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Ecología al límite

25/12/2009 12:26 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Pese la ola de discursos actuales, en términos de que el daño ecológico que ha inflingido el hombre al planeta no pareciera ser tan grave como se nos informa a menudo, la mayor parte de los científicos, políticos y población mundial en general afirman lo contrario..

Pese a que aún se puede oír algunas voces disidentes en medio de la ola de discursos actuales, en términos de que el daño ecológico que ha inflingido el hombre al planeta no pareciera ser tan grave como se nos informa a menudo, la mayor parte de los científicos, políticos y población mundial en general se mueve en sentido contrario, es decir, está convencida de que las alteraciones ambientales de las que somos testigos son incluso más graves de lo que parecen, eso teniendo en cuenta sus potenciales efectos a largo plazo.

Las pruebas en este sentido existen, datan de varias décadas, son muchas y parecen acumularse con un ritmo cada vez más veloz, y eso a pesar de lo que pudiera opinar un grupo de personas, cuya actitud últimamente se ha dado en llamar “negacionismo ambiental”, a propósito de las opiniones vertidas por algunos científicos provenientes de algunos países productores de petróleo durante la cumbre de Copenhague. Como quiera que fuere, sea a través de investigaciones locales o internacionales, las estadísticas han venido a apoyar y a dar forma a nuevos o antiguos conceptos ecológicos que popularizan e informan, de manera resumida, aspectos claves de las consecuencias de nuestro consumo energético.

Así aparecen conceptos como “huella ecológica”, “huella de carbono”, “decrecimiento”, etc. Términos que en general tienden a medir el impacto que nuestra civilización tiene sobre el planeta, tomando en cuenta principalmente el flujo del carbono, o directamente considerando las diversas formas en las que una actividad puede producir un volumen dado de gas dióxido de carbono liberado a la atmósfera, una serie de comparaciones y de cálculos que se han convertido en verdaderos íconos publicitarios e informativos.

De tal manera, es posible asignar un valor de emisión de carbono liberado al ambiente, y en consecuencia el grado de contaminación que pudiera derivarse de una industria, un coche, y hasta una persona. Se puede establecer así una serie de análisis y se puede cotejar de forma aproximada cuál es la cantidad de gas dióxido de carbono liberada al aire, por ejemplo, a través de lo que consumimos, lo que puede ir desde el pan hasta la gasolina, pasando por todos los objetos de consumo diario, incluyendo nuestras vestimentas, nuestras revistas, el diario que usted está leyendo en este instante, etc.

... “descontaminar” el planeta ... exige revisar toda nuestra vida cotidiana, su impacto potencial, y sobre todo, cuánto de ello deseamos y podemos efectivamente cambiar o remediar..

Y todo eso, aunque puedan parecer elucubraciones harto esotéricas, en el fondo son principios estadísticos un poco groseros, pero totalmente válidos desde un punto de vista racional. Por ejemplo, si se considera que una persona consume una cantidad dada de pan en el lapso de un año, se puede estimar de forma general, también para ese mismo período de tiempo, cuántos kilos de harina serán necesarios para asegurar tal producción, y en consecuencia la cantidad de agua, y la superficie de tierra necesarias, así como todos los otros factores que puedan estar involucrados en la producción del alimento, y que sean susceptibles de ser medidos.

Como lo hemos dicho, estos cálculos pueden ser muy poco finos, pero la lógica subyacente es totalmente pertinente. Y es en este sentido que la ecología, entendida en su sentido más coloquial, puede ser llevada hasta el límite. Se puede afirmar con no pocos argumentos, entre otras cosas, que de nada sirve ser un ecologista al pie de la letra si luego se toma un avión y se hace un viaje a una gran distancia, o que de nada sirve desplazarse en bicicleta y no tener un gran coche si a cambio se tiene una mascota bien alimentada con cereales, o que de nada sirve fomentar activamente el comercio “bio” si se está a la última moda en materia de celulares o de computadoras portátiles, porque en todos los casos, la emisión total de gases contaminantes de efecto invernadero es superior. En este contexto, dar el primer paso para “descontaminar” el planeta no parece ser algo obvio ni inmediato, porque ello exige, nada más y nada menos, revisar toda nuestra vida cotidiana, su impacto potencial, y sobre todo, cuánto de ello deseamos y podemos efectivamente cambiar o remediar.

Tampoco resulta claro en este sentido qué tipo de hábitos debieran ser los primeros en ser cambiados. ¿Bajo qué criterios de prioridad se dejaría de tener una mascota bien alimentada en lugar de tener un vehículo con elevado consumo de gasolina o en lugar de aprovechar la última tecnología telefónica e informática? Una tarea pendiente, que sin duda comienza, y seguirá haciendo polémica en un momento en que cada ciudadano también es en parte responsable del deterioro ambiental global.

Cristian Garvía Araoz

Artículo publicado en El Diario, La Paz, Bolivia.

15 de diciembre de 2009


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