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El baile de los pájaros

28/10/2010 20:20

0 Es la música del otoño. Cuando los días avanzan la nueva estación, se abre la partitura del baile de los pájaros

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JAVIER DYSART

En una pausa de relajo contemplativo desde la ventana, me detuve en la nueva panorámica que ofrecían los árboles de mi calle tras las labores de poda. Es la música del otoño. Cuando los días avanzan la nueva estación, se abre la partitura del baile de los pájaros. La danza se repite todos los años. Los gorriones no lo entienden y evolucionan cabreados. ¡Pero que ha pasado aquí!, parecen preguntarse con asombro. Vuelan sin control. Van y vienen, suben y bajan desconcertados. Están confusos. Dudan el rumbo. Los minutos se van posando en la noche y tienen que decidir. Sus inquietos piares delatan nerviosismo. Mientras que los adultos determinan una solución, la bandada revolotea indecisa por el entorno. Conforme la noche precipita el compás, la danza acelera el ritmo. La escena es ya conocida. Forma parte del puzzle del tiempo. Las podas otoñales laceran los hábitos de las pequeñas aves que se acomodan próximas al calor de los humanos. EL espectáculo de esta danza mueve a la compasión.

Las podas otoñales laceran los hábitos de las pequeñas aves que se acomodan próximas al calor de los humanos. EL espectáculo de esta danza mueve a la compasión

La poda de los árboles de mi calle dejan cada año sin hogar a cientos de pequeñas aves. La mayoría son gorriones, aunque algunos de los espacios arbóreos albergan nidadas de una silenciosa especie, similar a la golondrina, de plumaje gris y pico largo. Cuando estas familias se acercan al momento de procrear, disimulan sus laboriosos nidos entre la frondosa hilera platanera de mi calle. A medida de que avanza el proceso, no es nada difícil captar los rifirrafes entre padres y retoños. Los adultos salen y entran del nido con precisión. Les cuidan con mimo. La impaciencia de los poyuelos se altera ante la proximidad de la manduca. Es el ritual feliz de la vida. Cuando superan la etapa reproductora, continúan su crecimiento en el mismo hogar que sus padres eligieron. Pero llega la poda y todo se chafa. Es una nota triste del otoño. Cuando al atardecer retornan bulliciosos a su hogar, ya no existe. Ha desaparecido. Sólo encuentran gruesos muñones desmochados del ramaje. Y revolotean indignados. Y comienza la danza.

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