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El caso Cenci

22/08/2018 18:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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¿Qué ocurrió con todas las artistas admiradas en siglos pasados? ¿Dónde están sus obras? Un caso misterioso, un enigma por resolver

¿Quién es ella? ¿Quién pintó su retrato?

El cuadro de nombre en discusión, y autoría aún más discutida, está colgado en las paredes del palacio Barberini, en Roma. Convertido en Galleria Nazionali d'Arte Antica en 1944 tras su venta al Estado italiano, el palacio construido por Bernini y Borromini alberga, además de la Farnesina de Rafael o el retrato de Enrique VIII de Holbein, la increíble escalera elíptica de Borromini: un espejo mágico del Barroco.

Escalera elíptica de Borromini, en el Palazzo Barberini, en Roma.

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Escalera elíptica de Borromini, en el Palazzo Barberini, en Roma.

La familia Barberini dejó su marca en la eternidad de la ciudad no solo con un bello palacio y un pontífice corrupto como Urbano VIII (1623-1644); también con un compulsivo saqueo de obras de arte que dio lugar a una frase popular: "Quod non fecerunt barbari, fecerunt Barberini" (Lo que no hicieron los bárbaros, lo hicieron los Barberini).

Bárbara y eterna también, la historia de Beatrice Cenci, un símbolo de la ciudad desde el mismo momento de su muerte en el patíbulo en 1599. Su padre, Francesco Cenci, noble de probado expediente criminal perdonado varias veces por Clemente VIII ?pagando multas de 200.000 piastras, eso sí? hacía gala de una brutalidad de lo más renacentista. Beatrice y sus hermanos eran maltratados y, según algunas fuentes, violados habitualmente por Francesco desde la niñez. Cuando la hija pidió al Papa tomar los hábitos para librarse del progenitor, Clemente VIII le negó su permiso. Cenci, ya avisado, encerró en un castillo alejado de la ciudad a toda la familia, incluyendo a su segunda esposa Lucrezia, para continuar sus tropelías a salvo de los cotilleos romanos. Allí, Lucrezia y Beatrice decidieron acabar con su tirano: suministrándole opio y junto a sus hermanos y varios sirvientes que también tenían ojeriza al patrón, asesinarlo a martillazos para luego tirarlo por un balcón. Después simularon un accidente haciendo un agujero en una balaustrada por la que el pérfido Francesco se habría defenestrado, pero la policía papal encontró en el escenario de los hechos indicios suficientes como para acusar a todos de parricidio, llevarlos a Roma y seguir aplicando métodos científicos a la investigación: la eficaz tortura. Todo ello en medio de un escándalo sin precedentes; los romanos se lanzaron a las calles para reclamar libertad para los acusados apelando a la legítima defensa, pero el papa estaba muy interesado en acabar con la estirpe Cenci para apropiarse de su enorme fortuna. Condenados a muerte, Giacomo, el hermano mayor, fue descuartizado; Beatrice y su madre adoptiva, decapitadas ante una multitud en el puente de Castel Sant'Angelo. Solo se salvó el hermano pequeño, condenado a galeras de por vida. (Un año después, en 1600, Clemente declaró hereje al matemático y filósofo Giordano Bruno, quemado vivo en la plaza de Campo di Fiori).

Tamaña tragedia no podía más que convertirse en leyenda: el fantasma de "La Cenci" (léase "Chenchi" con acento trasteverino) es uno de los más queridos de Roma. Enterrada en la iglesia de San Pietro in Montorio, dicen que la decapitada visita con asiduidad a los artistas españoles becarios de la Academia de España, vecina de la iglesia. Lo cierto es que la desventurada noble romana ha fascinado a los artistas de todos los tiempos, rendidos ante su encanto morboso ya fuera en lienzos, páginas, partituras y películas de giallo: Stendhal, Alejandro Dumas, Hawthorne, Dickens, Artaud, Moravia, Ginastera, incluso Alfred Nobel.

Y, por su puesto, amada por los poetas románticos con Percy Bysshe Shelley a la cabeza. Enterrado en el bellísimo cementerio no católico de Roma, el inglés escribió su tragedia "italiana" The Cenci en 1819, haciendo universal el mito de la joven Beatrice como mujer liberada y liberadora, modelo de virtudes, llevada al patíbulo injustamente.

"Hay una compostura fija y pálida en ella; parece triste y deprimida en espíritu, pero la desesperación así expresada se aligera con la paciencia de la dulzura... Los labios tienen ese significado permanente de imaginación y sensibilidad que su sufrimiento no ha reprimido... Sus ojos, que según nos dicen fueron notables por su vivacidad, se hinchan con llanto y sin brillo, pero de forma hermosa, tierna y serena. En general, hay una simplicidad y una dignidad que, unidas a su exquisita belleza y profundo pesar, son indeciblemente patéticas."

Así describe el poeta inglés el cuadro que "prendió la chispa de su imaginación", según la aún más inmortal Mary Shelley. Un retrato de Beatrice Cenci pintado por Guido Reni, quien incluso habría conocido a su modelo y tomado apuntes del natural en la misma prisión vaticana reflejando la pesadumbre de la condenada, como afirma la tradición y la cartela actual en el museo que lo alberga: "Guido Reni, 1759-1642. Retrato de Beatrice Cenci 1600 ca. Lienzo, 75x50 cm. Colección Barberini."

En su web, en cambio, el museo tiene a bien indicar que la autoría de la obra está en discusión. Pero no es de Reni. El pintor ni siquiera estaba en Roma en la época de la ejecución: la leyenda del cuadro pintado con la joven torturada "posando" en la cárcel, se viene abajo. Según la especialista en barroco romano Consuelo Lollobrigida, el famoso retrato sería obra de Ginevra Cantofoli, (1618-1672) alumna de Elisabetta Sirani (a su vez alumna de Guido Reni). Una pintora, como casi todas, desconocida. Y tampoco la retratada sería Beatrice Cenci, sino una "sibila", excusa para su propio autorretrato: uno de los muchos que la autora realizó y que se pueden ver en París, San Petersburgo y Stourhead. Incluso en el mismo Barberini.

Autorretrato de Ginevra Cantolofi, con extraordinario parecido a la modelo de Beatrice Cenci, ¿de Reni? Museo Barberini, aunque el cuadro no aparece en su web y no es publicitado.

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Autorretrato de Ginevra Cantolofi, con extraordinario parecido a la modelo de Beatrice Cenci, ¿de Reni? Museo Barberini, aunque el cuadro no aparece en su web y no es publicitado.

Posiblemente, los responsables del Barberini no tienen intención de acabar con la leyenda y prestigio histórico que rodea a uno de los cuadros más famosos de su colección. Que la Cenci no sea la Cenci y que además esté pintado por una mujer, supondrá un demérito para el museo.

Respecto a autorías femeninas, no solo los museos italianos tienen problemas. Con más de 8.000 pinturas catalogadas, el Prado exhibe solo cuatro obras de tres pintoras: la renacentista Sofonisba Anguissola, la flamenca Clara Peeters y la barroca Artemisia Gentileschi, aunque posee la obra de 30 artistas diferentes en sus almacenes. Clara Peeters es la única artista mujer a quien el Prado ha dedicado una exposición individual en sus 200 años de historia. La extraordinaria Gentileschi no es tan conocida por la perfección, dramatismo y riesgo de sus obras, su fama internacional ya en vida, o ser la primera mujer aceptada en la Accademia di Arte del disegno en Florencia sino por el juicio por estupro contra su violador y la tortura que sufrió: había que verificar que decía la verdad.

"Es la verdad, la verdad, la verdad, lo que he dicho es la verdad. Cuando al fin los jueces no pudieron dudar ya de mi palabra y me desataron vi las marcas de sangre entre mis dedos y comprendí que podía haberlo perdido todo. Mis manos, la pintura... mi único talento." (Actas del proceso por estupro de A. Gentileschi)

Artemisia, desaparecida de los libros de arte, recuperada en fechas recientes. Como Sofonisba Anguissola, retratista en la corte de Felipe II, admirada por Miguel Ángel y apreciada por Vassari. Sofonisba no firmaba sus obras; pintar era algo indigno para un miembro de la nobleza y para la posteridad, un problema de autoría.

"En 1624, Anton van Dyck, por entonces ya uno de los artistas más importantes del momento, recorrió cientos de kilómetros hasta Palermo para conocer a su admirada, ya muy anciana y ciega, Sofonisba Anguissola y pintarle un retrato por pura veneración: ella, que había pintado a los hombres más poderosos y ricos del planeta, era un referente para la siguiente generación de artistas y van Dyck, ya entonces un cotizadísimo retratista, así lo reconoció. Sin embargo, su presencia desapareció durante siglos, hasta hoy que está siendo tímidamente recuperada: Anton van Dyck aparece en todos los libros de historia, Sofonisba Anguissola no", cuenta el artista plástico Juan Francisco Casas.

En el Prado, sus obras estuvieron atribuidas durante siglos a Juan Pantoja de la Cruz, Sánchez Coello, Zurbarán, Moro o Tiziano. Es el "caso Dama del armiño" de la Pollock House de Glasgow, publicitada hasta la saciedad por el museo como un preciado El Greco. Pero ni es del Greco ni la señora viste de armiño: es lince y la pintora, Sofonisba. Al menos según las especialistas María Kusche y Carmen Bernis.

Dama con armiño o el falso Greco (Pollock House) o "Sostenella y no enmendalla" a la escocesa.

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Dama con armiño o el falso Greco (Pollock House) o "Sostenella y no enmendalla" a la escocesa.

Pista: sigan los retratos de la infanta Catalina Micaela.

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Pista: sigan los retratos de la infanta Catalina Micaela.

No solo ellas: investigadoras y artistas de todo el mundo intentan recuperar para la Historia del Arte a las autoras olvidadas. Es el caso de la artista visual Diana Larrea. Con su acción artística "Tal día como hoy" recopila y publica en redes 365 biografías de autoras de todas las épocas, rescatándolas del olvido y la exclusión del canon oficial. Diana está inspirada a su vez por otra creadora, María Gimeno, y su conferencia-performance Queridas viejas.

¿Qué ocurrió con todas las artistas admiradas en siglos pasados? ¿Dónde están sus obras? ¿Por qué no aparecen en los libros de arte? ¿Cuándo y cómo desaparecieron? Un caso misterioso, un enigma por resolver. Hasta que, como diría Mary Shelley, la marea del tiempo quede a nuestros pies.


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Autor:
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Fuente:
ctxt.es
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Reportaje
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