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La educación en México como mercancía política

06/04/2016 03:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La educación ha terminado por convertirse en una mercancía política en la que la calidad es solo una palabra vacía de contenidos

 

Hace escasamente cinco años tuve la oportunidad de encontrarme, a través de sus obras, con Inger Enkvist, la prestigiada escritora y educadora sueca, quien ha “nadado” contra corriente al poner en tela de duda la “modernidad” de la educación que se imparte en el mundo.  Desde su perspectiva, México no es la excepción de la regla.

Para la autora de “La educación en peligro”, “Repensar la educación”, y “la buena y mala educación”, por citar tan solo algunos de sus libros, la educación ha terminado por convertirse en una mercancía política en la que la calidad es solo una palabra vacía de contenidos. Sin embargo, para llegar hasta aquí se ha requerido de una larga y pesada cadena de complicidades entre el poder social, así como el económico, el emanado del sistema político y el gobierno.

Ante esta realidad, hay quienes se esmeran por encubrirla a partir de la modificación de las normas jurídicas, empezando con la Constitución Política, las leyes que de ella emanan y, por supuesto, los decretos y reglamentos, cuyo propósito –cuando menos teóricamente- es vender a los mismos cómplices que los cambios educativos van en serio.

Se trata de una especie de gatopardismo perverso, es decir hacer creer que se cambia pero, en la práctica, permanecer para continuar igual.

En el caso específico de la reforma educativa en México, y tomando como referencia el informe McKinsey sobre educación 2008, la mala calidad de la educación y sus raquíticos resultados tienen, en principio, un nutrido grupo de culpables: los docentes; por eso, al tener identificado al supuesto principal actor, este es presa fácil de las campañas y la propaganda de desprestigio que es difundida y manipulada desde los círculos del poder.

La receta para mejorar los resultados –según el informe- es reemplazar lo que no funciona, para poner en su lugar a las personas más aptas para ejercer la docencia; desarrollarlas hasta convertirlas en instructores eficientes; y garantizar que el sistema sea capaz de brindar la mejor instrucción posible. Eso sería muy saludable, pero en el caso de México los propósitos son otros.

 Para el gobierno, la prioridad encubierta no es tanto la calidad educativa sino ceder más espacios a la educación privada, ya que la crisis en las finanzas gubernamentales orilla a sacrificarlos de la educación pública. En los hechos esa medida no podría ser la más adecuada, ya que la información disponible demuestra que la educación privada no es sinónimo de calidad, aunque si de negocio.

Sin embargo, lo anterior no exenta al docente de los malos resultados educativos, ya que si este es un auténtico agente de cambio debería empezar por reconocer que en un alto porcentaje de educadores persisten muchas deficiencias que se manifiestan en un mal desempeño: nula vocación, irresponsabilidad, intolerancia, indisciplina, oportunismo, complicidad, y otros que derivan en la ausencia de compromiso.

Para el gobierno, la prioridad encubierta no es tanto la calidad educativa sino ceder más espacios a la educación privada

Ante esta realidad, la educación –como subraya Enkvist- se convierte en una simple mercancía política, dando lugar para que el Estado, escudado en un “espíritu reformista”, desenvaine su espada para evaluar a los docentes y sacar de las aulas a los que no funcionan.

Esta postura conflictiva condujo a que en las primeras evaluaciones docentes imperara la represión física, mental y emocional, misma que tiene su génesis en la amenaza caracterizada por la pérdida del empleo, el doble lenguaje político de la mejora o desmejora en el ingreso, el oportunismo sindical y la subordinación de los directivos de las instituciones educativas a los imperativos patronales.  

La evaluación, por supuesto, es una práctica recomendada para la mejora continua, pero en el caso del sistema educativo mexicano sus propósitos inclusive no están bien planteados, ya que los resultados –en un primer acercamiento a la evaluación de la evaluación- son susceptibles de ser manipulados no solo por los evaluados sino también por las instituciones que participan a lo largo de este proceso. Esa es una primera experiencia.

Solo así se explica que lo que funciona se haga ver que funciona, y lo que no funciona en cierta medida se haga ver como que funciona, y en el extremo lo que no funciona simplemente no funciona.

La manipulación presupone que desde la perspectiva política no importa tanto la calidad, como disponer de elementos para dejar caer la espada e imponer un modelo de educación más congruente con los poderes de dominación en el esquema de la globalización.

Lo anterior ratifica el concepto a contra corriente de Inger Enkvist, en el sentido de que la educación es en realidad para el sistema educativo nacional una mercancía política, cuando lo que se necesita es una auténtica reforma educativa en la que no prevalezca el más de lo mismo, sino que favorezca un cambio en la manera de pensar, de hacer y compartir en una sociedad asfixiada por las desigualdades sociales y todo lo que ello conlleva. Lástima. (Dr. Cuauhtémoc Mavita E.-04-04-16)


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