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El alcalde de Zalamea

08/11/2010 19:32 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Publicado en el diario Hoy, 24 de agosto de 2010

Cuentan las lenguas -no las malas, las cristianas- que en tiempos de Felipe II, el Prudente, un hombre bueno, honrado y trabajador, que responde en esas tierras al nombre de Pedro Crespo, alcalde del lugar de Zalamea, la que llaman la Serena, dio cobijo a un noble capitán, el celoso servidor de la santa cristiandad Don Álvaro de Ataide, llegado de contiendas a esta rica hacienda, en busca de pan y camastro. Ante tamaña visita y movido por el común sentido, el villano -de nacimiento, que no de alma- Crespo decide ocultar a su hermosa hija Isabel lejos de las miradas de la curiosidad y del deseo. Pero he aquí que la fortuna no atiende a razones y al capitán de esta historia no se le escapa la ausencia de la lozana, a la que busca entre los aposentos, dando con ella y su belleza. Prendado queda el caballero de su sola presencia y también indignado por la resistencia de la villana, a la que obliga -la decencia me frena a entrar en detalles- a rendirse a sus encantos ganados por casta. Tiene Dios a bien hacer llegar a oídos del padre de la ultrajada Isabel la vileza de tal acto y, henchido de deshonor, prende a Don Álvaro, desoyendo la nobleza que simula, aunque no sin antes saber de sus intenciones. Jamás sangre azul de cuna será contaminada con esta oscura estirpe de destripaterrones, dispone sin despeinarse el ilustre capitán, terror de infieles y hembras. Pues así sea que tu infame nobleza –sentencia el padre ultrajado- te lleve a los infiernos y la justicia que en este día aquí se cumple dicte tu muerte cierta. Y Don Álvaro de Ataide, despojado ya de rango, honra y religión, fue sin dilación ni temblor pasado su cuello a garrote certero. Para que Dios tenga a bien juzgar en el cielo lo que los hombres desentuertan en la tierra, nuestro amado rey Felipe II, en persona y rúbrica, atestigua la justicia de tal sentencia, quedando el alcalde Crespo libre de hierro y deshonor. Aqueste día y sus venideros recuerde Zalamea y todo aquel que honre a Dios que en este sitio que vuesas mercedes pisan la justicia brilló, sin mirar sangre, hacienda, letras ni posición.

En recuerdo de esta historia, que no es sólo teatro o espectáculo, el pueblo extremeño de Zalamea de la Serena recrea cada año -y ya van diecisiete- el día en el que un hombre, ni noble ni letrado, sólo un hombre, hizo justicia, quebrando un orden de castas que daba rienda suelta a la impunidad. Pedro Crespo representa para el ciudadano el sueño aparentemente imposible de una justicia que llega tanto a ricos como a pobres, a políticos como a parados. Que quien hizo la ley no lleve a fin la trampa. El alcalde de Zalamea, como afirma Crespo al final de la obra, es una historia verdadera, no tanto porque casos como este que aquí se relata hayan realmente tenido lugar y término, sino porque nace del sano deseo popular de justicia. No hablamos de venganza, sino de nuestra indignación al ver todos los días cómo el villano es azotado por las leyes humanas y el noble -hoy rico, poderoso o famoso- sale impune de sus delitos. El ciudadano pide que la justicia sea realmente ciega, que no mire por el rabillo del ojo la condición del presunto. Por mucho que hoy nuestro sistema político haya propiciado un orden más justo, que asegura en teoría la isonomía, el derecho a la presunción de inocencia, una defensa adecuada y un juicio ecuánime, la ciudadanía aún sigue teniendo la sensación de no estar en buenas manos, impresión que debilita en último término al propio sistema democrático.

La cultura popular ha filtrado a través de diversas manifestaciones artísticas esta necesidad de justicia, en ocasiones exagerando hechos y protagonistas, a modo de terapia liberadora. En la vida real es inmoral e ilegal tomarse la justicia por nuestra propia mano; lo sabemos y lo respetamos. Sin embargo, la ficción nos brinda la posibilidad de dar riendas suelta a unos impulsos que en el mundo real nos convertirían en un ser irracional y asalvajado. Iconos como el héroe vengador y justiciero representan fielmente esta necesidad sociológica. Robin Hood da a los pobres lo que roba a los ricos, mientras espera el regreso de un rey más justo. El implacable Harry, el sucio, o Travis Bickle, el taxista perturbado de Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), limpian las calles de seres indeseables, sin escrúpulos en asesinar y violar a destajo. James Bond, John McClane (La jungla de cristal, 1988), Rambo y demás personajes del celuloide recuperan para el ciudadano el mito de la restitución del orden justo, presente también en los mitos clásicos. Seres extraordinarios (Hércules, Teseo, Spiderman, Batman, etcétera) o simplemente hombres -las heroínas justicieras escasean, con perdón de Electra, Medea o Angelina Jolie- que hacen lo que deben al servicio de un bien mayor, serán el azote de infames fabricantes de maldad. Todos nos identificamos con el punto de vista de los héroes, comprendemos y alabamos su entrega y fortaleza, adhiriéndonos a su causa, deseando la captura de su malvado antagonista. Al final, la justicia debe prevalecer, demostrando que al menos sobre el papel o en el rollo de la película las cosas son como Dios manda. Mientras tanto, cruzamos los dedos en espera de que en esta vida, la real, la de carne y hueso, jueces, políticos y demás potestades hagan bien su trabajo y no nos amarguen la jornada.

Ramón Besonías Román


Sobre esta noticia

Autor:
Lamiradaperpleja (368 noticias)
Fuente:
lamiradaperpleja.blogspot.com
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Tipo:
Reportaje
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