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El aventurero de medianoche

04/09/2009 18:18 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Análisis de uno de los films más personales de Clint Eastwood

La carrera como director de Clint Eastwood es muy extensa, y aunque decía Jean Renoir que un director de cine está siempre haciendo la misma película, eso no significa que Eastwood caiga siempre en la reiteración, sino todo lo contrario, busca formas nuevas de adentrarse en aquello que le conmueve y en intentar con ello conmover al espectador. El hecho de que lo consiga o no es harina de otro costal, aunque en pocas ocasiones como en El aventurero de medianoche el Eastwood como director busca identificarse directamente con los sentimientos del espectador, forzarle a ver una historia de perdedores bajo el paradigma clásico de los films de aprendizaje o buscar un ritmo pausado (casi sin clímax) como forma de evitar una falsa ilusión de trascendencia. Y lo más valioso de esta cinta sea quizás esa ausencia de pretensiones (al menos, a primera vista) para una historia que se supone previsible y que narra el proceso de maduración de un chiquillo, que acompaña a su tío cantante de country en su camino a Nashville. Eso lo convierte quizás en una película hermosa, aunque no exista en sus imágenes ninguna intención de preciosismo vacío, y sí ciertas dosis de ironía para tratar sutilmente los temas de la América profunda, como la tierra, el éxito o el viaje al Oeste, que en manos de Eastwood intentan recuperar cierto aire fordiano, cierta necesidad de plasmar vivencias que vayan más allá de la reflexión y que aúnen sentimientos (como el compañero de viaje o la transmisión generacional) que en abstracto acabarían siendo estereotipos fácilmente identificables. El principio del film parece entonces una declaración de intenciones, cuando en mitad de una tormenta de arena aparece el coche del protagonista, totalmente borracho, e irrumpe en la vida de su familia de campesinos; y seguidamente, cuando lo introducen en casa, su sobrino entra en el coche, se pone al volante, y empieza a imaginar el viaje que lo conducirá lejos, primero a Tennessee y luego, al concluir la historia, quizás a California, buscando la tierra prometida que su tío encontrará tras la muerte. El aventurero de medianoche recupera, por lo tanto, un clasicismo narrativo, presente en la novela original, pero lo despoja de tensiones dramáticas que la llevarían al sentimentalismo, y lo hace bajo los auspicios genéricos de una road movie, lo que convierte la historia no tanto en una enseñanza vital como en la búsqueda de un destino concreto: el que un artista marca como propio.

En pocas ocasiones como en El aventurero de medianoche el Eastwood como director busca identificarse directamente con los sentimientos del espectador

En un momento de la película, el joven observa desde la puerta de un local la actuación de su tío, mientras puntea con las manos una guitarra imaginaria. En esos instantes, la cámara filma a Eastwood desde lejos, como dando a entender que el cantante de country que interpreta toma los rasgos de un personaje mítico a ojos del muchacho, de un ser que toma los caminos menos transitados y que tiene una visión del mundo que le permite transformar la realidad a su alrededor. Y eso es lo que sucederá con el chaval en las dos siguientes interpretaciones, como si su tío lo acunara con su música mientras pierde la virginidad con una prostituta, o mientras se droga por primera vez en un garito de negros donde su tío interpreta un blues. El aventurero de medianoche no es tanto un film de mutuo aprendizaje (si fuéramos más allá en el estereotipo, diríamos que es casi un relato quijotesco), sino una declaración de principios sobre el papel del artista en la sociedad y de la necesidad de ese artista de comunicar y además de ser comprendido. De ahí que sea su sobrino el que conduce el coche, el que lo acompaña en cada una de sus trifulcas y el que lo ve morir justo después de haber editado un disco, aunque eso no signifique que el muchacho tome el mismo camino. Al contrario, en la secuencia final el chico deposita las llaves del coche sobre el féretro y luego pasea por la avenida a pie, mientras en una radio suena uno de los temas que su tío dejó antes de morir. El film se convierte entonces en una reflexión sobre la trascendencia, y quizás sobre la diferencia entre lo creado y lo vivido, entre lo imaginado y lo supuesto, que emparienta la cinta con otros trabajos de su director como Bird o como Acordes y desacuerdos de Woody Allen, dotando a las imágenes de un tono otoñal, de una cierta sensación de decadencia, que transforma la película en una suerte de testamento emocional, como un primer intento de Eastwood de transitar los caminos más personales (y por ende, menos concurridos) de su filmografía.


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