¿sabría algo mi tía? ¿Por qué nunca me dijo nada mamá? Recuerdo que en mis días de fanático tenía en mi habitación pegados afiches, folletos, panfletos y libros. Era tan fanático que me ponía histérico y les pataleaba al oír un comentario negativo acerca de nuestra labor como Militantes del Escrúpulo. Todas las mañanas abría las ventanas para oler el exquisito olor de la factoría de chocolates. Luego del café, que mamá me lo daba calientísimo y me decía: ¡tómate se ese cafetazo pa’ que se te queme la trompa! Encendía mi televisión en blanco y negro ubicado sobre un bar desusado. Ahí están: Las nuevas promesas de los Sabios, luego de verlos iba a la sala a sentarme en el sofá beige para apoyar mi libreta sobre la mesita de cristal, al lado de los elefantes de ónix de mamá, allí mismo componía mis canciones en honor a La Gran Promesa del Escrúpulo. Todos compartían las mismas ideas (Las elementales) nos las sembraron los Sabios desde carajitos entre la leche y el cereal. Eran mentiras muy ciertas por que la tradición las imponía y no había nada peor que un pueblo sin esperanzas y sin razón para luchar. ¡Tiempos de alistarse! Se trataban de mecanismos ofensivos y defensivos, como un “todo automático, todos contra todos, civilizados…” Y todo era por nuestro bien. O para divertirnos jodiendo o yo que sé. Todo ocurría y no pasaba nada. Dos comunicadores celebres (Cuyos nombres desconozco) presumían estar al tanto del acontecer en sus pregones diarios. Lo supe de boca de Parker. Desconocía por que la gente hacia tanto escándalo por aquellos tipos que vestían elegante y llevaban maletines de cuero como si los estuviesen persiguiendo. ¿Será que ocultaban algo? Cuando le pregunté a Parker sobre cuáles eran sus tópicos de interés sondeaba con muecas, intentaba conjeturas metafóricas, intentaba apañar su discurso disparatado con su cliché autómata “es muy importante” y su nervioso “es como”… Y hasta el infinito. Ellos pagaban porque no les enseñaban a ser buenos. Buenos como ellos. Buenos de verdad. Ellos eran los únicos y no los demás porque no eran lo suficiente por nacer en otras tierras. Nunca a los de las bombas se les imputó una falta. Los malos solo se fumigan. Todo era para nuestro bien. Y no pasaba nada. Nunca pasaba por el asunto ese de los términos, los comunicadores los maneaban muy bien, con gracia, subliminales, seductores, rotundos, sublimes, como poesías, poesías de lata, el manto de merengue, dulce de amor, esperanza, paz… Todas las palabras buenas, todas juntas, como ladrillos. Palabras buenas de los comunicadores. Aquella construcción parecía una verdad. La única. Yo quería seguir creyendo... Yo tenía una gran duda. Pensaba en ella demasiado y no hallaba respuesta en mi cabecita de hombre mortal. El hecho ocurrió después visitar al señor que me hablaba de “lo buena que es la playa” y de pasar por el zoológico donde esta aquel león que me ruge de lejos cada vez que paso cerca de las comadrejas trepadas en los arboles de la plaza. Ese día por fortuna los vi, pasaban cerca de la iglesia. Apresuré mis pasos. Vi que uno de ellos volteó y le murmuró algo al otro ¿Será que me confunden con un asesino? ¿Con un ladrón? -Pensé- Pero no me dejé influenciar por aquellas especulaciones y no desistí de mi intento y los alcancé. Voltearon nerviosos al verme pasar por su lado. Les dije que no estaba armado. Los saludé y les réferi el motivo de mis dudas. Se trataba de “los mensajes subliminales” Se los expuse, después les pregunté qué sería lo que tanto ocultaban con ellos. Los maleducados indiferentemente se dieron la vuelta, fingieron naturalidad, y empezaron hablar acerca de antros, vicios y permutas. Acompañado de un grupo de aldeanos en una plaza protestábamos. Juan Trocha les decía en el micrófono: “¡De la boca de Los Comunicadores empiezan a salir sonidos sofisticados! ¡Sonidos de un increíble poder magnético! ¡Presumen diferenciarse de las voces privadas de significado emitidas por los salvajes primarios! ¡Si Los suyos no dicen nada!, solo poseen gracia, requisito esencial para la conquista implacable de patrocinantes. ¡Con su paja quieren suavizar los problemas y legalizar los crímenes! Fuimos contagiados repentinamente por su lenguaje subliminal, ¡nos han alienado! Desde que tratamos el tema fuimos marginados en la aldea como Los Insolentes…” Cuando me cedieron mi turno de hablar dije: “Los Sabios les dejan hablar su paja pero sin salir de la rampa. Más allá no patinaban. Sino caían al abismo. Y allá nadie salva, se está solo, solo como los que no contaba con un solo número (Los que si contaban eran los billetes) Ellos que están al tanto de todo y le dan explicación a todo rapidito lo saben bien. Ya no se puede confiar en nadie. Sería muy ingenuo, demasiada confianza, ¡demasiada para este campo de guerra que llaman vida en convivencia. Uno nunca se imagina… uno nunca sabe… Hay mucho distorsionado rencoroso mesclado sutilmente entre la masa ciudadana con una estrategia bajo el brazo, ¡podría ser cualquiera!, un rostro cualquiera, ¡uno entre ustedes!, ¡uno entre nosotros!, ¡podrías ser tu!, ¡podría ser el! o ¡ella!.. ¡De qué carajo hablas perdiste un tornillo!-Le grita un aldeano y se echan a reír-¡Nos vigilan!... Las bellezas ocultan monstruos. Podría ser aquel tipo de la camisa de guayabera y los lentes oscuros que va rumbo a la oficina ¿Quién sabría que se inyectaba heroína y asistía a los conciertos de Santana? Tampoco sabrían de quien hablo ¿Y en ese caso cómo?... ¿Cómo?... ¡No podrían!… Si podría estar hablando del sol, de un mito, un pastor de ovejas, un cazador de conejos, podría ser…Cualquier nombre. Uno salido de un recorte del periódico bajo la hojilla del señor Cirilo, el viejo barbero, “el que oye todo y nunca sabe nada”. Cualquier nombre es un sujeto con las manos tras la nuca, los ojos tapados. La policía lo arrestó porque jugaba a la bolsa de valores. ¡Acaparadores!, retienen el cereal para venderlo más caro con el nuevo aumento. El Wall Street de los alimentos. ¡Eso si que da real! No se les veía buen humor a los aldeanos cuando subió a exponer al estrado Ramón Cariaco: “Yo como también muchos otros profesionales y estudiantes que invertimos nuestro esfuerzo, tiempo y sacrificio. También estuve mucho tiempo desempleado. Y lo estoy. El orden ascendente en la pirámide de poder, que se supone, estábamos por derecho de la Constitución como destinados a escalar no saciaba mis ingenuas expectativas de progreso. Los títulos parecían ser papeles que certificaban que eras útil, para servir un papel a tu patria, en la mayoría de los casos servían para recoger polvo y polillas en el abandono. Los contagiados acudían a las Casas de Militancia a pedir favores durante horas, días, meses, y hasta años. Era como jugar un número a la lotería, solo una mano tenía que abarcar a la otra, los Sabios si llegasen a escuchar la petición saldrían premiados con el número milagroso. Los aldeanos veían confundidos, especulaban, se sentían amenazados, ofendidos, a pesar de que creían que eran un grupo de polémicos graciosos que estaban confundidos con aquello del contagio de una extraña enfermedad subliminal. Fue entonces cuando volaban las piedras en el aire. Con el tiempo aprendí a leer los labios bajo el ruido de los salvajes a bordo de los carruajes de metal. Los que casi vuelan. Casi… los insultos eran una nota sobre ellos, parecían gente buena. Los aldeanos modernos se esforzaban tanto en condenar los defectos y pecados que cada día aumentaba la participación cívica en esos deberes (Yo empecé a creer que a ese paso, y en poco tiempo, todos por fin alcanzaríamos a ser buenos) Ojala… La niña escribía su párrafo en el banco de una plaza. Le dictaba improvisando. Ahora a ella le tocaba narrarlo todo, a su mamá: Todos íbamos con nuestro número, el codiguito. Ese mismo que marcaban en la pantalla y salían los billetes como de la máquina de un casino. Si corrías con suerte te tocaba mirar a los lados, con disimulo, habían ojos asechando desde donde menos te imaginabas, gente con cara de buena gente y mesclados entre la gente. Tus oraciones serían inútiles, ya ellos habían hecho las suyas, no les iba a doler nada regalarte unas cuantas balas si te resistías al atraco. Todo debía estar bien. Así sería… Los Insolentes subimos a la cumbre de la montaña a espiar a los Sabios. Con mucha elocuencia hablaba el Sabio Mosquera sobre “El Gran Misterio de la Vida”, sostenía que era necesario inventar la Nueva Promesa, era una ley natural mantener el fraude. Los Sabios enviaban a sus Robots Militantes con órdenes estrictas de exhibirse como héroes, elegían culpables al azar entre los contagiados por la plaga del disparate, los llevaban prisioneros y los hacían arder vivos en una hoguera. Los aldeanos no faltaban al evento público, iban con la esperanza de que se purificara la aldea de la peste asoladora. En la próxima protesta me tocó exponer. Pocos asistieron, ya casi todos los aldeanos estaban alienados. “Pagábamos por ignorantes, pagábamos porque vamos de aquí para allá haciendo todo lo que nos dicen que es bueno, lo que es malo, lo que es justo, ¿y saben por qué?... Yo no sé tampoco. Yo solo obedecía, sin preguntar, como cosa de fe. Lo único que veía en esas guerras era un montón de gente corriendo, eran tantos que parecían paja, aquella carnicería atroz, los cadáveres llenaban las calles, en la turba se movían los fanáticos contagiados por las consignas ¡la enfermedad! iba uno contra el otro, hombre contra hombre, máquina contra máquina. Entonces fue cuando vi que dejábamos de ser familias, ciudadanos, docentes, vecinos, funcionarios de la ley, humanistas, militantes, partidarios políticos, humanos… ¿humanos?... ¿Y las entrañas?... Nuevamente nos abuchearon y nos lanzaron piedras. Desde entonces abandonamos la defensa de los ideales. Todo era en vano. Y ocurrió por fin. El día milagroso sucedió cuando llegó la invitación al parque. El día del paseo, día esplendoroso y soleado, las flores se las imaginaba sin llegar verlas, iban a él, iban… pero el camino hasta allá se le hacía muy largo a papá, se le hacía infernal, se le hacía como un eterno éxodo en el desierto… En el camino ella le preguntaba ¿Porqué sudas tanto? ¿Será la tensión? ¿Quieres mejor que te lleve al médico? Y él se hacia el loco con cara de ingenuo. Con mucho esfuerzo, como la acción de levantar un gran peso, intentaba gesticular su rostro para exponer una pálida sonrisa, una imagen que lo tapase todo, tapaba el sol secretamente, todo estaba bien, su frente sudaba, sudaba frio, algo ardía en él y fue cuando se le ocurrió decirle: ¿Por qué no nos desviamos por este otro camino? Por ahí parece peligroso… ¿verdad?... Lo es ¿verdad?... Ella sonreía cándida y tomaron el camino sugerido, el camino de papá, el camino correcto, el verdadero destino que solo él sabe. El recorrido se hacía un poco más lejano, no iban al parque. Ella lo sospechaba, pero no decía nada, no sabía sobre lo de la estrategia, la frente le sudaba a papá, sonreía, ¿Cómo podía? ¿Cómo podría? Él sonreía y no pasaba nada. La revelación fue cuando la invitó a pasear a otro lugar, a una reunión con unos amigos, los abogados, esperaban en la oficina entre los duendes y las hadas y los unicornios, esperaban con el papeleo listo para el acto de la firma del divorcio bajo mutuo acuerdo. Estratégico… Quizás fue lo mejor. Recuerdo cuando niño que papá solía venir a verme alguna vez al año para regalarme no un cajón, como los que solía enviarme la abuela difunta, repletos de corotos importados, sino que Tato, (Como les pidió a sus nietos que se lo llamasen) traía una bolsita con alguna revista, volante o libro de distribución gratuita (Todos de categoría panfletaria) y si acaso un par de lapiceros medio usados. La última vez que nos vimos me entregó una estampita con el dogma de que no la abandonase, por su significado simbólico y otras cosas que no recuerdo, era un líder insurgente que luchó por los campesinos. Tenía adherida la cara de una moneda. Así somos… Así somos…. Todo una aldea por hogar y se nos hace cada vez mas chiquitica. Así lo ven nuestros ojos modernos, así lo computan nuestras mentes modernas, calculadoras frías, calculadoras… conocen de sumas, restas, multiplicaciones, divisiones ¡dividir!... Dividir el tiempo, crear prejuicios, inventar mentiras, levantar banderas, fronteras invisibles, construir torres, forjar hierros punzantes, la pólvora, inventar más mentiras, usurpar, saquear, las bombas, el fanatismo, la cobardía, los gritos… ¿En qué fallamos entonces?... ¿Será que estamos mal hechos? ¿Defecto de fábrica? ¿Trajimos las sinverguensuras de la otra vida? (Si es que la había) O qué sé yo… ¿Será qué soy muy pesimista?, ¿será qué soy muy desconfiado?, ¿será que en fondo somos buenos?, ¿será que todo marcha bien y hasta hoy no he podido verlo?... Yo quería creer… ¿Podría regenerarme de esos pensamientos? Fumigarlos… Eso es… Limpiar !Verdad que podría hacerlo!... ¡Podríamos!… Buena gente podría ser cualquiera. Baila, baila, baila… Repite el coro. Otra bomba cae y no pasa nada… nadie sabe, nadie vio, nadie ve nada. Las bombas no cuentan… los números… los racionales… los conejos del sombrero… Esos sí que son de verdad. La maldad y la ignorancia no tienen bandos ni banderas. Ellos lo saben. Están al tanto de todo ¡Nos vigilan!, nos cercan, nos controlan, están entre nosotros, no se les escapa nada… Así dicen… Y ojala así fuera porque “todo era para bien”. A pretérito… faltaría poco para que se arreglasen las cosas, ni una sola piedra se vería volar en los aires, ni un solo corrupto. ¡Qué alivio! Se están encargando de ellos ahora mismo… Ojala… Calculo que para ese gran día existiría también el auto examen de conciencia. Y hablando de cálculos ¿Con quién cuento yo? Ellos, los que de los faroles, les hacían creer a los Sabios y a nosotros que éramos especiales, que éramos poderosos y sus únicos elegidos. En realidad ignorábamos que ocurría todo al mismo tiempo en las demás aldeas extranjeras. La boté hace tiempo. Ni siquiera la moneda recuerdo en que la gasté. Ya no regresaría el de la estampita ¡Papá! ¿O quién sabe?… Si alguno de ustedes lo llegase a ver (Imagino) inmerso en aquel monstruo de metal y concreto, de estruendosas avenidas, crímenes, plegarias, oscuros callejones, iluminadas estrellas de neón, tarantines de buhoneros, bares concurridos, acaudalados conventos, ingeniosos artesanos, laberinticos cerros marginales, masas tumultuosas de humanos que se dirigen hacia un destino o a ningún lugar, el vapor del guarapo mañanero, las frías torres encumbradas… si lo ves dile que quisiera volver a verlo, darle un abrazo, cruzar algunas palabras… Y como el sol cuando se oculta bajo las montañas del lejano horizonte darnos la despedida, entonces en el vasto río de la vida que cada quien siga su propio camino.


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